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¿Es Ucrania el ejército más curtido tras años de guerra con Rusia?
Ucrania ha convertido años de guerra en experiencia militar única: drones, datos y tácticas que la OTAN e Italia quieren aprender y adaptar.

No, Ucrania no tiene el ejército más fuerte del mundo si por fuerza entendemos la suma clásica de aviación estratégica, flota oceánica, submarinos, armas nucleares, satélites, grandes reservas de misiles, logística intercontinental y capacidad industrial. Estados Unidos juega en otra dimensión; China dispone de una masa militar e industrial muy superior y Rusia conserva capacidades estratégicas que Kyiv sencillamente no tiene. Pero ésa es sólo media respuesta.
Tras cuatro años y medio de invasión rusa a gran escala, y más de una década de guerra si el calendario comienza con Crimea y el Donbás en 2014, las Fuerzas Armadas ucranianas se han convertido en una de las organizaciones militares con más experiencia real en combate convencional de alta intensidad del planeta. Pocas fuerzas han tenido que enfrentarse durante tanto tiempo, y simultáneamente, a artillería masiva, misiles balísticos, bombas planeadoras, drones FPV, guerra electrónica, minas, ataques cibernéticos, carros de combate, sabotajes logísticos y oleadas de vehículos no tripulados. Y sobrevivir mientras todo cambia cada pocos meses.
Ahí está la diferencia. Ucrania quizá no pueda proyectar una división blindada al otro lado del planeta ni dominar un océano, pero posee un conocimiento extremadamente escaso: sabe cómo se combate una guerra tecnológica moderna contra un adversario de primer nivel que también aprende. No en una simulación de estado mayor, sino con interferencias reales, bajas reales y un enemigo que modifica sus tácticas en cuanto descubre las tuyas.
La OTAN se ha dado cuenta. Reino Unido intercambia conocimiento sobre inteligencia artificial con Kyiv, militares ucranianos participan en ejercicios aliados y el centro conjunto JATEC convierte las experiencias del frente en doctrina, entrenamiento y recomendaciones para las fuerzas occidentales. Italia ha ido todavía más lejos: acaba de incorporar al exministro de Defensa ucraniano Mykhailo Fedorov como asesor de innovación de su Ministerio de Defensa. Roma quiere hablar con alguien que haya visto cómo cambia una guerra mientras la está librando. Tiene bastante lógica.
No es el más fuerte, pero sí uno de los más curtidos
Declarar que Ucrania posee “el mejor ejército del mundo” sería sustituir el análisis por una camiseta de fútbol. Una fuerza militar no se mide únicamente por lo bien que pelea su infantería ni por cuantos drones lanza.
Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos conservan una superioridad extraordinaria en poder aéreo, reconocimiento espacial, guerra submarina, transporte estratégico, reabastecimiento en vuelo, mando global y logística. China dispone de recursos humanos, navales e industriales de una escala que Ucrania no puede igualar. Rusia, pese a sus pérdidas y graves errores, mantiene un arsenal nuclear gigantesco, aviación de largo alcance, abundante artillería, misiles y una industria de guerra considerable.
Ucrania tampoco combate sola en términos materiales. Su resistencia depende parcialmente de sistemas de defensa aérea, municiones, inteligencia, financiación y armamento occidental. En agosto de 2026 Kyiv continúa reclamando interceptores Patriot y afronta importantes necesidades financieras para mantener el esfuerzo bélico. Eso importa: un ejército que necesita apoyo exterior para sostener determinadas capacidades estratégicas difícilmente puede calificarse como el más poderoso del planeta.
Otra cuestión es preguntar qué ejército occidental está más acostumbrado a operar durante meses bajo una lluvia de drones, con sus puestos de mando perseguidos electrónicamente, carreteras observadas desde el aire y vehículos atacados a decenas de kilómetros de la primera línea. Ahí Ucrania entra inmediatamente en la conversación.
Y Rusia también. Sería absurdo borrarla de la ecuación. Las tropas rusas han aprendido durante los mismos años, desarrollando sus propios drones, sistemas de interferencia, defensas contra UAV, bombas planeadoras y procedimientos para localizar operadores, radares y nodos logísticos ucranianos. La evolución militar no está ocurriendo sólo de un lado del frente. Ambos adversarios compiten dentro de un ciclo continuo de innovación, contramedida y nueva contramedida.
