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¿Qué pasó en Nepal y Tíbet? Balance de la gran riada y desaparecidos
La gran riada de Nepal y Tíbet deja miles de desaparecidos, graves daños y una larga búsqueda entre barro, carreteras rotas y pueblos aislados.

Resumen
- Nepal ha recuperado 1.451 cuerpos y busca todavía a 4.718 desaparecidos
- Tíbet mantiene 43 muertos y 519 desaparecidos en su último balance oficial
- La riada destruyó carreteras, pueblos y proyectos hidroeléctricos
La catástrofe que golpeó el corredor fronterizo entre Nepal y Tíbet el 26 de agosto de 2026 sigue lejos de estar cerrada. Casi un mes después, Nepal contabiliza 1.451 cuerpos recuperados y mantiene abiertas las búsquedas de 4.718 desaparecidos, según la última actualización oficial disponible al cierre del 22 de septiembre. En el lado tibetano, el último balance comunicado mantiene 43 muertos y 519 desaparecidos. Las cifras todavía pueden variar: siguen apareciendo restos y la depuración de los registros de personas ausentes continúa.
La dimensión de la tragedia se entiende mejor mirando más allá del número de víctimas. Pueblos cubiertos de barro, carreteras arrancadas de la montaña, puentes desaparecidos, centrales hidroeléctricas inutilizadas y familias que todavía entregan muestras de ADN para saber si alguno de los cuerpos recuperados pertenece a los suyos. La reconstrucción de Nepal se estima ya en unos 4.775 millones de dólares, mientras la búsqueda avanza mucho más despacio que durante los primeros días. La emergencia inmediata empieza a convertirse, casi sin transición, en una larga crisis humana y económica.
El balance de la riada sigue creciendo semanas después
Las cifras nepalíes muestran hasta qué punto la riada recorrió el país siguiendo el curso de los ríos. Los cuerpos han sido recuperados no solo en Rasuwa y Nuwakot, las zonas próximas al origen del desastre, sino también mucho más al sur, en Chitwan, Gorkha, Tanahun y los dos distritos de Nawalparasi. El agua, el hielo, las rocas y el lodo viajaron decenas y decenas de kilómetros por la cuenca fluvial.
Hasta el 22 de septiembre se habían recogido 1.451 cadáveres o restos humanos. De ellos, 1.449 fueron encontrados en distintos distritos y otras dos personas murieron posteriormente durante su tratamiento en Katmandú. El operativo mantiene movilizados a 7.975 agentes y busca todavía a 4.718 personas.
Hay una precisión importante. Un desaparecido no equivale automáticamente a una víctima mortal. Los registros iniciales se confeccionaron en pleno caos, con pueblos incomunicados, trabajadores desplazados, turistas extranjeros y familias denunciando ausencias desde lugares diferentes. Por eso los números han subido y bajado durante septiembre conforme se eliminaban duplicados, aparecían supervivientes o se incorporaban nuevas denuncias. El balance definitivo tardará.
En Tíbet sucede algo parecido, aunque con bastante menos información pública. El último recuento oficial situó la tragedia en 43 fallecidos y 519 desaparecidos, entre ellos numerosos extranjeros que se encontraban en la zona de Gyirong, uno de los grandes pasos terrestres entre China y Nepal y ruta habitual hacia el monte Kailash y el lago Manasarovar.
Qué ocurrió realmente en Nepal y Tíbet
Durante las primeras horas hubo confusión sobre el origen. Se habló de lluvias extremas, de un posible terremoto y del colapso de un glaciar. Las imágenes de satélite y los análisis posteriores permitieron reconstruir una secuencia bastante más precisa: una enorme pared rocosa se desprendió de Langtang Lirung, una montaña de más de 7.000 metros situada en Nepal.
El colapso se produjo alrededor de los 5.150 metros de altitud y arrastró parte del hielo glaciar situado sobre la roca. Aquella masa cayó montaña abajo y se transformó rápidamente en una avalancha de roca y hielo; después, al mezclarse con agua y sedimentos dentro de un valle estrecho y muy pronunciado, evolucionó hacia una gigantesca corriente de detritos y finalmente hacia una inundación súbita.
