Naturaleza
¿Por qué un adiestrador pide no saludar a tu perro nada más llegar?
Un adiestrador explica por qué saludar al perro al entrar puede reforzar la excitación y cómo hacerlo sin alterar el vínculo con tu mascota.

Llegas a casa, metes la llave, abres la puerta y ahí está: cola convertida en hélice, carreras por el pasillo, saltos, ladridos y esa cara que parece decir que llevas tres años desaparecido aunque solo hayas salido a trabajar. Lo normal es agacharse y devolver la fiesta. El adiestrador canino Víctor Mañero, sin embargo, sostiene que precisamente ahí puede empezar el problema.
Su recomendación no consiste en dejar de querer al perro, sino en evitar premiar el estado de máxima excitación. Cuando el animal recibe inmediatamente caricias, palabras y atención mientras salta, gime o se desborda al ver entrar a su dueño, puede aprender una asociación bastante sencilla: cuanto mayor es la agitación, antes llega la recompensa. En perros especialmente nerviosos, la entrada de casa termina convirtiéndose así en un pequeño acontecimiento cotidiano que se repite y se amplifica.
La idea ha ganado notoriedad después de que Mañero, fundador de la empresa de adiestramiento ADICAN y con más de 15 años de experiencia, explicase su postura durante una conversación en Zenvibes Podcast. Su formulación ha sido tajante: considera que saludar al perro inmediatamente al entrar puede convertirse en la «semilla» de problemas educativos.
Hay, eso sí, un matiz importante que se pierde con facilidad cuando una frase salta de un podcast a las redes sociales. No todos los perros que reciben alegremente a sus dueños sufren ansiedad, ni acariciar a una mascota al volver a casa es, por sí mismo, una conducta perjudicial. El verdadero asunto está en el grado de activación del animal y, sobre todo, en lo que hacemos nosotros con ese comportamiento.
Qué recomienda realmente Víctor Mañero al entrar en casa
Mañero plantea dos escenarios. Si el perro es capaz de recuperar cierto autocontrol, propone ayudarle a tranquilizarse y darle afecto una vez que se encuentre sereno. Si está completamente revolucionado, su consejo es entrar con normalidad y no convertir esos primeros segundos en una celebración.
La diferencia parece pequeña, pero cambia el mensaje que recibe el animal. Saltar sobre una persona y obtener inmediatamente atención puede consolidar esa conducta; permanecer con las cuatro patas en el suelo, sentarse o aproximarse tranquilamente y entonces recibir caricias refuerza justo lo contrario. El cariño sigue estando ahí. Lo que cambia es el momento.
Ese planteamiento coincide parcialmente con recomendaciones utilizadas en medicina veterinaria del comportamiento. Cuando existen saludos excesivamente excitados, algunos especialistas aconsejan mantener los reencuentros tranquilos y prestar atención al perro cuando disminuye su activación. La calma se convierte en la conducta recompensada, no el salto, el ladrido o la carrera frenética por el recibidor.
Y aquí aparece una distinción importante. Ignorar durante unos instantes a un perro desbordado no significa castigarlo. Tampoco implica imponer una especie de ley marcial doméstica en la que el animal deba contemplar desde lejos cómo su propietario deja las llaves, se quita los zapatos y consulta el móvil. Se trata, sencillamente, de no añadir más gasolina cuando el motor ya viene revolucionado.
Excitación y ansiedad no son exactamente lo mismo
Uno de los puntos que requiere mayor precisión es identificar una recepción muy efusiva directamente con ansiedad. Un perro puede saltar, mover la cola y buscar contacto porque está muy excitado por el reencuentro sin padecer necesariamente ansiedad por separación.
Este último problema es bastante más complejo. Los perros afectados pueden ladrar o aullar repetidamente cuando permanecen solos, destrozar puertas u objetos, orinar o defecar dentro de casa, jadear, caminar de un lado a otro, temblar o mostrar inquietud cuando perciben las señales que anuncian que su dueño va a marcharse. Una bienvenida exagerada puede formar parte del cuadro, pero por sí sola no permite diagnosticar ansiedad por separación.
De hecho, para entender qué ocurre de verdad resulta mucho más revelador observar el comportamiento durante la ausencia. Una grabación del perro cuando se queda solo puede mostrar si pasa buena parte del tiempo descansando y simplemente se entusiasma al escuchar la cerradura o si, por el contrario, comienza a jadear, vocalizar y mostrarse inquieto pocos minutos después de quedarse sin compañía. Son situaciones muy distintas.
El saludo también puede convertirse en aprendizaje
La educación canina moderna trabaja mucho con una idea bastante menos espectacular que las grandes teorías sobre quién manda en casa: reforzar la conducta que interesa.
