Síguenos

Naturaleza

¿Dónde puede repetirse la tragedia de Nepal en el Himalaya y por qué?

El desastre de Nepal revela el peligro de lagos y glaciares inestables en el Himalaya, con zonas de China, India y Pakistán bajo vigilancia.

Publicado

el

un canalon bajo glaciares

La tragedia que ha golpeado Nepal y el Tíbet puede repetirse en otros puntos del Himalaya, aunque no necesariamente con el mismo mecanismo. Las áreas que concentran mayor peligro se extienden por la vertiente tibetana de China, Nepal, el norte de India, Bután y las montañas de Pakistán. Allí coinciden glaciares que pierden hielo con rapidez, lagos retenidos por diques naturales, paredes de roca cada vez más inestables y, muchos kilómetros más abajo, poblaciones, carreteras y centrales hidroeléctricas encajadas en valles donde apenas queda espacio para escapar.

Y la famosa cifra de 47 lagos glaciares potencialmente peligrosos necesita una aclaración. No significa que existan exactamente 47 lugares capaces de producir otro Nepal. Es un inventario elaborado sobre las cuencas del Koshi, Gandaki y Karnali: identificó 25 lagos peligrosos en el Tíbet chino, 21 en Nepal y uno en India. Estudios regionales posteriores amplían mucho el foco y sitúan en torno a 200 los lagos glaciares considerados peligrosos en el conjunto del Hindu Kush-Himalaya. El mapa real del riesgo, por tanto, es bastante mayor.

Lo ocurrido en Nepal revela un peligro diferente al terremoto

El desastre del 26 de agosto de 2026 desconcertó durante las primeras horas porque los instrumentos sísmicos registraron una señal compatible con un episodio de gran energía. Parecía un terremoto. Las imágenes de satélite y el análisis posterior dibujaron otro escenario: una enorme masa de hielo y roca se desprendió a unos 5.000 metros de altitud y cayó alrededor de 1.200 metros hacia el fondo del valle.

Aquello no fue simplemente un trozo de glaciar. El material se convirtió durante el descenso en una gigantesca mezcla de hielo, agua, roca y sedimentos. La corriente alcanzó velocidades extraordinarias, recorrió decenas de kilómetros y se canalizó por los sistemas fluviales del Himalaya. Un embudo natural perfecto. Solo que lleno de pueblos, carreteras, puentes y obras hidroeléctricas.

Esto importa porque el riesgo no depende únicamente de que reviente un lago glaciar. Una montaña puede iniciar una reacción en cadena: se desprende roca, arrastra hielo, la masa cae sobre un río o un lago, desplaza millones de metros cúbicos de agua, crea un dique de escombros y ese nuevo dique termina rompiéndose. Un desastre fabrica el siguiente.

Tras la catástrofe aparecieron también nuevas amenazas por acumulaciones de agua detrás de escombros que habían bloqueado algunos cauces. Son lagos temporales e inestables: si la barrera natural cede de repente, puede desencadenarse otra crecida aguas abajo. La montaña, después del primer golpe, no necesariamente se queda quieta.

China y Nepal concentran buena parte de los lagos vigilados

El inventario que popularizó la cifra de 47 resulta especialmente revelador por su distribución. De aquellos lagos clasificados como potencialmente peligrosos, 42 se encuentran en la cuenca del Koshi, mientras tres pertenecen a la del Gandaki y dos a la del Karnali. Un total de 31 fueron situados en la categoría de mayor peligrosidad.

Hay otra peculiaridad incómoda para Nepal: muchos riesgos nacen fuera de sus fronteras. De los 47 lagos estudiados, 25 están en la región autónoma del Tíbet, aguas arriba de territorios nepaleses. Un lago puede romperse en China y lanzar la inundación hacia Nepal antes de que las comunidades situadas valle abajo comprendan siquiera qué ha ocurrido. La geografía, poco considerada con los ministerios de Exteriores, no entiende de fronteras.

