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¿En qué caso España podría atacar Marruecos y cómo sería la guerra?

Una guerra entre España y Marruecos es remota, pero tendría efectos inmediatos sobre defensa, economía, alianzas, migración y seguridad regional.

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paracaistas de la armada española

Foto: Tech. Sgt. Laura Smith — dominio público — vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • España solo respondería militarmente ante una agresión armada grave
  • Su ventaja estaría en el aire y el mar, no en ocupar Marruecos
  • Una guerra breve ya tendría un coste humano y económico enorme

España solo tendría una base jurídicamente sólida para emplear la fuerza contra Marruecos en un escenario extremo: un ataque armado contra territorio, fuerzas o intereses esenciales españoles, o una actuación amparada expresamente por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Una crisis diplomática, una nueva avalancha migratoria, declaraciones sobre Ceuta y Melilla o incluso una grave provocación fronteriza no bastarían por sí solas. La guerra no empieza porque dos gobiernos dejen de cogerse el teléfono.

Y, llegado ese escenario remoto, tampoco sería razonable imaginar una invasión española de Marruecos al estilo de un mapa escolar lleno de flechas. La lógica militar española sería mucho más limitada: detener la agresión, proteger territorio español, conservar el control del espacio aéreo y marítimo próximo y obligar al adversario a cesar las hostilidades. Una guerra destinada a conquistar Marruecos sería política, económica y militarmente disparatada. Otra cosa es una operación defensiva que terminase implicando acciones contra las capacidades desde las que se estuviera atacando España.

A 8 de septiembre de 2026, conviene colocar la hipótesis donde corresponde: bastante lejos de la realidad. España y Marruecos mantienen una relación intensa de cooperación económica, policial y migratoria. Incluso después de la enorme crisis fronteriza de Ceuta de julio, Pedro Sánchez aseguró el 3 de septiembre que el Gobierno no disponía de pruebas sólidas de que Rabat hubiera organizado deliberadamente aquella entrada masiva, aunque las autoridades españolas continúan investigando lo sucedido. Meses antes, ambos gobiernos seguían hablando de una relación bilateral excepcional y de cooperación reforzada.

Eso no significa que la relación entre ambos países carezca de un pasado conflictivo. Desde las guerras del siglo XIX hasta las campañas del Rif, España y Marruecos han atravesado diferentes episodios armados, muy distintos entre sí y difíciles de trasladar al presente. El contexto completo puede verse en cuántas veces se enfrentaron España y Marruecos y cuáles fueron sus guerras, una perspectiva histórica que ayuda a entender por qué cualquier comparación automática con aquellos conflictos resulta engañosa.

¿Qué tendría que ocurrir para que España atacase?

El primer escenario verdaderamente grave sería una agresión militar inequívoca contra Ceuta, Melilla, Canarias, la Península, aguas españolas o unidades de las Fuerzas Armadas. El artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas reconoce el derecho de legítima defensa individual o colectiva cuando un Estado sufre un ataque armado. Esa respuesta tendría que respetar los criterios de necesidad y proporcionalidad: repeler una agresión no concede un cheque en blanco para convertir medio Magreb en un campo de batalla.

También existe una dimensión constitucional española que suele desaparecer en las conversaciones de barra de bar sobre quién ganaría una guerra. El artículo 63.3 de la Constitución establece que corresponde al Rey, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz. La Ley Orgánica de la Defensa Nacional atribuye al Gobierno la dirección de la política de defensa y contempla expresamente operaciones de respuesta frente a una agresión, además de fijar mecanismos parlamentarios para las misiones exteriores.

La legítima defensa marca el límite

Una ofensiva puramente preventiva contra Marruecos porque Madrid sospechara que Rabat pudiera atacar algún día sería mucho más difícil de justificar. El derecho internacional admite sin discusión la legítima defensa después de un ataque armado; la denominada defensa anticipatoria ante una agresión inminente se mueve en un terreno bastante más discutido y exige una amenaza extraordinariamente inmediata. Atacar por una disputa territorial, una crisis migratoria o una escalada verbal sería otra cosa: una guerra de agresión, con un coste diplomático formidable para España.

