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¿Ucrania está perdiendo la guerra? Rusia aprieta y Kiev se desgasta

Rusia avanza lentamente en Donbás, pero Ucrania sufre por la falta de soldados, financiación y defensa aérea ante un invierno especialmente duro.

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dos soldados ucranianos sobre un tank

Foto: 7th Army Training Command — “Strong Europe Tank Challenge 2018”, dominio público — vía Wikimedia Commons.

¿Ucrania está perdiendo la guerra? Rusia aprieta y Kiev se desgasta

Resumen

  • Ucrania resiste, pero Rusia mantiene la presión sobre el Donbás
  • Kiev afronta escasez de soldados, dinero y misiles Patriot
  • El invierno puede estrechar aún más el margen militar ucraniano

Ucrania no ha perdido la guerra ni se encuentra ante un derrumbe militar inmediato, pero su posición se ha vuelto bastante más incómoda. Kiev llega al tramo final de 2026 con escasez de soldados, graves necesidades financieras y una defensa aérea sometida a una presión creciente, mientras Rusia mantiene la iniciativa en varios sectores del Donbás y prepara otra campaña de ataques contra ciudades e infraestructuras durante el invierno.

La situación, sin embargo, está lejos de esa imagen sencilla de un Ejército ruso avanzando como una apisonadora. Moscú gana terreno con enorme lentitud, continúa pagando un precio elevado por cada avance y no ha conseguido provocar la ruptura operacional de las líneas ucranianas que lleva buscando desde hace meses. Ucrania está peor que hace un tiempo, sí; derrotada, no. Y esa diferencia no es un detalle semántico: es prácticamente la historia de esta guerra.

El debate sobre una posible derrota ucraniana ha vuelto a cobrar fuerza coincidiendo con una nueva ronda diplomática de Steve Witkoff y Jared Kushner entre Moscú y Kiev. La tesis más pesimista es contundente: Ucrania se está quedando sin hombres, dinero y misiles Patriot mientras Vladímir Putin conserva buena parte de sus objetivos iniciales. Parte del diagnóstico encaja con la realidad. Otra parte necesita bastante más bisturí.

Ucrania tiene menos margen, pero el frente no se ha derrumbado

El problema más visible está en el este. Rusia continúa tratando de hacerse con el conjunto de la región de Donetsk y mantiene bajo presión el cinturón urbano formado alrededor de Sloviansk, Kramatorsk, Kostiantynivka y Druzhkivka, una sucesión de ciudades fortificadas cuya caída cambiaría notablemente el mapa de la guerra.

Las tropas ucranianas afrontan dificultades conocidas: falta de personal, unidades desgastadas, rotaciones complicadas y una movilización que sigue sin proporcionar todo el volumen humano que necesitaría un conflicto de semejante tamaño. Rusia dispone de una reserva demográfica mayor y puede permitirse algo que Ucrania tiene mucho más difícil: absorber pérdidas durante largos periodos.

Eso explica buena parte de la presión sobre Kiev. No significa, sin embargo, que el Ejército ruso esté atravesando las defensas a velocidad de vértigo.

Rusia avanza en Donetsk, pero sigue avanzando despacio

Los datos disponibles sobre agosto dibujan una guerra mucho menos espectacular que los discursos políticos. Las fuerzas rusas consiguieron nuevas ganancias territoriales, especialmente en Donetsk, pero sin obtener una ruptura decisiva. Rusia consolidó o conquistó alrededor de 90 kilómetros cuadrados durante agosto, un ritmo muy alejado de una ofensiva capaz de hundir rápidamente el frente.

Incluso alrededor de Sloviansk y Kramatorsk, donde la presión rusa preocupa especialmente a Kiev, el escenario continúa siendo disputado. Las fuerzas ucranianas han realizado contraataques y recuperado posiciones en algunos sectores, mientras varias afirmaciones rusas sobre localidades supuestamente conquistadas han resultado exageradas.

Es la desagradable paradoja del conflicto. Ucrania puede estar perdiendo margen estratégico sin estar perdiendo necesariamente el frente. Rusia empuja; Ucrania cede aquí, recupera allá, construye otra línea unos kilómetros detrás. El mapa se mueve, pero a veces necesita lupa.

Para Moscú ese ritmo puede ser suficiente si su apuesta consiste precisamente en resistir más tiempo que el adversario. Putin no necesita necesariamente una cabalgada hasta Kiev. Puede buscar algo bastante menos cinematográfico: desgastar lentamente al Ejército ucraniano, deteriorar su economía y esperar a que sus aliados comiencen a preguntarse cuánto tiempo más están dispuestos a pagar la factura.

Los Patriot son el cuello de botella más peligroso

Mucho más urgente resulta la defensa aérea. Ucrania necesita interceptores Patriot para enfrentarse especialmente a los misiles balísticos rusos, uno de los tipos de ataque más difíciles de detener con otros sistemas disponibles.

Afirmar que Kiev se ha quedado completamente sin misiles Patriot resulta excesivo. Ucrania sigue empleando sus defensas y Alemania anunció este 8 de septiembre el envío urgente de más interceptores PAC-2 procedentes de sus propias reservas. Pero detrás de la exageración existe un problema muy real: la cantidad disponible es insuficiente para cubrir permanentemente un país del tamaño de Ucrania frente a ataques cada vez más numerosos.

Rusia, además, está cambiando el menú. Ha aumentado el uso de drones más rápidos, incluidos modelos con propulsión a reacción, al tiempo que combina aparatos baratos con misiles de crucero y proyectiles balísticos. La intención es sencilla y bastante brutal: saturar las defensas, obligar a Ucrania a gastar munición costosa y encontrar los huecos.

Kiev intenta responder desarrollando interceptores baratos contra drones y ampliando su propia producción. Es una carrera industrial en toda regla. Lanzar un aparato relativamente barato para obligar al adversario a emplear un misil muchísimo más caro tiene una lógica económica feroz; la guerra moderna también se libra con calculadora.

Los últimos ataques contra Kiev han vuelto a demostrarlo. Rusia ha mantenido los bombardeos con drones y misiles, dejando muertos, heridos y daños en edificios e infraestructuras. Las defensas ucranianas derriban buena parte de los proyectiles, pero cada oleada consume unas reservas que no son infinitas.

Dinero y soldados: las dos facturas del desgaste

La segunda amenaza es económica. Ucrania necesita decenas de miles de millones para mantener simultáneamente el funcionamiento del Estado y una guerra industrial que devora munición, drones, vehículos, salarios, fortificaciones y sistemas de defensa aérea.

La Unión Europea aprobó un préstamo de 90.000 millones de euros para 2026 y 2027, destinado tanto a necesidades presupuestarias como militares. De esa cantidad, unos 60.000 millones están previstos para defensa. No es una aportación menor; de hecho, desmonta la idea de una Europa que simplemente observa el conflicto desde la barrera.

El inconveniente es que las necesidades ucranianas también son gigantescas. Kiev continúa teniendo un agujero financiero que debe cubrir con ayuda exterior y está intentando adelantar fondos previstos para más adelante. La supervivencia económica del país se ha convertido así en otra línea del frente, menos fotogénica que una trinchera pero igual de decisiva.

Con los soldados ocurre algo parecido. La escasez de personal es estructural, no un problema que pueda resolverse comprando otro paquete de armamento. Ucrania tiene una población considerablemente menor que Rusia, millones de ciudadanos se encuentran fuera del país y cuatro años y medio de guerra han castigado a las unidades que llevan demasiado tiempo entrando y saliendo del frente.

Ahí está quizá la mayor ventaja rusa. El Kremlin también sufre problemas de reclutamiento y pérdidas enormes, pero dispone de una reserva humana superior y de más capacidad para sostener una guerra larga. En una batalla de desgaste, el tamaño termina importando. No siempre decide; importa.

Trump, Putin y una paz que todavía no tiene forma

El otro frente abierto está en los despachos. Witkoff y Kushner viajaron primero a Moscú y después a Kiev para explorar una salida negociada. Donald Trump había presentado la misión como parte de una propuesta concreta para terminar la guerra, aunque los encuentros concluyeron sin ningún avance decisivo.

Tampoco parece exacto afirmar que Washington no presentó absolutamente ninguna idea nueva. Volodímir Zelenski calificó algunas de las propuestas estadounidenses como razonables y Estados Unidos continúa explorando una posible reunión trilateral. Otra cosa es que exista algo parecido a un acuerdo de paz. No lo hay.

Las posiciones fundamentales permanecen muy alejadas. Rusia continúa reclamando concesiones territoriales y garantías sobre el futuro estratégico de Ucrania, mientras Kiev rechaza entregar por adelantado territorios que Moscú ni siquiera controla completamente.

Putin, por su parte, mantiene la impresión de que el tiempo juega a favor de Rusia. Esa percepción probablemente explica más sobre su actitud negociadora que cualquier futura promesa comercial estadounidense. Si el Kremlin considera que dentro de seis meses tendrá una posición militar mejor, tiene pocos incentivos para aceptar unas condiciones que considera insuficientes en septiembre.

Trump apuesta por el movimiento contrario: conseguir que la perspectiva de normalizar relaciones económicas entre Washington y Moscú vuelva más atractivo un acuerdo. El planteamiento tiene algo del lenguaje empresarial que rodea habitualmente al presidente estadounidense. Pero una guerra no es una promoción inmobiliaria con dos socios peleándose por las escrituras. Hay territorio ocupado, miles de muertos y objetivos políticos incompatibles.

Europa sostiene a Kiev, aunque no puede tapar todos los agujeros

También merece matices la acusación de que Europa ha abandonado prácticamente a Ucrania. La UE y sus Estados miembros han comprometido enormes cantidades de asistencia desde 2022 y el nuevo paquete de 90.000 millones para 2026-2027 confirma que el apoyo financiero continúa.

Otra cosa es preguntarse si ese apoyo basta.

Ucrania quiere más sistemas antiaéreos, más interceptores, munición de largo alcance y entregas rápidas procedentes de arsenales europeos existentes. Los gobiernos occidentales, mientras tanto, tienen que ayudar a Kiev sin vaciar unas reservas propias que tampoco eran precisamente exuberantes. Europa descubre, bastante tarde, que décadas de presupuestos militares cómodos producen ejércitos estupendos para los desfiles y bastante menos cómodos cuando toca alimentar una guerra industrial.

Alemania acaba de decidir sacar nuevos Patriot de sus propias existencias, precisamente porque esperar a que las fábricas produzcan los encargados para los próximos años no resuelve el invierno que está a la vuelta de la esquina.

La discusión ya no gira simplemente alrededor de cuánto dinero promete Occidente. Importan las fábricas, los plazos, los arsenales y la velocidad. Un misil que llegará en 2028 tiene indudable valor estratégico. Para una central eléctrica atacada en diciembre de 2026, bastante menos.

El invierno medirá cuánto margen conserva Kiev

Decir que Ucrania está perdiendo la guerra resulta demasiado categórico para un campo de batalla donde Rusia sigue sin conseguir el colapso militar ucraniano y donde sus avances territoriales continúan siendo lentos. Pero tampoco tendría sentido refugiarse en la fotografía contraria y fingir que Kiev simplemente necesita aguantar un poco más hasta que todo cambie.

Ucrania entra en una fase peligrosa. Tiene menos soldados disponibles, depende profundamente de la financiación exterior y necesita desesperadamente reforzar una defensa aérea sometida a una campaña rusa cada vez más sofisticada. Al mismo tiempo, sus fuerzas mantienen posiciones clave, contraatacan en determinados sectores y continúan golpeando la logística y la infraestructura militar rusa.

Putin tampoco ha conseguido la victoria que imaginaba en febrero de 2022. Cuatro años y medio después, Rusia sigue peleando por completar la conquista del Donbás. Ese dato sirve para medir tanto la resistencia ucraniana como la distancia que existe entre la propaganda de Moscú y una victoria militar definitiva.

El riesgo para Kiev es otro: que una sucesión de problemas manejables por separado —hombres, dinero, Patriot, desgaste político, invierno— termine formando una sola crisis mucho más difícil de contener. Las guerras de desgaste rara vez se rompen con una escena dramática. Primero se estrecha el margen. Después, un poco más. Hasta que un día deja de haber margen.

Ese es el peligro real de Ucrania en este momento. No una derrota consumada, sino una ecuación cada vez más estrecha en la que resistir depende de mantener soldados en las trincheras, interceptores en las baterías, dinero en las cuentas y aliados dispuestos a seguir sosteniendo todo lo anterior.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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