El resultado fue brutal. Las estimaciones sitúan en torno a 188 kilómetros por hora la velocidad media alcanzada durante parte del recorrido. No era, por tanto, una crecida ordinaria. Era una masa espesa cargada de agua, bloques de roca, árboles, hielo, edificios destrozados y toneladas de sedimentos: un ariete natural descendiendo por una garganta estrecha.
La corriente alcanzó primero el sistema de Lhende Khola y Bhote Koshi, continuó hacia el Trishuli y después siguió aguas abajo hacia el Narayani. En algunos puntos el nivel del río subió varios metros en cuestión de minutos. Cuando llegaron las primeras alertas, para muchos habitantes apenas quedaba tiempo para correr hacia terreno elevado.
Por qué se produjo un derrumbe de semejante tamaño
No existe una explicación única, y reducir toda la catástrofe a una sola causa sería demasiado sencillo. Los análisis realizados tras el desastre apuntan a una combinación de fragilidad geológica, calentamiento excepcional, pérdida de hielo y deshielo del permafrost, la capa de terreno que permanece congelada durante largos periodos en las zonas de alta montaña.
El terremoto de magnitud 7,8 que castigó Nepal en 2015 había afectado ya a las laderas de Langtang Lirung. Once años después, esas fracturas continuaban ahí. Al mismo tiempo, el glaciar se ha ido adelgazando y retrocediendo, dejando expuestas zonas rocosas que durante décadas o siglos habían permanecido sujetas por hielo. La montaña, dicho de forma menos técnica, estaba perdiendo parte de su cemento.
El calentamiento no explica todo, pero tampoco es un detalle
Los estudios de atribución climática publicados tras la riada concluyen que el cambio climático provocado por la actividad humana aumentó las condiciones favorables para este tipo de colapso. Las temperaturas de julio y agosto en la región fueron excepcionalmente elevadas y el calentamiento atribuible a la actividad humana añadió alrededor de 1,5 grados a esas temperaturas.
Los glaciares del área pierden aproximadamente medio metro de espesor al año y la cota a la que las temperaturas se mantienen bajo cero está ascendiendo. Eso no significa que el cambio climático accionara una especie de interruptor el 26 de agosto. El relieve, las fracturas antiguas, la acumulación y posterior fusión de nieve y las cicatrices del terremoto de 2015 también cuentan.
Pero un Himalaya más cálido deja menos hielo capaz de estabilizar las paredes de roca y más agua infiltrándose por sus grietas. Una montaña aparentemente inmóvil puede estar cambiando por dentro durante años. Esa combinación convierte determinados valles del Himalaya en escenarios cada vez más difíciles de vigilar.
Miles de desaparecidos y una identificación por ADN gigantesca
Una de las imágenes menos visibles del desastre se encuentra lejos de los ríos: los laboratorios y depósitos donde se intenta poner nombre a los muertos. Nepal había recogido hasta el 22 de septiembre 3.345 muestras de ADN, de las que 1.329 procedían de fallecidos y 2.016 de familiares.
Las autoridades habían gestionado ya 1.333 cuerpos y restos mediante procedimientos forenses y enterramientos temporales que permitan recuperarlos posteriormente cuando exista una identificación genética fiable. La operación es lenta, desagradable y necesaria. Para cientos de familias, ese análisis puede ser la única forma de acabar con semanas de incertidumbre.
La dificultad es enorme porque muchos cuerpos llegaron después de recorrer kilómetros dentro de una corriente cargada de piedras y escombros. Algunos restos aparecieron lejos del lugar donde desapareció la persona. Otros continúan bajo grandes depósitos de sedimentos, dentro de túneles hidroeléctricos o enterrados en zonas donde antes había carreteras y edificios.
Equipos extranjeros especializados han colaborado con Nepal en las operaciones de búsqueda y en el trabajo forense, sobre todo alrededor de las instalaciones hidroeléctricas donde centenares de trabajadores quedaron atrapados o desaparecieron.
Y queda otro problema: los ciudadanos extranjeros. La riada coincidió con movimientos turísticos y peregrinaciones internacionales por la frontera. Nepal llegó a registrar desaparecidos de decenas de nacionalidades, mientras en Gyirong también se confirmaron centenares de extranjeros entre las personas buscadas. Para muchas familias, la espera sigue reducida a un nombre, una fotografía y una llamada que no llega.