Cómo sería una guerra entre España y Marruecos

Llegados al peor punto, el combate sería muy distinto a los viejos enfrentamientos entre ejércitos que avanzaban kilómetros y plantaban banderas. España trataría de explotar su ventaja tecnológica, aérea y naval para proteger el Estrecho, Canarias y las ciudades españolas del norte de África, mantener abiertas sus comunicaciones y reducir la capacidad marroquí de seguir atacando. Marruecos, por su parte, intentaría impedir esa libertad de movimientos mediante su aviación, defensas antiaéreas, sistemas no tripulados, medios terrestres y capacidad para operar muy cerca de su propio territorio.

Hasta ahí puede llegar una simulación pública razonable. Detallar qué agrupaciones navales deberían salir, desde qué bases, por qué corredores, en qué secuencia y contra qué instalaciones concretas convertiría una hipótesis periodística en algo bastante parecido a un plan de operaciones, además de fingir un conocimiento que fuera del Estado Mayor nadie posee. Los verdaderos planes militares, si existen, son precisamente los papeles que no aparecen en Google.

Sí puede anticiparse su filosofía. España procuraría lograr superioridad aérea y marítima local, proteger infraestructuras críticas y evitar que las hostilidades se extendieran. En la guerra contemporánea importa menos conquistar una colina que saber qué está ocurriendo a cientos de kilómetros: satélites, radares, inteligencia electrónica, drones, comunicaciones seguras y defensa frente a ataques informáticos pesan tanto como los grandes buques. La estrategia tecnológica española sitúa entre sus prioridades la inteligencia artificial, los sistemas no tripulados, la ciberdefensa y la integración de los distintos dominios de combate.

Sobre el papel, España tendría ventaja cualitativa, particularmente en capacidades navales, integración aérea, vigilancia y funcionamiento conjunto con estructuras militares occidentales. Marruecos, sin embargo, está muy lejos de ser un adversario menor. Durante años ha modernizado intensamente sus Fuerzas Armadas y mantiene una relación militar muy estrecha con Estados Unidos. Washington designó al reino norteafricano como aliado principal fuera de la OTAN en 2004 y Rabat ha adquirido abundante material estadounidense, además de participar regularmente en ejercicios conjuntos.

La geografía cambiaría cualquier cálculo

Y aparece la geografía, ese general que nunca se jubila. Marruecos combatiría prácticamente en casa. Tendría profundidad territorial, comunicaciones terrestres interiores y posibilidad de concentrar fuerzas sin atravesar mares. España dispondría de mejores capacidades en determinados ámbitos, pero tendría que defender simultáneamente la Península, sus archipiélagos, sus ciudades norteafricanas, las rutas marítimas y las infraestructuras del sur. El Estrecho son catorce kilómetros en su punto más estrecho; sobre un mapa parece una zancada. En una guerra es un embudo lleno de barcos, radares, aeronaves, cables submarinos, comercio y población civil.

Ceuta y Melilla serían inevitablemente uno de los asuntos políticos centrales de cualquier crisis, aunque existe un matiz jurídico que suele simplificarse demasiado. El artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte establece la defensa colectiva cuando un aliado sufre un ataque, mientras que su artículo 6 define geográficamente los ataques cubiertos y ha generado durante décadas debate sobre las dos ciudades españolas por encontrarse en África. La protección efectiva dependería, en último término, de una decisión política de los aliados.

Precisamente por esa singularidad, una crisis centrada exclusivamente en las dos ciudades tendría dinámicas propias. El equilibrio militar, el papel de la OTAN y las dificultades de defender o alterar el statu quo se analizan con más detalle en si España podría ganar una guerra contra Marruecos por Ceuta y Melilla. Sería un supuesto mucho más específico que una guerra abierta entre ambos Estados, aunque posiblemente también uno de los escenarios que más tensión política generaría.

