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¿Cómo el avance hutí en Bab el Mandeb complica la guerra de Trump?
Los hutíes alcanzan Perim, en Bab el Mandeb, y amenazan una ruta vital del petróleo mientras Trump evita abrir otro frente militar en Yemen.

Resumen
- Los hutíes alcanzan Perim y refuerzan su presión sobre Bab el Mandeb
- Arabia Saudí ve amenazada su principal salida petrolera por el mar Rojo
- Trump evita por ahora otra intervención directa mientras crece el riesgo
Los hutíes han llevado su ofensiva hasta Perim, la isla situada en pleno estrecho de Bab el Mandeb, y han colocado a Estados Unidos ante una decisión incómoda: intervenir para impedir que una de las grandes arterias comerciales del planeta quede bajo amenaza directa o dejar que Arabia Saudí y las fuerzas yemeníes aliadas intenten frenar el avance. Donald Trump, por ahora, ha elegido la segunda vía, acompañada de apoyo de inteligencia estadounidense.
El problema es que el momento difícilmente podría ser peor. Arabia Saudí había desplazado buena parte de sus exportaciones hacia el mar Rojo para esquivar el estrecho de Ormuz, gravemente afectado por la guerra entre Estados Unidos e Irán. Ahora los hutíes amenazan precisamente esa salida occidental. Y, casi al mismo tiempo, Riad ha tenido que cerrar temporalmente su oleoducto Este-Oeste después de un ataque con drones procedente de territorio iraquí. Dos salidas de emergencia y las dos bajo presión.
La situación no significa que los hutíes hayan cerrado Bab el Mandeb ni que puedan apagar el tráfico marítimo pulsando un interruptor. Pero controlar posiciones en su costa y ocupar Perim, también conocida como Mayun, mejora considerablemente su capacidad para vigilar, hostigar o atacar barcos que atraviesen el paso. En un mercado energético que ya circula con los nervios a flor de piel, basta esa posibilidad para encarecer seguros, fletes y petróleo.
Los hutíes llegan al corazón de Bab el Mandeb
La ofensiva ha sido rápida. Tras avanzar hacia el sur por la costa occidental de Yemen, las fuerzas hutíes se hicieron con Mocha y prosiguieron hacia Dhubab y las islas situadas frente al estrecho. El viernes alcanzaron Perim, una pequeña porción de tierra cuyo valor estratégico es mucho mayor que su tamaño: está plantada, literalmente, en una de las puertas del mar Rojo. Fuentes del Gobierno yemení confirmaron la pérdida de la isla después de la retirada de sus fuerzas.
Bab el Mandeb —el nombre árabe suele traducirse como “Puerta de las Lágrimas”— separa Yemen del Cuerno de África y comunica el golfo de Adén con el mar Rojo, el canal de Suez y, finalmente, el Mediterráneo. En su parte más estrecha tiene unos 29 kilómetros. No parece mucho sobre el mapa; para la economía mundial es una aguja por cuyo ojo debe pasar una cantidad formidable de comercio.
Durante los últimos meses, el estrecho ha ganado todavía más importancia porque parte del tráfico energético que normalmente utilizaría Ormuz se ha desplazado hacia el oeste. Por Bab el Mandeb circulan millones de barriles diarios de petróleo y derivados, junto con una porción considerable del comercio internacional que utiliza la ruta de Suez. Una interrupción prolongada obligaría a muchos barcos a rodear África.
Por qué Perim cambia el mapa
Tener Perim no equivale a dominar cada barco que cruza el estrecho. Esa distinción importa. Pero una fuerza dotada de drones, misiles antibuque y proyectiles de largo alcance necesita posiciones, información y capacidad de seguimiento mucho más que una gran flota convencional. Los hutíes llevan años demostrando precisamente esa forma asimétrica de hacer la guerra: relativamente barata para quien dispara y extraordinariamente cara para quien tiene que defender cada mercante.
La experiencia desde finales de 2023 dejó una lección bastante prosaica. Ni siquiera es necesario hundir muchos barcos para alterar una ruta comercial. Cuando aumenta el riesgo, las navieras pueden desviarse alrededor del cabo de Buena Esperanza, alargando trayectos, consumiendo más combustible y ocupando los buques durante más días. El comercio encuentra otro camino, sí; la factura también.
