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¿Cómo resistió Irán seis meses de guerra y por qué Trump no venció?
Seis meses de guerra en Irán dejan promesas rotas de Trump, miles de muertos y un régimen golpeado que, contra pronóstico, sigue resistiendo.

Seis meses después del primer bombardeo, la guerra contra Irán no terminó en cuatro o cinco semanas, el régimen de Teherán no cayó, el programa nuclear iraní no puede darse por eliminado y el estrecho de Ormuz continúa convertido en una herida abierta para el comercio mundial. Estados Unidos e Israel han infligido daños militares enormes a la República Islámica, han eliminado a buena parte de su antigua cúpula y han estrangulado una economía que ya vivía al borde del precipicio. Pero no han obtenido la victoria rápida que Donald Trump vendió al empezar la campaña.
Tampoco Irán ha ganado la guerra. Conviene decirlo antes de que la propaganda, de un lado o del otro, haga su trabajo habitual. Miles de iraníes han muerto, ciudades e infraestructuras han sido bombardeadas, la inflación ronda niveles insoportables y la población paga una guerra que no eligió. Lo verdaderamente incómodo es otra cosa: el Estado iraní resistió. Y también resistió una sociedad mucho más compleja que el régimen de los ayatolás, capaz de enfrentarse a sus propios gobernantes y, al mismo tiempo, rechazar que Washington o Tel Aviv decidan mediante bombas quién debe gobernar Persia.
Del 28 de febrero a una guerra que debía durar unas semanas
La madrugada del 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva coordinada contra Irán. Fueron atacadas instalaciones militares, centros relacionados con el programa nuclear, mandos de los Guardianes de la Revolución y objetivos de la estructura política iraní. El golpe más espectacular llegó en las primeras horas: el ayatolá Alí Jameneí, líder supremo desde 1989, murió en el ataque contra su complejo en Teherán. También fueron eliminados altos responsables militares y de seguridad.
Trump presentó la operación como el principio de algo corto. Una especie de intervención quirúrgica, aunque las guerras, qué detalle, raramente leen las notas de prensa de la Casa Blanca. Habló de una campaña de cuatro o cinco semanas y de una pequeña incursión destinada a eliminar una amenaza. La expectativa política era transparente: destruir buena parte de la capacidad militar y nuclear de Irán, quebrar el poder de los Guardianes de la Revolución y crear las condiciones para que el sistema islámico se desmoronase desde dentro.
Ocurrió lo primero parcialmente. Lo segundo, no.
Irán respondió con misiles y drones contra Israel y contra instalaciones estadounidenses y de países aliados en el Golfo. Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait, Jordania y otros puntos de la región quedaron expuestos a una guerra que dejó de ser bilateral casi inmediatamente. Hezbolá volvió a abrir el frente libanés en apoyo de Teherán y la respuesta israelí extendió el campo de batalla todavía más.
La primera gran sorpresa estratégica llegó en el mar. El 2 de marzo, los Guardianes de la Revolución anunciaron el cierre del estrecho de Ormuz. Antes de la guerra transitaban por esa garganta marítima más de cien buques diarios y alrededor de una quinta parte de los flujos mundiales de petróleo y gas pasaba por sus aguas. El tráfico se desplomó. De pronto, un país sometido a uno de los bombardeos más intensos de su historia había encontrado una palanca con la que golpear mucho más allá de sus fronteras: el depósito de combustible de medio planeta.
Abril: Trump declaró cumplidos los objetivos y la guerra siguió
A comienzos de abril, tras semanas de ataques, amenazas y mediación pakistaní, llegó la primera gran pausa. Trump aceptó un alto el fuego de dos semanas y aseguró que Estados Unidos había cumplido e incluso superado sus objetivos militares. La Casa Blanca describió la operación como una victoria decisiva y presentó a Irán prácticamente derrotado.
Era 7 de abril. Faltaban casi cinco meses para llegar al aniversario de medio año de una guerra supuestamente resuelta.
La pausa fue prorrogándose mientras Washington y Teherán negociaban con intermediarios. Pero ninguna de las cuestiones decisivas había desaparecido. Irán no quería entregar su capacidad de enriquecimiento de uranio ni renunciar a controlar el acceso a Ormuz. Estados Unidos exigía garantías nucleares, libertad de navegación y limitaciones sobre los misiles y las organizaciones armadas vinculadas a Teherán.