Qué aliados tendría cada país

Hay, además, otro paraguas menos citado y jurídicamente muy importante: la Unión Europea. El artículo 42.7 del Tratado de la UE obliga a los demás Estados miembros a prestar ayuda y asistencia, con todos los medios a su alcance, cuando uno de ellos sea víctima de una agresión armada en su territorio. España, por tanto, no afrontaría una agresión grave como un Estado aislado frente a Marruecos.

Eso no significa que al amanecer del día siguiente apareciesen automáticamente aviones franceses, italianos o estadounidenses sobre el Estrecho. Las alianzas no son botones automáticos. La reacción dependería de quién hubiera iniciado las hostilidades, de la naturaleza del ataque y de las decisiones adoptadas en Bruselas, Washington y las distintas capitales europeas. Si España fuese claramente la víctima de una agresión, su posición internacional sería extraordinariamente más sólida. Si Madrid hubiese comenzado unilateralmente una guerra dudosa, el paisaje sería justo el contrario.

Marruecos tampoco estaría solo diplomáticamente, aunque conviene desmontar otro equívoco. Ser aliado preferente de Estados Unidos fuera de la OTAN no equivale a disponer de un artículo 5 particular. El estatuto facilita cooperación militar, adquisición de material y otras ventajas, pero no obliga a Washington a entrar en guerra en defensa de Rabat. Ante un enfrentamiento entre dos socios estratégicos estadounidenses, uno de ellos además miembro de la OTAN y de la UE, la prioridad estadounidense probablemente sería detenerlo cuanto antes, no elegir alegremente trinchera.

Francia se encontraría en una situación igualmente incómoda. París tiene profundos intereses en Marruecos, pero también está ligado a España por la Unión Europea y la OTAN. Portugal, Alemania, Italia y el resto de socios europeos tendrían incentivos enormes para impedir la extensión del conflicto. Naciones Unidas entraría inmediatamente en escena. Washington también. En pocas horas, los teléfonos pesarían casi tanto como los cazas.

Por eso, el escenario más probable después de un choque militar serio no sería una guerra de años, sino una fase convencional muy intensa seguida de una presión internacional brutal para conseguir un alto el fuego. Con objetivos políticos limitados, podría hablarse de días o semanas de enfrentamientos antes de una negociación. Si uno de los dos gobiernos intentara ocupar territorio del otro o si la lucha se extendiera, el horizonte cambiaría por completo: meses, quizá años de inestabilidad, movilización, incidentes marítimos y una frontera prácticamente congelada.

Cuánto podría durar y qué coste tendría

¿Quién podría ganar? Depende de qué signifique ganar. España tendría mejores cartas para defender su territorio y sostener operaciones tecnológicamente complejas, especialmente si recibiera apoyo europeo y atlántico. Pero derrotar militarmente a Marruecos no sería lo mismo que ocuparlo, doblegarlo o imponerle una rendición. Un país de decenas de millones de habitantes, extenso y combatiendo sobre su propio suelo no desaparece porque pierda aviones o barcos. La invasión y ocupación prolongada sería una fantasía ruinosa para cualquier Gobierno español.

Marruecos tampoco tendría ante sí una operación sencilla si intentara alterar por la fuerza el statu quo territorial español. Tendría que enfrentarse no solo a las Fuerzas Armadas españolas sino a la posibilidad de transformar un problema bilateral en una crisis con la UE y la OTAN. Su economía, comercio exterior, turismo e inversiones quedarían inmediatamente sometidos a una presión enorme. Ganar unos kilómetros y perder décadas de integración económica sería una peculiar forma de victoria.

Las víctimas constituyen la parte donde conviene desconfiar de cualquier cifra demasiado limpia. Una confrontación corta podría dejar decenas o centenares de muertos entre militares y civiles en muy poco tiempo. Varias semanas de combates de alta intensidad elevarían fácilmente la escala hacia centenares o miles, dependiendo de si las operaciones alcanzasen zonas urbanas y de la capacidad de ambos gobiernos para contener la escalada. Dar una cifra exacta sería literatura con calculadora: nadie puede conocerla antes de saber qué se combate, durante cuánto tiempo y con qué intensidad.

Hay un detalle incómodo de las guerras modernas: muchas bajas no llegan durante la batalla que aparece en televisión. Llegan después. Hospitales saturados, desplazamientos de población, accidentes, interrupciones energéticas, munición sin explotar, deterioro sanitario. Ceuta y Melilla tienen una elevada densidad urbana; el litoral marroquí próximo también. Mantener los combates lejos de las ciudades sería, por razones humanas y políticas, una prioridad absoluta.

El golpe económico empezaría incluso antes del primer disparo. Las bolsas caerían, aumentarían las primas de riesgo, las aseguradoras encarecerían o suspenderían coberturas marítimas y las compañías revisarían rutas. España es el principal socio comercial de Marruecos y solo en 2024 exportó al país bienes por unos 12.859 millones de euros, mientras las importaciones marroquíes a España alcanzaron aproximadamente 9.834 millones. Más de 22.000 millones de intercambio anual quedarían expuestos, antes siquiera de contar turismo, inversiones, transporte y servicios.

Un conflicto limitado ya consumiría miles de millones de euros entre munición, combustible, mantenimiento, movilización, vigilancia y reposición de material, más el coste indirecto de la interrupción económica. Si durase meses, la factura podría ascender a decenas de miles de millones a ambos lados del Estrecho. España posee una economía mucho mayor y, por tanto, mayor capacidad financiera para absorber el golpe; Marruecos sufriría proporcionalmente más. Pero eso no convertiría el daño español en pequeño: Andalucía, Canarias, Ceuta y Melilla serían especialmente sensibles a una ruptura del comercio, el transporte y el turismo.

También habría consecuencias migratorias. Una guerra en el norte de Marruecos podría empujar a miles de personas hacia Europa precisamente cuando las rutas habituales estuvieran alteradas o cerradas. Frontera, ferris y tráfico comercial quedarían sometidos a restricciones excepcionales. Después vendrían problemas menos visibles: cadenas agrícolas y automovilísticas alteradas, empresas españolas con inversiones paralizadas, trabajadores desplazados y cooperación antiterrorista deteriorada. El Mediterráneo occidental pasaría de ser una zona económica integrada a convertirse en una frontera militarizada.

Una guerra que ambos países perderían

Y después estaría lo realmente difícil: volver a vivir puerta con puerta. España puede elegir muchos socios comerciales; no puede elegir otro vecino al sur. Marruecos tampoco puede desplazar la Península unos cuantos centenares de kilómetros hacia el Atlántico para evitarla. Ambos comparten migración, terrorismo, pesca, transporte marítimo, comercio, energía, delincuencia organizada y, además, la organización del Mundial de fútbol de 2030 junto a Portugal. La geografía tiene ese sarcasmo: después de cada crisis devuelve a los adversarios a la misma mesa.

Por eso una guerra entre España y Marruecos continúa siendo un escenario extraordinariamente remoto. Tendría que producirse una ruptura política gigantesca seguida de una agresión armada real para que Madrid contemplara seriamente operaciones militares contra territorio marroquí. Incluso entonces, el objetivo racional no sería conquistar Marruecos ni castigar a su población, sino detener la amenaza, defender el territorio español y alcanzar cuanto antes una salida negociada.

Las diferencias sobre Ceuta, Melilla, el Sáhara Occidental, las aguas territoriales o la inmigración seguirán generando roces. Algunos serán ásperos. Otros harán subir la temperatura de los titulares durante unos días. Pero hay una distancia inmensa entre una crisis diplomática y una guerra. España y Marruecos tienen mucho más que perder disparándose que soportándose, que no es precisamente una declaración romántica de amistad. Es algo bastante más poderoso en política internacional: interés.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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