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Economía

¿Quién forma parte de la clase trabajadora y qué significa en España?

Obreros, enfermeras, profesores o programadores pueden compartir clase social: lo decisivo es de qué viven, qué poseen y cuánto dependen del trabajo.

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El CUarto Estado de Volpeda

Foto: Giuseppe Pellizza da Volpedo / Associazione Pellizza da Volpedo — dominio público — vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • La clase trabajadora incluye a quien depende de su empleo para vivir
  • El sueldo por sí solo no determina la posición social de una persona
  • Patrimonio, estabilidad y poder laboral cambian mucho la posición económica

La clase trabajadora no está formada únicamente por obreros de mono azul, empleados con salarios bajos o personas sin estudios universitarios. Esa imagen, todavía pegada al imaginario colectivo como una fotografía amarillenta de una fábrica de los años 70, explica cada vez peor cómo funciona el trabajo. La definición más amplia incluye a quienes necesitan trabajar para mantener sus ingresos porque no disponen de suficiente capital, patrimonio o rentas para vivir sin vender su trabajo.

Bajo ese criterio, un administrativo, una enfermera, un conductor, un dependiente, una periodista, un programador o un profesor pueden compartir una posición económica fundamental: si dejan de trabajar, dejan de cobrar, pero sus facturas siguen llegando. El tamaño de la nómina cambia mucho; la dependencia del salario, no tanto.

Ahí está el corazón de un debate que recupera una definición clásica de inspiración marxista: la clase no depende principalmente de cuánto gana una persona, de si lleva corbata o casco, ni siquiera de si posee un título universitario, sino de qué posee y de dónde obtiene los recursos que necesita para vivir.

Ser trabajador no significa necesariamente ser pobre

La confusión más habitual consiste en identificar clase trabajadora con pobreza. No son lo mismo. Una persona puede cobrar un sueldo relativamente elevado y seguir dependiendo completamente de ese salario, mientras otra puede tener unos ingresos mensuales menores procedentes de alquileres, dividendos o patrimonio y ocupar una posición económica muy distinta.

La cuestión parece semántica hasta que se lleva a la vida cotidiana. Imaginemos a una ingeniera que gana 55.000 euros al año pero paga una hipoteca y depende de su nómina. Frente a ella, una persona que recibe 35.000 euros anuales de varios inmuebles familiares y apenas necesita trabajar. La primera gana más, pero depende mucho más del mercado laboral.

Eso rompe una de las asociaciones más arraigadas: sueldo alto equivale a clase media y sueldo bajo equivale a clase trabajadora. A veces coincide. Otras muchas, no. El nivel de ingresos es importante, pero no basta para explicar la posición social.

Lo decisivo es la relación con el trabajo y la propiedad

La definición es, sobre todo, relacional. Un carpintero contratado por una empresa vende su capacidad de trabajar a cambio de un salario. Otro carpintero que posee una compañía, maquinaria, empleados y contratos comerciales se encuentra en una posición diferente aunque ambos sepan exactamente cómo colocar una puerta que no cierre mal. El oficio puede ser idéntico; la relación con el capital, no.

Las estadísticas laborales también distinguen entre el empleo asalariado, donde existe una remuneración pactada, y el trabajo por cuenta propia, cuyos ingresos están ligados directamente al resultado de la actividad. Esa separación ayuda a describir el mercado laboral, aunque no convierte automáticamente una categoría estadística en una clase social.

Tampoco convierte a todo autónomo en empresario acomodado, claro. El repartidor que factura como autónomo, la traductora que trabaja sola desde casa o el fontanero que depende de encargos tienen poco que ver con el propietario de una compañía con cien empleados. El mercado laboral, por suerte o por desgracia, no cabe limpiamente en dos cajones.

La clase trabajadora cambió de uniforme

Durante buena parte del siglo XX, hablar de clase trabajadora evocaba fábricas, minas, astilleros y grandes concentraciones industriales. Aquella imagen tenía lógica: el empleo industrial reunía a miles de personas sometidas a condiciones laborales parecidas y generaba identidades colectivas muy visibles.

El capitalismo contemporáneo desplazó buena parte del empleo hacia los servicios. El trabajador típico puede estar delante de una pantalla, detrás de la barra de un hotel, conduciendo una furgoneta, atendiendo pacientes o respondiendo correos corporativos con palabras como sinergia, que probablemente nadie habría echado demasiado de menos.

La ropa cambió. La dependencia económica del salario sobrevivió perfectamente al cambio de vestuario.

Aquí entran profesiones que culturalmente se consideran de clase media. Maestros, técnicos, enfermeros, diseñadores, trabajadores públicos, periodistas o informáticos pueden disponer de estudios superiores, cierta autonomía profesional y salarios superiores a la media, pero continuar necesitando vender su trabajo para mantener su nivel de vida.

Directivos, profesionales y autónomos complican la frontera

El problema empieza cuando se introduce el poder dentro del puesto de trabajo. Un ejecutivo contratado también cobra un salario, pero puede controlar presupuestos millonarios, contratar y despedir trabajadores o decidir sobre la actividad de centenares de personas. Utilizar únicamente la existencia de una nómina para clasificarlo produciría resultados bastante extravagantes.