El avance hutí vuelve más creíble esa amenaza. Y añade a Irán una importante carta indirecta en un momento en que el otro gran cuello de botella de la región, el estrecho de Ormuz, continúa gravemente afectado por el conflicto. Antes de la guerra, por Ormuz transitaba aproximadamente una quinta parte del suministro petrolero mundial. Tener tensiones simultáneas en ambos extremos de la península arábiga es el escenario que los estrategas energéticos llevan años intentando evitar.
Bab el Mandeb concentra por sí solo alrededor del 7% del suministro mundial de petróleo y aproximadamente el 12% del comercio global. Las cifras pueden oscilar según los flujos y las rutas empleadas, pero sirven para medir la dimensión del problema: no estamos ante un paso marítimo secundario perdido en un mapa complicado de Oriente Medio.
Arabia Saudí pierde su ruta de escape
Para Riad, la geografía se ha convertido en una encerrona. Con Ormuz prácticamente bloqueado durante buena parte del conflicto, Arabia Saudí había utilizado su infraestructura terrestre para transportar petróleo desde los campos orientales hasta Yanbu, en el mar Rojo, y exportarlo desde allí sin atravesar el Golfo.
Ese sistema dependía de dos piezas: el oleoducto Este-Oeste y una salida marítima razonablemente segura hacia Bab el Mandeb. Ahora ambas están amenazadas. La utilidad de trasladar el crudo de una costa a otra disminuye bastante si el petrolero encuentra un segundo cuello de botella cuando intenta abandonar el mar Rojo.
El príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, habló esta semana con Trump y solicitó ayuda militar estadounidense contra los hutíes. Washington rechazó por el momento una intervención directa, aunque ofreció compartir inteligencia. La decisión refleja una contradicción bastante evidente: Estados Unidos necesita mantener abierta la navegación, pero abrir otro frente contra los hutíes puede empantanarlo todavía más en una guerra regional que ya consume recursos considerables.
El oleoducto Este-Oeste también queda bajo presión
La otra mala noticia llegó desde tierra. Arabia Saudí cerró temporalmente su oleoducto Este-Oeste, de unos 1.200 kilómetros, después de un ataque aéreo que, según los gobiernos iraquí y saudí, partió de Irak. No hubo una reivindicación inmediata. Bagdad abrió una investigación y destituyó a un mando militar de la provincia de Maysan, fronteriza con Irán.
La dimensión económica es considerable. Esa conducción había transportado recientemente entre cuatro y cinco millones de barriles diarios, aproximadamente entre el 4% y el 5% del suministro mundial. El cierre fue presentado como una medida preventiva mientras se evaluaban los daños, pero coincide exactamente con el deterioro de la ruta del mar Rojo.
El petróleo ya había reaccionado antes de este último giro. El Brent superó los 100 dólares por barril esta semana y el coste de contratar grandes petroleros alcanzó máximos, una mezcla de riesgo bélico, escasez de barcos disponibles y trayectos cada vez más complicados. Los problemas logísticos dejan así de ser una nota al pie del conflicto y empiezan a entrar en la economía cotidiana.
El dilema de Trump: intervenir también tiene un precio
Trump tiene ante sí dos opciones poco atractivas. Una intervención estadounidense contra los hutíes podría combinar ataques aéreos, vigilancia, inteligencia y protección naval para mantener abierto Bab el Mandeb. Pero los hutíes sobrevivieron durante años a la campaña militar saudí y posteriormente resistieron operaciones estadounidenses. No son un adversario sencillo de borrar del mapa mediante unas cuantas noches de bombardeos.
Volver a atacarlos supondría también romper el entendimiento alcanzado el año pasado, por el que Washington dejó de bombardear posiciones hutíes a cambio de que el movimiento frenara sus ataques contra la navegación del mar Rojo. Las fuerzas estadounidenses desplegadas en la zona volverían, previsiblemente, a convertirse en objetivos para drones y misiles lanzados desde Yemen.
Y está la munición. Destruir un dron relativamente barato puede exigir un interceptor de defensa aérea muchísimo más costoso. Repetido cientos de veces, el desequilibrio empieza a importar. Fuentes estadounidenses reconocen que una nueva campaña requeriría aviones, buques, inteligencia e interceptores, aunque la Administración Trump sostiene públicamente que dispone de existencias suficientes para cumplir sus objetivos militares.
