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¿Por qué los centros de datos amenazan con reclamar millones a España?

El nuevo decreto para centros de datos enfrenta al Gobierno con un sector que teme perder inversiones y estudia reclamar compensaciones millonarias.

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centros de datos en accion

Resumen

  • El sector amenaza con reclamar millones por el nuevo decreto
  • Tres promotores vinculan 9.000 millones de inversión a los cambios
  • El 80% renovable hora a hora concentra buena parte del conflicto

La regulación de los centros de datos ha abierto un conflicto de muchos ceros entre el Gobierno y una industria que hasta hace poco miraba a España como uno de los grandes destinos europeos para invertir. La patronal SpainDC sostiene que, si el nuevo real decreto sale adelante tal como fue sometido a consulta pública, algunos operadores podrían reclamar indemnizaciones multimillonarias al Estado por haber cambiado las condiciones de proyectos que ya estaban en marcha o comprometidos.

No hay, por ahora, una lluvia de demandas presentada ante los tribunales ni una factura concreta esperando en algún cajón ministerial. Lo que existe es una advertencia seria del sector. SpainDC cifra en unos 9.000 millones de euros las inversiones vinculadas a tres promotores que, según la asociación, están dispuestos a abandonar sus proyectos si el texto mantiene su configuración actual. Detrás aparece una cifra todavía mayor: el sector calcula que España podría movilizar 66.900 millones de euros hasta 2030 en centros de datos, impulsados sobre todo por la nube y la inteligencia artificial.

El choque llega en un momento delicado. El plazo de alegaciones al proyecto terminó el 10 de septiembre de 2026 y el Gobierno debe decidir hasta dónde mantiene unas exigencias diseñadas para proteger la red eléctrica, el agua y el bolsillo de los consumidores, y hasta dónde las modifica para evitar que la inversión tome otra carretera. Portugal, por proximidad, aparece ya en las conversaciones empresariales.

El 80% renovable hora a hora está en el centro de la disputa

El requisito que más ruido ha provocado parece sencillo escrito sobre un papel, pero técnicamente es bastante más áspero. El borrador obliga a los centros de datos afectados por la norma a cubrir al menos el 80% de su consumo con nueva generación renovable, y no basta con hacer las cuentas al terminar el mes o el año.

La correspondencia debe acreditarse hora a hora. Es decir, si un centro consume electricidad a las tres de la madrugada, tendrá que demostrar que, durante esa misma hora, una parte equivalente de la energía exigida procede de generación renovable vinculada al proyecto. La fotovoltaica, obviamente, duerme de noche. Ahí entran la eólica, el almacenamiento, el autoconsumo y los contratos de compra de electricidad a largo plazo, los conocidos PPA.

El concepto técnico que utiliza el Gobierno es el de adicionalidad: el nuevo consumo eléctrico debe ir acompañado de nueva producción renovable. Según el planteamiento publicado por el Ministerio para la Transición Ecológica, cada megavatio de nueva demanda tendría que estar respaldado por capacidad renovable instalada en los 18 meses anteriores a la entrada en funcionamiento del centro.

El requisito del 80% desaparecería cuando las energías renovables superen el 90% del mix eléctrico español, aunque seguirían existiendo otras condiciones de funcionamiento. Para el Ejecutivo, el razonamiento es bastante terrenal: evitar que estos enormes consumidores obliguen a quemar más gas, tensionen la red o terminen trasladando costes adicionales a hogares e industrias.

Para los operadores, la receta es excesiva. SpainDC sostiene que una empresa dedicada a procesar y almacenar información no debería verse obligada, en la práctica, a convertirse también en una suerte de gestor energético capaz de cuadrar viento, sol, baterías y demanda las 24 horas. Y ahí empieza la batalla.

No es solo electricidad: también agua, eficiencia y datos

Reducir el decreto a la energía renovable dejaría fuera una parte importante de la historia. El proyecto regula los centros con una potencia de acceso igual o superior a 1 MW y establece requisitos de eficiencia energética, consumo de agua, resiliencia y soberanía digital.

