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Economía

¿Por qué EE. UU. prohíbe lácteos, alcohol y motos de Canadá ahora?

Washington endurece su choque con Canadá al vetar lácteos, alcohol y motos, mientras Ottawa responde con nuevos aranceles a productos de EE. UU.

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bandera canada con contenedores export

Resumen

  • EE. UU. vetará lácteos, alcohol y motocicletas procedentes de Canadá
  • La medida entrará en vigor en tres semanas y eleva la guerra comercial
  • Canadá responde con aranceles de hasta el 50% sobre productos de EE. UU.

Estados Unidos ha decidido cerrar su mercado a los productos lácteos, la mayoría de las bebidas alcohólicas y las motocicletas procedentes de Canadá, un salto cualitativo en la guerra comercial que enfrenta a dos economías que durante décadas funcionaron casi como piezas de una misma maquinaria. La medida anunciada por la Administración de Donald Trump está prevista para entrar en vigor dentro de tres semanas. Ya no hablamos simplemente de encarecer mercancías con un arancel: Washington pretende impedir directamente la entrada de determinadas categorías de productos canadienses.

La Casa Blanca sostiene que Canadá discrimina a los productos estadounidenses y que la nueva respuesta busca restablecer la reciprocidad comercial. Ottawa ofrece una lectura prácticamente inversa: considera que son las medidas estadounidenses las que han roto el equilibrio y acaba de activar aranceles de represalia sobre mercancías de EE. UU. por valor de 27.600 millones de dólares canadienses, unos 20.000 millones de dólares estadounidenses. La frontera sigue en el mismo sitio; económicamente, sin embargo, cada semana parece un poco más alta.

Qué productos canadienses quiere bloquear Estados Unidos

El nuevo golpe estadounidense afecta a tres sectores muy concretos: lácteos, bebidas alcohólicas y motocicletas. En el caso del alcohol, el anuncio se refiere a la mayoría de bebidas, aunque por ahora no se ha detallado públicamente toda la arquitectura técnica de las excepciones. Es una precisión importante: el anuncio político acaba de producirse y todavía deberá traducirse en normas aduaneras capaces de decir qué código entra, cuál queda fuera y desde qué momento exacto una mercancía deja de cruzar la frontera.

La diferencia respecto a las medidas anteriores no es menor. Washington ya aplicaba desde agosto aranceles adicionales del 50% a determinados productos canadienses vinculados precisamente a las disputas sobre alcohol, lácteos y vehículos. La nueva decisión eleva la presión desde el terreno de los impuestos fronterizos al de las restricciones de acceso al mercado.

El mensaje político resulta bastante transparente. La Administración Trump considera que pagar más en la aduana ya no basta para compensar lo que define como un trato desigual de Canadá. Quiere que determinadas exportaciones canadienses encuentren, sencillamente, la puerta cerrada.

Por qué Trump acusa a Canadá de discriminar a EE. UU.

El conflicto tiene varias capas y conviene separarlas porque, juntas, forman una madeja difícil de seguir. En los lácteos, Washington lleva años enfrentándose al sistema canadiense de cupos arancelarios, especialmente en el queso. La Casa Blanca sostiene que el mecanismo concede condiciones más favorables a determinados competidores extranjeros que a los productores estadounidenses.

Con las bebidas alcohólicas la disputa tomó un tono más visible. Varias provincias y territorios canadienses habían suspendido la compra, distribución o venta de alcohol estadounidense en respuesta a anteriores medidas de Trump. Según la Administración estadounidense, las importaciones canadienses de bebidas alcohólicas procedentes de EE. UU. llegaron a caer alrededor de un 81% entre marzo de 2025 y febrero de 2026 respecto al mismo periodo anterior.

Y después están los vehículos. Washington también considera discriminatorio el esquema canadiense aplicado al sector del automóvil. Para responder a estas tres disputas, Trump recurrió en julio a la Sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930, una herramienta jurídica desempolvada casi un siglo después de su aprobación y que permite imponer medidas contra países acusados de perjudicar de manera desigual al comercio estadounidense.

Canadá responde con aranceles de hasta el 50%

Ottawa, naturalmente, rechaza que el conflicto pueda contarse únicamente como una reacción estadounidense a prácticas canadienses. El Gobierno de Mark Carney sostiene que Washington impuso primero nuevos aranceles del 50% sobre 27.600 millones de dólares canadienses en importaciones, efectivos desde el 22 de agosto, y decidió contestar dólar por dólar.

Desde las 00.01 horas del 8 de septiembre, Canadá aplica nuevos gravámenes del 15%, 25% y 50% sobre productos estadounidenses. La cesta es extensa: acero, aluminio, lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, papel, plásticos y productos electrónicos, entre otros. Algunos aranceles anteriores, incluidos los que afectan al automóvil estadounidense, continúan además vigentes.

Es aquí donde la guerra comercial empieza a adquirir vida propia. Washington castiga una medida canadiense; Ottawa replica con otra; Estados Unidos interpreta la réplica como una nueva discriminación y vuelve a elevar el coste. El mecanismo recuerda a esas discusiones de vecinos en las que, pasado un rato, nadie recuerda con precisión quién movió primero la maceta. Solo que aquí la maceta son decenas de miles de millones en intercambios comerciales.

