Naturaleza
¿Puede Perú sufrir una tragedia como Nepal y Tíbet por sus glaciares?
Perú tiene 58 lagunas glaciares en riesgo muy alto y el deshielo reabre el temor a una tragedia de montaña como la ocurrida en Nepal y Tíbet.

Sí. Perú reúne condiciones capaces de desencadenar una catástrofe glaciar de gran magnitud, con avalanchas de hielo y roca, desbordamientos súbitos de lagunas y aluviones capaces de recorrer kilómetros valle abajo. No significa que vaya a producirse una tragedia como la que acaba de golpear Nepal y Tíbet, pero tampoco es una posibilidad teórica perdida en algún informe técnico: el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (Inaigem) ha identificado 58 lagunas con riesgo «muy alto» de desborde en los Andes peruanos.
La cifra necesita contexto, porque «riesgo muy alto» no equivale a «desbordamiento inminente». El estudio nacional contabiliza 528 lagunas glaciares con algún nivel de riesgo y determina la peligrosidad teniendo en cuenta factores como la cercanía al glaciar, las pendientes, el volumen de agua, la estabilidad del terreno y, algo decisivo, las viviendas y poblaciones situadas aguas abajo. Dicho de otra manera: no hay 58 bombas de agua con una cuenta atrás en marcha. Hay 58 lugares especialmente vulnerables donde una combinación desfavorable de montaña, hielo, agua y población obliga a tomarse el problema muy en serio.
La advertencia difundida este 28 de agosto tampoco nace de la nada ni de la conmoción por las imágenes del Himalaya. Los datos proceden de una evaluación nacional elaborada por Inaigem en 2024, cuyos resultados volvieron a presentarse públicamente en mayo de 2025 y que han recuperado actualidad tras la catástrofe del 26 de agosto de 2026 en la frontera entre Nepal y el Tíbet. Allí, un enorme colapso de hielo y roca desencadenó una riada devastadora; este viernes el balance había alcanzado al menos 475 muertos en Nepal, además de tres fallecidos confirmados en el lado tibetano, mientras miles de personas seguían desaparecidas o sin contacto.
Sí puede ocurrir, aunque no sería una copia de Nepal
Comparar Perú con Nepal resulta razonable siempre que no se convierta la comparación en una fotocopia. El desastre del Himalaya no fue simplemente una laguna tranquila que rompió su orilla. Las primeras reconstrucciones apuntan a un desprendimiento gigantesco de roca y hielo en alta montaña que se precipitó sobre el sistema fluvial, generó una avenida extraordinariamente rápida y arrastró barro, bloques, agua y escombros por los valles. Después aparecieron nuevos lagos formados por los propios materiales que bloquearon los cauces, creando una segunda amenaza de inundación. Una reacción en cadena.
En los Andes peruanos pueden darse cadenas parecidas. Una masa de hielo o roca puede desprenderse de una ladera y caer sobre una laguna glaciar; el impacto levanta una ola enorme, la ola supera o erosiona el dique natural y el agua sale montaña abajo convertida en un aluvión de barro, roca y sedimentos. Es lo que internacionalmente se conoce como GLOF, siglas inglesas para una inundación repentina causada por el vaciamiento de una laguna glaciar.
No hace falta, además, que la laguna «reviente» por completo. Basta con que una avalancha desplace suficiente agua para generar una ola que sobrepase el borde. Y muchos de esos bordes están formados por morrenas, acumulaciones de piedras, arena y material suelto abandonadas por antiguos glaciares. Parecen una presa. Lo son, en cierto modo, pero la naturaleza no incluye hormigón armado ni certificado de obra.
Perú conoce bien ese mecanismo. En abril de 2010, un bloque de hielo y roca se desprendió del nevado Hualcán y cayó sobre la laguna 513, en Áncash. El impacto produjo una ola de unos 28 metros, originó un aluvión y dañó campos y viviendas en el valle. Las obras existentes evitaron un vaciamiento total y no hubo una catástrofe humana, pero el episodio dejó una demostración bastante menos abstracta que cualquier simulación informática.
