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¿Cómo cambia Ucrania la guerra con sus robots terrestres contra Rusia?

Los robots terrestres ucranianos asumen misiones de ataque, logística y evacuación para reducir la exposición de los soldados en primera línea

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el nuevo robot de guerra de ucrania

Resumen

  • Ucrania usa robots terrestres para atacar, abastecer y evacuar heridos
  • Los UGV reducen la exposición de soldados en un frente saturado de drones
  • El Tercer Cuerpo quiere sustituir hasta un tercio de tareas en primera línea

Ucrania está llevando al frente una nueva generación de robots terrestres armados para hacer aquello que cada vez resulta más peligroso encomendar a un soldado: transportar munición bajo fuego enemigo, evacuar heridos, atacar posiciones rusas e incluso acercar cargas explosivas hasta trincheras o rutas logísticas. No son androides de película. Son vehículos compactos, manejados a distancia, con ruedas u orugas y una misión bastante más concreta: poner hierro donde antes había carne.

La transformación responde a una necesidad brutalmente sencilla. El Ejército ucraniano combate con menos efectivos que Rusia en una línea de frente que se extiende unos 1.200 kilómetros, mientras drones de reconocimiento y ataque vigilan prácticamente cualquier movimiento. Caminar por un camino, llevar comida hasta una posición avanzada o evacuar a un herido puede convertir a un grupo de soldados en objetivo antes siquiera de alcanzar su destino. Kyiv intenta romper esa ecuación sustituyendo personas por máquinas allí donde puede.

No es todavía una guerra de robots. Ni mucho menos. Pero en el quinto año de la invasión rusa a gran escala, Ucrania está convirtiendo los vehículos terrestres no tripulados, conocidos como UGV por sus siglas en inglés, en una pieza cada vez más habitual del campo de batalla. Algunos mandos ucranianos creen que el siguiente gran salto militar no estará sobre las cabezas de los soldados, sino avanzando a ras del barro.

Los robots que avanzan donde un soldado no debería ir

En un pequeño taller próximo al frente, en la región de Járkov, varias máquinas de cuatro ruedas esperan alineadas como vehículos de reparto de aspecto poco tranquilizador. Entre ellas están las denominadas Hyena, plataformas terrestres capaces de avanzar hacia posiciones rusas cargadas con explosivos.

Uno de los mecánicos militares que trabaja con ellas, conocido por el indicativo Chimera, explica que pueden transportar alrededor de 20 kilos de explosivos. El vehículo se acerca a una posición fortificada, una trinchera o un punto de paso enemigo; el operador permanece alejado. La diferencia, dicho sin demasiados adornos, está en quién corre el riesgo cuando algo sale mal.

Estas máquinas también han sido utilizadas para apoyar ataques e incluso, según miembros de la unidad, han intervenido en operaciones que terminaron con soldados rusos rindiéndose ante vehículos no tripulados. La escena tiene algo de ciencia ficción incómoda: un combatiente armado observando cómo se aproxima una máquina sin nadie dentro y decidiendo que es mejor levantar las manos.

Pero las funciones ofensivas son solo una parte del experimento. Los vehículos terrestres también transportan suministros, munición y alimentos y pueden sacar heridos de lugares donde mandar una patrulla significaría exponer a más soldados al fuego enemigo.

De mula de carga a plataforma de ataque

Los talleres ucranianos están llenos de prototipos. Algunos llevan ruedas, otros orugas. Hay modelos preparados para transportar suministros, plataformas con ametralladoras, vehículos adaptados para evacuar heridos e incluso máquinas equipadas con sistemas para apagar incendios. Otras incorporan soportes destinados a transportar lanzacohetes portátiles.

La evolución recuerda, en cierto modo, a lo ocurrido con los drones aéreos. Al principio fueron principalmente ojos en el cielo. Después llegaron las municiones merodeadoras, los FPV cargados de explosivos y los bombarderos capaces de lanzar proyectiles sobre posiciones enemigas. Los robots terrestres están recorriendo una senda parecida, aunque más despacio.

Moverse por tierra es bastante más complicado que volar unos metros sobre ella. Un agujero, una rama gruesa, una trinchera, el barro o los restos de un edificio pueden detener una máquina que costó semanas preparar. Aun así, para determinadas misiones su ventaja resulta evidente: una máquina destruida puede reemplazarse; una vida, no.

La escasez de tropas acelera la automatización

La apuesta tecnológica de Ucrania no nace únicamente del entusiasmo por la innovación. También viene de una carencia que Kyiv arrastra desde hace tiempo: personal suficiente para sostener un frente enorme frente a un adversario con mayor capacidad para movilizar soldados.

El brigadier general Andrii Biletskyi, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército y uno de los militares ucranianos que más insisten en esta transformación, considera que los sistemas terrestres no tripulados protagonizarán la próxima revolución del combate. Su cuerpo quiere reemplazar alrededor de un tercio de sus tropas de primera línea por máquinas antes de que termine el año, un objetivo extraordinariamente ambicioso.

Biletskyi sostiene que la presencia constante de drones aéreos ya ha transformado de manera radical el trabajo de la infantería. Según su diagnóstico, los infantes realizan apenas una fracción de las tareas que asumían antes de que la amenaza permanente desde el aire hiciera cualquier movimiento mucho más peligroso. La lógica es simple y bastante despiadada: cuanto menos tenga que exponerse una persona para llevar una caja de munición, colocar un explosivo o sacar a un herido, mejor.

El Ministerio de Defensa ucraniano informó en junio de que los sistemas terrestres robotizados habían completado más de 50.000 misiones logísticas y de evacuación desde comienzos de 2026. Tras la cifra hay trabajos poco cinematográficos pero decisivos: llevar comida, baterías y proyectiles hacia posiciones avanzadas y regresar transportando a un militar herido.

NC13: una sala de guerra con mandos de videojuego

Una de las unidades que está empujando esta transformación es NC13, integrada en el Tercer Cuerpo de Ejército. Su centro de operaciones, instalado bajo tierra en la región de Járkov, tiene una estética extrañamente familiar: pantallas, operadores con controladores en las manos, imágenes en blanco y negro y conversaciones digitales que circulan a través de Discord.

A primera vista podría parecer un club de videojuegos montado en un sótano. Hasta que en una pantalla aparece una línea de árboles ocupada por tropas enemigas y el operador empieza a manejar una ametralladora instalada sobre un robot terrestre. Lo que parece interfaz lúdica controla, en realidad, una máquina desplegada en una guerra real.

La unidad realiza operaciones prácticamente a diario. En una de ellas, sus miembros cargaron tres bombas en un remolque que un UGV trasladó hasta un puente utilizado por las fuerzas rusas para tareas logísticas. Después, las cargas fueron detonadas. En otra acción, un vehículo armado con una ametralladora ayudó a contener un asalto mientras drones kamikaze atacaban desde el aire.

Cuando aire y tierra empiezan a combatir como una red

La verdadera ventaja puede no estar en ningún aparato concreto, sino en la combinación. Drones aéreos y robots terrestres pueden operar dentro de una misma acción: unos observan, otros atacan desde arriba, otros transportan munición o proporcionan fuego desde el suelo.

La guerra empieza así a parecerse menos a una sucesión de unidades aisladas y más a una red de sensores, cámaras, enlaces digitales, máquinas y soldados que intercambian información casi en tiempo real. El humano continúa tomando las decisiones fundamentales. Lo que cambia es la distancia desde la que puede intervenir.

Esa separación física importa. Mucho. Un operador puede maniobrar un vehículo armado sin encontrarse junto al arma; un equipo puede reconocer una posición con un dron antes de acercarse; una máquina puede probar una ruta que sería suicida para una patrulla. La automatización del campo de batalla no elimina el peligro, pero intenta desplazarlo lejos del combatiente.

La consecuencia más profunda podría aparecer menos en las máquinas que en la cabeza de quienes dirigen las operaciones. Biletskyi defiende que reducir la exposición humana permite plantear maniobras más arriesgadas sin asumir automáticamente pérdidas equivalentes.

Su razonamiento toca uno de los debates más antiguos de cualquier ejército: qué precio humano está dispuesto a pagar un comandante por conseguir un objetivo. Un robot modifica ese cálculo. Se puede enviar una plataforma cargada de explosivos por una ruta que ningún jefe razonable utilizaría para mandar a cuatro soldados. Si la destruyen, se pierde material militar. No cuatro vidas.

Para antiguos infantes como el subcomandante de NC13 conocido como Bar, esa diferencia no es una teoría de academia militar. Participó en algunos de los grandes combates de los primeros años de la guerra y sostiene que, de haber existido entonces un uso masivo de estos sistemas, muchos de sus compañeros seguirían vivos.