Entre los lagos nepaleses que llevan años bajo especial vigilancia aparecen nombres como Tsho Rolpa e Imja Tsho. En ambos se han realizado intervenciones para reducir el nivel del agua, pero continúan siendo observados por su evolución y mantienen un riesgo residual. Son enormes depósitos situados a gran altitud y contenidos, en parte, por morrenas: acumulaciones de roca, tierra y restos dejados por antiguos movimientos del glaciar. No son precisamente presas de hormigón calculadas por un ingeniero.

Cuando una avalancha cae dentro de un lago

El peligro se multiplica si una pared rocosa, una masa de nieve o un fragmento de glaciar cae sobre uno de estos lagos. El impacto genera una gran ola dentro del propio lago, capaz de superar el dique natural y erosionarlo desde el otro lado. Después basta una pequeña brecha. El agua hace el resto.

No es una hipótesis de laboratorio. Una parte importante de las inundaciones repentinas de lagos glaciares documentadas en las grandes montañas asiáticas ha estado relacionada con avalanchas, desprendimientos y deslizamientos. La tormenta perfecta, esta vez, puede comenzar sin que llueva una sola gota.

India ya sufrió desastres extraordinariamente parecidos

Uno de los precedentes más claros ocurrió en febrero de 2021 en Chamoli, en el estado indio de Uttarakhand. Cerca de 27 millones de metros cúbicos de roca y hielo se desprendieron del pico Ronti. La avalancha descendió por valles estrechos, se transformó en una enorme corriente de escombros y golpeó proyectos hidroeléctricos situados aguas abajo. Más de 200 personas murieron o desaparecieron.

El parecido con Nepal resulta incómodo: una montaña aparentemente sólida pierde repentinamente una parte de su estructura y la topografía convierte el desprendimiento en una riada devastadora. En Chamoli llegaron a desplazarse bloques de dimensiones enormes y la corriente dejó señales muy por encima del fondo habitual del valle.

India recibió otro aviso en octubre de 2023. En Sikkim, el colapso de una gran masa sobre el lago South Lhonak produjo una enorme ola. La crecida terminó rompiendo la barrera del lago y liberó decenas de millones de metros cúbicos de agua. La avenida arrasó carreteras, puentes, asentamientos y una gran instalación hidroeléctrica del valle del Teesta.

South Lhonak continúa siendo un ejemplo especialmente valioso para comprender estos episodios porque el desastre alteró toda la zona. El terreno queda modificado, las laderas pueden seguir moviéndose y el agua encuentra nuevos recorridos. Una catástrofe no siempre elimina el peligro geológico que la provocó.

Pakistán, Bután y el Karakórum también están expuestos

Más hacia el oeste aparece otra zona especialmente delicada. El Karakórum, repartido fundamentalmente entre Pakistán, China e India, concentra numerosos episodios de inundaciones relacionadas con glaciares. En el norte de Pakistán, sobre todo en Gilgit-Baltistán y Khyber Pakhtunkhwa, existen valles donde las comunidades viven prácticamente debajo de glaciares y lagos que pueden cambiar de tamaño con rapidez.

La exposición humana es enorme. Las estimaciones científicas sitúan en millones de personas la población potencialmente expuesta en el mundo a inundaciones repentinas originadas en lagos glaciares, con una concentración especialmente elevada en Asia de alta montaña. India y Pakistán destacan entre los países donde población, infraestructuras y grandes sistemas glaciares comparten un territorio especialmente estrecho.

En Pakistán existen programas específicos de alerta y adaptación en decenas de valles del norte. No es paranoia climática ni afición burocrática por instalar sensores: cuando el origen de una avenida está a pocos kilómetros y miles de metros por encima del pueblo, el tiempo disponible puede medirse en minutos.

Bután completa ese arco de vulnerabilidad. El país conoce bien el fenómeno. En 1994, la rotura parcial del lago glaciar Luggye Tsho, en la región de Lunana, lanzó una enorme crecida por el valle del Pho Chhu y provocó una veintena de muertes, además de graves daños en viviendas e infraestructuras. En 2015 volvió a producirse otra inundación glaciar en Lemthang Tsho.

