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¿Por qué dimite Trapero? El relevo que cambia la cúpula de los Mossos

Josep Lluís Trapero deja la dirección de la Policía catalana en plena renovación de los Mossos, con Ferran López y Sílvia Catà como relevos clave.

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trapero en uniforme oficial

Foto: Generalidad de Cataluña — Attribution — vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • Trapero dimite tras dos años como director general de la Policía catalana
  • El relevo llega en plena renovación de la cúpula de los Mossos d’Esquadra
  • Ferran López y Sílvia Catà asumirán puestos clave en la nueva etapa

Josep Lluís Trapero ha presentado su dimisión como director general de la Policía de Cataluña después de dos años en el cargo. Su salida llega en plena remodelación de la cúpula de los Mossos d’Esquadra y después de meses de tensiones dentro del Departamento de Interior, especialmente alrededor del relevo del actual comisario jefe, Miquel Esquius, que se jubilará en octubre.

No se trata, al menos con los datos conocidos, de una destitución ligada a un expediente o a un episodio disciplinario concreto. El movimiento tiene más aspecto de ruptura política y organizativa tras el desgaste acumulado entre Trapero y la consejera de Interior, Núria Parlon. Y no llega solo: Ferran López está llamado a sustituirle como director general y Sílvia Catà asumirá la jefatura operativa de los Mossos, convirtiéndose en la primera mujer que alcanza el máximo mando del cuerpo.

La dimisión de Trapero llega en plena renovación de los Mossos

El momento importa. Mucho. Interior llevaba semanas preparando el relevo de Miquel Esquius, cuya jubilación obligaba a mover una de las piezas más delicadas del tablero policial catalán. La elección del nuevo responsable operativo correspondía políticamente a Parlon, pero un cambio de esa dimensión difícilmente podía hacerse ignorando la opinión de Trapero, convertido desde 2024 en una figura central de la política de seguridad del Govern.

Ahí aparecen las fricciones. Las informaciones conocidas sitúan el desacuerdo sobre la nueva cúpula de los Mossos entre los factores inmediatos que han precipitado la salida. La relación entre Parlon y Trapero ya había atravesado meses menos apacibles de lo que sugerían las fotografías institucionales, con varias controversias policiales y diferencias sobre la gestión de determinadas actuaciones.

La política de Interior tiene esa peculiaridad: cuando todo funciona, apenas se ve; cuando algo chirría, el ruido llega pronto al Parlament. Y durante la última primavera hubo episodios que tensionaron la relación.

Las polémicas que fueron erosionando la etapa

Trapero llegó al puesto con una agenda muy concreta: combatir la multirreincidencia, reforzar la prevención, extender herramientas de videovigilancia y endurecer la respuesta frente a fenómenos como la presencia de armas blancas en la calle. Era, en cierto modo, el regreso del policía convertido en gestor, una figura con mucho conocimiento operativo entrando en un despacho esencialmente político.

Ese doble perfil también generó tensiones. Durante estos dos años hubo controversias por la actuación de agentes infiltrados en asambleas de profesores y críticas por proyectos relacionados con la presencia policial en centros educativos. La infiltración en reuniones docentes provocó especialmente una tormenta política: ERC, Comuns y CUP llegaron a reclamar responsabilidades, mientras Parlon pidió disculpas públicamente por aquel episodio.

No explica por sí solo la dimisión, pero sí ayuda a entender el clima. Una relación institucional puede sobrevivir a un choque, incluso a dos. Cuando las discrepancias se van acumulando y, encima, llega el momento de elegir quién manda realmente en la estructura operativa, la arquitectura interna empieza a crujir.

El difícil equilibrio entre dirección política y mando policial

Trapero no era un director general convencional. Había ocupado antes el máximo mando profesional de los Mossos y conserva una autoridad interna difícil de comparar con la de un gestor procedente exclusivamente de la administración. Precisamente esa experiencia era una de sus grandes fortalezas; también podía convertirse en un problema cuando las fronteras entre dirección política y decisión operativa se estrechaban demasiado.

Mandos policiales ya habían señalado durante los últimos meses que Trapero tendía a entrar con profundidad en cuestiones operativas. Nada extraño en alguien que durante años estuvo al otro lado de la mesa, aunque institucionalmente la distinción importa: el responsable político fija prioridades y recursos; la jefatura del cuerpo dirige la operativa. Sobre el papel parece sencillo. En la vida real, bastante menos.

