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¿Cómo logra el X-59 de la NASA 25 vuelos de prueba sin fallos graves?

El X-59 de la NASA consolida sus pruebas supersónicas tras 25 vuelos y prepara la fase decisiva para medir cuánto reduce el estampido sónico.

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El x59 de la nasa

Foto: NASA / Steve Freeman / Wikimedia Commons — Armstrong Flight Research Center, imagen AFRC2023-0198-03, dominio público.

Resumen

  • El X-59 suma 25 vuelos de prueba sin averías graves
  • El avión de la NASA ya ha alcanzado Mach 1,4 y 55.000 pies
  • La próxima fase medirá cuánto reduce realmente el estampido sónico

El X-59 de la NASA ha superado sus primeros 25 vuelos de prueba con un balance especialmente sólido para un avión experimental: sin averías graves y con un comportamiento en el aire muy próximo al previsto por los modelos informáticos y las pruebas realizadas antes de despegar. El dato importa porque no estamos ante un avión convencional ni ante el prototipo de un futuro aparato de pasajeros, sino ante una máquina construida para comprobar una idea que durante décadas ha parecido casi contradictoria: volar más rápido que el sonido sin provocar el estruendo habitual de un avión supersónico.

El vuelo número 25 tuvo lugar el 21 de agosto de 2026 desde el Armstrong Flight Research Center, en Edwards, California. Duró 72 minutos y llevó al X-59 hasta Mach 1,2 y unos 49.000 pies de altitud, cerca de 15 kilómetros. Para entonces el aparato ya había alcanzado velocidades aún mayores en otros ensayos: el 12 de junio llegó a Mach 1,4 y 55.000 pies, precisamente las condiciones previstas para una parte esencial de la misión Quesst.

Hay, eso sí, una pequeña letra al pie. Hablar de 25 vuelos absolutamente perfectos sería exagerar. Durante el segundo vuelo, en marzo, una advertencia en cabina hizo regresar al aparato pocos minutos después del despegue. La investigación posterior comprobó que no existía el problema indicado: era un falso positivo de la instrumentación. Se corrigió y las pruebas continuaron. En aviación experimental, donde precisamente se vuela para descubrir qué puede salir mal, el historial sigue siendo notable.

El X-59 confirma en el aire lo que la NASA calculó durante años

Una de las noticias más relevantes para los ingenieros no está en una cifra espectacular de velocidad. Está en algo bastante menos vistoso: el avión real se está comportando de forma muy parecida al avión virtual que durante años existió en simulaciones, túneles de viento y modelos aerodinámicos.

Eso permite aumentar progresivamente la denominada envolvente de vuelo, es decir, el conjunto de velocidades, altitudes y maniobras dentro de las cuales se conoce cómo responde el aparato. Los pilotos han ido probando estabilidad, cargas estructurales, sistemas de control y comportamiento aerodinámico en situaciones cada vez más exigentes.

Y el X-59 corre. Bastante.

El 5 de junio de 2026 cruzó por primera vez Mach 1, alcanzando aproximadamente Mach 1,1 a 43.400 pies. Apenas una semana después llegó a Mach 1,4 y 55.000 pies, unas condiciones mucho más representativas de las que necesitará cuando comiencen las pruebas destinadas a estudiar su verdadera razón de existir: el ruido.

Mach 1,4 equivale aproximadamente a 1.480 kilómetros por hora, aunque la velocidad correspondiente a un número Mach varía con la temperatura y la altitud. No es una cifra diseñada para competir por el récord de velocidad. El viejo Concorde volaba comercialmente alrededor de Mach 2 y algunos aviones militares alcanzan velocidades superiores.

El desafío del X-59 es otro. Pretende mantener un régimen claramente supersónico y, al mismo tiempo, conseguir que las ondas de presión que llegan al suelo sean mucho menos violentas.

Esa diferencia cambia por completo la película.

El gran examen del X-59 todavía no ha llegado

Hasta ahora, comprobar que el X-59 vuela bien, responde correctamente y soporta las condiciones previstas era indispensable. Pero la NASA se acerca a una fase todavía más delicada: medir con precisión qué ocurre cuando atraviesa el aire a velocidad supersónica.

El famoso estampido sónico no es simplemente un ruido que aparece durante el instante en que un avión rompe la barrera del sonido. Mientras continúa volando por encima de Mach 1 genera ondas de choque que se desplazan hacia el suelo. En un avión convencional esas ondas pueden combinarse y producir el característico doble estallido seco, capaz de escucharse a kilómetros.

El X-59 intenta evitar precisamente esa concentración.

Hasta estas pruebas, el avión ha volado acompañado por aeronaves de seguimiento. En los vuelos supersónicos, un F-15 de la NASA ha servido para controlar el ensayo y recoger información, pero introduce una pequeña paradoja: su propio estampido sónico es tan fuerte que puede enmascarar el sonido producido por el X-59.

Por eso todavía falta una respuesta fundamental. El avión ha demostrado que puede volar supersónico; queda demostrar con mediciones reales que lo hace con el golpe sónico reducido para el que fue diseñado.

Del estruendo supersónico a un golpe mucho más suave

La siguiente etapa será la validación acústica. Instrumentos instalados en tierra y sistemas aerotransportados medirán cómo se forman y propagan las ondas de choque del X-59. No bastará con que el ruido parezca pequeño desde la cabina —de hecho, el piloto no puede juzgar lo que escucha una persona muchos kilómetros más abajo—. Hay que reconstruir científicamente su firma acústica.

