Ciencia
¿Por qué El Niño está frenando los huracanes del Atlántico en 2026?
El Atlántico vive una temporada de huracanes muy débil en 2026, marcada por El Niño, la cizalladura del viento y bolsas persistentes de aire seco.

Resumen
- El Atlántico suma cinco tormentas con nombre y ningún huracán en 2026
- El Niño está reforzando la cizalladura que dificulta organizar ciclones
- La temporada sigue abierta, pero su energía acumulada es excepcionalmente baja
El Atlántico ha llegado al corazón de la temporada de huracanes de 2026 con una anomalía difícil de pasar por alto: no se ha formado todavía ningún huracán. A 12 de septiembre, la cuenca había registrado cinco tormentas con nombre —Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly y Edouard—, pero ninguna consiguió alcanzar la categoría de huracán. Y no hablamos precisamente de una época tranquila del calendario: el máximo climatológico de actividad se sitúa alrededor del 10 de septiembre.
Detrás de este frenazo aparece un protagonista conocido, El Niño, que se está fortaleciendo en el Pacífico ecuatorial y está alterando la circulación atmosférica a miles de kilómetros. Su influencia está aumentando la cizalladura vertical del viento sobre buena parte del Atlántico tropical, una especie de tijera atmosférica capaz de desmontar las tormentas antes de que organicen el enorme engranaje necesario para convertirse en huracanes. A eso se suma la presencia de aire relativamente seco en algunas zonas. El resultado, por ahora, es un océano con combustible pero con una atmósfera que no permite encender fácilmente el motor.
Un Atlántico caliente que no consigue fabricar huracanes
Es precisamente ahí donde la temporada de 2026 rompe una de las asociaciones más intuitivas sobre los ciclones tropicales. El agua del Atlántico sigue siendo cálida y existen zonas con un contenido elevado de calor oceánico. Pero un mar caliente no fabrica por sí solo un huracán. Hace falta humedad abundante, inestabilidad, una perturbación inicial suficientemente organizada y, sobre todo, que los vientos a distintas alturas no tiren del sistema en direcciones incompatibles.
La cizalladura actúa como unas tijeras sobre las tormentas
La llamada cizalladura vertical del viento describe el cambio de velocidad o dirección del viento con la altura. Cuando es intensa, las tormentas que rodean una depresión tropical se desplazan respecto a su centro de circulación. Imagínese intentando mantener recta la llama de una vela mientras alguien sopla lateralmente desde distintos ángulos. El combustible sigue ahí, la llama también puede aparecer, pero mantenerla organizada se vuelve mucho más difícil.
Eso es lo que está ocurriendo especialmente entre el Caribe y sectores del Atlántico tropical occidental. Las condiciones observadas muestran una cizalladura superior a la habitual, mientras que hacia zonas más orientales del Atlántico se ha detectado también aire seco en niveles medios de la atmósfera. Ese aire puede introducirse dentro de las tormentas y debilitar la convección, es decir, las grandes columnas ascendentes de aire cálido y húmedo que alimentan un ciclón tropical.
El Niño gana fuerza y altera la atmósfera a gran distancia
El Niño está detrás de buena parte de este escenario. Este fenómeno nace por un calentamiento anómalo del Pacífico ecuatorial, pero sus consecuencias no se quedan allí. Modifica las corrientes atmosféricas tropicales y puede cambiar el comportamiento del tiempo a escala planetaria. En el Atlántico, uno de sus efectos clásicos es precisamente favorecer una mayor cizalladura, particularmente durante los meses centrales de la temporada de huracanes.
Y el episodio de 2026 no parece menor. El diagnóstico publicado el 10 de septiembre señala que El Niño continúa fortaleciéndose y concede más de un 90 % de probabilidades de alcanzar una intensidad muy fuerte durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027. En agosto, el índice Niño 3.4 había alcanzado una anomalía de +1,8 grados Celsius y algunas zonas del Pacífico ecuatorial oriental superaban los +3 grados.
La relación histórica encaja bastante bien con lo que estamos viendo. Durante episodios intensos de El Niño, la actividad ciclónica del Atlántico suele situarse por debajo de la media. De hecho, los episodios fuertes registrados desde 1950 han estado asociados a temporadas atlánticas de actividad inferior a lo normal. No es una regla matemática —la atmósfera detesta obedecer reglas demasiado bonitas—, pero la señal estadística resulta clara.
Una temporada anormalmente débil en pleno mes de septiembre
Las cifras de este año son especialmente llamativas. Hasta las primeras horas del 12 de septiembre se contabilizaban cinco tormentas tropicales, cero huracanes y cero huracanes mayores. La energía ciclónica acumulada, conocida por sus siglas inglesas ACE, se situaba en 4,4 unidades, aproximadamente un 93 % por debajo del valor normal para esta altura de la temporada. Este índice no cuenta simplemente cuántas tormentas aparecen: también refleja cuánto duran y qué intensidad alcanzan. Cinco sistemas débiles y fugaces pesan mucho menos que uno o dos grandes huracanes capaces de permanecer días sobre aguas abiertas.