Si un perro salta y obtiene caricias cada vez que lo hace, dispone de buenos motivos para repetirlo. Si aprende que acercarse con las patas en el suelo, ir a su cama o sentarse facilita el contacto con la persona, esa conducta tranquila puede fortalecerse con la práctica.
Los especialistas en comportamiento animal también desaconsejan recurrir al castigo físico, los gritos o métodos intimidatorios para controlar estos saludos. Un perro que ya está excitado o inseguro no necesita que alguien convierta el recibidor en un cuartel. Los métodos basados en recompensas y aprendizaje gradual permiten enseñar qué hacer en lugar de limitarse a reprender lo que hace mal.
El episodio del bulldog que relata el adiestrador
La parte más llamativa de las declaraciones de Mañero es una experiencia que asegura haber vivido durante su trabajo. El adiestrador recuerda el caso de un bulldog extremadamente excitado cuando su propietaria regresó a casa. Según su relato, al comenzar el saludo el animal empezó a temblar y sufrió un infarto.
Mañero ha contado que aquella experiencia le afectó profundamente y la utiliza para advertir de los riesgos que, a su juicio, puede tener una sobreexcitación extrema. Es un episodio relatado por el propio profesional, no una demostración de que acariciar a un perro cuando llegamos provoque infartos. Entre una experiencia individual y una regla veterinaria universal hay, obviamente, bastante distancia.
La excitación produce cambios fisiológicos y puede elevar la frecuencia cardiaca y la actividad general del organismo, pero atribuir un episodio cardiovascular exclusivamente al saludo exige conocer el historial clínico, las posibles enfermedades previas, la edad, la raza y otras circunstancias del animal. Convertir una anécdota dramática en una sentencia aplicable a millones de perros sería ir mucho más lejos de lo razonable.
Qué hacer si tu perro se vuelve loco cuando llegas
Para un perro que entra en una espiral de saltos y carreras cada tarde, el objetivo razonable no es eliminar el saludo sino rebajar su intensidad. Entrar con movimientos normales, evitar voces agudas y juegos bruscos, esperar a que mantenga las patas en el suelo y entonces ofrecer atención puede modificar poco a poco ese ritual.
También puede enseñarse una conducta alternativa: acudir a una manta, permanecer quieto unos segundos o sentarse antes de recibir contacto. Parece menos cinematográfico que abrazar al perro nada más cruzar la puerta, desde luego, pero le proporciona una pauta comprensible. Él sabe qué comportamiento funciona.
En perros tranquilos la situación es distinta. Si el animal se acerca moviendo la cola, mantiene un nivel normal de activación y recibe unas caricias sin convertirse en un resorte de 25 kilos, no existe una norma general que obligue a ignorarlo durante cinco o diez minutos. La recomendación tiene sentido sobre todo cuando el recibimiento está asociado a un nivel excesivo de excitación o a dificultades para recuperar la calma.
Cuando aparecen signos más serios —destrozos durante las ausencias, vocalizaciones persistentes, intentos de escapar, jadeo intenso, eliminación en casa o auténtico pánico al quedarse solo— ya no estamos simplemente ante un problema de modales. Puede existir un trastorno relacionado con la separación y el abordaje debe adaptarse al perro concreto, preferiblemente con asesoramiento veterinario o de un profesional del comportamiento que trabaje mediante métodos basados en recompensa.
Ni indiferencia ni fiesta: el detalle está en la calma
La frase de Víctor Mañero funciona porque golpea justo donde duele: ese momento delicioso en que alguien abre la puerta y encuentra una criatura convencida de que su regreso es el acontecimiento del siglo. Renunciar al abrazo inmediato parece casi una traición. Pero debajo de la provocación hay una idea bastante menos radical y más útil: no confundir afecto con excitación.
Un perro puede recibir cariño, mucho, sin necesidad de aprender que debe saltar, ladrar o perder el control para conseguirlo. Y tampoco necesita que su dueño represente cada tarde el papel de estatua de mármol durante diez minutos. Entre ambos extremos cabe algo bastante sensato: entrar, observar al animal, dejar que baje revoluciones y saludarlo con naturalidad.
Al final, la puerta de casa funciona como tantas otras escenas de convivencia con un perro. El animal aprende de aquello que repetimos, incluso cuando creemos que simplemente estamos dándole un beso. Premiar la calma antes que el desbordamiento puede ayudar a construir un saludo más tranquilo sin enfriar el vínculo. Cariño sí. El festival de Eurovisión en el recibidor, quizá no haga falta.










