Salud
¿Por qué la diabetes tipo 1 crecerá un 29 % en el mundo hasta 2049?
Más de 12 millones de personas vivirán con diabetes tipo 1 en 2049, un aumento del 29 % que pondrá a prueba a numerosos sistemas sanitarios.

La diabetes tipo 1 se encamina hacia un crecimiento considerable durante las próximas dos décadas. Las nuevas proyecciones internacionales calculan que 12,1 millones de personas vivirán con esta enfermedad en 2049, frente a unos 9,4 millones en 2025. El aumento sería del 29 % en menos de un cuarto de siglo.
No crecerá al mismo ritmo el número de nuevos diagnósticos. El modelo estima unos 530.024 nuevos casos durante 2025 y alrededor de 605.058 en 2049, un incremento del 14 %. Son dos cifras distintas y conviene no mezclarlas: una mide cuántas personas viven con diabetes tipo 1; la otra, cuántas desarrollan la enfermedad cada año. Más supervivencia, mejores diagnósticos y una población mundial cambiante hacen que ambas curvas no avancen juntas.
Las estimaciones han sido desarrolladas mediante el modelo epidemiológico DIAMOND-T1D, bajo la dirección del profesor Anders Green, del Steno Diabetes Center Odense, en Dinamarca. Los resultados han sido difundidos por la Asociación Europea para el Estudio de la Diabetes antes de su congreso anual de Milán, previsto entre el 28 de septiembre y el 2 de octubre de 2026. Es decir, a fecha de 29 de agosto son resultados anunciados para su presentación científica, un matiz temporal pequeño pero relevante.
De 9,4 a 12,1 millones: qué hay detrás del salto
La primera tentación ante ese 29 % consiste en pensar que el mundo se dirige, sencillamente, hacia una explosión de nuevos casos. La realidad es bastante menos lineal. Parte del crecimiento procede de la incidencia, sí, pero otra parte refleja que más personas con diabetes tipo 1 sobreviven durante más años, especialmente allí donde el acceso a la insulina, al diagnóstico y al seguimiento de la glucosa está mejorando.
La prevalencia —el número de personas que viven con la enfermedad en un momento determinado— puede aumentar incluso sin que los nuevos diagnósticos crezcan a la misma velocidad. Si una persona diagnosticada a los diez años dispone de insulina, sensores y atención médica adecuada durante décadas, continuará formando parte de esa prevalencia muchos años después. Desde el punto de vista sanitario es una buena noticia dentro de una estadística que, vista de lejos, parece exclusivamente mala.
El modelo también calcula que las muertes por cualquier causa entre personas con diabetes tipo 1 pasarían de 361.383 en 2025 a 537.621 en 2049. Eso no significa que todas esas muertes sean provocadas directamente por la diabetes; son fallecimientos ocurridos dentro de una población que, además de crecer, envejece. La precisión importa aquí: confundir ambas cosas convertiría una proyección epidemiológica en algo que el estudio no sostiene.
Los menores de 20 años representarían aproximadamente el 42 % de los nuevos casos registrados en 2025. Dicho de otro modo, la diabetes tipo 1 conserva una importante dimensión pediátrica, pero no es una enfermedad exclusiva de niños y adolescentes. Una parte sustancial de los diagnósticos aparece en adultos, algo todavía eclipsado por la vieja etiqueta de «diabetes juvenil».
El crecimiento será muy desigual entre países
Las mayores cifras absolutas seguirán concentrándose en numerosos países de ingresos altos y medios, pero la subida proporcional más fuerte podría producirse precisamente en las regiones con menos recursos. Ahí aparece una de las paradojas más interesantes de estas proyecciones: mejorar el sistema sanitario puede elevar la prevalencia registrada porque se diagnostican pacientes que antes quedaban fuera de las estadísticas y porque viven durante más tiempo.
No es un detalle menor. En numerosos países pobres, disponer de insulina de manera constante continúa separando una enfermedad crónica tratable de una emergencia potencialmente mortal. Mejorar el control de la glucosa, el diagnóstico y el acceso al tratamiento permite que una población antes dramáticamente infrarrepresentada empiece, sencillamente, a aparecer en los datos.
