Economía
¿Por qué Venezuela se apaga mientras acelera su industria petrolera?
Venezuela vuelve a sufrir apagones mientras busca elevar su producción petrolera con una red eléctrica deteriorada y planes de recuperación.

Foto: Zerojosefer — trabajo propio, CC BY 4.0 — vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Venezuela vuelve a sufrir apagones en varias regiones del oeste
- No hay pruebas de que la luz doméstica se desvíe al sector petrolero
- La red eléctrica necesita años de inversión, reparación y mantenimiento
Venezuela vuelve a convivir con los apagones mientras intenta levantar su producción de petróleo y atraer inversiones energéticas de Estados Unidos y otras potencias. La noche del martes 8 de septiembre, la oposición denunció cortes de electricidad en Mérida, Barinas y Táchira, en el oeste del país, mientras Caracas sufrió un fuerte bajón de tensión. No se ha establecido públicamente una causa técnica definitiva para este episodio.
Tampoco hay pruebas sólidas de que el Gobierno esté quitando deliberadamente electricidad a los hogares para desviarla hacia la producción petrolera destinada a Estados Unidos. El problema es más complejo, y bastante menos cinematográfico: Venezuela posee petróleo para varias vidas, pero una red eléctrica deteriorada que tiene dificultades para abastecer con estabilidad a viviendas, comercios y grandes industrias. El crecimiento petrolero añade presión, aunque los nuevos proyectos están siendo orientados precisamente hacia la generación de su propia energía.
La paradoja resulta difícil de esconder. Un país asentado sobre algunas de las mayores reservas de crudo del planeta puede pasar horas sin electricidad. Y mientras Washington, Caracas y grandes compañías firman acuerdos multimillonarios para extraer más barriles, una parte de los venezolanos sigue pendiente de algo mucho más elemental: que al pulsar el interruptor se encienda la bombilla.
Un nuevo apagón devuelve el problema a primera línea
Vente Venezuela, el partido de María Corina Machado, denunció cortes eléctricos en Mérida, Barinas y Táchira. El exdiputado opositor Juan Pablo Guanipa habló igualmente de un nuevo apagón tras una fuerte caída del suministro. Primero Justicia reclamó explicaciones oficiales y atribuyó el deterioro del servicio a años de falta de mantenimiento y corrupción.
Caracas no quedó completamente a oscuras, pero registró un importante bajón eléctrico. Es relevante porque la capital ha disfrutado tradicionalmente de un suministro bastante más estable que estados occidentales como Zulia o las regiones andinas, donde los cortes forman parte de una rutina incómodamente normalizada.
La causa concreta del episodio del 8 de septiembre permanece abierta. El Gobierno de Delcy Rodríguez, presidenta encargada desde la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos, ha denunciado recientemente actos de sabotaje contra el sistema eléctrico relacionados, según su versión, con los nuevos acuerdos energéticos. La oposición y numerosos especialistas llevan años situando el origen principal de los apagones en otro lugar: infraestructuras envejecidas, mantenimiento insuficiente, mala gestión, corrupción y falta de inversión.
Ambas afirmaciones no son equivalentes. Puede producirse un sabotaje puntual y, al mismo tiempo, existir una red estructuralmente frágil. Lo que no puede ignorarse es que las interrupciones eléctricas venezolanas vienen de mucho antes de los actuales acuerdos petroleros.
El petróleo necesita electricidad, pero no consta que se la quiten a la población
Extraer petróleo no consiste simplemente en perforar y esperar a que aparezca un géiser negro, como en una película antigua. Los pozos necesitan bombas, sistemas de inyección, tratamiento y compresión, además de multitud de instalaciones auxiliares. Las refinerías, todavía más. Todo eso consume electricidad.
Ahí aparece el verdadero conflicto. La recuperación petrolera necesita energía y la energía venezolana sigue siendo insuficientemente fiable. Durante años, las propias instalaciones petroleras han sufrido paradas provocadas por fallos eléctricos. El problema funciona en ambos sentidos: una industria del crudo debilitada perjudica al sistema energético y una red inestable dificulta recuperar la producción de crudo.
De hecho, el rumbo adoptado en 2026 apunta en dirección contraria a una supuesta transferencia masiva de electricidad doméstica hacia los campos petroleros. Los proyectos nuevos están siendo empujados hacia la autogeneración eléctrica, precisamente para evitar que dependan de una red pública incapaz de garantizarles un suministro continuo.