Carreteras, centrales y pueblos: así está la zona afectada
La búsqueda ya no monopoliza todos los esfuerzos. La reconstrucción ha empezado porque, sencillamente, no queda otra. El análisis inicial de daños calculó unos 2.700 millones de dólares entre daños físicos y pérdidas económicas y aproximadamente 4.775 millones para recuperación y reconstrucción.
Cerca de 33.000 personas aparecen directamente afectadas en la evaluación y miles de viviendas sufrieron daños o fueron destruidas. En algunos pueblos, el problema no consiste únicamente en reconstruir las casas, sino en decidir si tiene sentido levantarlas exactamente donde estaban.
El golpe a la energía ha sido especialmente serio. La inundación afectó a 13 proyectos hidroeléctricos, además de instalaciones solares, subestaciones y redes eléctricas. Solo la reconstrucción del sistema energético podría necesitar alrededor de 390.000 millones de rupias nepalíes.
Nepal obtiene buena parte de su electricidad de centrales hidroeléctricas instaladas precisamente en estos valles estrechos, donde el desnivel ofrece energía abundante pero también concentra la exposición a inundaciones, desprendimientos y aludes. Es una contradicción difícil de resolver: la misma geografía que produce electricidad puede multiplicar los daños cuando la montaña cede.
Las comunicaciones terrestres mejoran, aunque siguen lejos de recuperar la normalidad. Las autoridades trabajan para reabrir completamente la carretera Galchhi-Syaphrubesi hacia mediados de octubre. En muchos tramos el tráfico ha vuelto mediante reparaciones provisionales y puentes Bailey, estructuras metálicas modulares que permiten restablecer rápidamente una vía destruida.
Más cerca de Rasuwagadhi, sin embargo, el golpe fue mucho peor: alrededor de 15 kilómetros de carretera quedaron completamente dañados. Parte del terreno donde antes discurría el asfalto sencillamente dejó de existir.
Tíbet recupera accesos, pero persisten centenares de ausencias
Al otro lado de la frontera, Gyirong Port quedó prácticamente borrado. Edificios administrativos, instalaciones fronterizas y carreteras fueron engullidos por el barro. China evacuó a 499 vecinos de varias localidades próximas mientras se vigilaba un lago represado de forma natural por los materiales arrastrados por la catástrofe.
Ese embalse temporal fue posteriormente drenado, el cauce recuperó su circulación y parte de la población evacuada pudo regresar. También se repararon tramos de la carretera nacional G216. La reconstrucción física, por tanto, ha avanzado más rápido que la resolución del drama humano: el último dato oficial conocido sigue hablando de 519 desaparecidos en Tíbet.
Un desastre que sigue contando ausencias
La gran riada de Nepal y Tíbet ya no ocupa cada día las portadas internacionales, pero sobre el terreno todavía no pertenece al pasado. Hay familias esperando una identificación genética, trabajadores sin localizar, carreteras provisionales, pueblos que estudian dónde reconstruir y centrales hidroeléctricas convertidas en esqueletos de hormigón junto al río.
Las cifras explican la escala, pero también tienen trampa: 1.451 cuerpos recuperados en Nepal y 4.718 desaparecidos no forman todavía un balance definitivo, del mismo modo que los 43 muertos y 519 desaparecidos reconocidos en Tíbet pueden modificarse a medida que avance la identificación.
Lo que sí está claro, casi un mes después, es que el desastre del 26 de agosto fue mucho más que una inundación repentina. Fue una cadena de acontecimientos de alta montaña —roca, hielo, agua y barro— capaz de recorrer enormes distancias siguiendo los ríos y de transformar en minutos una de las principales rutas del Himalaya.
Y sobre esas montañas permanece la cuestión que mira más allá de esta tragedia. Los glaciares retroceden, el permafrost pierde estabilidad y las infraestructuras continúan ocupando valles estrechos porque allí están las carreteras, los pueblos y la energía. El Himalaya no ha dejado de ser habitable, ni mucho menos, pero algunos de sus viejos riesgos están cambiando de escala. La riada de Bhote Koshi ha dejado esa advertencia escrita en barro, kilómetros río abajo.

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