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Historia

¿Cómo repartió Europa África y qué dejó la Conferencia de Berlín?

La Conferencia de Berlín no dibujó África de una sentada, pero fijó las reglas del reparto colonial que cambió fronteras y Estados durante décadas.

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la Conferencia de Berlín

Foto: Adalbert von Rossler — “Über Land und Meer. Allgemeine Illustrierte Zeitung”, 1884-1885, dominio público — vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • Berlín fijó reglas que aceleraron el reparto colonial de África
  • Los africanos quedaron fuera de una conferencia que decidió sobre sus tierras
  • Las fronteras coloniales siguieron pesando tras las independencias

La Conferencia de Berlín de 1884-1885 no dibujó en una tarde, regla en mano y sobre un mantel, todas las fronteras actuales de África. Esa imagen resulta irresistible porque explica medio continente en cinco segundos, pero es demasiado simple. Lo que sí hizo la reunión convocada por Otto von Bismarck fue establecer un marco diplomático para que las potencias europeas pudieran extender sus dominios africanos, reconocer sus reclamaciones y evitar, en lo posible, que la carrera colonial terminase en una guerra entre ellas. Los africanos, entretanto, quedaron fuera de la sala. Literalmente.

Ese matiz no rebaja la gravedad histórica de Berlín; más bien la aclara. Europa convirtió la expansión colonial en un procedimiento aceptable entre europeos, mientras pueblos, reinos, ciudades, rutas comerciales y comunidades que llevaban siglos organizándose en África no disponían de una silla desde la que discutir su propio futuro. Después vendrían los tratados, las expediciones militares, las anexiones y las negociaciones bilaterales que acabarían trazando buena parte del mapa. En 1870 aproximadamente una décima parte del continente estaba bajo control europeo; en vísperas de la Primera Guerra Mundial, la proporción rondaba el 90 %.

Berlín no repartió el mapa, pero cambió las reglas del juego

La conferencia comenzó el 15 de noviembre de 1884 y terminó el 26 de febrero de 1885. Participaron 14 Estados: Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Países Bajos, Portugal, Reino Unido, Rusia, el Imperio otomano y Suecia-Noruega. Resulta difícil encontrar una fotografía más nítida del orden internacional del siglo XIX: había sitio para Washington y Constantinopla; no lo había para una autoridad política africana.

Bismarck presidía una Alemania recién convertida en gran potencia y cada vez más interesada en la expansión ultramarina. Pero Berlín tampoco fue simplemente una subasta inmobiliaria para entregar parcelas a quien levantase la mano. La conferencia abordó sobre todo el comercio en la cuenca del Congo, la navegación por los ríos Congo y Níger, la neutralidad de determinadas áreas y las condiciones que debían acompañar las nuevas ocupaciones coloniales.

Los artículos 34 y 35 del Acta General resultaron especialmente significativos. Una potencia que adquiriese determinados territorios o estableciese un protectorado debía comunicarlo a los demás signatarios y demostrar una autoridad capaz de hacer respetar sus derechos. De ahí procede la famosa idea de la ocupación efectiva, aunque la regla fue más limitada y jurídicamente más compleja de lo que suele contarse. No bastaba, al menos sobre el papel, con plantar una bandera junto a una playa, volver al barco y colorear después medio atlas.

El resultado político, sin embargo, fue demoledor. Las potencias tenían un incentivo para pasar de las reclamaciones vagas a la presencia territorial. El mapa comenzó a llenarse de puestos militares, administradores, compañías concesionarias y expediciones enviadas a convertir una declaración europea en dominio colonial real. El lenguaje de la diplomacia era exquisito; detrás aparecían fusiles, impuestos y trabajo forzado. La civilización, como tantas veces, llegaba acompañada de un contable.

El gran mito de las fronteras dibujadas en una mesa

Decir que en Berlín se trazaron las actuales fronteras africanas es históricamente incorrecto. Muchas se fijaron años o incluso décadas después mediante tratados entre potencias, negociaciones, levantamientos cartográficos, conquistas y sucesivas rectificaciones. La formación inicial de buena parte de esos límites se produjo durante la década posterior a la conferencia y numerosas delimitaciones definitivas llegaron bien entrado el siglo XX.

Esto tampoco permite caer en el extremo contrario y presentar las fronteras coloniales como inocuas. Muchas dividieron comunidades políticas o grupos étnicos, separaron circuitos económicos y unieron bajo una misma administración territorios con trayectorias históricas distintas. Estudios económicos e históricos han relacionado esa fragmentación con mayores niveles posteriores de violencia política, discriminación y dificultades de desarrollo en determinadas regiones.

Pero África no era antes de 1884 una postal de armonía que Europa rompió con un lápiz. Había imperios, monarquías, ciudades-Estado, comunidades descentralizadas, guerras, alianzas, rivalidades comerciales y fronteras propias, algunas cambiantes. El colonialismo no inventó el conflicto humano. Sí introdujo otra cosa: Estados diseñados prioritariamente conforme a intereses externos, incorporados después a economías imperiales cuyo centro de decisión estaba a miles de kilómetros.

El Congo de Leopoldo II, la cara más brutal del sistema

Pocas historias condensan mejor aquella contradicción que el Congo. Leopoldo II, rey de los belgas, llevaba años impulsando organizaciones supuestamente científicas y filantrópicas con las que construyó su proyecto africano. Durante el proceso diplomático de Berlín, las potencias fueron reconociendo a la Asociación Internacional del Congo vinculada al monarca. De ese entramado surgiría en 1885 el Estado Libre del Congo, colocado bajo la soberanía personal de Leopoldo y no, inicialmente, como una colonia ordinaria del Estado belga.