El nuevo petróleo venezolano mira hacia Estados Unidos
La sospecha social tiene, eso sí, un contexto político comprensible. Estados Unidos ha adquirido un peso extraordinario en la nueva etapa energética venezolana y Washington está impulsando una recuperación acelerada del sector petrolero.
Chevron ha planteado inversiones superiores a 7.000 millones de dólares para elevar la producción de sus operaciones venezolanas por encima de los 600.000 barriles diarios hacia 2031. Eni también participa en nuevos proyectos, mientras los acuerdos entre Washington y Caracas conceden a intereses estadounidenses una posición privilegiada sobre una parte considerable de las reservas venezolanas.
Eso significa que una mayor producción venezolana puede acabar alimentando directamente el mercado y los intereses estratégicos de Estados Unidos. Pero de ahí a afirmar que se están apagando barrios para encender bombas petroleras hay un salto que los datos disponibles no permiten dar.
La ironía política, sin necesidad de adornarla demasiado, se escribe sola: durante años Washington y el chavismo construyeron buena parte de su discurso mirándose como enemigos irreconciliables; en 2026, empresas estadounidenses participan simultáneamente en la expansión del petróleo venezolano y en la reparación de la electricidad que necesita Venezuela para producirlo.
Una red que pasó de referencia regional a problema nacional
El deterioro eléctrico no comenzó esta semana ni este año. A comienzos de siglo Venezuela tenía uno de los sistemas eléctricos más importantes de América Latina, con más de 30 gigavatios de capacidad hidroeléctrica y térmica, unos 30.000 kilómetros de líneas de transmisión y una extensa red de distribución.
La nacionalización iniciada por Hugo Chávez en 2007 y la posterior concentración del sector alrededor de Corpoelec transformaron profundamente ese modelo. Con los años se acumularon problemas de gestión, envejecimiento de equipos, falta de mantenimiento, dificultades financieras y salida de técnicos cualificados. El sistema perdió músculo. Luego perdió margen. Finalmente empezó a vivir demasiado cerca del borde.
El episodio que quedó grabado en la memoria colectiva llegó en marzo de 2019, cuando un gigantesco apagón dejó durante días amplias zonas de Venezuela sin electricidad y afectó también al agua, las telecomunicaciones, el transporte, hospitales y comercios. Desde entonces no todos los apagones tienen dimensión nacional, pero los cortes recurrentes continúan castigando especialmente al interior y al oeste del país.
Durante 2026 la situación ha vuelto a deteriorarse con fuerza. En distintas ciudades se han registrado interrupciones de varias horas y las empresas han comunicado numerosos cortes no programados. Los terremotos de junio añadieron daños y dificultades a una infraestructura que ya llegaba cansada.
Guri, el gigante del que depende casi todo
Hay otro elemento que explica la vulnerabilidad venezolana: su enorme dependencia de la hidroelectricidad.
Alrededor del 90% de la electricidad generada procede actualmente de fuentes hidroeléctricas, con el complejo de Guri como pieza central. Esa concentración permite producir enormes cantidades de electricidad cuando todo funciona, pero convierte las sequías y los problemas de mantenimiento en amenazas nacionales.
El secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, aseguró durante su reciente visita a Venezuela que Guri estaba generando aproximadamente la mitad de la electricidad para la que fue diseñado, debido al envejecimiento de turbinas y líneas de transmisión.
Las centrales térmicas deberían actuar como respaldo cuando falta agua o falla la generación hidroeléctrica. El problema es que buena parte del parque térmico también está deteriorado y funciona muy por debajo de su capacidad potencial. Es como tener una rueda de repuesto pinchada en el maletero: tranquiliza hasta que hace falta.
El posible desarrollo de un episodio intenso de El Niño, asociado habitualmente a menores precipitaciones en zonas sensibles para la generación venezolana, añade otra preocupación. Cuanto más dependa el país de Guri y menos capacidad térmica fiable tenga disponible, menor será el margen ante una sequía severa.
El plan con GE Vernova cambia los plazos de la recuperación
Aquí aparece otro dato que conviene matizar. No existe un consenso técnico que establezca que Venezuela necesite exactamente 10 o 15 años para recuperar su sistema eléctrico. Una reconstrucción integral puede ocupar muchos años, pero presentar esa horquilla como una previsión cerrada resulta excesivo con la información disponible.
