Naturaleza
¿Puede la gran erupción del volcán Ambae alterar el clima mundial?
El volcán Ambae lanzó ceniza y dióxido de azufre a gran altura y abrió el debate sobre sus posibles efectos en el clima mundial durante años.

La potente erupción del volcán Ambae, en Vanuatu, lanzó el 25 de agosto una columna volcánica que alcanzó inicialmente unos 16,5 kilómetros sobre el nivel del mar, una altura suficiente para introducir parte de sus gases y partículas en las capas altas de la atmósfera. El episodio fue tan llamativo que Japón llegó a investigar un posible tsunami y el meteorólogo colombiano Max Henríquez advirtió de eventuales repercusiones climáticas durante uno o dos años. Hay, sin embargo, una diferencia importante entre que ese efecto sea físicamente posible y que vaya a ocurrir realmente.
Por el momento, no existe evidencia suficiente para afirmar que Ambae vaya a modificar el clima mundial durante los próximos dos años. Los satélites sí han detectado una señal intensa de dióxido de azufre, el gas volcánico que más interesa cuando se estudian posibles efectos climáticos, pero falta conocer cuánto SO₂ alcanzó realmente la estratosfera y en qué cantidad permanecerá allí. Y Ambae, lejos de apagarse tras la gran explosión del martes, ha seguido produciendo nuevos pulsos eruptivos.
Una columna volcánica que llegó a unos 16,5 kilómetros
La erupción principal comenzó alrededor de las 09:40 UTC del martes 25 de agosto, las 18:40 en Japón y aproximadamente las 20:40 en Vanuatu. Las primeras observaciones situaron el techo de la nube en unos 54.000 pies, alrededor de 16,5 kilómetros sobre el nivel del mar, cerca de 15 kilómetros por encima de la cima del propio volcán.
No fue una estimación surgida de vídeos espectaculares en redes sociales. La altura se obtuvo mediante imágenes infrarrojas de satélite y modelos atmosféricos. Poco después, la parte superior de la nube descendió: primero hasta aproximadamente 15,2 kilómetros y posteriormente hasta unos 12,8. Las imágenes continuaron mostrando ceniza con claridad y, horas más tarde, apareció una fuerte señal de dióxido de azufre.
Eso explica buena parte del interés científico. La ceniza gris que convierte una erupción en una estampa casi apocalíptica suele caer relativamente rápido. El SO₂ es otra historia.
Cuando una cantidad importante de este gas llega a la estratosfera, puede transformarse en diminutas partículas de sulfato capaces de permanecer allí mucho más tiempo. Esas partículas reflejan una parte de la radiación solar hacia el espacio. El resultado, cuando la inyección es suficientemente grande, puede ser un enfriamiento temporal de la superficie terrestre.
El volcán ha vuelto a emitir una nueva nube
La situación tampoco quedó congelada en aquella gran explosión del 25 de agosto. Los avisos aeronáuticos posteriores describieron emisiones intermitentes y nuevos pulsos eruptivos.
El dato más reciente disponible este viernes resulta especialmente relevante: se detectó una nueva erupción iniciada alrededor de las 20:30 UTC del 27 de agosto. A las 04:09 UTC del día 28, la nube era claramente identificable mediante el satélite Himawari-9 y se desplazaba hacia el este a unos 20 nudos. Su techo se situaba aproximadamente en el nivel de vuelo FL250, equivalente a unos 7,6 kilómetros de altitud, bastante menos que los 16,5 kilómetros alcanzados durante la gran erupción inicial.
El episodio sigue, pues, activo, aunque eso no significa que cada nueva emisión tenga la misma potencia que la del martes. Esa distinción importa. Mucho.
Las autoridades de Vanuatu mantienen a Manaro Voui, nombre del sistema volcánico de Ambae, en nivel de alerta 3, definido como una erupción menor dentro de una escala que llega hasta 5. La actividad se concentra en la zona del lago Voui, en la caldera de la cumbre.
Japón investigó un tsunami, pero descartó finalmente el riesgo
Una parte de las primeras informaciones sobre Ambae resultaba particularmente inquietante: Japón comenzó a estudiar si la explosión podía provocar alteraciones del nivel del mar semejantes a las observadas durante la gigantesca erupción de Hunga Tonga-Hunga Ha’apai en enero de 2022.
La Agencia Meteorológica de Japón abrió esa vigilancia después de conocer la magnitud del episodio de Vanuatu. No significaba que existiera ya un tsunami viajando por el Pacífico; significaba que los técnicos querían comprobar si la explosión había generado una perturbación atmosférica o marina capaz de producirlo.
La precaución tenía precedente. La erupción de Tonga demostró que una explosión volcánica extraordinariamente energética puede generar ondas de presión atmosférica que terminan provocando oscilaciones del nivel del mar a miles de kilómetros de distancia, un mecanismo bastante menos intuitivo que el clásico tsunami provocado por un terremoto submarino.
Esta vez no ocurrió.