La escalada ya va mucho más allá de queso, whisky y motos

El enfrentamiento no se limita a los productos que llegan en cajas o contenedores. Trump también ha ordenado apartar los bienes canadienses de grandes contratos del Gobierno federal estadounidense mientras Canadá no conceda lo que Washington denomina una reciprocidad plena y justa para los productos de EE. UU.

A ello se suma la ofensiva contra Bombardier. Trump ha amenazado con impedir que el fabricante canadiense venda sus aviones en Estados Unidos salvo que traslade producción al país. La propuesta ha generado incluso inquietud dentro de Estados Unidos: Bombardier emplea a unas 3.500 personas en territorio estadounidense y trabaja con miles de proveedores locales, una buena demostración de hasta qué punto resulta complicado colocar una aduana en medio de cadenas industriales que llevan décadas entrelazadas.

Ese es precisamente uno de los riesgos de esta disputa. Canadá y Estados Unidos no son dos economías que se cruzan ocasionalmente en un puerto lejano. Fabrican automóviles juntos, intercambian energía, materias primas, componentes, alimentos y maquinaria; una misma pieza puede atravesar la frontera varias veces antes de formar parte del producto final. Castigar una importación canadiense puede terminar encareciendo costes para una empresa estadounidense, y viceversa.

Mark Carney quiere que Canadá dependa menos de Estados Unidos

La respuesta política de Carney consiste en presentar la crisis como una oportunidad —forzada, bastante poco romántica— para reducir la enorme dependencia de su país respecto al mercado estadounidense. Más del 70% de las exportaciones canadienses todavía tienen como destino Estados Unidos, una concentración difícil de sustituir de la noche a la mañana.

El primer ministro ha defendido la necesidad de fabricar más dentro de Canadá, ampliar infraestructuras y buscar nuevos destinos comerciales. Europa ocupa un lugar evidente en esa estrategia. Ottawa estudia fórmulas para profundizar sus relaciones con la Unión Europea y Carney tiene previsto viajar a Estrasburgo este septiembre, dentro de una aproximación que pretende diversificar comercio e inversiones.

No significa que Canadá pueda reemplazar fácilmente al vecino que tiene pegado a su frontera y al que vende cientos de miles de millones cada año. La geografía suele ser bastante testaruda. Pero el deterioro político está acelerando decisiones empresariales y gubernamentales que quizá habrían tardado años en producirse.

El Gobierno canadiense también ha preparado 7.500 millones de dólares canadienses en nuevas medidas de apoyo para empresas y trabajadores afectados por los aranceles, además de programas anteriores. Es dinero destinado, entre otras cosas, a ayudar a compañías a financiarse, adaptar producción y encontrar mercados alternativos.

Qué puede ocurrir con los precios y el comercio entre ambos países

El efecto inmediato dependerá mucho de cómo se redacte definitivamente el veto estadounidense. Una prohibición completa elimina al proveedor canadiense de una categoría determinada; el importador estadounidense tendrá que recurrir a producción nacional o buscar mercancía en terceros países. Si esas alternativas resultan más caras, parte del coste puede acabar en distribuidores, empresas y consumidores.

Para los productores canadienses aparece el problema contrario: mercancías que estaban destinadas al mercado estadounidense necesitarán comprador. Eso puede obligar a rebajar precios, reducir producción o buscar destinos nuevos. Una quesería, una destilería o un fabricante de motocicletas no desplaza de un viernes para un lunes toda su red comercial al otro lado del Atlántico.

También habrá efectos menos visibles. Contratos que dejan de firmarse, inversiones aplazadas, almacenes que acumulan mercancía, proveedores que cambian de país. La incertidumbre comercial funciona así: rara vez aparece completa en una factura, pero acaba infiltrándose en casi todas.

Lo paradójico es que ambos gobiernos aseguran defender exactamente lo mismo: empleo nacional, industria propia y un comercio más justo. El desacuerdo empieza al intentar decidir qué significa exactamente la palabra justo.

Una frontera económica cada vez menos invisible

Durante décadas, el comercio entre Canadá y Estados Unidos avanzó hacia una frontera que seguía existiendo en los mapas pero se volvía casi transparente para muchas empresas. La actual guerra comercial está haciendo el recorrido inverso. Primero llegaron los aranceles, después las represalias, luego las amenazas contra empresas concretas, las restricciones en contratos públicos y ahora el anuncio de prohibiciones sobre determinados productos.

Todavía existen contactos entre ambos gobiernos y funcionarios estadounidenses han descrito algunas conversaciones recientes como constructivas, pese a la escalada. Eso deja una pequeña paradoja diplomática: se habla mientras se levantan barreras.

Lo que ya parece difícil es volver rápidamente al punto de partida. Ottawa quiere depender menos de Washington; Washington exige más reciprocidad y responde a cada represalia con presión adicional. Los lácteos, el alcohol y las motocicletas son esta vez los nombres escritos en la etiqueta. Debajo está la disputa de verdad: quién fija las reglas de una relación económica que durante generaciones pareció demasiado estrecha para romperse.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.