Su descripción de los UGV resulta menos futurista que práctica. No comen. No necesitan agua. No necesitan refugio. No hay que arriesgar a otros hombres para llevarles provisiones. Son, esencialmente, pedazos de hierro enviados a realizar trabajos que antes exigían poner a una persona bajo fuego enemigo.

Lo que los robots todavía no pueden sustituir

El problema es que ningún UGV convierte el terreno ucraniano en una autopista. Los vehículos terrestres sufren con obstáculos físicos que para una persona pueden ser incómodos pero superables. Una zanja demasiado ancha, una pared derrumbada, vegetación densa o el barro profundo pueden dejar inmóvil un aparato en cuestión de segundos.

Tampoco pueden entrar en un edificio y limpiarlo habitación por habitación como una escuadra de infantería. Ni controlar adecuadamente una trinchera compleja. Y Ucrania todavía no fabrica estos sistemas en una escala comparable a la de los pequeños drones aéreos FPV, baratos y consumidos por millares.

Ahí está el límite de la palabra revolución. La infantería sigue siendo necesaria para ocupar posiciones, reconocer determinados espacios, tomar decisiones sobre el terreno y mantener físicamente una zona bajo control. La máquina puede acercar munición a una trinchera; todavía hace falta alguien que esté dentro de esa trinchera.

Los enlaces de comunicación también son un punto delicado. El campo de batalla está saturado de interferencias, sistemas de guerra electrónica y obstáculos físicos. Un robot formidable sobre una mesa de taller puede convertirse en un bloque inmóvil si pierde la conexión en el peor momento. Y Rusia, naturalmente, también observa, aprende y adapta sus métodos.

La guerra está incorporando igualmente herramientas de inteligencia artificial para procesar información y analizar el enorme volumen de datos generado por sensores y drones. El dibujo que empieza a aparecer es el de un campo de batalla donde las personas siguen tomando las decisiones relevantes, pero delegan cada vez más tareas físicas, rutinarias o extremadamente peligrosas en sistemas no tripulados.

La tecnología también cambia la cadena de mando

La transformación coincide con cambios importantes en la dirección militar ucraniana. Mykhailo Drapatyi, sucesor de Oleksandr Syrskyi, es visto como un reformista del mando y como representante de una generación más inclinada a emplear nuevas tecnologías para contener las bajas entre sus tropas.

Biletskyi también ha recibido nuevas responsabilidades en la defensa de Donetsk, uno de los sectores donde Rusia mantiene una presión especialmente intensa. Allí, en torno al denominado cinturón de fortalezas ucraniano, pequeños vehículos terrestres pueden verse recorriendo carreteras y caminos hacia posiciones amenazadas.

No convierten una mala situación militar en una buena por arte de magia. Ninguna innovación lo hace. Pero pueden modificar los costes de mantener una posición, abastecerla o evacuarla, precisamente cuando la capacidad de conservar soldados experimentados se ha convertido en un recurso estratégico para Ucrania.

El soldado no desaparece, cambia de sitio

Durante siglos, modernizar un ejército significó proporcionar mejores armas al combatiente. Ucrania está experimentando con una idea distinta: quitar al combatiente de algunos lugares donde hasta hace muy poco parecía imprescindible.

El resultado puede alterar la forma de entender la infantería. Un soldado quizá tenga que caminar menos kilómetros cargando cajas, exponerse menos para observar una carretera o cruzar menos zonas abiertas para llevar munición. A cambio, tendrá que trabajar rodeado de cámaras, enlaces de datos, drones, robots y operadores especializados. Menos músculo en determinadas tareas; más coordinación y tecnología.

Nada garantiza que esa transición vaya a ser rápida ni limpia. Los robots se atascan, se rompen, pierden comunicaciones y siguen dependiendo de personas capaces de construirlos, repararlos y manejarlos. Rusia también desarrolla sistemas no tripulados y aprenderá de cualquier ventaja ucraniana que demuestre funcionar.

Pero algo ya ha cambiado en los talleres cercanos a Járkov. Allí, junto a herramientas, cables y vehículos experimentales, el objetivo práctico no es fabricar un ejército sin personas, sino conseguir que una máquina ocupe el lugar de un soldado cuando la tarea puede hacerse a distancia. En una guerra que lleva años consumiendo vidas a una velocidad feroz, esa diferencia puede pesar tanto como cualquier nueva arma.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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