Tanzania muestra la otra cara de la estadística
El caso de Tanzania sirve casi como una radiografía de esa transformación. El modelo calcula que los nuevos casos anuales podrían pasar de 3.275 en 2025 a 6.177 en 2049, prácticamente el doble. Las personas que viven con diabetes tipo 1 crecerían desde unas 19.101 hasta 39.673.
Siguen siendo cifras mucho menores que las de Estados Unidos o Reino Unido, pero el aumento proporcional es enorme. Parte puede responder a cambios reales en la incidencia; parte, a mejores sistemas de detección y supervivencia. Y ahí la estadística adquiere una extraña doble lectura: tener más pacientes registrados no siempre significa que todo vaya peor. A veces significa que muchos de quienes antes morían jóvenes han conseguido seguir viviendo.
La desigualdad, sin embargo, continúa siendo áspera. Entre las personas con diabetes tipo 1 fallecidas por cualquier causa en 2025, los menores de 20 años representarían alrededor del 4 % en los países de ingresos altos, frente al 34 % en los países de ingresos bajos, según este modelo. La distancia entre ambos mundos no se explica con una dieta de moda ni con un reloj inteligente: habla de insulina disponible, sistemas sanitarios, diagnóstico temprano y atención continuada.
Estados Unidos, Reino Unido e Italia también crecerán
En los países ricos la dinámica es distinta. Reino Unido pasaría de unos 313.725 pacientes en 2025 a 420.551 en 2049, aproximadamente un tercio más. Estados Unidos subiría de 1.492.825 a 2.055.235, es decir, más de medio millón de personas adicionales viviendo con diabetes tipo 1.
Italia presenta una progresión más moderada: alrededor de 205.499 personas en 2025 y 239.145 en 2049, un aumento aproximado del 16 %. En estos países, los investigadores no esperan un crecimiento de la incidencia anual tan acusado como el aumento de la prevalencia. Vuelve a aparecer el mismo fenómeno: una población con la enfermedad que vive más tiempo pesa cada vez más en el total.
Los investigadores relacionan las diferencias entre países con una combinación de predisposición genética, posibles desencadenantes ambientales y capacidad para detectar los casos. No existe una explicación única capaz de meter en la misma caja a Australia, India, Estados Unidos, Tanzania o China. Sería cómodo. La epidemiología, por desgracia para los titulares sencillos, suele negarse a cooperar.
Qué significa este escenario para España
España no aparece entre los ejemplos nacionales destacados por las nuevas proyecciones DIAMOND-T1D, pero los datos disponibles permiten situar la magnitud del problema. El Atlas de la Federación Internacional de Diabetes calcula alrededor de 189.000 personas con diabetes tipo 1 de todas las edades en España, de las cuales unas 18.700 tienen menos de 20 años. Otro modelo internacional, el T1D Index, sitúa la cifra de 2025 ligeramente por encima, alrededor de 193.000. Las diferencias son normales porque cada sistema emplea fuentes y supuestos diferentes.
En población infantil, un estudio publicado en 2025 que recopiló la evidencia española estimó una incidencia media de 20,54 nuevos casos por cada 100.000 menores de 15 años al año, equivalente a unos 1.398 diagnósticos anuales. La investigación calculó además unos 12.346 menores de 15 años con diabetes y subrayó un problema particularmente serio: alrededor de un tercio de los diagnósticos se produce cuando el paciente presenta cetoacidosis diabética.
Eso importa mucho más que cualquier discusión semántica. La cetoacidosis puede convertirse rápidamente en una urgencia grave. Sed intensa, aumento de la orina, pérdida de peso, cansancio, náuseas o vómitos pueden aparecer cuando el organismo lleva ya demasiado tiempo sin disponer de suficiente insulina.
La diabetes tipo 1 no es la diabetes tipo 2
El crecimiento proyectado tampoco debería confundirse con el enorme aumento mundial de la diabetes tipo 2. La diabetes tipo 1 es fundamentalmente una enfermedad autoinmune: el sistema inmunitario destruye las células beta del páncreas encargadas de producir insulina y el organismo termina con una deficiencia prácticamente absoluta de esta hormona.
No aparece porque una persona haya comido demasiados dulces, tenga sobrepeso o lleve una vida sedentaria. Esos tópicos, repetidos durante años con una soltura casi industrial, mezclan enfermedades diferentes. En la diabetes tipo 1 intervienen factores genéticos y ambientales todavía no completamente comprendidos, y la mayoría de los afectados necesita insulina diariamente para vivir.
La investigación médica está permitiendo detectar etapas autoinmunes anteriores a la aparición de los síntomas mediante determinados autoanticuerpos. Las recomendaciones clínicas de 2026 distinguen incluso distintas fases presintomáticas de la enfermedad. Esto abre una puerta relevante: diagnosticar el proceso antes de que el organismo llegue al borde de una cetoacidosis y, en determinados pacientes de riesgo, valorar tratamientos capaces de retrasar la aparición de la fase clínica.
Un modelo útil, no una bola de cristal
DIAMOND-T1D intenta reconstruir y proyectar la epidemiología mundial de la diabetes tipo 1 desde 1900 hasta 2050. Para hacerlo incorpora información sobre la introducción histórica de la insulina en cada país, la incidencia disponible, la estructura por edades de las poblaciones y las probabilidades de supervivencia.
Ese enfoque resulta especialmente interesante porque la historia de la diabetes tipo 1 cambió brutalmente cuando apareció la insulina. Antes de su utilización terapéutica, un diagnóstico podía convertirse en una sentencia mortal en poco tiempo. Incluso un siglo después, tratar como iguales a países donde el acceso ha sido estable durante décadas y a otros donde sigue siendo irregular distorsionaría cualquier cálculo global.
El modelo ha sido contrastado con registros poblacionales de Dinamarca y Escocia, pero sus propios autores reconocen una limitación considerable: los datos epidemiológicos siguen siendo escasos, sobre todo en países de ingresos bajos y medios. Las proyecciones son, por eso, estimaciones; no una fotografía enviada desde 2049.
También explica por qué DIAMOND-T1D obtiene cifras globales algo inferiores a otros trabajos, como el T1D Index. Sus hipótesis sobre la supervivencia de las personas con diabetes tipo 1, especialmente en edades avanzadas y países con menos recursos, son más conservadoras. El T1D Index, por ejemplo, situaba en unos 9,5 millones las personas con diabetes tipo 1 durante 2025, muy cerca pero no exactamente en los 9,4 millones utilizados por la nueva proyección.
El verdadero reto está detrás del 29 %
Doce millones de personas en 2049 es una cifra gigantesca, aunque por sí sola cuenta solo media historia. El desafío sanitario consiste en saber cuántas llegarán al diagnóstico a tiempo, cuántas podrán disponer de insulina todos los días, cuántas tendrán sensores de glucosa o sistemas automatizados de administración y cuántas seguirán dependiendo de una infraestructura sanitaria demasiado frágil.
La tecnología para controlar la diabetes tipo 1 ha avanzado con rapidez: monitorización continua de glucosa, bombas de insulina y sistemas automatizados han cambiado la vida cotidiana de muchos pacientes. El problema es que ese progreso no se reparte de manera uniforme. Las diferencias de acceso siguen siendo enormes incluso entre sistemas sanitarios desarrollados.
De ahí que el aumento previsto hasta 2049 tenga una lectura menos obvia. Habrá más casos nuevos, sí. Pero también habrá personas que viven más años gracias al tratamiento, niños que alcanzan la edad adulta y adultos que envejecen con una enfermedad que hace apenas un siglo tenía un desenlace radicalmente distinto.
El 29 % es el titular. Debajo está la cuestión verdaderamente incómoda: que vivir con diabetes tipo 1 pueda convertirse en una enfermedad crónica manejable en cualquier país y no en un privilegio determinado por el lugar donde uno nace.