Ferran López vuelve a una posición decisiva

La sustitución de Trapero devolverá a primera línea a Ferran López, otro nombre inseparable de la historia reciente de los Mossos. López conoce tanto la estructura policial como las cicatrices que dejó el procés. Ya asumió responsabilidades máximas en una de las etapas más difíciles del cuerpo y participó después en la reconstrucción de las relaciones institucionales con la judicatura y con las fuerzas de seguridad estatales.

Su elección ofrece una pista sobre lo que busca Interior: experiencia, conocimiento interno y continuidad. No parece el momento para colocar a alguien que necesite un mapa para encontrar los pasillos.

El relevo, además, permite separar con mayor claridad los dos grandes niveles de responsabilidad. Ferran López ocupará la dirección general, mientras la jefatura operativa quedará en manos de Sílvia Catà. Son dos movimientos distintos, aunque políticamente forman parte de la misma remodelación.

Sílvia Catà hará historia al frente de los Mossos

El otro nombre del día es el de Sílvia Catà. La comisaria sustituirá a Esquius y se convertirá en la primera mujer que ocupa la máxima jefatura de los Mossos d’Esquadra. No es un detalle ornamental en una nota de nombramientos: supone romper un techo que había resistido durante toda la etapa contemporánea de la policía catalana.

Catà conoce el cuerpo desde dentro y ha pasado por responsabilidades territoriales y de mando. Su llegada se produce, además, en un momento especialmente sensible, con retos que van desde la delincuencia urbana y las armas hasta la gestión del orden público, las protestas y una cuestión menos visible pero igualmente compleja: mantener cohesionada una organización que ha cambiado repetidamente de jefatura durante los últimos años.

La estabilidad, en una policía, no es una palabra decorativa. Las cadenas de mando necesitan confianza y continuidad; si los nombres de la cúspide cambian demasiado, las heridas internas tardan bastante más en cerrar que las puertas de un despacho.

Trapero, del 1-O al despacho político de Interior

La salida vuelve inevitablemente a colocar bajo los focos la extraordinaria trayectoria de Josep Lluís Trapero. Su nombre quedó ligado para siempre al 1 de octubre de 2017, cuando era el máximo responsable operativo de los Mossos y la policía catalana quedó atrapada en el centro de la confrontación entre la Generalitat independentista y el Estado.

Trapero terminó sentado ante la Audiencia Nacional. Fue acusado por su actuación durante el procés, pero en octubre de 2020 resultó absuelto junto al resto de la antigua cúpula juzgada. El tribunal concluyó que no había quedado acreditado que hubiese puesto a los Mossos al servicio del proyecto independentista ni que hubiera tratado de impedir el cumplimiento de las órdenes judiciales.

Años después regresó al primer plano. Cuando Salvador Illa llegó a la Generalitat en 2024, Trapero fue uno de los nombramientos de mayor peso simbólico del nuevo Ejecutivo. Parlon anunció entonces su incorporación como director general dentro de una reorganización que aspiraba precisamente a poner fin a años de inestabilidad y concentrar al cuerpo en seguridad, prevención y lucha contra la delincuencia.

Dos años más tarde, aquella etapa se termina antes de lo que probablemente imaginaban sus protagonistas.

Una nueva cúpula para una policía que busca estabilidad

La marcha de Trapero no significa simplemente cambiar el nombre escrito en la puerta de un despacho. Interior está reorganizando simultáneamente la dirección política y la jefatura operativa de los Mossos, dos piezas fundamentales para gobernar un cuerpo con enorme peso institucional y más aún en Cataluña, donde la policía lleva casi una década soportando una exposición política excepcional.

Ferran López y Sílvia Catà reciben ahora una estructura con experiencia, recursos y capacidad operativa, pero también con memoria. El procés, las sucesivas remodelaciones, las disputas internas y las polémicas recientes siguen dejando sedimento dentro del cuerpo. No todo desaparece al cambiar dos nombres en el organigrama.

Trapero se marcha, además, de una manera muy distinta a aquella abrupta salida de 2017. Entonces abandonó la jefatura en medio de una crisis constitucional sin precedentes y acabaría enfrentándose a un juicio. Esta vez deja una responsabilidad política dentro de un Govern que públicamente ha reconocido su trabajo y su vocación de servicio.

El desafío empieza después del relevo

La paradoja es considerable. Salvador Illa recuperó a Trapero para ayudar a estabilizar los Mossos y devolver la seguridad al terreno de la gestión cotidiana, lejos de las viejas trincheras políticas. Dos años después, su salida vuelve a demostrar algo bastante menos solemne: dirigir una policía de estas dimensiones nunca consiste únicamente en perseguir delincuentes.

También hay que gobernar jerarquías, equilibrios, mandos y despachos. Y ahí, como tantas veces, no existe chaleco antibalas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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