El contraste resulta todavía más evidente porque el Atlántico ha atravesado exactamente las semanas en las que estadísticamente debería acelerar. La temporada oficial se extiende desde el 1 de junio hasta el 30 de noviembre, pero la mayor concentración de ciclones suele producirse entre mediados de agosto y mediados de octubre. El 10 de septiembre marca aproximadamente el pico climatológico. En otras palabras: el calendario decía huracanes; la atmósfera, de momento, ha contestado otra cosa.
Las previsiones ya apuntaban hacia una campaña más tranquila
La situación tampoco ha pillado completamente por sorpresa. En su actualización del 6 de agosto, la NOAA elevó hasta el 75 % la probabilidad de una temporada por debajo de lo normal, frente a un 20 % de posibilidades de actividad cercana a la media y apenas un 5 % por encima de ella. Su intervalo más probable contemplaba entre siete y 13 tormentas con nombre, entre dos y seis huracanes y entre cero y dos huracanes de gran intensidad.
La previsión inicial ya apuntaba hacia una temporada discreta, pero la intensidad con la que El Niño ha ido consolidándose reforzó posteriormente esa expectativa. Los modelos anticipaban una cizalladura superior a la media sobre la principal región de desarrollo del Atlántico, el enorme corredor tropical que se extiende desde aguas próximas a África hasta el Caribe. Es el lugar donde muchas ondas tropicales procedentes del continente africano comienzan el largo proceso que, cuando todas las piezas encajan, termina formando un huracán.
Este año varias piezas están desencajadas. Incluso la relativa calidez de la superficie marina ha perdido parte de su capacidad de inclinar la balanza: los trópicos en conjunto están muy calientes, de modo que importa no solo la temperatura absoluta del Atlántico, sino también cómo se compara con otros océanos. La circulación atmosférica responde a esos contrastes. Un Atlántico cálido puede parecer una autopista para los ciclones; con fuertes vientos cruzados encima, la autopista está abierta pero llena de barreras.
El Pacífico muestra la otra cara de El Niño
Existe además una curiosa imagen especular al otro lado de América. Mientras El Niño suele perjudicar a los huracanes atlánticos, puede crear condiciones más favorables para los ciclones del Pacífico oriental y central. Allí la temporada de 2026 ha mostrado mucha más vitalidad. El mismo patrón climático que pone piedras en el camino del Atlántico puede retirar obstáculos en otra cuenca. No es que El Niño destruya huracanes, simplemente redistribuye las condiciones atmosféricas que facilitan o dificultan su formación.
Conviene, sin embargo, no convertir esta tranquilidad estadística en una falsa sensación de seguridad. Una temporada poco activa puede producir un ciclón destructivo. Los pronósticos estacionales estiman el nivel general de actividad de toda una cuenca, pero no pueden anticipar con meses de antelación dónde tocará tierra un huracán concreto. La trayectoria depende de configuraciones atmosféricas que solo adquieren suficiente previsibilidad cuando el sistema ya existe y se encuentra a días, no a meses, de una determinada costa.
Tampoco la ausencia de huracanes hasta mediados de septiembre significa que 2026 vaya necesariamente a terminar sin ellos. Quedan semanas de temporada y las condiciones locales pueden cambiar durante periodos relativamente cortos. Una ventana con menor cizalladura, más humedad y una onda tropical bien estructurada bastaría para permitir un desarrollo rápido. La estadística reduce probabilidades; no concede inmunidad.
Ese matiz importa especialmente este año. El Niño está creciendo mientras la temporada atlántica avanza, por lo que su influencia inhibidora podría seguir siendo relevante durante las próximas semanas. Pero la meteorología tropical vive de equilibrios delicados. Incluso en una atmósfera generalmente hostil puede aparecer un pequeño pasillo favorable y, sobre un océano suficientemente cálido, una perturbación puede aprovecharlo.
Un Atlántico caliente, pero con el freno echado
Lo extraordinario de 2026 no es simplemente que haya habido pocas tormentas. Es que, llegados al momento climatológicamente más favorable, ninguna de las cinco ha dado el salto a huracán y la energía acumulada permanece extraordinariamente baja. El Niño ofrece una explicación física convincente, acompañado por una fuerte cizalladura y bolsas de aire seco: tres elementos que están dejando al Atlántico tropical con una apariencia engañosa, cálido en la superficie pero incómodo en las alturas.
Por eso la imagen más precisa quizá sea la de una cocina con todos los ingredientes sobre la mesa y el horno funcionando mal. El calor del océano está disponible. Las ondas tropicales siguen cruzando desde África. La humedad aparece aquí y allá. Pero la atmósfera mezcla, corta y desplaza las tormentas antes de que puedan construir una circulación sólida. El Niño está inclinando la balanza, y hasta mediados de septiembre lo ha hecho con una eficacia poco habitual.
La temporada aún no ha terminado y el Atlántico conservará capacidad para dar algún sobresalto. Pero los datos disponibles hasta el 12 de septiembre dibujan una fotografía bastante nítida: 2026 está siendo una temporada excepcionalmente apagada justo cuando debería rugir. No porque falte calor en el agua, sino porque, varios kilómetros más arriba, los vientos están poniendo orden a su manera. Y esta vez ese orden juega contra los huracanes.












