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Naturaleza

¿Cómo funciona el ataúd de hongos usado por primera vez en Australia?

Australia registra su primer entierro con un ataúd de micelio y cáñamo, una estructura cultivada en una semana que puede degradarse en 45 días.

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el ataúd de hongos que se degrada

Resumen

  • Australia registra su primer entierro con un ataúd cultivado con micelio
  • El féretro se fabrica en una semana y puede degradarse en unos 45 días
  • El cuerpo no desaparece en ese plazo: solo se biodegrada el ataúd

Australia acaba de estrenar una forma de entierro que parece sacada de una novela de ciencia ficción ecológica, aunque la tecnología es bastante terrenal. Carolyn, una mujer de unos 70 años, ha sido la primera persona del país enterrada en un ataúd fabricado a partir de micelio, la red de filamentos que forma la parte principal de los hongos, combinada con fibras de cáñamo reutilizadas.

El llamado Loop Living Cocoon se cultiva en aproximadamente siete días y, una vez bajo tierra, su estructura puede integrarse en el suelo en unos 45 días bajo condiciones idóneas. Conviene precisar el detalle: no significa que el cuerpo desaparezca en mes y medio. Ese plazo corresponde al ataúd biodegradable, cuya misión es evitar que permanezcan durante décadas madera tratada, barnices, plásticos, pegamentos o elementos metálicos alrededor de los restos.

Carolyn fue despedida por familiares y amigos antes de ser enterrada en el cementerio de Springwood, en las Blue Mountains de Nueva Gales del Sur. Su apellido no se ha hecho público por deseo de la familia. La elección, explicó su marido, Donald, encajaba con la relación que ella había mantenido con la naturaleza y con una manera bastante sencilla de entender el último gesto: devolver algo a la tierra, literalmente.

Un ataúd que se cultiva en vez de fabricarse

Llamarlo ataúd de hongos funciona bien para entendernos, aunque técnicamente resulta algo impreciso. No se amontonan champiñones hasta fabricar una caja ni hay setas creciendo alrededor del fallecido. El material fundamental es el micelio, una especie de entramado microscópico de filamentos que los hongos desarrollan normalmente bajo nuestros pies.

La empresa neerlandesa Loop Biotech mezcla ese micelio con fibras de cáñamo recicladas y coloca el material dentro de un molde. En una sala donde se controlan la humedad y la temperatura, el organismo crece hasta unir las fibras y formar una estructura rígida. En torno a una semana aparece el ataúd. No hay serruchos, largas tablas de madera ni el aparatoso catálogo de herrajes que asociamos al féretro clásico.

El resultado pesa alrededor de 30 kilos, dispone de seis asas integradas de yute y puede soportar hasta 200 kilos. El interior puede llevar una base de musgo, un detalle que cambia bastante la imagen tradicional del féretro: menos caja barnizada y solemne, más lecho vegetal. Suena peculiar. Lo es.

Por qué puede desaparecer en apenas 45 días

Una vez enterrado y expuesto a la humedad y a los microorganismos del suelo, el material vuelve a entrar en el ciclo biológico. La compañía asegura que el Living Cocoon puede biodegradarse completamente en unos 45 días cuando las condiciones son adecuadas.

No existe, sin embargo, un cronómetro enterrado junto al féretro. La velocidad real depende de factores como la humedad, la temperatura y las características del terreno. Los 45 días son una referencia para la degradación del ataúd en circunstancias favorables, no una fecha exacta aplicable a cualquier cementerio.

Y tampoco debe confundirse la descomposición del recipiente con la del cuerpo humano. Son procesos diferentes y con escalas distintas. El ataúd busca precisamente que los restos estén rodeados de materiales naturales y biodegradables, sin añadir componentes que permanezcan durante años en el terreno.

El primer entierro de este tipo realizado en Australia

El funeral de Carolyn se celebró en septiembre de 2026 y terminó con su entierro en Springwood Cemetery, en las Blue Mountains, al oeste de Sídney. Aunque los ataúdes de micelio ya se habían utilizado anteriormente en Europa y Estados Unidos, esta fue la primera sepultura registrada con este producto en Australia.

La escena también tenía algo poco habitual. Una amiga de Carolyn describió la imagen de verla descansando sobre musgo como casi fantástica, lejos de la estética oscura y rígida que durante generaciones ha acompañado a los funerales occidentales.

No fue una decisión improvisada. La familia buscaba una despedida acorde con la personalidad de Carolyn. Donald explicó que su mujer siempre había intentado ayudar a otras personas y que la posibilidad de devolver nutrientes a la naturaleza después de morir les parecía coherente con aquella forma de vivir.

Ahí probablemente está parte del atractivo de estos funerales. La sostenibilidad deja de ser un asunto reservado al coche, la calefacción o la bolsa del supermercado y entra también en un territorio que durante mucho tiempo parecía intocable: qué hacemos físicamente con nosotros mismos cuando morimos.