El acuerdo con la estadounidense GE Vernova plantea un calendario bastante más inmediato para la primera fase. Washington sostiene que es posible estabilizar la red en un periodo de seis a doce meses recuperando instalaciones existentes, aumentando las horas de servicio y reparando infraestructura deteriorada.
El programa prevé incorporar alrededor de 1 gigavatio de capacidad en los primeros dos años y más de 5 gigavatios adicionales durante los años posteriores. GE Vernova tiene además una amplia base instalada en Venezuela susceptible, al menos parcialmente, de rehabilitación.
Eso no significa que dentro de un año Venezuela vaya a disponer de una red comparable a la de un país con décadas de inversión continua. Estabilizar es una cosa; reconstruir y modernizar, otra muy distinta.
Hay que recuperar centrales térmicas, turbinas hidroeléctricas, subestaciones, transformadores y líneas de transmisión. Después viene la red de distribución que entra en ciudades y pueblos, la automatización, las protecciones, los sistemas de control, la facturación, el personal técnico. Kilómetros y kilómetros de infraestructura. Tornillos, cobre, software y oficio humano.
Especialistas del sector han calculado que podrían necesitarse hasta 13.000 millones de dólares solamente durante los primeros tres años de reconstrucción. La cifra definitiva dependerá de cuánto equipamiento pueda repararse, cuánto haya que sustituir y cuánto capital privado llegue realmente al país.
Por eso, una recuperación básica podría empezar a sentirse antes, mientras una modernización profunda probablemente se extenderá durante varios años. Decir que todo estará solucionado en doce meses sería ingenuo; asegurar que harán falta inevitablemente 15 años tampoco está demostrado.
El verdadero cuello de botella del nuevo petróleo venezolano
La carrera por elevar la producción de crudo tropieza así con algo menos vistoso que un yacimiento petrolero pero igual de decisivo: los megavatios.
Venezuela produce actualmente alrededor de 1,2 millones de barriles diarios y pretende aumentar esa cifra mediante inversiones extranjeras. Chevron quiere más que duplicar su producción en el país durante los próximos cinco años. Otros operadores proyectan nuevas explotaciones. Cada pozo adicional trae detrás bombas, compresores, estaciones, tuberías y consumo eléctrico.
Una red doméstica agotada difícilmente puede absorber sin consecuencias una industrialización acelerada. De ahí que la nueva arquitectura energética busque separar parte de ese crecimiento petrolero del sistema público mediante generación propia en campos e instalaciones industriales.
Bien ejecutado, ese modelo puede incluso aliviar la red: una petrolera que produce su electricidad no compite directamente con una vivienda por cada megavatio disponible. Mal ejecutado, puede crear dos Venezuelas energéticas, una formada por enclaves industriales con generación fiable y otra donde familias y pequeños negocios continúan dependiendo de una infraestructura envejecida. Ese será uno de los asuntos políticos más sensibles de los próximos años.
Porque una cosa es recuperar barriles y otra, bastante más difícil, reconstruir un servicio público. El petróleo genera divisas; la electricidad mide la vida cotidiana. Una refinería puede aparecer en las cifras macroeconómicas, pero el apagón se nota en el ascensor, en el frigorífico, en la bomba que lleva agua a un edificio o en el pequeño comercio que pierde mercancía.
Venezuela puede producir más petróleo antes de dejar atrás los apagones
La fotografía de septiembre de 2026 contiene dos velocidades. Por un lado, Venezuela abre su sector energético, firma acuerdos internacionales y prepara una expansión petrolera que devuelve al país al centro de los cálculos estratégicos de Estados Unidos. Por otro, Mérida, Barinas y Táchira vuelven a sufrir cortes eléctricos y hasta Caracas siente cómo la tensión se desploma.
No está demostrado que la electricidad de las familias esté siendo desviada deliberadamente hacia pozos que producirán crudo para Estados Unidos. Sí está demostrado algo quizá más incómodo: el país intenta acelerar una industria tremendamente exigente en energía mientras su sistema eléctrico continúa cargando con casi dos décadas de deterioro.
El acuerdo con GE Vernova abre una posibilidad concreta de estabilización y desmonta la idea de que Venezuela esté condenada, por definición, a esperar 10 o 15 años para notar mejoras. Pero reconstruir una red nacional no se hace con un comunicado ni con una ceremonia en Miraflores. Harán falta inversiones sostenidas, mantenimiento, técnicos, reglas fiables y una decisión política elemental: que recuperar el petróleo no avance mucho más deprisa que recuperar la luz de quienes viven sobre él.

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