La presión llega mientras la guerra estadounidense con Irán entra en su séptimo mes. Trump ha intentado combinar presión económica sobre Teherán con una intensidad militar lo bastante limitada como para evitar que el conflicto golpee todavía más a la economía estadounidense. El avance hutí convierte ese equilibrio en algo bastante más difícil de mantener.
La política interior tampoco espera pacientemente fuera de la sala. Con las elecciones legislativas de noviembre acercándose y el precio de los combustibles disparado por la guerra, Trump necesita contener a Irán y a sus aliados sin provocar otro salto del petróleo. La cuadratura del círculo, versión golfo de Adén. El presidente ha confirmado que los propios hutíes contactaron con su Administración para pedir que Estados Unidos no intervenga directamente.
Washington parece optar de momento por mantener cierta distancia: inteligencia para Arabia Saudí, apoyo a sus socios y protección de la libertad de navegación, pero sin otra campaña aérea estadounidense a gran escala. Es una línea prudente sobre el papel. Si empiezan los ataques sistemáticos contra barcos, sostenerla será bastante más complicado.
Yemen vuelve al centro de una guerra que nunca terminó del todo
El nuevo frente no nace de la nada. Los hutíes conquistaron Saná en 2014 y obligaron al Gobierno reconocido internacionalmente a abandonar la capital. Arabia Saudí intervino militarmente al año siguiente al frente de una coalición que, pese a años de bombardeos, no logró derrotar al movimiento.
Desde la tregua de 2022, las grandes líneas del frente habían quedado relativamente congeladas. Yemen seguía dividido, pobre y políticamente roto, pero la guerra había perdido parte de su intensidad. La actual ofensiva amenaza con deshacer ese frágil equilibrio. Fuerzas vinculadas al Gobierno y respaldadas por Arabia Saudí preparan ahora operaciones para recuperar las posiciones perdidas en la costa.
Eso convierte Bab el Mandeb en algo más que un problema de petroleros. Una reanudación amplia de la guerra yemení podría provocar nuevos desplazamientos de población y agravar una crisis humanitaria que lleva más de una década enquistada. El movimiento hutí, entretanto, llega a esta fase con más territorio estratégico, mayor experiencia militar y un arsenal de drones y misiles que ya ha demostrado capacidad para alterar el tráfico internacional.
Irán obtiene influencia de esa situación, aunque conviene evitar una simplificación fácil: los hutíes tienen una agenda propia yemení, aun manteniendo una estrecha relación política y militar con Teherán. La coincidencia de intereses, eso sí, resulta especialmente útil para Irán en plena confrontación con Estados Unidos. Presionar el mar Rojo obliga a Washington y Riad a repartir atención y recursos lejos del frente iraní.
El mar Rojo deja de ser el plan B de Arabia Saudí
La ofensiva hutí ha cambiado el problema estratégico en apenas unos días. Arabia Saudí utilizaba el mar Rojo para reducir su dependencia de Ormuz; los hutíes han avanzado hasta la puerta de esa ruta y el oleoducto que alimentaba la alternativa saudí está temporalmente detenido. Perim convierte una amenaza lejana en una presencia física dentro del estrecho.
Eso no significa que Bab el Mandeb esté cerrado. Los barcos continúan navegando y la capacidad hutí para mantener un bloqueo completo estaría sometida a una enorme presión militar internacional. Lo que sí ha cambiado es el cálculo del riesgo. Para una naviera, una aseguradora o un operador petrolero, la cuestión no es solamente quién controla jurídicamente una vía marítima. Importa quién puede alcanzar un buque que pasa por ella.
Trump intenta evitar que esa amenaza le obligue a sumar otra guerra dentro de la guerra. Arabia Saudí necesita recuperar margen. Irán gana una nueva palanca sin tener que desplegar su propia marina en el mar Rojo. Y Bab el Mandeb, una franja de agua cuyo nombre ya advertía de problemas muchos siglos antes de que existiera el petróleo, vuelve a justificarlo: la Puerta de las Lágrimas se ha convertido en uno de los puntos más delicados de la economía mundial.

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