En materia de eficiencia, el Gobierno pretende exigir los niveles correspondientes a la futura categoría A europea. Hasta que entre plenamente en funcionamiento el sistema comunitario de etiquetado, previsto para agosto de 2027, el borrador fija límites transitorios para dos indicadores que en este negocio son casi el termómetro y la presión arterial de una instalación.

El PUE mide, de forma simplificada, cuánta electricidad necesita realmente el edificio respecto a la que utiliza su equipamiento informático. Cuanto más se aproxima a 1, menos energía se pierde en refrigeración y otros sistemas auxiliares. El decreto plantea un PUE máximo de 1,15. En agua ocurre algo parecido con el WUE, para el que se contempla un valor máximo de 0,1 durante ese periodo transitorio.

Los datos públicos también entran en juego

Hay otra parte menos visible, aunque políticamente relevante. Los operadores deberán estar establecidos en la Unión Europea y tendrán obligaciones destinadas a mantener bajo jurisdicción comunitaria determinados datos relacionados con el funcionamiento de las instalaciones.

El texto va más lejos cuando se trata de sistemas de información del sector público sometidos al Esquema Nacional de Seguridad: los datos, metadatos, registros, copias y réplicas deberán tratarse, almacenarse y transferirse exclusivamente dentro de la UE.

No es un detalle decorativo. En plena carrera por la inteligencia artificial, el lugar físico donde viven los datos se ha convertido en una pieza de soberanía digital. Durante años internet pareció una nube vaporosa, casi sin geografía; la realidad es bastante menos poética: edificios enormes, cables, transformadores, agua, electricidad y legislación.

Los 9.000 millones que han encendido las alarmas

SpainDC asegura que tres promotores han advertido de que podrían abandonar inversiones por unos 9.000 millones si el decreto se mantiene intacto. La patronal no ha identificado públicamente esos tres proyectos en la advertencia conocida este viernes, de modo que conviene no convertir la cifra en una lista de compañías por intuición.

Sí forman parte de la asociación grandes actores tecnológicos y operadores del sector, entre ellos compañías vinculadas al ecosistema de Amazon, Microsoft o Google. España se había convertido en un destino especialmente atractivo por la disponibilidad de suelo, la conexión mediante cables submarinos, la expansión de las energías renovables y una electricidad que, en determinadas horas, puede resultar competitiva.

La explosión de la inteligencia artificial ha multiplicado el apetito. Los centros de datos comerciales instalados en España cerraron 2025 con unos 439 MW de potencia tecnológica, un 24% más que un año antes, y las previsiones de SpainDC apuntan a más de 2.500 MW al terminar la década.

Pero hay otra cifra que explica por qué el Gobierno ha decidido intervenir. Desde 2021 se han concedido más de 12 GW de derechos de acceso y conexión para este tipo de instalaciones, muy por encima de la capacidad que las propias previsiones oficiales consideran probable que llegue a materializarse.

Sobre el papel, por tanto, existen muchos más proyectos eléctricos que centros de datos previsibles. Y una conexión reservada para una instalación que nunca se construye puede bloquear capacidad de la red que necesita una fábrica, una promoción residencial o cualquier otra actividad. Es una de las razones con las que el Ejecutivo defiende la criba.

Aragón se convierte en el gran campo de batalla

El conflicto se observa con especial intensidad en Aragón, una comunidad que ha colocado buena parte de su estrategia económica en la llegada de grandes infraestructuras digitales. Amazon Web Services ya opera allí y mantiene importantes planes de expansión; Microsoft y otros inversores han promovido también proyectos en territorio aragonés.

El Gobierno autonómico ha reclamado una revisión integral del real decreto. Considera que algunos requisitos son prácticamente imposibles de cumplir incluso en una región con una producción renovable muy elevada y teme que las nuevas condiciones alcancen a inversiones diseñadas bajo unas reglas diferentes.

El Ejecutivo aragonés ha puesto además el foco en los proyectos en tramitación. El borrador establece que esas instalaciones dispondrán, con carácter general, de seis meses para adaptarse a los nuevos requisitos; el margen baja a tres meses en determinados proyectos pendientes de concursos de acceso a la red. Para las empresas que llevan años comprando suelo, obteniendo permisos y encargando obra, seis meses pueden parecer un pestañeo.

