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¿Qué revelan Losantos y Marhuenda sobre sus vínculos con Marruecos?

Losantos y Marhuenda reconocen vínculos con Marruecos y avivan el debate sobre información, favores, contratos e influencia mediática local.

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banderas de españa y marruecos ondeando

Federico Jiménez Losantos ha vuelto al centro de la conversación pública por un vídeo en el que reconoce contactos periódicos con representantes marroquíes desde su etapa al frente de programas propios en la COPE. Su relato incluye reuniones una o dos veces al año y una oferta especialmente llamativa: que su familia pudiera pasar un mes de verano en Marruecos con los gastos pagados. Según explica el propio periodista, la finalidad era facilitarle información sobre el país vecino.

El fragmento, recuperado y difundido de nuevo en redes sociales en agosto de 2026, ha dado pie a titulares que presentan a Losantos como colaborador de los servicios secretos marroquíes. El salto, sin embargo, es mayor que lo que permite afirmar la grabación. Losantos reconoce los contactos y las ofertas, pero también precisa que no se le pedía espiar. Tampoco identifica de forma inequívoca en ese fragmento quién sufragaba las estancias ni aporta pruebas que permitan concluir que trabajase para la inteligencia de Rabat.

El caso de Francisco Marhuenda discurre por una vía distinta. El director de La Razón ha reconocido en informaciones anteriores su buena relación con la embajadora marroquí en España y la existencia de un contrato remunerado y, según él, completamente legal con Ahmed Charaï, empresario de comunicación marroquí relacionado durante años por investigaciones periodísticas y documentación policial española con el entorno de los servicios de inteligencia de Marruecos.

Ahí está la noticia real. Y resulta suficientemente interesante sin necesidad de ponerle plumas de espía.

Qué dijo realmente Jiménez Losantos sobre Marruecos

El pasaje que ha encendido las redes aparece durante una conversación sobre Marruecos, sus servicios de información y la crisis desencadenada años atrás por la entrada en España de Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario.

Losantos comenta que nunca habían tratado de introducirle en el CNI español y contrapone esa experiencia con los contactos recibidos desde Marruecos. Sitúa el inicio de esas relaciones en el momento en que comenzó a dirigir programas propios en la COPE. Habla de una persona que le visitaba, de reuniones periódicas y de la posibilidad de que su familia disfrutara de vacaciones en Marruecos con “todo pagado”.

La frase es potente porque mezcla tres ingredientes que rara vez aparecen juntos pronunciados con semejante tranquilidad: periodistas, información procedente de un Estado extranjero y vacaciones gratuitas. Suena mal. O, cuando menos, merece atención.

Pero el propio Losantos delimita inmediatamente su versión de aquella relación: sostiene que no tenía que realizar labores de espionaje y presenta el intercambio como una manera de obtener información sobre Marruecos, un país que, según él, recibe una cobertura insuficiente en España.

Ese matiz no convierte las ofertas descritas en irrelevantes. Una invitación de lujo vinculada al acceso informativo puede plantear un evidente problema de independencia, aunque no exista espionaje, reclutamiento clandestino ni una nómina con membrete de un servicio secreto. Entre una fuente que invita a un café y un Estado extranjero pagando un mes de vacaciones familiares hay bastante terreno. Y no precisamente desierto.

El “todo pagado” no prueba una colaboración secreta

Conviene detenerse ahí porque buena parte del ruido digital ha eliminado las zonas grises. Algunos mensajes presentan el vídeo como una confesión de que Jiménez Losantos trabajaba para el equivalente marroquí del CNI. Eso no queda demostrado por las imágenes conocidas.

El periodista cuenta que recibió ofertas. Describe reuniones. Habla de vacaciones pagadas y de información. Son afirmaciones relevantes porque proceden de él mismo, no de un adversario político atribuyéndoselas. Otra cosa es convertirlas automáticamente en la prueba de una relación contractual o colaboración operativa con la inteligencia exterior marroquí.