Los funerales ecológicos empiezan a salir de la rareza

Australia ofrece un terreno interesante para esta transformación. En los últimos años se ha extendido el interés por entierros naturales y féretros biodegradables, además de otras alternativas que intentan reducir la huella ambiental de los servicios funerarios. Los profesionales del sector constatan que estas opciones han ido ganando visibilidad frente al modelo tradicional.

La cremación continúa siendo mayoritaria en el país, pero tampoco es ambientalmente neutra. Requiere temperaturas muy elevadas y consumo energético y genera emisiones. El entierro convencional presenta otros costes ambientales: extracción y transporte de madera, fabricación de féretros, barnices, accesorios metálicos, lápidas y mantenimiento prolongado de los cementerios.

De ahí que hayan empezado a ganar terreno opciones tan distintas como el entierro natural, los ataúdes de cartón o fibras vegetales y la hidrólisis alcalina, conocida popularmente como cremación con agua. Incluso el compostaje humano ha entrado en el debate político de Nueva Gales del Sur, donde en 2026 se impulsó una propuesta para crear un marco legal que permita esta práctica.

Menos religión, más funerales hechos a medida

Hay otro cambio menos visible, pero quizá igual de importante. Australia lleva años registrando una reducción de la afiliación religiosa y una mayor personalización de las ceremonias funerarias. Eso no significa que desaparezcan los funerales religiosos, ni mucho menos, sino que una parte creciente de la población ya no considera obligatorio repetir exactamente los rituales heredados.

El funeral se adapta entonces a la persona. Música elegida por la familia, ropa distinta al negro tradicional, ceremonias al aire libre, ausencia de símbolos religiosos o decisiones ambientales que antes habrían parecido excéntricas. La muerte conserva toda su gravedad, claro, pero el envoltorio cultural está cambiando.

Un ataúd cultivado con micelio encaja sorprendentemente bien en esa lógica. No pretende sustituir un rito religioso por otro ecológico; ofrece simplemente otra posibilidad para quienes consideran que el modo de ser enterrados también forma parte de sus convicciones.

¿Es realmente más ecológico que un ataúd de madera?

La respuesta depende de con qué se compare. Un féretro de madera sencilla, local, sin tratamientos químicos y empleado en un entierro natural puede tener una huella relativamente reducida. Otra cosa es un ataúd elaborado con maderas procesadas, barnices y adhesivos, revestimientos sintéticos y elementos metálicos que además ha recorrido cientos o miles de kilómetros.

El Living Cocoon evita pegamentos, productos químicos y plástico, según sus especificaciones, y utiliza materias vegetales como micelio, cáñamo y yute. Su principal ventaja no es únicamente que termine degradándose, sino la rapidez con la que los materiales pueden volver al suelo.

Existe, eso sí, una paradoja evidente en el caso australiano: actualmente estos ataúdes se producen en Delft, Países Bajos, de modo que llevarlos hasta el otro extremo del planeta implica transporte. Si la fórmula consigue asentarse comercialmente y acaba fabricándose más cerca de los lugares donde se utiliza, el balance ambiental podría ser todavía más favorable.

El micelio encuentra un lugar inesperado bajo tierra

El micelio lleva años investigándose como material para embalajes, aislamiento, mobiliario e incluso construcción. Su capacidad para crecer alrededor de residuos vegetales y crear estructuras ligeras y resistentes ha convertido a los hongos en una pequeña fábrica biológica que trabaja sin chimeneas y, por ahora, sin pedir vacaciones.

Su entrada en el sector funerario resulta menos extravagante de lo que parece. Un ataúd convencional está diseñado para conservar su forma; uno fabricado con micelio hace exactamente lo contrario. Es resistente mientras se necesita y comienza a degradarse al entrar en contacto con el suelo.

Esa diferencia resume bastante bien la filosofía del producto. La vieja idea consistía en proteger al fallecido de la tierra mediante una caja duradera. Aquí se invierte el planteamiento: la caja está diseñada para desaparecer dentro de ella.

Morir y volver a formar parte del paisaje

El entierro de Carolyn no anuncia que mañana los cementerios australianos vayan a llenarse de ataúdes de hongos. Las costumbres funerarias cambian despacio, mezclan convicciones íntimas, religión, dinero, legislación y tradiciones familiares. No es precisamente un mercado donde uno compre por impulso.

Pero el primer caso australiano señala algo que ya se observa en otros países: la sostenibilidad ha llegado también al final de la vida. El ataúd deja de concebirse necesariamente como un objeto destinado a resistir y puede convertirse en una estructura temporal, suficiente para despedir a una persona y después desaparecer.

El Living Cocoon tarda aproximadamente una semana en crecer y, bajo las condiciones adecuadas, unas seis semanas en integrarse en la tierra. Entre ambos momentos cabe toda una vida. Después quedan el suelo, los microorganismos, las plantas y ese ciclo bastante antiguo que nuestra especie llevaba siglos empeñada en envolver con barniz.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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