Aquí aparece la expresión que más preocupa a los inversores: seguridad jurídica. El sector sostiene que modificar las condiciones después de haber comprometido capital puede generar responsabilidad patrimonial y reclamaciones. El Gobierno replica, en esencia, que la prioridad es evitar que decisiones privadas terminen socializando costes eléctricos o ambientales.

¿Puede España acabar pagando indemnizaciones?

La respuesta seria es que todavía no se sabe. Hablar de indemnizaciones potenciales no equivale a afirmar que las empresas tengan automáticamente derecho a cobrarlas.

El proyecto establece que los nuevos requisitos se aplicarán a los centros que se conecten después de la entrada en vigor del real decreto. Esa precisión importa. No se trata, en sentido estricto, de imponer las nuevas obligaciones a una instalación que ya funciona desde hace años, sino de afectar también a determinados proyectos iniciados bajo el marco anterior pero todavía pendientes de conexión.

Ahí podría comenzar la discusión jurídica. Para obtener una compensación no basta con demostrar que una regulación resulta más cara o incómoda; habría que acreditar, según cada caso y cada vía de reclamación, que existe un perjuicio indemnizable y que concurren los requisitos legales correspondientes. El resultado dependería de cómo quede finalmente redactado el decreto, de la situación administrativa de cada proyecto y, llegado el caso, de lo que determinen los tribunales.

Por eso los 9.000 millones no son una indemnización calculada. Son el volumen de inversión que la patronal considera directamente amenazado en tres proyectos. Confundir ambas cantidades convertiría una advertencia empresarial en una sentencia que nadie ha dictado.

La tormenta regulatoria no significa que el texto esté cerrado. El Gobierno ha recibido cientos de alegaciones y desde la Administración se ha apuntado a la posibilidad de suavizar algunos requisitos, siempre que los cambios no terminen repercutiendo en la factura eléctrica.

La posición oficial mantiene, de momento, el principio esencial: una expansión rápida de centros de datos no puede hacer que el resto de consumidores pague las nuevas redes, la generación de respaldo o un mayor uso de gas necesario para alimentar instalaciones que funcionan día y noche.

El sector acepta que exista vigilancia sobre su crecimiento y que se actúe si aparecen impactos reales. Lo que rechaza es una regulación preventiva que, a su juicio, presupone problemas antes de que se produzcan. SpainDC señala que los centros de datos representan actualmente alrededor del 0,8% de la demanda eléctrica española y estima que podrían alcanzar aproximadamente el 3% en 2030.

Son dos fotografías distintas del mismo paisaje. El Gobierno observa los gigavatios solicitados y ve una posible avalancha. Las empresas miran los proyectos que realmente terminarán construyéndose y ven una amenaza sobredimensionada. Entre ambos números hay muchísimo dinero en juego.

España se juega más que una pelea regulatoria

El debate ya no consiste en decidir si España quiere centros de datos. Los quiere. El propio Gobierno los considera infraestructuras esenciales para la digitalización, la inteligencia artificial y la soberanía tecnológica europea. La discusión está en qué precio energético, hídrico y territorial está dispuesta a asumir para tenerlos.

Tampoco tiene demasiado sentido plantearlo como una elección infantil entre tecnología y medio ambiente. Un centro de datos que aporta inversión pero necesita una red que pagan otros puede convertirse en un mal negocio colectivo; una regulación impecablemente verde que hace inviable cualquier inversión puede acabar exportando infraestructura, empleo e impuestos a otro país mientras los españoles siguen utilizando exactamente los mismos servicios digitales.

Ese es el nudo que deberá deshacer el texto definitivo. El decreto aún puede cambiar y las indemnizaciones siguen siendo una posibilidad, no un hecho consumado. Pero la advertencia de los 9.000 millones de euros muestra que la discusión ha dejado de ser un intercambio técnico entre ministerios y empresas. Hay capital ya comprometido, comunidades autónomas que se juegan buena parte de sus planes industriales y una red eléctrica que no es infinita.

La nube, al final, pesa. Y consume bastante electricidad.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.