A las 05:00 del 26 de agosto, hora japonesa, las autoridades comunicaron que la erupción de Ambae no produciría efectos de tsunami en Japón. Los mareógrafos japoneses y extranjeros no habían detectado cambios significativos en el nivel del mar. La investigación preventiva quedó así resuelta.
¿De verdad puede afectar al clima durante dos años?
Aquí está la parte que exige bajar un poco el volumen.
Max Henríquez afirmó tras la erupción que las partículas expulsadas hasta la estratosfera podían dar la vuelta al planeta y tener repercusiones climáticas durante los siguientes 12 a 24 meses. El mecanismo que describe existe; la duración concreta aplicada a Ambae todavía no está demostrada.
No basta con que una columna volcánica sea enorme. Tampoco basta con que aparezca SO₂ en las imágenes de satélite. Para alterar perceptiblemente la temperatura media mundial importa sobre todo cuánto dióxido de azufre llega a la estratosfera, a qué altura, durante cuánto tiempo se mantiene allí y cómo se distribuyen posteriormente los aerosoles.
El ejemplo clásico es el Pinatubo, en Filipinas. Su gigantesca erupción de 1991 inyectó alrededor de 15 a 20 millones de toneladas de dióxido de azufre en la estratosfera. Los aerosoles resultantes terminaron extendiéndose alrededor del planeta y redujeron temporalmente la temperatura media global aproximadamente medio grado durante parte del periodo posterior. Sus efectos atmosféricos se prolongaron durante un par de años.
Ahí está la escala de comparación. Para colocar a Ambae en esa misma liga harían falta mediciones de su carga total de SO₂ y de la fracción que quedó alojada en la estratosfera. Esos datos todavía no permiten sostener una comparación con Pinatubo.
Ceniza y dióxido de azufre no son lo mismo
También conviene desmontar otra imagen bastante extendida. Una enorme nube de ceniza no significa automáticamente años de cambios climáticos.
La mayor parte de la ceniza volcánica abandona las capas altas de la atmósfera en días o semanas. El dióxido de azufre puede comportarse de otra manera: al convertirse en aerosoles de sulfato dentro de la estratosfera, permanece más tiempo y refleja radiación solar. Por eso los climatólogos miran con mucho más interés la cantidad de SO₂ que la espectacularidad visual de la nube.
El efecto habitual de una gran inyección volcánica de azufre tampoco sería un calentamiento global, sino justamente lo contrario: un enfriamiento temporal. Puede modificar asimismo patrones de precipitaciones y circulación atmosférica, aunque esos efectos dependen de la latitud de la erupción, la estación del año y la distribución de los aerosoles.
Dicho de otro modo: una columna de 16 kilómetros impresiona. Una cifra sólida sobre millones de toneladas de SO₂ estratosférico dice bastante más.
Ambae lleva años recordando que no es un volcán tranquilo
Ambae es una isla volcánica de Vanuatu, en el Pacífico Sur. El edificio de Manaro Voui alcanza unos 1.496 metros de altitud y su cumbre alberga varias calderas y lagos, entre ellos el lago Voui, donde se concentra la actividad actual. Las emisiones persistentes de vapor y dióxido de azufre forman parte del comportamiento conocido del sistema.
No es la primera vez que obliga a mirar con preocupación hacia esta pequeña isla del Pacífico. Entre 2017 y 2018, Ambae protagonizó una crisis eruptiva grave que provocó caída de ceniza, lluvia ácida, daños en cultivos y problemas de abastecimiento de agua y alimentos. La situación llegó a forzar evacuaciones masivas de la población insular.
Aquella historia explica también por qué las autoridades locales mantienen zonas de exclusión alrededor del cráter. Para quienes viven en Ambae, la discusión sobre décimas de grado de temperatura mundial queda bastante lejos: el peligro inmediato son la ceniza, los gases volcánicos, la lluvia ácida y posibles nuevas explosiones.
Es una diferencia de escala fácil de olvidar cuando un volcán aparece en las pantallas de medio planeta. Lo global fascina; lo local suele llevarse la peor parte.
Lo que se sabe este viernes sobre la erupción de Ambae
A 28 de agosto, la fotografía científica es bastante más precisa que el titular alarmante de las primeras horas. Hubo una gran erupción el 25 de agosto, con una nube que alcanzó inicialmente unos 16,5 kilómetros sobre el nivel del mar y una marcada señal posterior de dióxido de azufre. Japón estudió un eventual tsunami y terminó descartando efectos sobre sus costas. El volcán continúa activo y durante las últimas horas ha generado otro pulso eruptivo, aunque considerablemente más bajo que el inicial.
Que pueda existir algún efecto atmosférico más allá de Vanuatu es científicamente plausible. Que el planeta vaya a notar durante uno o dos años esta erupción concreta todavía no puede darse por hecho. Para sostener algo así hacen falta mediciones de la masa de azufre introducida realmente en la estratosfera y observar cómo evoluciona esa nube durante las próximas semanas.
Ambae ha enviado una señal potente hasta las capas altas de la atmósfera. Eso está medido. Convertir esa señal en dos años de alteraciones climáticas globales, de momento, sería adelantarse varios kilómetros a los datos.