Y había un problema aún más elemental: las bombas habían destruido edificios, pero no necesariamente los problemas que pretendían resolver.
El programa nuclear que no desapareció bajo las bombas
El Organismo Internacional de Energía Atómica constató en junio que seguía sin poder verificar el destino de importantes cantidades de uranio enriquecido iraní. Parte de las instalaciones había quedado destruida o seriamente dañada, pero el organismo no podía certificar que todo el material nuclear hubiese desaparecido ni que el programa hubiera quedado definitivamente inutilizado. Más de 200 kilos de uranio enriquecido hasta niveles cercanos al 60% podrían haber sobrevivido a anteriores ataques, según las estimaciones manejadas durante las negociaciones.
Ésa es una diferencia considerable. Dañar un programa nuclear no significa borrarlo. Tampoco desaparecen bajo los escombros el conocimiento de los científicos, la experiencia acumulada, las cadenas industriales ni la capacidad necesaria para reconstruir determinadas instalaciones. Una bomba puede destrozar una centrifugadora. Resulta bastante más difícil bombardear lo que alguien sabe hacer.
Junio y julio: el acuerdo que parecía terminar la guerra se rompió
El 17 de junio llegó el momento que más se pareció a una salida. Estados Unidos e Irán aceptaron un memorando de entendimiento impulsado mediante la mediación de Pakistán. El documento contemplaba el cese de las operaciones militares y abría un periodo de negociación para resolver los asuntos más difíciles, incluido el futuro del programa nuclear y la navegación por Ormuz.
Por unas semanas aumentó el tráfico marítimo. No volvió ni remotamente a la normalidad, pero el número de barcos que cruzaban el estrecho subió. Parecía que las dos potencias habían encontrado esa rara mercancía que escasea en todas las guerras: una puerta de salida que ninguno necesitaba llamar rendición.
Duró poco.
Las interpretaciones del acuerdo comenzaron a divergir. Washington e Irán se acusaron mutuamente de incumplimientos; continuaron los incidentes marítimos y las hostilidades regionales. El 14 de julio, Estados Unidos volvió a atacar objetivos iraníes y reimpuso el bloqueo de sus puertos. Teherán respondió contra posiciones estadounidenses y países que albergaban fuerzas norteamericanas. El pacto quedó prácticamente hecho trizas.
Ahí cambió también la naturaleza de la guerra. Los grandes ciclos de bombardeos dejaron paso progresivamente a una combinación de bloqueo naval, ataques puntuales, drones, sanciones, amenazas y negociación indirecta. Nada parecido a una paz; tampoco la intensidad de marzo. Una guerra de desgaste, más barata en titulares que en consecuencias.
Los balances disponibles al cumplirse los seis meses reflejan la dimensión del desastre. Las cifras conocidas hasta finales de agosto situaban en torno a 3.500 los muertos en Irán, más de 4.300 en el frente libanés, unas 60 víctimas mortales israelíes y 18 militares estadounidenses fallecidos, además de centenares de heridos entre las tropas norteamericanas. Son balances provisionales y difíciles de verificar en su totalidad, pero el conjunto supera ampliamente los 7.900 muertos.
Las promesas de Trump que seis meses de guerra dejaron desnudas
Hablar simplemente de las “mentiras de Trump” resulta tentador, pero periodísticamente hay que afinar. Una mentira supone conocer la verdad y decir deliberadamente lo contrario. Eso pertenece a la intención. Lo demostrable son afirmaciones, promesas y anuncios que los hechos posteriores han desmentido, contradicho o dejado sin base verificable. Y la lista pesa.
La primera es la duración. Trump habló de cuatro o cinco semanas. Han pasado seis meses y Washington sigue aplicando medidas de guerra contra Irán. El propio presidente ha cambiado de registro: de la prisa por terminar pasó a afirmar que no tiene ninguna prisa por volver a negociar.
La segunda fue la victoria militar completa. En abril aseguró que los objetivos estaban cumplidos o superados. Sin embargo, Irán continuó disparando misiles y drones meses después, Estados Unidos volvió a bombardear el país en julio y el Pentágono ha tenido que mantener una enorme presencia militar alrededor del Golfo. Una victoria puede ser incompleta; lo que cuesta más sostener es que una guerra acabada necesite seguir librándose.