Por qué el calentamiento vuelve más frágiles estas montañas

No puede atribuirse cada desprendimiento concreto exclusivamente al cambio climático. Las montañas se derrumbaban mucho antes de que existiera un motor de combustión. Hay terremotos, erosión, fallas, lluvias extremas, pendientes imposibles y procesos geológicos naturales que llevan miles de años actuando.

Pero el contexto físico está cambiando. Los glaciares del Hindu Kush-Himalaya han registrado durante las últimas décadas una pérdida considerable de superficie y volumen de hielo, y el ritmo de retroceso se ha acelerado en amplias zonas desde comienzos de siglo.

Cuando un glaciar retrocede deja paredes rocosas antes sostenidas o refrigeradas por el hielo. El agua de fusión penetra en grietas. El permafrost, suelo o roca que permanecía congelado durante largos periodos, comienza a degradarse. Las oscilaciones entre congelación y deshielo actúan como pequeñas cuñas dentro de la montaña. Y aparecen nuevos lagos donde antes había hielo.

La imagen engaña: menos glaciar parece significar menos hielo que pueda desprenderse. Durante determinadas décadas ocurre justamente lo contrario. El retroceso crea superficies inestables, nuevas masas de agua y pendientes que están reajustándose a marchas forzadas.

A ello se suma un régimen meteorológico más irregular. Periodos secos prolongados pueden ser interrumpidos por episodios de lluvia extremadamente intensa, capaces de saturar morrenas, provocar deslizamientos y aumentar bruscamente el caudal de los ríos de montaña. Cuando todos esos factores coinciden en un valle estrecho, el margen de seguridad se encoge.

El problema no termina en el hielo

La magnitud de una tragedia depende también de lo que encuentre la riada durante su descenso. Y los valles himalayos se han llenado durante las últimas décadas de carreteras, hoteles, puentes, túneles, centrales hidroeléctricas y asentamientos.

Una presa situada en un desfiladero puede quedar directamente en el camino de una avenida glaciar. Una carretera excavada en una ladera puede debilitarla. Un puente estrecho puede atascarse con árboles y bloques, generar una pequeña presa temporal y romperse después de golpe. Son riesgos encadenados. La naturaleza proporciona la energía; la ocupación del territorio decide muchas veces cuánto acaba costando.

Eso explica por qué vigilar únicamente los grandes lagos conocidos ya no basta. El episodio de Nepal demuestra que puede aparecer un peligro mucho más difícil de anticipar: una masa de roca y hielo aparentemente estable que, en cuestión de segundos, deja de serlo.

El Himalaya está entrando en una etapa más imprevisible

No existen 47 bombas con una cuenta atrás encendida. La metáfora sirve para un titular, pero simplifica demasiado una realidad bastante más inquietante. Hay miles de lagos glaciares, cientos que requieren atención y una inmensidad de laderas cubiertas de hielo, roca fracturada y permafrost cuyo comportamiento está cambiando.

Los lugares donde se concentra buena parte de la preocupación están bastante claros: las grandes cuencas de Nepal y el Tíbet, Uttarakhand y Sikkim en India, el Karakórum, los valles septentrionales de Pakistán y las regiones glaciares de Bután. No porque cada uno vaya a sufrir inevitablemente una catástrofe, sino porque reúnen los ingredientes físicos que permiten que ocurra.

Y existe una diferencia decisiva respecto a otros riesgos naturales. Un huracán puede seguirse durante días; una gran tormenta empieza a aparecer en los radares. Una pared de hielo y roca puede venirse abajo en segundos a más de 5.000 metros de altitud. Después llegan el estruendo, el barro y una pared de agua que corre por un valle estrecho mucho más deprisa que cualquier vehículo.

Nepal ha mostrado hasta qué punto esas amenazas pueden encadenarse. El peligro no es que mañana exploten 47 lagos. Es algo menos cinematográfico y bastante más serio: el Himalaya está cambiando físicamente, y algunos de sus enormes depósitos de hielo, agua y roca se encuentran cada vez más cerca de poblaciones e infraestructuras que no fueron diseñadas pensando en una montaña que podía deshacerse de golpe.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído