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Naturaleza

¿Por qué inquieta la ruptura del glaciar Petermann en Groenlandia?

Petermann pierde 76 kilómetros cuadrados de hielo y deja nuevas grietas bajo vigilancia en Groenlandia, una señal inquietante para el Ártico.

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kilómetros cuadrados de hielo

El glaciar Petermann, uno de los grandes gigantes helados del noroeste de Groenlandia, sufrió el 4 de agosto de 2026 su mayor desprendimiento desde 2012. Una porción de aproximadamente 76,4 kilómetros cuadrados de su lengua flotante se separó y formó una enorme isla de hielo, comparable en superficie a Manhattan y con sectores que pueden alcanzar 150 metros de espesor.

El dato impresiona, pero conviene afinar el lenguaje antes de imaginar 76 kilómetros cuadrados de hielo evaporándose como un cubito abandonado al sol. El hielo no ha desaparecido del Ártico: estaba flotando y ahora continúa flotando como un enorme iceberg tabular. Por eso, el desprendimiento no provoca por sí solo una subida equivalente e inmediata del nivel del mar. Lo preocupante está en otro lugar: en lo que la ruptura revela sobre la estabilidad de Petermann, en las grietas que continúan creciendo y en el efecto que una lengua de hielo cada vez menor puede tener sobre el glaciar situado tierra adentro.

La magnitud del episodio coloca a Petermann de nuevo bajo la lupa. Se trata de su mayor pérdida de hielo flotante en catorce años y de uno de los desprendimientos más relevantes registrados recientemente en el Ártico. Y puede que la historia apenas haya empezado.

Una isla de hielo del tamaño de Manhattan

Petermann desemboca en el océano desde el extremo noroccidental de Groenlandia, frente al archipiélago ártico canadiense. Su particularidad está en esa larga prolongación de hielo que, tras abandonar tierra firme, permanece flotando sobre el fiordo. Es la denominada lengua glaciar flotante, una especie de prolongación congelada del glaciar.

De ella salió el nuevo iceberg. No fue un bloque irregular y relativamente pequeño, de los que se desprenden de manera rutinaria de numerosos glaciares. El fragmento tiene 76,4 kilómetros cuadrados de superficie y una geometría bastante plana, razón por la que los científicos lo describen también como una isla de hielo. Su espesor máximo estimado ronda los 150 metros: desde arriba parece una enorme plancha blanca; bajo el agua se esconde, naturalmente, buena parte de su volumen.

El tamaño explica la atención científica, aunque por sí solo no cuenta toda la historia. Los grandes icebergs tabulares resultan frecuentes alrededor de la Antártida. En el Ártico son bastante menos habituales, lo que convierte a esta pieza desprendida de Groenlandia en una oportunidad poco común para seguir cómo deriva, se fractura y termina desintegrándose una masa semejante.

La ruptura no llegó sin aviso

Petermann llevaba años escribiendo su advertencia sobre el hielo. Un equipo internacional formado por investigadores de varias universidades y especialistas en observación polar vigilaba el glaciar desde 2019. Las imágenes mostraban fracturas que avanzaban lentamente por la plataforma. Nada permitía conocer con exactitud el día de la ruptura, pero el escenario estaba preparado.

El 3 de agosto, las observaciones de radar detectaron un deterioro especialmente rápido en la zona central de la lengua glaciar. Apenas un día después, la enorme porción situada en el lado oriental se había separado. El salto entre una estructura todavía unida y una gran isla de hielo ocurrió en un intervalo sorprendentemente corto.

Aquí está quizá una de las partes más llamativas del episodio. Algo que en un mapa parece casi inmóvil —un muro blanco de dimensiones geográficas— puede cambiar de configuración en cuestión de horas. Las grietas avanzaron con enorme rapidez durante la fase final y terminaron conectándose hasta completar la ruptura.

Sentinel-1 vio cómo el hielo se abría

El seguimiento fue posible gracias a los satélites Sentinel-1 del programa europeo Copernicus. A diferencia de una cámara convencional, utilizan radar de apertura sintética, de manera que pueden observar el terreno de noche y atravesar la nubosidad. Algo especialmente práctico en el Ártico, donde esperar cielo despejado puede ser una afición bastante poco productiva.

Meses antes del desprendimiento, observaciones realizadas mediante interferometría de radar ya habían revelado deformaciones y fracturas en la zona que terminaría separándose. Esta técnica permite comparar señales recogidas en distintos momentos y detectar desplazamientos diminutos sobre una superficie gigantesca.

La disponibilidad de observaciones muy próximas entre sí permitió obtener imágenes con intervalos mínimos durante aquella fase crítica. Los investigadores pudieron así medir movimientos del hielo, seguir la propagación de las grietas y observar incluso desplazamientos relacionados con las mareas.

No significa que los científicos puedan predecir la hora exacta en que caerá cada iceberg. Sí significa que la vida interna de un glaciar es cada vez menos invisible y que procesos que antes podían reconstruirse únicamente después de ocurrir empiezan a observarse mientras están sucediendo.

Lo que este desprendimiento significa para el nivel del mar

Aquí merece la pena desmontar un equívoco habitual. La isla de hielo desprendida ya formaba parte de una sección flotante de Petermann. Como ocurre con un cubito dentro de un vaso, ese hielo estaba desplazando agua antes de romperse. Su separación, por tanto, no añade de golpe su volumen completo al nivel del océano.

El problema potencial es indirecto. Las plataformas y lenguas flotantes pueden ejercer una resistencia sobre el hielo que llega desde el interior de una capa glaciar. Los glaciólogos llaman a ese efecto buttressing: dicho de una manera menos solemne, el hielo situado delante puede actuar parcialmente como un contrafuerte que frena al que viene detrás.

Si ese contrafuerte pierde superficie o resistencia, el flujo del hielo apoyado sobre tierra puede acelerarse. Y ese hielo terrestre sí añade agua nueva al océano cuando termina llegando al mar, por lo que los científicos prestan mucha atención a la evolución de estas plataformas.

En Petermann, sin embargo, conviene evitar la ecuación fácil de ruptura igual a catástrofe inmediata. La intensidad de ese efecto de contención depende de la geometría del glaciar, del lugar exacto donde se rompe el hielo, de su contacto con los laterales del fiordo, de la posición de la línea de apoyo y de la interacción con el océano.

Los grandes desprendimientos anteriores tampoco provocaron por sí mismos una aceleración automática y espectacular del glaciar. La respuesta de estos sistemas es bastante más compleja que la secuencia iceberg, deshielo y océano subiendo que suele caber cómodamente en un titular. Es menos cinematográfico. También más interesante.

Petermann lleva décadas cambiando

El acontecimiento de agosto no apareció sobre una superficie intacta. Petermann tiene una larga historia de grandes fracturas y desprendimientos, con episodios importantes en 2008, 2010 y 2012. Los dos últimos redujeron de forma notable la extensión de su lengua flotante.

Después llegó un periodo de relativa estabilidad en el frente, salpicado por desprendimientos menores. Eso no significaba que el glaciar hubiese dejado de transformarse. Las observaciones de las últimas décadas han documentado adelgazamiento, retroceso y cambios en la velocidad del hielo, mientras el océano trabaja desde abajo.

Petermann es un glaciar marino: su anatomía no termina donde alcanza el agua. Una parte decisiva queda escondida debajo. Las investigaciones sobre su zona de apoyo, el lugar donde el hielo deja el lecho rocoso y comienza a flotar, han mostrado que el contacto con el océano puede erosionar intensamente su base.

En determinados sectores y periodos estudiados se han observado tasas de fusión basal muy elevadas, de hasta decenas de metros de hielo al año. El agua oceánica relativamente cálida puede penetrar bajo la lengua y desgastarla desde abajo, lejos de las espectaculares imágenes aéreas y precisamente donde resulta más difícil verla.

Y ahí aparece la relación climática con algo más de sustancia que un titular alarmista. Un desprendimiento concreto forma parte del comportamiento natural de los glaciares y no constituye, aislado, una especie de certificado meteorológico del cambio climático. Pero el calentamiento del océano, el adelgazamiento del hielo y la evolución a largo plazo de Groenlandia sí forman parte del contexto físico que determina su futuro.

Hay dos nuevas fracturas bajo vigilancia

Petermann todavía conserva grietas capaces de producir desprendimientos de una escala semejante o incluso superior. Las observaciones sitúan en aproximadamente 97 y 87 kilómetros cuadrados las superficies de dos sectores que podrían terminar separándose si las fracturas actuales continúan propagándose.

No existe una fecha fiable para esas rupturas. Pueden producirse pronto o las grietas pueden evolucionar durante bastante más tiempo; un glaciar no consulta el calendario antes de partirse. Lo importante es que ambas zonas están suficientemente fracturadas como para mantener concentrada allí la vigilancia por satélite.

La posible pérdida adicional reforzaría una tendencia que los investigadores siguen con especial atención: la reducción de una de las grandes lenguas de hielo flotante de Groenlandia. No todas las rupturas tienen las mismas consecuencias dinámicas, de modo que será esencial observar cómo responde el hielo situado aguas arriba después del desprendimiento de agosto.

La enorme isla desprendida también ha dejado de ser únicamente un asunto glaciar. Una vez separada, entra en juego el océano. Los organismos encargados de vigilar el hielo marino siguen su desplazamiento porque bloques de este tamaño pueden sobrevivir durante años mientras las corrientes, el oleaje y los cambios de temperatura los erosionan lentamente.

El gran bloque visible tampoco es necesariamente la parte más problemática. Con el tiempo puede fragmentarse. De una enorme plataforma relativamente fácil de detectar pueden surgir numerosos pedazos menores, dispersos y bastante más difíciles de localizar, con implicaciones para la navegación y las instalaciones marítimas del Ártico.

Es una paradoja conocida por quienes vigilan icebergs: cuando el gigante empieza a morir, puede convertirse en un problema más incómodo. Su evolución dependerá de las corrientes, el viento, la temperatura del agua y la velocidad de fragmentación durante los próximos meses y años.

Un gigante helado que muestra sus nuevas cicatrices

La ruptura del 4 de agosto no anuncia por sí sola un colapso inminente de Groenlandia ni una subida súbita de los océanos. Sería exagerado decirlo. También sería una frivolidad despachar el acontecimiento como un simple iceberg más.

Petermann acaba de perder 76,4 kilómetros cuadrados de su lengua flotante, su mayor desprendimiento desde 2012, mientras otras grandes fracturas continúan evolucionando. Los satélites han permitido contemplar casi día a día cómo una estructura que había resistido durante años terminaba abriéndose.

Eso es precisamente lo inquietante de las imágenes: no muestran el fin del Ártico, sino algo más sobrio y científicamente relevante. Muestran un glaciar gigantesco cambiando de forma ante nuestros ojos, con un océano debajo, nuevas grietas delante y cientos de kilómetros cuadrados de hielo cuya estabilidad todavía está por decidirse.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.