Ahí aparece un matiz decisivo: la autonomía y el poder sobre el trabajo ajeno también importan. Un alto directivo sin acciones puede no ser propietario de la empresa, pero su posición difícilmente es comparable con la de quienes trabajan bajo sus órdenes.

Algo parecido sucede con determinados profesionales altamente cualificados. Un médico asalariado y una médica propietaria de varias clínicas realizan una profesión semejante; su posición económica es completamente distinta. El oficio, por sí solo, dice menos de lo que parece.

España tampoco tiene un censo de clases sociales

Las estadísticas oficiales españolas no clasifican a la población como clase trabajadora, clase media o clase alta. El Instituto Nacional de Estadística mide empleo, desempleo, ocupación, situación profesional, salarios y otros indicadores. “Clase trabajadora” es una categoría sociológica y política, no una casilla de la Encuesta de Población Activa.

En el segundo trimestre de 2026 España alcanzó los 22,779 millones de ocupados, mientras la población activa se situó en 25,274 millones de personas y la tasa de paro bajó al 9,87 %. Durante ese trimestre, el número de asalariados aumentó en 529.200 personas y el de trabajadores por cuenta propia descendió en 42.900.

También convivían 19,132 millones de empleos privados con 3,647 millones de empleos públicos. Trabajar para una administración no elimina la dependencia del salario: cambia quién paga la nómina, no el hecho de necesitarla para vivir.

Estos números permiten conocer la estructura laboral del país, pero sería incorrecto convertir automáticamente los 22,779 millones de ocupados en otros tantos miembros de una misma clase. Entre ellos hay empresarios, autónomos, directivos, asalariados con posiciones jerárquicas muy diferentes y trabajadores sometidos a grados de precariedad muy desiguales, desde contratos brevísimos hasta empleos estables durante décadas.

La clase media es también una forma de verse a uno mismo

Aquí aparece otra capa del asunto. La clase social no funciona únicamente como una fotografía económica; también es identidad. Dos personas con situaciones laborales muy parecidas pueden definirse socialmente de manera completamente distinta.

En España, como en buena parte de Europa, “clase media” se ha convertido en una etiqueta enormemente elástica. Puede incluir desde hogares que llegan justos al final de mes hasta profesionales con patrimonio considerable. Resulta cómoda porque transmite normalidad, estabilidad, ausencia de extremos. Casi nadie sueña con presentarse en una cena diciendo que pertenece a la fracción inferior de la pequeña burguesía.

Pero una identidad cultural no elimina la estructura económica que hay debajo. Una familia puede considerarse de clase media porque tiene estudios universitarios, coche, vacaciones y vivienda hipotecada y, al mismo tiempo, depender de dos nóminas hasta el punto de que perder una de ellas alteraría por completo su vida.

De ahí que el concepto de clase trabajadora resulte simultáneamente más amplio y más incómodo de lo que sugiere el lenguaje cotidiano. La etiqueta puede cambiar; la dependencia económica permanece.

Ingresos, patrimonio y seguridad cuentan historias diferentes

Otro error frecuente consiste en observar exclusivamente el salario mensual. La posición económica también depende del patrimonio acumulado, las deudas y la estabilidad laboral, además de la posibilidad de resistir durante meses sin ingresos.

Dos trabajadores que cobran 2.500 euros pueden vivir realidades opuestas. Uno posee una vivienda heredada y ahorros suficientes para afrontar un año sin empleo. El otro paga 1.200 euros de alquiler, mantiene a dos hijos y apenas conserva dinero al terminar el mes. La nómina es idéntica; la vulnerabilidad económica no lo es.

Eso ayuda a explicar por qué las fronteras sociales actuales resultan tan borrosas. Los salarios cuentan una parte de la historia. La propiedad cuenta otra. El poder laboral, otra más.

La precarización de determinadas profesiones universitarias también ha desordenado categorías antiguas. Tener una licenciatura ya no garantiza autonomía, patrimonio ni estabilidad. Puede haber un investigador con doctorado enlazando contratos temporales y un electricista autónomo con una pequeña empresa, varias propiedades y una posición económica mucho más sólida. El título académico señala formación, no necesariamente clase.

Una palabra antigua para un mercado laboral bastante nuevo

La definición más útil de clase trabajadora probablemente no sea la que busca un salario concreto ni una profesión determinada. Lo esencial es cuánto depende una persona de seguir trabajando para sostener su vida y cuánto control posee sobre capital, patrimonio y trabajo ajeno.

Vista así, la clase trabajadora del siglo XXI es bastante más extensa y heterogénea que la postal industrial que todavía arrastra el término. Incluye empleos manuales, pero también una enorme franja de los servicios y de las profesiones cualificadas. Y contiene diferencias enormes de ingresos, estabilidad y prestigio.

No significa que un cirujano, una cajera y un repartidor vivan igual. Evidentemente, no. Significa que las etiquetas tradicionales de clase alta, media y trabajadora pierden precisión cuando se utilizan únicamente como escalones salariales.

El viejo mono azul ya no sirve como uniforme universal. A veces la clase trabajadora lleva bata, uniforme público, polo corporativo o portátil de empresa. Incluso una tarjeta que dice manager. La economía cambió de decorado; la necesidad de ganarse la vida trabajando sigue siendo, para millones de personas, el elemento que no se ha movido del escenario.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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