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Economía

¿Por qué Canadá deja de comprar a EE.UU. y busca productos de España?

Canadá compra más producto nacional y busca proveedores en España, África y América Latina mientras crece el rechazo a las importaciones de EE.UU.

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estanteria vacia supermercado de EEUU

Resumen

  • El boicot a productos de EE.UU. cambia las compras en Canadá
  • Los supermercados buscan más proveedores en España y otros países
  • Ottawa impulsa invernaderos para reducir la dependencia exterior

El enfrentamiento comercial entre Canadá y Estados Unidos ha saltado de los despachos a un terreno mucho más cotidiano: el carrito de la compra. Cada vez más consumidores canadienses buscan alimentos producidos en su país y evitan, cuando tienen alternativa, los procedentes de Estados Unidos. Los supermercados han reaccionado aumentando la presencia de productos nacionales, haciendo más visible su origen y buscando nuevos proveedores en países como España, Marruecos, Sudáfrica, Brasil y Honduras.

No significa que Canadá haya dejado de comprar alimentos estadounidenses —ni podría hacerlo de la noche a la mañana—, pero sí que está apareciendo algo bastante más profundo que una campaña pasajera. El origen de una naranja, unas fresas o una lechuga se ha convertido en un criterio de compra junto al precio y la calidad. Y eso, en uno de los mercados alimentarios más integrados del mundo, empieza a mover las piezas.

El boicot ya se nota en los supermercados canadienses

La imagen se repite en tiendas de Ontario y otras provincias: hojas de arce junto a los alimentos nacionales, carteles más grandes indicando el país de procedencia y consumidores que giran los envases antes de meterlos en la cesta. No buscan tanto las calorías como la bandera.

Vince’s Market, una pequeña cadena con cuatro establecimientos en el área metropolitana de Toronto, ofrece ya alrededor de un 90% de productos frescos canadienses, según explicó su presidente, Giancarlo Trimarchi. La empresa ha empezado, por ejemplo, a abastecerse de fresas cultivadas en Quebec en lugar de recurrir automáticamente a proveedores estadounidenses.

El cambio no ha llegado sin coste. Comprar local puede exigir otros contratos, una logística diferente y, dependiendo de la temporada, precios menos competitivos. Para un supermercado, el viejo dilema era relativamente sencillo: calidad o precio. Ahora ha aparecido una tercera casilla que complica la ecuación: el país de origen.

Las grandes cadenas también lo han entendido. Loblaw, el mayor minorista alimentario canadiense, recuperó en agosto grandes distintivos con la hoja de arce en las zonas de productos frescos y volvió a utilizar etiquetas específicas para señalar mercancías afectadas por los aranceles. Metro, otro de los grandes nombres del sector, mantiene su prioridad hacia proveedores locales.

No es decoración patriótica colocada entre las manzanas. Los supermercados están respondiendo a clientes que quieren saber con bastante más precisión dónde se ha producido aquello que pagan.

De California a Quebec, Sudáfrica o España

Estados Unidos conserva una ventaja difícil de borrar del mapa. La frontera terrestre, unas redes logísticas construidas durante décadas y la enorme capacidad agrícola estadounidense hacen que transportar fruta y verdura desde el sur resulte muchas veces más barato que buscarla a miles de kilómetros.

Canadá es, de hecho, uno de los mayores compradores mundiales de verduras frescas y Estados Unidos sigue siendo su principal proveedor. Sin embargo, la dependencia empieza a aflojar. En julio de 2026, el 62,6% de las importaciones canadienses de verduras procedía de Estados Unidos, frente al 69% registrado en el mismo mes de 2023. En frutas, más de la mitad de las importaciones todavía tiene origen estadounidense.

La dirección del movimiento, aun así, es bastante visible. Algunos comerciantes están sustituyendo mercancía de Estados Unidos por alimentos procedentes de Marruecos, Sudáfrica, España, Brasil o Honduras. No siempre porque sean más baratos. A veces ocurre precisamente lo contrario.

España entra en una cadena de suministro más diversificada

Para los productores españoles hay aquí un detalle interesante. El consumidor canadiense no está sustituyendo necesariamente el producto extranjero por producto canadiense; en invierno, sencillamente, eso es imposible en muchas categorías. Lo que está cambiando es qué extranjero ocupa el hueco.

España ya cuenta con una agricultura intensiva y una industria exportadora acostumbrada a servir frutas y hortalizas fuera de temporada a mercados exigentes. En un Canadá que intenta depender menos de Estados Unidos, los proveedores españoles encajan dentro de esa búsqueda de rutas alternativas, junto con productores latinoamericanos, africanos y mediterráneos.

Traer mercancía desde España o Sudáfrica implica más kilómetros, transporte marítimo o aéreo, seguros, almacenamiento y una planificación más compleja. La proximidad estadounidense continúa jugando con cartas muy buenas.

Pero después de una guerra comercial, las empresas empiezan a poner precio a algo que antes parecía invisible: el riesgo de depender demasiado de un único proveedor. Una cadena ligeramente más cara puede resultar atractiva si permite mantener las estanterías llenas cuando aparecen nuevos aranceles, prohibiciones o disputas políticas.

Ahí está el cambio silencioso. Una vez firmados los contratos, organizadas las rutas y probados nuevos proveedores, volver al esquema anterior deja de ser automático.

La guerra comercial convirtió la etiqueta en política

El movimiento de compra canadiense comenzó a ganar fuerza en 2025 y se ha endurecido durante 2026 a medida que las relaciones entre Ottawa y Washington se deterioraban.