Tampoco está claro en ese fragmento quién era exactamente el interlocutor que le hacía esas propuestas. La conversación menciona previamente la capacidad de los servicios marroquíes, pero eso no basta para identificar documentalmente a la persona que Losantos describe ni para determinar qué institución estaba detrás de las invitaciones.

Periodísticamente, la diferencia importa. Mucho. Una cosa es que Rabat cultive periodistas, políticos, empresarios o diplomáticos extranjeros mediante encuentros, acceso privilegiado y hospitalidad; otra, que esos interlocutores sean agentes o colaboradores de sus servicios secretos.

Las operaciones contemporáneas de influencia suelen vivir precisamente en ese territorio intermedio. No necesitan gabardina, contraseña ni un sobre escondido detrás de una maceta. A menudo funcionan mediante acceso, contactos, viajes, exclusivas, cenas y favores. Nada de ello convierte automáticamente a quien los recibe en espía. Sí obliga a observar quién paga y qué obtiene a cambio.

Marhuenda y Ahmed Charaï: una relación más documentada

El terreno es más concreto en el caso de Francisco Marhuenda. Investigaciones conocidas desde 2023 reconstruyeron la actividad en España de Ahmed Charaï, propietario de Global Media Holding y figura habitual en círculos políticos, empresariales y periodísticos internacionales.

Documentación incorporada al sumario del caso Kitchen recoge mensajes entre antiguos altos responsables policiales españoles en los que se aseguraba que el CNI vigilaba a Charaï y se le relacionaba con la inteligencia marroquí. Otras investigaciones reconstruyeron sus contactos con responsables de la Dirección General de Estudios y Documentación, la DGED, el servicio de inteligencia exterior que depende directamente del Palacio Real marroquí.

Una resolución judicial española de 2015 fue citada posteriormente en esas investigaciones para describir a Charaï como estrecho colaborador del aparato de inteligencia marroquí. El empresario no respondió entonces a las preguntas que le fueron formuladas sobre esas acusaciones.

Marhuenda, por su parte, ha negado que La Razón publique propaganda de Marruecos. Al ser preguntado por sus relaciones con ese entorno, reconoció su amistad con la embajadora marroquí, Karima Benyaich, y admitió la existencia de una relación económica con Charaï mediante un contrato que defendió como totalmente legal.

Y esto último merece otra precisión. Que un contrato sea legal no despeja automáticamente el debate sobre los conflictos de interés, del mismo modo que tener relaciones con un empresario extranjero no prueba que un director de periódico obedezca órdenes de un Gobierno extranjero. Son planos distintos.

El escaparate de Charaï en La Razón

Sí existe otro hecho fácilmente comprobable: Ahmed Charaï publica artículos de opinión en La Razón desde hace años.

La relación editorial continúa en 2026. El pasado 11 de agosto, en plena tensión entre Madrid y Rabat, Charaï firmó en el diario una tribuna defendiendo la cooperación estratégica entre España y Marruecos. En el archivo del periódico aparecen asimismo textos elogiosos sobre Mohamed VI, la relación hispanomarroquí y la política internacional del reino alauí.

Que un diario publique a un empresario marroquí tampoco constituye por sí mismo propaganda clandestina. Los periódicos publican firmas extranjeras, diplomáticos, políticos, académicos y empresarios todos los días. La cuestión adquiere otra dimensión cuando ese autor aparece simultáneamente relacionado en documentos policiales e investigaciones sobre operaciones de influencia y mantiene vínculos económicos con personas del ecosistema mediático español.

Ahí deja de ser extravagante preguntarse dónde termina la colaboración editorial y dónde comienza el conflicto de intereses.

La influencia marroquí sobre la prensa española

Lo ocurrido con Losantos y Marhuenda encaja en una cuestión bastante más amplia que dos nombres propios. Marruecos considera España un territorio diplomático prioritario. No podría ser de otra manera: frontera terrestre en Ceuta y Melilla, inmigración, terrorismo, comercio, pesca, cooperación policial, aguas territoriales, Canarias y, sobre todo, el interminable asunto del Sáhara Occidental.

En ese tablero, influir sobre la opinión pública española tiene un evidente valor estratégico.

Documentos reservados conocidos en investigaciones anteriores describieron el interés del aparato marroquí en crear una corriente de opinión favorable a Marruecos dentro de medios españoles y desacreditar al Frente Polisario. También han aparecido durante años informaciones sobre periodistas, empresarios y figuras públicas cultivados mediante reuniones, viajes o relaciones profesionales.

Eso tampoco es una extravagancia específicamente marroquí. Los Estados influyen. Estados Unidos invita a periodistas y académicos, China financia programas culturales, Rusia mantiene redes mediáticas, las monarquías del Golfo contratan consultoras y Francia conserva una formidable maquinaria diplomática. La diferencia entre diplomacia pública y operación de influencia depende de los métodos utilizados, de la transparencia y, sobre todo, de aquello que se oculta.

Marruecos juega esa partida con especial intensidad en España porque para Rabat lo que se publique en Madrid no es política exterior remota. Puede afectar al Sáhara, a Bruselas, a las fronteras, a inversiones multimillonarias o provocar una crisis diplomática en cuestión de horas.

Cuando la fuente también tiene intereses

Un periodista necesita fuentes. También en ministerios, embajadas y servicios de inteligencia. La profesión sería bastante inútil si solo pudiera hablar con personas desprovistas de intereses, porque semejantes criaturas probablemente no existen.

El problema empieza cuando la fuente deja de limitarse a proporcionar información y comienza a ofrecer beneficios personales. Un viaje pagado puede tener justificación profesional cuando forma parte de una visita organizada y se declara con transparencia. Unas vacaciones familiares gratuitas durante semanas son otra cosa. No necesariamente un delito, ni espionaje, ni una venta de voluntades; pero cuesta presentarlas como un detalle completamente neutro.

La escena resulta aún más delicada cuando hablamos de Marruecos, cuyo aparato estatal lleva décadas prestando enorme atención a periodistas, opositores y responsables públicos dentro y fuera de sus fronteras.

Por eso el interés del vídeo de Losantos no está tanto en una supuesta confesión cinematográfica como en la naturalidad con la que describe un mecanismo de aproximación al poder mediático: reuniones recurrentes, acceso privilegiado, información y hospitalidad generosa.

En el caso de Marhuenda existe un elemento adicional, la relación contractual reconocida con Charaï y la presencia sostenida de este último en La Razón. No demuestra que el periódico reciba instrucciones de Rabat. Sí proporciona razones suficientes para escrutar con atención la transparencia de esos vínculos.

La incómoda frontera entre información e influencia

Llamar directamente “agentes de Marruecos” a Federico Jiménez Losantos o Francisco Marhuenda va más allá de lo acreditado. No existen pruebas públicas suficientes para sostener semejante afirmación como un hecho.

Lo comprobado resulta menos espectacular, aunque quizá más revelador. Losantos ha relatado contactos periódicos y ofertas de vacaciones familiares pagadas vinculadas al suministro de información sobre Marruecos. Marhuenda ha reconocido relaciones personales y económicas con figuras del entorno marroquí, mientras Ahmed Charaï mantiene una presencia habitual en el diario que dirige y ha sido relacionado por documentación policial e investigaciones judiciales y periodísticas con el aparato de influencia de Rabat.

No hace falta fabricar una novela de espías. La realidad ya contiene suficiente material: poder extranjero, medios de comunicación, dinero, acceso, favores y amistades. El viejo ecosistema de la influencia, solo que sin humo de cigarrillos ni teléfonos pinchados sobre una mesa de formica.

Y queda una paradoja especialmente española. Quienes más ruido hacen al invocar la soberanía nacional tampoco quedan exentos de una regla bastante elemental: cuando un Gobierno extranjero se acerca al micrófono, conviene saber quién habla, quién paga y qué espera recibir a cambio.

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Director editorial de Don Porqué y analista de iGaming con más de 15 años cubriendo el sector del juego online en España. Especializado en regulación, bonos y seguridad de los casinos online.

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