La tercera afecta al programa nuclear iraní. La Administración ha utilizado términos como “desmantelado” o “paralizado”, pero los inspectores internacionales no han podido localizar ni verificar todo el uranio enriquecido ni certificar la destrucción irreversible del programa. Las instalaciones sufrieron daños severos, eso está documentado. El salto desde “dañado” hasta “eliminado” pertenece más al lenguaje político que al de una inspección nuclear.
La cuarta es la supuesta destrucción de la capacidad iraní de responder. Washington infligió un castigo muy serio a la marina, la aviación, los sistemas de defensa y la infraestructura de misiles de Irán. Pero Teherán siguió lanzando proyectiles durante el verano y sus ataques causaron bajas estadounidenses. Una fuerza degradada puede seguir siendo peligrosa; confundir las dos cosas resulta bastante caro cuando vuelan misiles en dirección contraria.
La quinta gira alrededor de Ormuz. Trump ha asegurado que Estados Unidos controla el estrecho y que está abierto. La realidad comercial es bastante menos grandiosa. El tráfico se mantiene muy por debajo del anterior a la guerra, muchas navieras continúan evitando la zona y el propio Irán sostiene que conserva capacidad para impedir el paso. Durante estos seis meses, el movimiento de barcos ha quedado muy lejos de los más de cien buques diarios que atravesaban el estrecho antes del conflicto. A finales de agosto el volumen empezaba a recuperarse, pero seguía siendo volátil.
La sexta es la diplomacia. Trump afirmó repetidamente que Irán estaba a punto de aceptar un acuerdo, que sus dirigentes querían negociar y, más recientemente, que prácticamente estaban suplicando hacerlo. Sin embargo, al cumplirse los seis meses de guerra no existía una negociación directa capaz de cerrar el conflicto. Qatar, Pakistán y Omán continuaban tratando de reconstruir por los bordes un diálogo que las dos partes habían roto por el centro.
Y entonces apareció en las redes de Trump un “MISSION ACCOMPLISHED 2026”. La referencia inevitable es aquel “Mission Accomplished” asociado a George W. Bush en 2003, cuando la guerra de Irak apenas había empezado a enseñar los dientes. La historia a veces carece de imaginación; otras veces tiene un sentido del humor bastante oscuro.
La verdad incómoda de los iraníes que han resistido
Aquí está el error más profundo de los cálculos iniciales. Irán no es lo mismo que la República Islámica.
Meses antes del ataque, el país había vivido protestas contra el poder clerical, impulsadas por la crisis económica, la depreciación del rial, la represión política y el cansancio de amplios sectores de la sociedad. Las manifestaciones se extendieron por las 31 provincias y el aparato de seguridad respondió con violencia. El régimen llegó a 2026 debilitado, con una crisis evidente de legitimidad y una población joven que llevaba años discutiendo en la calle el modelo impuesto desde 1979.
Trump vio esa grieta y creyó que podía convertirla en derrumbe. En enero había animado públicamente a los iraníes a seguir protestando y tomar sus instituciones, asegurando que la ayuda estaba en camino. Después llegaron los bombarderos.
El efecto no fue exactamente el previsto.
En zonas del sur iraní tradicionalmente hostiles al poder central, incluidas regiones con importantes minorías étnicas y religiosas, los ataques estadounidenses no provocaron una rebelión contra Teherán. Apareció algo mucho más incómodo para Washington: ciudadanos que seguían siendo críticos con el régimen pero que, ante los bombardeos extranjeros y el deterioro de sus ciudades, dirigían también parte de su ira contra Estados Unidos.
No es una contradicción. Un iraní puede detestar a los Guardianes de la Revolución, defender la libertad de las mujeres, haber participado en protestas contra el Gobierno y no desear que un avión extranjero convierta su barrio en un campo de batalla. Parece elemental. En geopolítica, por alguna razón, lo elemental suele necesitar varias guerras para volver a aprenderse.
Resistir a Estados Unidos no significa apoyar a los ayatolás
La resistencia iraní tampoco demuestra que el régimen sea popular. Sería el error inverso. La República Islámica aprovechó la guerra para endurecer su control interno, reforzar a los Basij, detener opositores y vigilar con mayor intensidad cualquier signo de disidencia. El aparato construido durante décadas alrededor de los Guardianes de la Revolución sobrevivió incluso a la muerte de Alí Jameneí.
