Síguenos

Economía

¿Por qué Trump veta bienes canadienses en contratos públicos de EEUU?

Trump ordena retirar bienes canadienses de programas de contratación pública de EEUU en plena escalada comercial con el Gobierno federal de Ottawa.

Publicado

el

bienes de Canadá

Resumen

  • Trump ordena retirar bienes canadienses de contratos públicos de EEUU
  • La medida afecta a los programas de contratación federal de la GSA
  • Canadá responde con aranceles y crece la tensión comercial con Washington

Donald Trump ha ordenado a la Administración de Servicios Generales de Estados Unidos, la GSA, que trabaje junto a la Oficina del Representante Comercial estadounidense para retirar productos de origen canadiense de uno de los principales sistemas de contratación pública del país. La medida afecta a los llamados Multiple Award Schedules, enormes catálogos mediante los que organismos públicos compran bienes y servicios con condiciones negociadas previamente.

La decisión no supone, al menos de momento, que cualquier producto fabricado en Canadá haya quedado automáticamente expulsado de todos los contratos públicos de EEUU. Trump ha dado instrucciones para poner en marcha esa retirada y la ha condicionado a que Ottawa restablezca lo que él denomina reciprocidad plena y justa para agricultores y empresas estadounidenses. El calendario, el alcance exacto y las excepciones que pueda contener la aplicación práctica todavía no se han detallado. Un matiz pequeño sobre el papel, enorme para las empresas que trabajan con Washington.

Trump lleva la guerra comercial a las compras del Gobierno

La nueva ofensiva abandona por un momento la frontera, los contenedores y los aranceles y entra en otro territorio menos vistoso pero muy jugoso: el dinero que gasta el Estado.

Trump acusa al Gobierno canadiense y a las provincias de impedir que pequeñas empresas y compañías estadounidenses accedan en condiciones adecuadas a sus mercados públicos. Su mensaje fue bastante explícito: ordenó a la GSA, en coordinación con el representante comercial de EEUU, adoptar las medidas necesarias para retirar los bienes canadienses incluidos en sus programas de contratación mientras Canadá no modifique ese trato.

Washington convierte así la contratación pública en una palanca de presión comercial. No es precisamente calderilla. La GSA sitúa en decenas de miles de millones de dólares anuales el volumen de productos y servicios canalizados mediante este sistema, una de las grandes puertas de entrada de proveedores privados a las compras del Gobierno federal.

Qué son realmente los Multiple Award Schedules

Los Multiple Award Schedules pueden imaginarse como un gigantesco escaparate administrativo. Las agencias estadounidenses no tienen que comenzar desde cero cada vez que necesitan determinados productos o servicios: encuentran proveedores que ya han superado un proceso de contratación y disponen de precios y condiciones previamente negociados.

El sistema abarca desde material industrial y equipamiento de oficina hasta tecnología, transporte, logística, instalaciones y servicios profesionales. La GSA agrupa la oferta en grandes categorías y permite que diferentes organismos públicos utilicen estos contratos de larga duración.

Salir de ese escaparate puede ser doloroso. Una empresa canadiense podría conservar clientes privados en Estados Unidos y otras vías comerciales, pero perder una ruta privilegiada hacia compradores públicos estadounidenses. Para determinados fabricantes especializados, el contrato gubernamental no es una venta ocasional: es una línea de negocio.

Hay otra precisión relevante. Canadá continúa formando parte del marco internacional que regula determinadas compras públicas mediante el Acuerdo sobre Contratación Pública de la Organización Mundial del Comercio, de modo que la forma jurídica utilizada para aplicar la instrucción presidencial tendrá importancia. La orden política está clara; su traducción regulatoria necesita letra pequeña. Y ahí, como suele ocurrir con las guerras comerciales, empiezan los abogados.

La represalia coincide con los nuevos aranceles de Canadá

La fecha difícilmente parece casual. El anuncio de Trump llegó cuando Canadá comenzó a aplicar una nueva ronda de aranceles de represalia contra productos estadounidenses.

Ottawa había anunciado gravámenes del 15%, 25% y 50% sobre mercancías procedentes de Estados Unidos por un valor aproximado de 27.600 millones de dólares canadienses, cerca de 20.000 millones de dólares estadounidenses. Las medidas responden, según el Gobierno canadiense, a los aranceles impuestos previamente por Washington sobre productos de Canadá.

Entre los sectores alcanzados aparecen el acero y el aluminio, productos lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, papel, electrónica, muebles y determinadas prendas de vestir. Canadá no esconde la intención: proteger a sus productores y elevar el coste económico de las restricciones estadounidenses. Washington contesta ahora donde también duele, en el acceso al presupuesto público.

El viejo libre comercio norteamericano empieza así a parecer una casa donde cada vecino ha comenzado a cambiar las cerraduras.

El choque por el «Buy Canadian»

Detrás de la acusación de Trump está también el giro de Ottawa hacia una política de Buy Canadian, destinada a aumentar el peso de las empresas y productos nacionales en la contratación pública.

Canadá reforzó durante 2026 sus mecanismos para facilitar que pequeñas compañías nacionales obtengan contratos federales. El Gobierno canadiense ha ido simplificando procedimientos y vinculándolos a un marco de compra nacional en medio del deterioro de las relaciones comerciales con Washington.