Cuatro años y medio que han comprimido décadas
Antes de febrero de 2022, muchos ejércitos europeos pensaban todavía en ciclos de adquisición que podían durar años. Ucrania ha tenido que acostumbrarse a otro reloj: un sistema funciona, el enemigo aprende a neutralizarlo, el software cambia, las frecuencias cambian, aparece una nueva antena, una nueva protección, otro algoritmo. Semanas.
Ese ritmo ha reducido brutalmente la distancia entre el soldado, el ingeniero y la fábrica. Un operador descubre un problema en el frente; el fabricante recibe información; modifica el producto; la versión siguiente vuelve a combate. La guerra se parece cada vez más al desarrollo continuo de software, sólo que cada error tiene consecuencias bastante menos abstractas que una aplicación que se bloquea.
La industria ucraniana pasó de fabricar cantidades relativamente pequeñas de drones al comienzo de la invasión a producirlos por millones. El fenómeno no consiste simplemente en llenar almacenes de pequeños cuadricópteros: alrededor de ellos ha aparecido un ecosistema de fabricantes, talleres militares, programadores, unidades especializadas, sistemas de compra, plataformas de evaluación y operadores capaces de modificar equipos casi artesanalmente.
Fedorov estuvo precisamente detrás de una parte de esa transformación. Durante su etapa en el Gobierno impulsó iniciativas como Army of Drones, participó en el desarrollo de unidades de ataque no tripuladas y en la creación de Brave1, el ecosistema estatal destinado a conectar empresas tecnológicas, financiación y necesidades militares. Cuando fue nombrado ministro de Defensa a comienzos de 2026, Brave1 agrupaba ya miles de desarrollos y más de 2.000 compañías.
Drones, espectro y datos: el frente ya no se parece al de 2022
La transformación más visible está sobre las trincheras. El cielo cercano al frente se ha convertido en una especie de techo electrónico lleno de pequeños ojos.
Drones de reconocimiento buscan movimientos; FPV atacan personas y vehículos; aparatos de mayor alcance golpean la retaguardia; interceptores persiguen otros drones y sistemas con fibra óptica permiten mantener el control cuando las emisiones de radio quedan inutilizadas por la guerra electrónica. En determinadas zonas del frente, prácticamente ninguna acción puede realizarse sin presencia de drones.
Eso ha alterado incluso algo tan antiguo como esconderse. Concentrar tropas, estacionar vehículos durante demasiado tiempo o instalar un puesto de mando demasiado visible puede atraer rápidamente un ataque. Aparece así el llamado campo de batalla transparente: no completamente transparente, claro, pero sí mucho más vigilado que hace una década.
La guerra electrónica también ha dejado de ser una especialidad remota reservada a unas pocas unidades técnicas. Interferir una frecuencia, proteger una comunicación, identificar una emisión o engañar a un sensor puede decidir si un vehículo llega a su destino. El espectro electromagnético se ha convertido en terreno, casi como una colina o un puente. Sólo que no se ve.
Ucrania ha avanzado igualmente en la conexión entre sensores, drones, inteligencia y unidades de fuego. Sistemas como DELTA reúnen información procedente de distintas fuentes para ofrecer una imagen compartida del campo de batalla, mientras el país experimenta con inteligencia artificial aplicada al reconocimiento automático de objetivos.
El acuerdo firmado con Reino Unido en agosto de 2026 muestra hasta dónde ha llegado esa experiencia. Londres obtuvo acceso a los laboratorios Avengers AI de Ucrania, apoyados en millones de imágenes anotadas procedentes del campo de batalla. Según los datos divulgados con el acuerdo, sistemas ucranianos procesan más de 100.000 vídeos de drones al mes para ayudar a identificar objetivos. Es un activo militar peculiar: millones de imágenes tomadas en una guerra real convertidas en material para entrenar algoritmos.
La OTAN aprende de Ucrania, no sólo al revés
Durante años la relación parecía sencilla: la OTAN enseñaba y Ucrania aprendía. Esa imagen se ha quedado vieja.
Los aliados continúan formando militares ucranianos y proporcionando sistemas mucho más sofisticados de los que Kyiv podría desarrollar por sí sola. Pero el tráfico de conocimiento circula en las dos direcciones. Ucrania aporta algo que numerosos ejércitos europeos no poseen: experiencia reciente y prolongada contra las Fuerzas Armadas rusas.
Por eso existe JATEC, el Centro Conjunto de Análisis, Entrenamiento y Educación OTAN-Ucrania de Bydgoszcz, en Polonia. Inaugurado en 2025, integra las experiencias ucranianas en ejercicios, análisis, formación y transformación militar aliada. La propia estructura de la Alianza reconoce que lo aprendido en Ucrania está influyendo en su preparación para futuras guerras.
No es teoría. En el ejercicio Aurora 26, celebrado en Suecia, operadores ucranianos experimentados utilizaron drones contra fuerzas de la OTAN para obligarlas a enfrentarse a amenazas similares a las existentes en el frente. Participaron más de 18.000 militares de 13 países. El alumno apareció en clase para poner examen al profesor.
También se están estudiando las operaciones navales. Ucrania, país cuya marina convencional quedó enormemente superada por la rusa, utilizó misiles, inteligencia y embarcaciones no tripuladas para dificultar las operaciones de la Flota rusa del mar Negro. Especialistas ucranianos han trasladado esas lecciones a militares aliados mediante JATEC, incluyendo posibles aplicaciones en otros escenarios marítimos europeos.
Ésa quizá sea una de las grandes aportaciones de Kyiv: demostrar que una fuerza relativamente más pequeña puede utilizar tecnología barata combinada con sistemas costosos para obligar a un adversario superior a modificar su comportamiento.
Italia ficha a Fedorov: una decisión bastante reveladora
El movimiento italiano del 28 de agosto de 2026 resulta especialmente interesante porque convierte toda esta discusión en algo tangible.
El ministro de Defensa italiano, Guido Crosetto, confirmó que Mykhailo Fedorov trabajará como asesor para la innovación de la Defensa. Ambos abordaron específicamente drones, sistemas no tripulados y defensa aérea. El antiguo ministro ucraniano había recibido propuestas de otros países, pero aceptó la italiana.
Fedorov no es un general que haya mandado un cuerpo de ejército en Donetsk. Su valor para Roma está en otra parte. Procede del mundo tecnológico, dirigió la digitalización del Gobierno ucraniano y después trasladó buena parte de esa lógica a la defensa: datos, ciclos rápidos, incentivos, competencia entre fabricantes y conexión directa entre resultados de combate y adquisiciones.
Uno de los experimentos más llamativos fue Brave1 Market. Las unidades podían emplear puntos obtenidos por resultados verificados en combate para pedir drones, robots terrestres, equipos de guerra electrónica y otros sistemas. A comienzos de 2026 se habían encargado por esa vía unos 240.000 drones y otros equipos, con plazos medios de entrega que el Ministerio de Defensa ucraniano situaba alrededor de diez días.
Diez días. En algunas burocracias europeas casi no da tiempo a averiguar qué formulario hay que rellenar.
Ahí está probablemente lo que interesa a Italia mucho más que copiar literalmente un determinado modelo de dron. La auténtica innovación ucraniana es organizativa: conseguir que la información que llega desde el combate modifique con rapidez qué se compra, qué se fabrica, qué se abandona y qué se escala.
En 2026, por ejemplo, el Ministerio de Defensa ucraniano comenzó a vincular las compras de drones a datos procedentes de sistemas como ePoints, DELTA, Mission Control y Brave1 Market. La intención era que el rendimiento real en combate influyera directamente en futuras adquisiciones. Es una idea incómoda para el viejo modelo de contratación militar: si un aparato funciona mal en el frente, el Excel acaba enterándose.
Lo que Ucrania puede enseñar y lo que no conviene copiar
La experiencia ucraniana tiene un enorme valor para Italia, España, Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia o Estados Unidos, pero convertirla en dogma sería otro error.
Una guerra defensiva librada por Ucrania contra Rusia no es idéntica a una hipotética operación de la OTAN. La Alianza trataría de explotar capacidades que Kyiv posee en mucha menor medida, empezando por aviación de combate, ataques de precisión de largo alcance, inteligencia espacial, guerra submarina y logística multinacional.
Precisamente por eso algunos especialistas advierten contra una lectura simplista del conflicto. Los drones son esenciales, pero no han vuelto inútiles a la artillería, la aviación, los blindados o los misiles. Ucrania ha dependido en ocasiones de los UAV precisamente porque disponía de menos munición convencional de la deseable. Copiar esa carencia y presentarla como doctrina revolucionaria sería una curiosa manera de aprender una lección.
Lo transferible es otra cosa: la rapidez de adaptación; la presencia de drones en todos los escalones; la protección contra ellos; la necesidad de operar bajo vigilancia casi permanente; la guerra electrónica integrada en las unidades; puestos de mando más dispersos; comunicaciones redundantes; reparación sobre el terreno; utilización militar de tecnología comercial; inteligencia artificial conectada con datos operativos y, sobre todo, un circuito mucho más corto entre combatiente, ingeniero y fabricante.
También hay una lección humana menos vistosa. Cuatro años y medio de guerra desgastan incluso al ejército más adaptable. Ucrania sigue enfrentándose a problemas de personal, rotación, bajas y reclutamiento. En junio de 2026 el Gobierno anunció mejoras salariales y nuevos contratos para intentar atraer efectivos, una señal evidente de que el conocimiento acumulado no elimina la aritmética brutal de una guerra de desgaste.
Y existe otra paradoja: cada innovación ucraniana proporciona una lección a Rusia; cada innovación rusa obliga a Ucrania a responder. El resultado no es un vencedor tecnológico permanente, sino una carrera evolutiva extremadamente rápida. Un dron extraordinario puede convertirse meses después en una pieza mediocre cuando aparecen mejores inhibidores. Una frecuencia segura deja de serlo. Una ruta logística invisible acaba observada. Una protección nueva engendra una nueva munición.
Eso es probablemente lo más importante que deberían estudiar los ejércitos de la OTAN. No el arma milagrosa del mes, sino la capacidad institucional para cambiar antes de que el enemigo haya terminado de aprender.
Una potencia militar nacida bajo fuego
Ucrania no posee las Fuerzas Armadas más poderosas del planeta. Decirlo ocultaría diferencias enormes de aviación, marina, arsenal estratégico, industria y logística, además de su dependencia de determinados suministros occidentales.
Pero sí se ha convertido en una de las fuerzas militares más experimentadas e innovadoras de la guerra contemporánea, particularmente en combate terrestre de alta intensidad, drones, guerra electrónica, defensa contra UAV, utilización de datos y adaptación táctica. Su ejército de 2026 tiene poco que ver con el que recibió la invasión rusa en febrero de 2022; y muchísimo menos con las fuerzas debilitadas que afrontaron la anexión de Crimea en 2014.
El precio de esa transformación ha sido espantoso. Miles de horas de combate, ciudades destruidas, generaciones de militares heridas o muertas y un país entero convertido en campo de pruebas involuntario de tecnologías que probablemente definirán las guerras de las próximas décadas.
Por eso la relación militar entre Kyiv y sus aliados ha cambiado. Ucrania continúa aprendiendo de la OTAN, naturalmente, pero la OTAN también necesita aprender de Ucrania.
Reino Unido comparte tecnología y trabaja con sus datos; militares ucranianos ponen a prueba tropas aliadas en ejercicios; JATEC convierte experiencias del frente en conocimiento institucional y ahora Italia incorpora directamente a Fedorov a su estructura de innovación. No es caridad ni admiración romántica. Es interés militar.
Los ejércitos europeos poseen aviones mejores, carros mejores en muchos casos, grandes industrias y presupuestos que Ucrania envidiaría. Kyiv posee algo que no se compra con un contrato: cuatro años y medio de experiencia acumulada contra Rusia en la guerra más intensa que Europa ha vivido en generaciones.
Y ésa, en 2026, es una mercancía estratégica extraordinariamente cara.

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