Su hijo Mojtaba Jameneí terminó ocupando la jefatura del sistema en circunstancias extraordinarias después de haber resultado gravemente herido en los ataques iniciales. Durante meses gobernó prácticamente desde las sombras, sin una aparición pública convencional, mientras el Consejo Supremo de Seguridad Nacional y los Guardianes asumían una parte sustancial de la gestión cotidiana de la guerra. La muerte del líder histórico descabezó la cúspide; no derrumbó el edificio.
Ésa quizá sea la lección que menos encaja con la espectacularidad de los bombardeos: los Estados autoritarios con instituciones armadas densas y décadas de experiencia bajo sanciones no dependen exclusivamente de un hombre ni de un edificio.
Irán sigue en pie, pero el precio lo pagan sus ciudadanos
Nada de esto convierte la supervivencia iraní en una victoria limpia. El país está exhausto.
La inflación ronda niveles asfixiantes, el comercio exterior se ha contraído con fuerza y la moneda ha sufrido nuevas caídas. En Teherán se han formado largas colas para conseguir combustible, mientras muchas familias recortan alimentación, medicamentos y gastos básicos. Las tiendas pueden tener productos en los estantes y, aun así, parecer vacías: basta con que nadie pueda pagarlos.
Washington intenta explotar precisamente esa fragilidad. A finales de agosto, la Administración Trump lanzó una nueva ofensiva de sanciones destinada a cortar los vínculos financieros restantes de Irán con terceros países. La amenaza es sencilla: quien facilite negocio a Teherán se arriesga a perder acceso al sistema financiero estadounidense. China, Turquía y otras economías que mantienen relaciones con Irán son piezas esenciales de esa batalla.
Pero incluso esa estrategia contiene una paradoja. Tras seis meses de intentar destruir capacidades iraníes mediante ataques, Washington está recurriendo de nuevo al instrumento que llevaba décadas utilizando antes de la guerra: las sanciones económicas.
Estados Unidos tampoco ha salido gratis. El coste reconocido del conflicto supera los 37.500 millones de dólares, determinados arsenales de municiones se han reducido y el Pentágono afronta el problema de reponer sistemas empleados en una campaña mucho más larga de lo previsto. La guerra se ha convertido asimismo en un problema político interno para Trump, que llegó a la Casa Blanca denunciando precisamente las guerras interminables de Oriente Próximo.
Mientras tanto, Ormuz sigue dictando buena parte de la agenda. Irán negocia fórmulas para crear corredores de navegación y exige a cambio el levantamiento del bloqueo estadounidense, alivio de sanciones y garantías sobre futuros ataques. Qatar y Pakistán intentan acercar posiciones. El petróleo Brent terminó el 28 de agosto alrededor de 89 dólares por barril, muy por debajo de los máximos registrados durante los peores momentos de la crisis, aunque el mercado sigue reaccionando a cualquier indicio sobre una reapertura estable del estrecho.
Seis meses y ninguna bandera blanca
El balance de estos seis meses tiene poco espacio para los relatos cómodos. Estados Unidos e Israel demostraron que pueden penetrar profundamente en Irán, matar a su líder supremo, destruir instalaciones estratégicas y degradar seriamente parte de sus fuerzas armadas. Sería absurdo minimizar ese poder.
Pero tener superioridad militar no es lo mismo que convertirla en un resultado político.
Irán perdió hombres, infraestructura, dinero y capacidad militar. No perdió el régimen, no entregó su programa nuclear, no renunció a los misiles y mantiene en el estrecho de Ormuz una capacidad de coerción que condiciona a Washington y al mercado energético mundial. Tampoco consiguió expulsar a Estados Unidos de la región ni doblegar a Israel. Seis meses después, nadie tiene una victoria que pueda sostenerse sin añadir muchos asteriscos.
Y los persas siguen ahí. No como ese bloque fanático y uniforme que dibuja cierta propaganda occidental, ni como la nación unida detrás de los ayatolás que presenta la televisión iraní. Siguen ahí con sus contradicciones: jóvenes que quieren más libertad, conservadores que defienden el sistema, familias que sólo quieren llegar a final de mes, opositores al régimen que rechazan los bombardeos, nacionalistas, reformistas, religiosos, laicos. Un país de más de 90 millones de personas no cabe cómodamente en un eslogan.
La guerra que iba a durar unas semanas ha llegado al medio año porque el problema nunca fue únicamente cuántas bombas podía lanzar Estados Unidos. Era qué ocurriría después de lanzarlas.
Ese después continúa abierto. Y ésa, más que cualquier imagen de “misión cumplida”, es la fotografía real de Irán seis meses más tarde.

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