Qué significan realmente las 58 lagunas
Inaigem ha localizado 528 lagunas con riesgo de desborde en ocho departamentos: Áncash, Cusco, Lima, Puno, Junín, Huánuco, Pasco y Arequipa. Dentro de ese conjunto, 58 alcanzan la categoría de riesgo muy alto y se concentran en seis departamentos: Áncash, Cusco, Lima, Junín, Puno y Huánuco. Áncash reúne aproximadamente el 45 % de las lagunas clasificadas en el máximo nivel, algo lógico si se observa la concentración glaciar de la Cordillera Blanca.
No todas presentan el mismo problema. Algunas tienen mayor facilidad física para sufrir un desborde; otras preocupan especialmente porque debajo hay ciudades, pueblos, carreteras o infraestructuras. El concepto de riesgo mezcla ambos mundos. Una laguna muy inestable en un valle prácticamente deshabitado puede representar menos peligro para las personas que otra algo más estable situada encima de miles de viviendas. La exposición de la población importa tanto como el agua.
El mapa no señala 58 catástrofes inminentes
Ese matiz explica una aparente contradicción en las informaciones publicadas estos días. Algunas sitúan a Parón, en Áncash, entre los puntos de mayor preocupación, mientras que la evaluación nacional de Inaigem coloca a Upiscocha, en Cusco, como la laguna con mayor susceptibilidad y riesgo de desborde del país. El mismo estudio sitúa después a Palcacocha, Checquiacocha y Tullparaju entre las primeras posiciones. Parón aparece también en el grupo de mayor riesgo, aunque no encabeza la clasificación técnica nacional.
Upiscocha merece especial atención. Está en la cordillera Vilcanota y presenta laderas muy pronunciadas, con sectores cuya pendiente supera los 60 grados, proximidad al hielo y un volumen aproximado de 17 millones de metros cúbicos de agua. La evaluación recoge dos episodios de vaciamiento glaciar registrados allí en 2022. Aguas abajo existen poblaciones expuestas a una eventual avenida.
El asunto, por tanto, no consiste en decidir qué laguna gana una siniestra liga de peligrosidad. Upiscocha, Palcacocha, Tullparaju y Parón forman escenarios diferentes, sometidos a vigilancia y con consecuencias potenciales también distintas. Lo común es otra cosa: hielo en retroceso, agua acumulada, pendientes abruptas y poblaciones que, en algunos casos, quedan justo en el camino natural de una posible avenida.
Upiscocha, Palcacocha y Parón: el frente más delicado
En Áncash aparece buena parte de las preocupaciones. La laguna Parón se encuentra a unos 4.200 metros de altitud, en plena Cordillera Blanca. Palcacocha está todavía más alta, a 4.546 metros, sobre Huaraz. Tullparaju también figura entre las lagunas con mayor exposición potencial. Bajo ese paisaje espectacular —agua turquesa, roca desnuda, hielo blanco cortado por grietas— viven decenas de miles de personas.
Palcacocha resulta especialmente sensible por una razón elemental: debajo está Huaraz. El retroceso de los glaciares Palcaraju y Pucaranra hizo crecer esta laguna y su volumen aumentó alrededor de 34 veces entre 1972 y 2016. Los cálculos manejados por Inaigem indican que un escenario de aluvión podría afectar a más de 27.000 personas. Por eso dispone de vigilancia y de un sistema de alerta temprana.
Palcacocha y la memoria de Huaraz
Aquí la historia pesa. El 13 de diciembre de 1941, Palcacocha sufrió un vaciamiento violento que lanzó una avenida contra Huaraz y destruyó amplias zonas de la ciudad. Los estudios científicos sitúan la mortalidad de aquella catástrofe en torno a 1.800 personas. No es una profecía de lo que volverá a ocurrir, pero sí la prueba de que el fenómeno ya ocurrió en ese mismo valle.
Más al norte domina el Huascarán, con sus 6.768 metros. Y aquí aparece otra conexión con Nepal: el peligro no necesita siempre una laguna glaciar como intermediaria. Inaigem ha estudiado sectores inestables de los picos norte y sur capaces de generar desprendimientos de hielo y roca y posteriores aluviones.
El precedente brutal es Yungay. Durante el terremoto de Áncash del 31 de mayo de 1970, una gigantesca masa desprendida del Huascarán descendió a enorme velocidad y sepultó la ciudad. Más de 15.000 personas murieron en Yungay y sus alrededores. Las investigaciones actuales modelizan precisamente qué zonas resultarían afectadas si se produjeran nuevos desprendimientos desde sectores inestables de la montaña.
Hay una diferencia importante respecto a 1970: un terremoto puede actuar como detonante, pero no es imprescindible. Una ladera glaciar debilitada puede colapsar por su propia evolución, por cambios térmicos, infiltración de agua, pérdida de soporte del hielo o degradación de la roca congelada. Esa es precisamente una de las lecciones incómodas que deja Nepal.
El deshielo está cambiando el mapa de riesgo
Perú posee alrededor del 68 % de los glaciares tropicales del planeta, pero ha perdido aproximadamente el 56 % de su superficie glaciar entre 1962 y 2020. El inventario nacional contabilizó 2.084 glaciares y 8.466 lagunas de origen glaciar. No es simplemente que haya «menos hielo». Al retroceder los glaciares quedan depresiones donde se acumula agua, aparecen nuevas lagunas y cambian las paredes de roca que durante décadas o siglos permanecieron sostenidas o congeladas.
Ese proceso puede aumentar el peligro de varias maneras al mismo tiempo. Crece una laguna, se retira el hielo que estabilizaba una ladera, aparecen grietas, queda roca desnuda sometida a bruscos ciclos de hielo y deshielo y una avalancha termina cayendo sobre el agua. El cambio climático no provoca automáticamente un aluvión, y atribuir un episodio concreto exige estudios específicos, pero el calentamiento sí está alterando las condiciones de las montañas y aumentando determinados factores de inestabilidad.
La buena noticia —sin convertirla en consuelo fácil— es que Perú no parte de cero. Existen mapas de peligro, modelizaciones, cámaras y sensores, sistemas de transmisión de datos y experiencias acumuladas durante décadas. Inaigem comparte información con gobiernos regionales y locales para preparar rutas de evacuación, zonas seguras y sistemas de alerta.
El problema comienza cuando un mapa termina guardado en un cajón, una alarma no llega a toda la población o la expansión urbana invade cauces y quebradas donde el agua siempre tuvo memoria. En una avenida glaciar extrema pueden pasar apenas minutos entre el desprendimiento y la llegada del frente de barro. Nepal acaba de recordarlo de la peor manera.
El riesgo no es una sentencia, pero tampoco paisaje
Perú sí podría sufrir un desastre glaciar con elementos comparables a los de Nepal y Tíbet. Tiene grandes masas de hielo en retroceso, lagunas situadas bajo paredes inestables, valles estrechos capaces de canalizar aluviones y ciudades construidas aguas abajo. Y tiene precedentes: Huaraz en 1941, Yungay en 1970 y la laguna 513 en 2010, además de varios episodios menores posteriores.
Eso no permite afirmar que una de las 58 lagunas vaya a desbordarse próximamente. La clasificación de riesgo habla de probabilidades y consecuencias potenciales, no de fechas. Pero tampoco permite contemplar esos lagos como simples manchas azules entre montañas blancas.
Las 58 lagunas de riesgo muy alto son una advertencia geológica concreta, y la tragedia del Himalaya ha puesto delante de los ojos algo que en los Andes se estudia desde hace décadas: cuando hielo, roca y agua comienzan a moverse juntos, una montaña puede cambiar de aspecto —y un valle entero de destino— en cuestión de minutos.