La NASA pretende transformar el tradicional sonic boom en una especie de golpe sordo o “thump”, mucho menos agresivo. La cuestión no es hacer desaparecer la física, cosa que ni la NASA puede negociar con ella, sino impedir que las distintas ondas de choque se agrupen de la manera que produce el estampido convencional.

Ese es el verdadero experimento.

El extraño diseño del X-59 no es un capricho

Basta observar el X-59 para comprender que aquí manda la aerodinámica. Mide unos 30,4 metros de longitud, pero apenas nueve metros de ancho. Su larguísimo morro ocupa aproximadamente un tercio del fuselaje y le proporciona una silueta casi de aguja.

Cada una de esas proporciones tiene una función. El morro, la forma del fuselaje, las alas y las superficies aerodinámicas están concebidos para distribuir las ondas de choque en lugar de permitir que terminen fusionándose en una onda mucho más intensa.

El motor también está colocado de una manera poco habitual, en la zona superior del fuselaje. Esa disposición contribuye a evitar que determinadas ondas y parte del ruido del propulsor se proyecten directamente hacia el terreno.

Aquí la estética llegó después. Primero estaban las ecuaciones.

Una cabina sin parabrisas frontal

El precio más llamativo del enorme morro aparece dentro de la cabina. El piloto se encuentra tan retrasado y tan bajo respecto a la punta del avión que no dispone de un parabrisas convencional hacia delante.

En su lugar utiliza el eXternal Vision System, conocido como XVS. Cámaras y sensores muestran en una pantalla de alta definición lo que existe delante del aparato, combinando esa imagen con información necesaria para el vuelo. En cierta medida, el piloto mira la pista a través de una ventana digital.

El recurso puede parecer futurista, pero responde a una necesidad muy terrenal. Levantar la cabina para ofrecer visibilidad directa habría alterado precisamente la geometría diseñada para controlar las ondas de choque. En el X-59, hasta mirar hacia delante resulta una cuestión aerodinámica.

El objetivo no es fabricar un Concorde de la NASA

Conviene aclararlo porque la silueta invita a imaginar pasajeros cruzando el Atlántico dentro de unos años. El X-59 no será un avión comercial y tampoco pretende convertirse directamente en uno. Es un laboratorio volante construido por Lockheed Martin para la NASA dentro de la misión Quesst.

La idea es proporcionar a la industria y, sobre todo, a los organismos reguladores datos que hasta ahora no existían con suficiente calidad.

Durante décadas, el gran obstáculo para el transporte supersónico sobre tierra no fue únicamente el consumo de combustible o el coste del billete. También estaba el ruido. El estampido sónico llevó a establecer fuertes restricciones al vuelo civil supersónico sobre zonas terrestres, cerrando buena parte de las rutas donde semejante velocidad podría resultar comercialmente interesante.

La NASA pretende sustituir una discusión bastante rudimentaria —supersónico sí o supersónico no— por otra basada en cuánto ruido llega realmente hasta las personas.

El contexto regulatorio también empieza a moverse. En Estados Unidos se trabaja en un marco que permita estudiar futuros estándares de ruido para aeronaves supersónicas, justo el terreno científico que la misión Quesst lleva años preparando.

Si la fase acústica confirma las previsiones, llegará uno de los experimentos más peculiares de toda la misión: hacer pasar el X-59 a velocidad supersónica sobre distintas comunidades de Estados Unidos y preguntar a sus habitantes cómo perciben el sonido.

No es un detalle sociológico colocado al final del proyecto. Es una pieza central.

Los micrófonos pueden establecer decibelios y presiones; no pueden decidir por sí solos qué nivel de ruido considera tolerable una población. La NASA necesita relacionar los datos acústicos objetivos con las respuestas de miles de personas para construir una base estadística que después pueda entregarse a las autoridades estadounidenses e internacionales.

El futuro de los vuelos comerciales supersónicos sobre tierra dependerá, en parte, de esa combinación bastante curiosa: ingeniería aeronáutica de enorme complejidad y vecinos diciendo cuánto les ha molestado un ruido procedente del cielo.

La prueba decisiva empieza cuando el ruido llegue al suelo

Superar 25 vuelos con semejante regularidad es un hito importante, pero el X-59 todavía no ha demostrado lo más difícil. Ya sabemos que puede despegar, acelerar más allá de Mach 1, alcanzar Mach 1,4 a gran altitud y regresar mientras su comportamiento real se mantiene cerca de lo calculado. Eso, para un avión experimental completamente nuevo, no es poca cosa.

Ahora toca averiguar si toda esa forma extravagante —el morro interminable, el motor dorsal, el fuselaje estilizado y una cabina que mira hacia delante mediante cámaras— consigue realmente domesticar las ondas de choque.

Si funciona, el legado del X-59 no estará en este único avión azul de la NASA. Estará en los aparatos que podrían diseñarse después y en unas normas de aviación que quizá dejen de considerar la velocidad supersónica sobre tierra como una prohibición casi automática para empezar a tratarla como un problema medible de ruido.

El X-59, en otras palabras, ya ha demostrado que sabe correr. Ahora tiene que demostrar que sabe hacerlo sin armar escándalo.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.