Las conversaciones comerciales volvieron a romperse el 21 de agosto de 2026. Estados Unidos elevó después la presión sobre productos canadienses y Ottawa respondió con nuevas contramedidas. Desde el 8 de septiembre, Canadá aplica aranceles del 15%, 25% y 50% a distintas mercancías estadounidenses, sobre importaciones valoradas por su Gobierno en 27.600 millones de dólares canadienses.

Acero, aluminio, productos lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, papel, plásticos y electrónica figuran entre los sectores golpeados. El conflicto ya no parece aquella típica disputa comercial que llena unas páginas de economía y desaparece de la conversación a la hora de cenar. Ha entrado en la vida diaria.

A ello se añadió un episodio peculiar. Donald Trump firmó el 27 de agosto una orden ejecutiva para que la Administración federal estadounidense utilizase “Lake America” en lugar de Lake Ontario. La medida tiene efecto sobre la nomenclatura federal de Estados Unidos, no sobre la canadiense, pero en Canadá fue recibida en plena escalada política entre ambos vecinos.

Poner otro nombre a un lago compartido quizá no modifica el precio de los tomates. El problema es otro: ayuda a explicar por qué una parte de los canadienses ya no interpreta el conflicto exclusivamente como una pelea de aranceles. Se ha colado una cuestión de identidad nacional y confianza.

El invierno impide que Canadá cierre la despensa

Hay, sin embargo, una realidad menos patriótica y bastante más fría: el invierno canadiense.

Cultivar durante todo el año tomates, fresas, pimientos o verduras de hoja en buena parte del país requiere invernaderos, calefacción, iluminación, tecnología y energía. Las patatas y otros tubérculos pueden almacenarse durante meses; una frambuesa tiene peor carácter.

Por eso la independencia alimentaria absoluta no está sobre la mesa. Canadá seguirá importando frutas y verduras. La cuestión es de dónde llegarán y cuánto costarán.

El Gobierno canadiense lanzó este año una Estrategia Nacional de Seguridad Alimentaria respaldada por más de 3.000 millones de dólares canadienses durante diez años. Dentro de ese paquete, 750 millones se destinan específicamente a aumentar la producción de frutas y verduras durante todo el año mediante invernaderos, granjas verticales y otros sistemas de cultivo en espacios cerrados.

La diferencia importa. No son 3.000 millones únicamente para construir invernaderos, sino una estrategia alimentaria mucho más amplia de la que esos cultivos forman parte. Ottawa pretende aumentar la producción nacional, reducir algunas dependencias externas y, al mismo tiempo, combatir unos precios de los alimentos que llevan tiempo apretando el bolsillo canadiense.

Producir más no resuelve todos los problemas

Canadá tiene incluso una dificultad doméstica sorprendente para un país tan integrado con Estados Unidos: mover determinados alimentos entre sus propias provincias puede resultar más complicado de lo que parece.

Diferencias regulatorias, licencias provinciales y requisitos administrativos dificultan que algunos pequeños productores vendan con la misma facilidad en otra provincia. Ottawa pretende reducir esas barreras internas y facilitar que un alimento producido bajo autorización provincial pueda alcanzar mercados del resto del país.

Es una paradoja bastante elocuente. Canadá quiere comprar menos al vecino estadounidense mientras todavía trabaja para conseguir que determinados productos canadienses circulen mejor dentro de Canadá.

La política alimentaria del país se está moviendo así en dos direcciones. Una busca producir más cerca de casa; la otra, diversificar las importaciones para que Estados Unidos deje de ser la respuesta automática cuando la producción nacional no alcanza.

Para las cadenas de supermercados significa negociar con más proveedores, gestionar temporadas distintas y vigilar costes de transporte mucho más variados. Para el consumidor puede significar encontrarse naranjas sudafricanas, frutas latinoamericanas o verduras españolas donde antes el producto estadounidense dominaba sin demasiada discusión.

Comprar canadiense también tiene un precio

El componente político resulta evidente, pero el bolsillo terminará teniendo voz. Los alimentos estadounidenses suelen beneficiarse de economías de escala, carreteras directas y tiempos de transporte cortos. Sustituirlos sistemáticamente puede encarecer determinadas categorías, sobre todo fuera de la temporada agrícola canadiense.

Por eso nadie puede asegurar que el boicot vaya a mantener durante años la intensidad actual. Si mejoran las relaciones con Washington, desaparecen aranceles y los productos estadounidenses vuelven a ofrecer una diferencia clara de precio, una parte de los consumidores probablemente reconsiderará sus preferencias.

Pero tampoco parece sencillo rebobinar hasta 2024. Los distribuidores que antes tenían un proveedor estadounidense pueden terminar con cuatro; las cadenas que apenas destacaban el origen de sus mercancías han descubierto que la procedencia vende; y los consumidores han adquirido el hábito de mirar una etiqueta que antes pasaba inadvertida.

La diversificación, una vez construida, tiene cierta inercia.

Una frontera económica que ya no parece invisible

Canadá y Estados Unidos seguirán unidos por una geografía imposible de negociar. Comparten miles de kilómetros de frontera, cadenas industriales, energía, carreteras, agricultura y uno de los intercambios comerciales más profundos del planeta. Ninguna campaña de consumidores borra esa interdependencia económica.

Lo que sí puede borrar es la sensación de que aquella integración era irreversible.

El boicot canadiense está demostrando que una disputa política puede acabar reordenando una estantería de supermercado. Primero aparece una hoja de arce junto al precio. Después llegan las fresas de Quebec, las naranjas de Sudáfrica, la producción de Marruecos o las frutas y hortalizas procedentes de España y América Latina. Entre medias, contratos nuevos, rutas nuevas, costes nuevos.

Estados Unidos continúa siendo indispensable para el abastecimiento canadiense, pero empieza a ser un poco menos inevitable. Y esa diferencia, pequeña sobre el papel, puede resultar mucho más duradera que el enfado que la provocó.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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