Eso no equivale, sin más, a demostrar la afirmación de Trump de que las empresas estadounidenses hayan sido literalmente prohibidas en los mercados públicos canadienses. La Administración estadounidense no identificó al anunciar la medida una norma canadiense concreta que justificara una exclusión general de esa naturaleza. Lo que sí existe es una política deliberada de Ottawa para priorizar capacidad productiva nacional frente a la presión arancelaria estadounidense.

La diferencia parece semántica hasta que empiezan a desaparecer contratos. Para Washington, la preferencia nacional canadiense significa falta de reciprocidad. Para Ottawa, las compras públicas son una herramienta con la que proteger empleo e industria frente a los aranceles de Estados Unidos. Dos discursos distintos alrededor de la misma caja registradora.

No es todavía un veto a todo producto canadiense

La expresión «veto a Canadá» sirve para explicar la dirección política de la medida, pero conviene colocarle bordes. Trump no anunció la prohibición inmediata de todas las importaciones canadienses ni el cierre completo del mercado público estadounidense a cualquier compañía del país vecino.

La instrucción se concentra expresamente en los productos de origen canadiense presentes en los Multiple Award Schedules de la GSA. Las agencias responsables tendrán que establecer cómo se ejecuta, qué contratos quedan afectados, cómo se determina el origen de cada artículo y qué tratamiento reciben compromisos ya existentes.

Tampoco está claro cuánto tardará en reflejarse en compras reales. Los programas de la GSA contienen contratos de larga duración y la modificación de las condiciones aplicables a los proveedores pasa por procedimientos administrativos específicos. El titular político corre; la burocracia, aunque Washington se empeñe, lleva zapatos bastante más pesados.

La dimensión potencial, eso sí, es considerable. El programa MAS mueve cada año decenas de miles de millones de dólares en productos y servicios. Eso no significa que todo ese dinero corresponda a bienes canadienses, ni mucho menos, pero permite entender por qué Ottawa y sus empresas observarán con lupa cualquier modificación del sistema.

Bombardier muestra hasta dónde puede llegar el conflicto

La contratación pública no aparece aislada. Trump también ha aumentado la presión sobre Bombardier, el fabricante aeronáutico canadiense, dentro de la misma escalada bilateral.

El presidente ha amenazado con impedir la entrada de nuevos aviones Bombardier en Estados Unidos si la compañía no traslada más producción al país. La advertencia provocó inquietud incluso entre políticos republicanos de Kansas, donde el fabricante canadiense mantiene alrededor de 1.500 empleos y forma parte de una cadena industrial que cruza la frontera en ambas direcciones. Bombardier sostiene que trabaja con miles de proveedores estadounidenses.

Ahí aparece una de las contradicciones inevitables de una guerra comercial entre economías tan integradas. Castigar una empresa canadiense puede golpear también una fábrica de Kansas, un proveedor de Texas o un distribuidor de Michigan. Las cadenas de suministro no respetan con demasiada disciplina las fronteras dibujadas en los mapas.

Canadá está respondiendo precisamente mediante una aceleración de su producción nacional. El Gobierno de Mark Carney anunció una inversión de 4.700 millones de dólares canadienses para fabricar en Ontario nuevos trenes de pasajeros de VIA Rail que anteriormente se producían en Estados Unidos. El proyecto contempla 313 coches ferroviarios y respalda cientos de empleos en Ontario y Quebec.

Una relación comercial que pierde su antigua normalidad

La disputa sobre contratos públicos confirma que el enfrentamiento entre Washington y Ottawa ya no gira exclusivamente alrededor de aranceles. Se extiende hacia compras gubernamentales, industria y cadenas de suministro, justo los espacios en los que Canadá y Estados Unidos construyeron durante décadas una integración económica extraordinariamente profunda.

El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha defendido que su país está dispuesto a negociar un acuerdo que beneficie a ambas partes, pero reclama estabilidad y credibilidad en cualquier pacto. Al mismo tiempo, Ottawa intenta reducir una dependencia comercial estadounidense que durante años parecía una ventaja geográfica y que empieza a verse también como vulnerabilidad.

Por ahora, la fotografía general resulta bastante nítida: Canadá ha activado nuevos aranceles y Washington responde amenazando con apartar productos canadienses de una de las grandes plataformas de contratación pública estadounidense.

El movimiento de Trump abre así un frente menos visible que un arancel del 50%, aunque potencialmente igual de incómodo para las empresas: quién puede venderle al Gobierno de Estados Unidos. La orden afecta de manera específica a los productos canadienses incluidos en los programas MAS de la GSA y condiciona su permanencia al restablecimiento de la reciprocidad comercial reclamada por Washington.

Queda por determinar cómo se ejecutará y cuánto mercado perderán realmente los proveedores canadienses. Eso será lo que transforme una declaración presidencial en consecuencias económicas medibles. De momento, la señal es inequívoca: las compras públicas se han convertido en otra pieza del pulso entre Trump y Canadá. Y cuando dos economías que comparten fábricas, carreteras, proveedores y miles de millones en comercio empiezan a utilizar sus contratos públicos como arma, la factura rara vez se queda a un solo lado de la frontera.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído