Historia
¿Cuántas veces se enfrentaron España y Marruecos? Todas las guerras
Una historia de guerras, asedios y batallas entre España y Marruecos, desde los choques medievales hasta Annual, Ifni y la crisis de Perejil.

Resumen
- España y Marruecos acumulan siglos de guerras, asedios y campañas
- Annual fue el mayor desastre español frente a las fuerzas rifeñas
- Desde 1958 no han vuelto a librar una guerra entre ambos Estados
España y Marruecos no han librado una sucesión continua de guerras durante siglos, aunque la geografía —apenas 14 kilómetros de agua en la parte más estrecha del Estrecho— haya hecho lo posible por mantenerlos demasiado cerca para ignorarse. Con un criterio histórico amplio pueden distinguirse nueve grandes ciclos de enfrentamientos armados desde la Edad Moderna, a los que cabe añadir la crisis militar de Perejil de 2002. Si reducimos la cuenta a guerras inequívocas entre el Estado español y el sultanato marroquí, con declaración o enfrentamiento interestatal claro, el número baja considerablemente: destacan las contiendas de 1774-1775, 1790-1791 y 1859-1860. El resto incluye asedios, campañas coloniales y guerras contra cabilas o movimientos rifeños que no obedecían necesariamente al sultán.
Hay, además, un problema bastante elemental que a veces se sacrifica para que la historia quepa mejor en un titular: hace mil años no existían España ni Marruecos como los Estados actuales. Los almorávides, almohades y benimerines gobernaron imperios norteafricanos con centro de gravedad en el actual Marruecos y combatieron repetidamente contra Castilla, León, Aragón, Navarra y Portugal. Aquellos choques son los antecedentes de una rivalidad por el Estrecho que después continuaría con nombres políticos distintos. Y sí, el marcador tiene de todo: grandes triunfos españoles, derrotas marroquíes, victorias norteafricanas muy serias y algunos desastres españoles que dejaron cicatriz durante generaciones. Annual fue el más brutal.
Antes de España y Marruecos, el Estrecho ya era un frente
El primer capítulo hay que buscarlo mucho antes de Isabel la Católica, Mohamed V o siquiera de la frontera moderna de Ceuta. En el siglo XI, la conquista cristiana de Toledo alteró el equilibrio de la Península y los reinos de taifas solicitaron ayuda al emir almorávide Yúsuf ibn Tasufín, cuyo imperio dominaba buena parte del Magreb occidental.
El 23 de octubre de 1086, en Sagrajas o Zalaca, cerca de Badajoz, Alfonso VI de León y Castilla sufrió una derrota durísima frente a los almorávides y sus aliados andalusíes. El avance castellano quedó frenado. Alfonso VI sobrevivió herido; Yúsuf regresó temporalmente a África, pero la puerta ya estaba abierta. Los almorávides terminaron controlando buena parte de Al-Ándalus.
El siguiente golpe llegó en Uclés, el 29 de mayo de 1108. Las fuerzas almorávides dirigidas por Tamim ibn Yúsuf derrotaron al ejército leonés-castellano. Allí murió Sancho Alfónsez, único hijo varón y heredero de Alfonso VI. No fue una pequeña derrota fronteriza: desapareció el heredero del monarca y buena parte de la aristocracia militar que lo acompañaba. Toledo, sin embargo, resistió.
Un siglo después cambió la dinastía norteafricana, pero no el escenario. El 18 de julio de 1195, en Alarcos, cerca de la actual Ciudad Real, el califa almohade Abu Yúsuf Yaqub al-Mansur derrotó a Alfonso VIII de Castilla. Fue uno de los grandes sustos medievales de Castilla: la derrota abrió temporalmente el camino hacia el Tajo y convirtió la frontera en una herida abierta.
Diecisiete años más tarde llegó la réplica. El 16 de julio de 1212, en Las Navas de Tolosa, una coalición encabezada por Alfonso VIII de Castilla y en la que participaron Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra derrotó al ejército almohade del califa Muhammad al-Nasir. Aquella victoria abrió el acceso castellano hacia el valle del Guadalquivir y aceleró el retroceso almohade en la Península. No fue, conviene insistir, España contra Marruecos, pero sí uno de los grandes choques entre los poderes peninsulares y un imperio nacido al otro lado del Estrecho.
El último intento norteafricano de gran envergadura llegó con los benimerines o mariníes, dinastía que gobernaba Marruecos. El 30 de octubre de 1340, Alfonso XI de Castilla y Alfonso IV de Portugal derrotaron en la batalla del Salado, cerca de Tarifa, al sultán Abu al-Hasan y a las fuerzas nazaríes de Yusuf I de Granada. Fue un momento decisivo: después de aquella derrota ningún gran ejército magrebí volvió a intentar conquistar extensamente la Península. La lucha por el Estrecho continuaría, pero el sentido estratégico había cambiado.
Del siglo XVII a 1791: Marruecos recupera terreno
Con la formación de la monarquía hispánica comienza una historia mucho más reconocible. Melilla fue ocupada por fuerzas castellanas el 17 de septiembre de 1497, pero hay un detalle que desmonta bastante épica acumulada después: la ciudad estaba prácticamente abandonada y la ocupación se realizó sin una gran batalla. Así que 1497 no debe presentarse como una guerra hispano-marroquí.
Durante los siglos XVI y XVII España estableció o conservó distintos presidios en la costa norteafricana. Larache quedó en manos españolas en 1610 y La Mamora, actual Mehdía, fue ocupada en 1614. Marruecos, entretanto, fue consolidándose bajo la dinastía alauí. Y cuando apareció Muley Ismaíl, las cosas cambiaron deprisa.
El 3 de mayo de 1681, las tropas marroquíes recuperaron La Mamora. Fue una victoria clara del sultán sobre una posición española que llevaba casi siete décadas ocupada. Ocho años después llegó un golpe mayor: en 1689, el ejército de Muley Ismaíl sitió y conquistó Larache, defendida por una guarnición española. La plaza llevaba bajo dominio hispánico desde 1610. Marruecos estaba recuperando su fachada atlántica, trozo a trozo.
El asedio de Ceuta que duró más de tres décadas
El gran objetivo era Ceuta. El 23 de octubre de 1694 comenzó el extraordinario sitio de los Treinta y Tres Años, una de las operaciones de asedio más prolongadas de aquella época. Las fuerzas de Muley Ismaíl rodearon Ceuta por tierra mientras la comunicación marítima permitió a España abastecer la plaza. Hubo bombardeos, ataques a las murallas, contragolpes españoles, epidemias, años de aparente calma y nuevos ataques.
En 1720 una poderosa expedición española dirigida por el marqués de Lede obligó temporalmente a retroceder a los sitiadores; después regresaron. La muerte de Muley Ismaíl y las disputas sucesorias marroquíes precipitaron finalmente el abandono del cerco en abril de 1727. Marruecos había recuperado varias plazas atlánticas, pero no consiguió tomar Ceuta.
Y hubo más. En 1774 el sultán Mohammed III decidió atacar las posesiones españolas. Carlos III respondió con una declaración de guerra. La ofensiva principal cayó sobre Melilla desde el 9 de diciembre de 1774, con ataques también sobre el peñón de Vélez de la Gomera. La fortaleza melillense, dirigida por Juan Sherlock, soportó aproximadamente cien días de asedio y miles de proyectiles. El 19 de marzo de 1775 las tropas marroquíes levantaron el sitio. España había resistido uno de los intentos más serios de Marruecos por recuperar la ciudad.
Apenas quince años después volvió la pólvora. Tras la muerte de Mohammed III, Muley Yazid llegó al poder y lanzó una nueva ofensiva contra Ceuta. El sitio de 1790-1791 tuvo como escenario principal el campo exterior ceutí: artillería, ataques sobre las fortificaciones, contrabatería española y negociaciones que aparecían y desaparecían según el momento político. España logró conservar la ciudad. Otra guerra sin modificación decisiva de la frontera, pero bastante lejos de ser una discusión diplomática educada.
1859-1860: la Guerra de África que convirtió a Prim en héroe
La Guerra de África de 1859-1860 es probablemente la guerra clásica entre España y Marruecos más clara de toda esta historia. Aquí no hay que hacer demasiados malabarismos terminológicos: el Gobierno de Leopoldo O’Donnell declaró la guerra al sultanato marroquí el 22 de octubre de 1859, después de meses de incidentes alrededor de Ceuta.
El origen inmediato estuvo en los ataques contra las obras españolas del campo exterior ceutí, aunque detrás había bastante más. O’Donnell gobernaba una España necesitada de cohesión interna y prestigio exterior. El patriotismo decimonónico hizo el resto. La guerra despertó un entusiasmo popular considerable, con voluntarios, discursos, banderas y periódicos convencidos de que la campaña africana devolvería brillo internacional al país.
La campaña comenzó alrededor de Ceuta. El 25 de noviembre de 1859 se libró la acción del Serrallo; durante noviembre y diciembre hubo sucesivos combates en Sierra Bullones. El 1 de enero de 1860, la batalla de Los Castillejos convirtió al general Juan Prim en uno de los grandes nombres militares del momento. Las tropas españolas lograron desalojar a las fuerzas marroquíes y continuar hacia Tetuán.
El camino no fue precisamente un paseo colonial con banda de música. Hubo temporales, hambre, enfermedades y dificultades logísticas enormes. El 14 de enero se combatió en Cabo Negro y el 31 de enero, en Torre Geleli o Uad el Jelú. Después llegó el gran objetivo.
Los días 4 y 5 de febrero de 1860 se libró la batalla de Tetuán. Las fuerzas de O’Donnell derrotaron al ejército marroquí y ocuparon la ciudad. De la artillería capturada salió incluso una curiosidad que sigue a la vista en Madrid: parte del bronce de los cañones marroquíes se utilizó posteriormente para fundir los célebres leones del Congreso de los Diputados.
Quedaban todavía dos enfrentamientos importantes. El 11 de marzo llegó el duro combate de Samsa y el 23 de marzo, la batalla de Wad-Ras. La derrota marroquí abrió la posibilidad de que el ejército español continuara hacia Tánger y empujó al sultán Mohammed IV a negociar.
El Tratado de Wad-Ras del 26 de abril de 1860 reconoció la victoria española. Marruecos aceptó una fuerte indemnización, amplió el perímetro de Ceuta y Melilla y asumió otros compromisos territoriales y comerciales. España ocupó temporalmente Tetuán mientras se satisfacía la indemnización. Fue una victoria militar clara, aunque con un precio humano enorme: enfermedad, cólera y disentería mataron a numerosos soldados. La guerra romántica, vista de cerca, olía bastante menos a óleo histórico y mucho más a hospital de campaña.
1893-1927: Margallo, Barranco del Lobo y el trauma de Annual
Después de 1860 comienza el tramo más complejo porque Marruecos, los rifeños y el sultán no eran necesariamente el mismo bando. Las cabilas del Rif podían combatir contra España y, simultáneamente, desobedecer al majzén, el poder central marroquí. Meter todos esos conflictos en la misma caja conduce a errores históricos bastante gruesos.
En 1893 estalló la llamada Guerra de Margallo alrededor de Melilla. El detonante fue la construcción de fortificaciones españolas en terrenos considerados sensibles por las cabilas próximas. A comienzos de octubre miles de guerreros rifeños atacaron las posiciones exteriores de la ciudad. La situación se agravó durante las semanas siguientes y el 28 de octubre de 1893 murió el gobernador militar, Juan García Margallo, durante una salida desde Cabrerizas Altas.
España envió refuerzos masivos y una escuadra naval. El conflicto terminó en 1894. Técnicamente conviene no presentarlo como una guerra sencilla entre Madrid y Rabat: el propio sultán intentó restablecer su autoridad sobre las cabilas. Era una guerra en territorio marroquí, sí, pero con un tablero político bastante más fragmentado.
El siguiente gran episodio llegó en 1909. El 9 de julio, trabajadores españoles del ferrocarril minero próximo a Melilla fueron atacados por rifeños. Madrid movilizó reservistas y la medida ayudó a provocar en Barcelona la Semana Trágica. Mientras tanto, sobre el terreno empezaba otra campaña.
El 27 de julio de 1909, en las estribaciones del Gurugú, llegó el desastre del Barranco del Lobo. Las fuerzas españolas se internaron por un terreno perfecto para las emboscadas rifeñas y sufrieron una derrota severa. Entre los muertos estuvo el general Guillermo Pintos. Aquel barranco entró en el imaginario español como sinónimo de una guerra mal preparada y de soldados enviados a un paisaje que sus mandos conocían peor que el enemigo.
España recuperó después la iniciativa. Durante septiembre y otoño se combatió en Taxdirt, Hidum, Nador, Zeluán, Beni Bu Ifrur y el Gurugú. A finales de noviembre una gran operación permitió obtener la sumisión de varias cabilas y Madrid dio por terminada la campaña. Pero el problema del Rif no estaba resuelto. Apenas se había cambiado de capítulo.
Annual: el golpe que hizo temblar a España
El establecimiento del Protectorado español en el norte de Marruecos en 1912 llevó a nuevas campañas. España controlaba formalmente una zona cuya realidad sobre el terreno era mucho menos obediente que los mapas coloreados en los despachos europeos. Hubo operaciones alrededor de Tetuán, Xauen, Larache, el Kert y numerosas posiciones del Rif. En 1920 el general Manuel Fernández Silvestre inició un avance desde Melilla hacia el interior. Parecía que todo iba bien. Demasiado bien.
En el verano de 1921, Abd el-Krim y las cabilas rifeñas demostraron exactamente cuánto valía aquel optimismo. Las posiciones españolas estaban dispersas, mal abastecidas y extendidas demasiado lejos. Tras la caída de Abarrán y el cerco de Igueriben, el frente comenzó a venirse abajo.
El 22 de julio de 1921, el ejército comenzó a retirarse de Annual. Aquello dejó de ser una retirada ordenada y se convirtió en un derrumbe. Monte Arruit, Zeluán y numerosos puestos fueron cayendo uno tras otro. El general Silvestre murió durante el desastre y miles de soldados españoles quedaron muertos, heridos, desaparecidos o prisioneros.
Annual fue, sin discusión razonable, el mayor golpe militar infligido por fuerzas rifeñas a España. Las estimaciones varían según qué unidades y desaparecidos se incluyan, pero las cifras habitualmente manejadas sitúan las pérdidas españolas en varios miles de hombres, con estimaciones que superan ampliamente los 7.000 muertos o desaparecidos durante el colapso de la Comandancia General de Melilla.
Y conviene insistir: Annual tampoco fue el Ejército de Marruecos derrotando al Ejército español. Abd el-Krim encabezaba una rebelión rifeña que acabaría articulándose como la República del Rif y que tampoco reconocía la autoridad efectiva del sultán. Esa diferencia jurídica y política no hizo más pequeños los cementerios.
Alhucemas cambió el rumbo de la Guerra del Rif
España reaccionó recuperando posiciones alrededor de Melilla, pero acabar definitivamente con la resistencia rifeña exigía entrar en su corazón político y militar. La situación cambió cuando Abd el-Krim extendió la ofensiva hacia el Protectorado francés. París dejó entonces de contemplar el problema español desde una prudente distancia y pasó a compartirlo.
El 8 de septiembre de 1925 comenzó el desembarco de Alhucemas, operación anfibia hispano-francesa dirigida en el lado español por Miguel Primo de Rivera. Tropas, barcos y aviación actuaron coordinadamente para establecer una cabeza de playa frente al territorio controlado por Abd el-Krim. La operación rompió el equilibrio estratégico de la guerra.
Después llegaron las operaciones sobre Axdir y el progresivo derrumbe de la República del Rif. Abd el-Krim se entregó a los franceses en 1926 y las últimas campañas continuaron hasta la pacificación del Protectorado en 1927. España había pasado en apenas unos años del abismo de Annual a una victoria militar decisiva. El precio, otra vez, fue enorme. Y la política española tampoco salió intacta: Annual alimentó una crisis de legitimidad, investigaciones sobre responsabilidades y un clima que precedió al golpe de Primo de Rivera de 1923.
1957-1958: Ifni, la guerra incómoda del franquismo
Marruecos recuperó su independencia en 1956, pero España conservó territorios africanos como Ifni y el Sáhara español. Allí comenzó el último conflicto en el que fuerzas españolas combatieron a un movimiento armado directamente vinculado al nacionalismo territorial marroquí.
La Guerra de Ifni-Sáhara comenzó el 23 de noviembre de 1957, cuando el denominado Ejército de Liberación atacó simultáneamente varias posiciones españolas. El matiz vuelve a ser importante: no se trató oficialmente de una declaración de guerra del recién independizado Reino de Marruecos, aunque el movimiento perseguía incorporar a Marruecos los territorios administrados por España y actuaba dentro de un contexto político marroquí claramente favorable a esa reivindicación.
Sidi Ifni resistió, pero numerosos puestos aislados quedaron cercados o fueron abandonados. En Tiliuín, tropas españolas sitiadas fueron reforzadas el 29 de noviembre mediante una operación paracaidista de combate. Después la posición fue evacuada. También hubo combates alrededor de Telata y otros enclaves del interior.
El choque más sangriento se produjo bastante más al sur. El 13 de enero de 1958, cerca de Edchera, en el Sáhara español, una fuerza de la XIII Bandera de la Legión mantuvo durante horas un combate durísimo contra el Ejército de Liberación. Fue una de las acciones más graves de toda la campaña.
España y Francia respondieron en febrero con la Operación Teide-Ecouvillon, una ofensiva conjunta que desmanteló buena parte de las fuerzas del Ejército de Liberación en el Sáhara. Militarmente, España consiguió conservar las posiciones esenciales; políticamente, el viento soplaba en dirección contraria. En abril de 1958 el Tratado de Sintra supuso la cesión de Cabo Juby a Marruecos. Ifni permanecería bajo administración española hasta 1969.
Llamarlo simplemente victoria española o victoria marroquí empobrece lo ocurrido. España ganó varios combates, sostuvo Sidi Ifni y destruyó junto a Francia buena parte de las fuerzas atacantes; Marruecos, en cambio, terminó incorporando los territorios que reclamaba en aquella zona. Victoria táctica española, retroceso colonial español a medio plazo. La historia suele tener esa mala costumbre de estropear los marcadores sencillos.
De Perejil al presente: la rivalidad dejó de medirse en batallas
Después de Ifni no hubo otra guerra entre España y Marruecos. La crisis que más cerca estuvo de devolver imágenes militares a las portadas ocurrió en julio de 2002, y precisamente por un pedazo de roca tan pequeño que parecía concebido por un guionista con sentido del humor: el islote de Perejil, frente a la costa marroquí y cerca de Ceuta.
Un grupo de gendarmes marroquíes ocupó el islote el 11 de julio de 2002 e izó la bandera de Marruecos. España exigió su retirada, desplegó unidades navales y finalmente ejecutó la Operación Romeo-Sierra en la madrugada del 17 de julio. Fuerzas especiales españolas descendieron sobre Perejil, detuvieron al destacamento marroquí y recuperaron el islote. Lo extraordinario, teniendo en cuenta el despliegue militar, es que no se produjo una batalla.
La mediación estadounidense, con el secretario de Estado Colin Powell, permitió regresar pocos días después al statu quo previo y desmilitarizar el islote. Aquello fue una crisis armada entre los dos países, quizá el momento de mayor tensión militar bilateral de las últimas décadas, pero no una guerra.
Siglos de choques, pero no una guerra eterna
Así queda una historia bastante distinta de la caricatura de dos vecinos combatiendo ininterrumpidamente desde hace siglos. Los antecedentes medievales dejaron victorias norteafricanas espectaculares en Sagrajas, Uclés y Alarcos, contestadas por Las Navas de Tolosa y el Salado. Ya con estructuras políticas más reconocibles, Marruecos recuperó La Mamora y Larache, pero fracasó durante décadas ante Ceuta y tampoco pudo conquistar Melilla en 1774-1775. España obtuvo su victoria interestatal más rotunda en 1859-1860, con Castillejos, Tetuán y Wad-Ras.
Después llegó un tipo de guerra diferente. Margallo, Barranco del Lobo y, sobre todo, Annual demostraron que la superioridad material española servía de poco cuando el terreno, la logística y los errores de mando trabajaban para el adversario. Alhucemas dio la vuelta a aquella guerra. Ifni confirmó tres décadas después que ganar militarmente una campaña colonial no significaba conservar políticamente una colonia.
Contando los grandes ciclos desde la Edad Moderna, la historia ofrece nueve grandes etapas de enfrentamiento armado: las luchas por los presidios atlánticos del siglo XVII; el larguísimo sitio de Ceuta de 1694-1727; la guerra de 1774-1775; la de 1790-1791; la Guerra de África de 1859-1860; Margallo en 1893-1894; la campaña de Melilla de 1909; las guerras del Protectorado y del Rif hasta 1927; y la Guerra de Ifni-Sáhara de 1957-1958. Perejil, en 2002, sería un episodio militar adicional, pero sin llegar a convertirse en guerra.
No es un historial de enemigos eternos. Es algo mucho más mediterráneo y bastante más complicado: dos países pegados a la misma puerta marítima, obligados durante siglos a comerciar, negociar, desconfiar, pactar y, algunas veces, dispararse. El Estrecho es muy pequeño. La historia acumulada a sus dos orillas, no.