Conviene precisarlo porque la versión según la cual 14 señores simplemente regalaron el Congo a Leopoldo funciona estupendamente como caricatura, pero comprime demasiado lo ocurrido. Hubo reconocimientos diplomáticos progresivos, acuerdos territoriales y negociaciones anteriores y posteriores a la conferencia. Berlín fue decisivo como escaparate y legitimación internacional del proceso; no fue una escritura de compraventa del Congo firmada colectivamente.

Lo que sucedió después necesita mucho menos adorno. El sistema de explotación construido en el Estado Libre del Congo recurrió al trabajo forzado, a la coerción militar y a una violencia extraordinaria, especialmente cuando el auge mundial del caucho convirtió la selva congoleña en una máquina de producir beneficios. Comunidades enteras quedaron sometidas a cuotas; hubo toma de rehenes, castigos, asesinatos y mutilaciones. La dimensión exacta de la catástrofe demográfica sigue siendo objeto de discusión histórica, pero la brutalidad del régimen no lo es. La presión internacional terminó contribuyendo a que Bélgica anexionara el territorio en 1908.

Y ahí aparece una de las ironías más oscuras de Berlín. El Acta General hablaba de mejorar las condiciones de las poblaciones indígenas y combatir la esclavitud. La retórica humanitaria convivió perfectamente con sistemas coloniales de extracción, coerción y violencia. El siglo XIX europeo tenía una habilidad formidable para redactar principios universales con una mano mientras con la otra comprobaba el precio del caucho.

De la carrera colonial al mapa que heredaron las independencias

La Conferencia de Berlín aceleró un proceso que llevaba tiempo gestándose. Francia avanzaba por África occidental y ecuatorial; el Reino Unido buscaba asegurar rutas, mercados y posiciones estratégicas; Portugal defendía antiguas pretensiones en Angola y Mozambique; Alemania entraba en la competición colonial; Italia también aspiraba a construir un imperio. España participaba con intereses propios en el norte y el oeste africanos. Cada potencia tenía sus razones, pero todas compartían una ventaja fundamental: negociaban entre ellas sobre territorios habitados por otros.

A finales del siglo XIX, el continente cambió a una velocidad vertiginosa. Conquistas militares, protectorados y administraciones coloniales fueron sustituyendo soberanías africanas. Ferrocarriles, puertos y carreteras modificaron economías enteras, aunque muchas infraestructuras se diseñaron pensando en transportar materias primas desde el interior hasta la costa, no en construir mercados nacionales equilibrados.

Ese legado importa porque los Estados independientes heredaron tanto esas infraestructuras como sus desequilibrios, sus capitales administrativas, instituciones coloniales y fronteras. Pero atribuir cualquier problema africano contemporáneo a Berlín sería convertir la historia en astrología política: nació bajo este signo, luego necesariamente ocurrirá aquello. La herencia colonial pesa, sí; no explica por sí sola cada guerra, cada crisis o cada trayectoria económica posterior.

Por qué las fronteras coloniales siguieron en pie

Cuando llegó la gran oleada de independencias de mediados del siglo XX, modificar masivamente las fronteras podía abrir una caja de Pandora. Un Estado podía reclamar una comunidad situada al otro lado de la línea; el vecino podía responder reclamando otra provincia; después aparecería un tercero con un mapa anterior. El continente podía quedar convertido en un pleito territorial sin fin.

Por eso fue la Organización para la Unidad Africana, y no Naciones Unidas, la que adoptó en El Cairo en julio de 1964 el principio de respeto a las fronteras existentes en el momento de alcanzar la independencia. Sus dirigentes conocían perfectamente el origen colonial de muchas de aquellas líneas. Decidieron mantenerlas precisamente porque temían que redibujarlas generase todavía más guerras. Era una solución conservadora ante un problema explosivo: aceptar el mapa heredado para impedir que cada frontera se transformara en un frente.

Eso explica también por qué tantas fronteras aparentemente extrañas han sobrevivido. No porque los dirigentes africanos considerasen impecable el trabajo de los imperios, sino porque desmontar aquel mapa podía resultar todavía más peligroso. La paradoja era incómoda: unos Estados recién emancipados tenían que conservar, para proteger su estabilidad, líneas territoriales nacidas durante la dominación extranjera.

Berlín pesa, pero África no cabe en una sola explicación

La herencia colonial tiene efectos medibles. La investigación económica e histórica ha relacionado la partición de grupos étnicos, las instituciones extractivas, determinados modelos administrativos y la distribución colonial de infraestructuras con diferencias posteriores de desarrollo y conflictividad. Sería absurdo borrar ese pasado y empezar el análisis en 1960, como si los Estados hubieran aparecido recién desembalados.

También sería pobre explicar todos los problemas presentes mediante una reunión celebrada en Berlín hace más de 140 años. Las instituciones precoloniales, la geografía, las decisiones tomadas después de las independencias, las dictaduras, guerras internacionales y civiles, la Guerra Fría, las políticas económicas, la corrupción, la calidad institucional, los mercados mundiales o las intervenciones extranjeras posteriores forman parte de historias muy diferentes según el país. Incluso existe debate académico sobre cuánto persisten realmente algunos efectos coloniales con el paso del tiempo.

Y quizá ahí esté uno de los vicios de la frase “por qué África no funciona”. África no es un Estado. Son 54 países reconocidos por Naciones Unidas, más de 1.400 millones de personas y una variedad política, económica, lingüística y social inmensa. Poner en el mismo saco a Botsuana, Somalia, Mauricio, Nigeria, Marruecos, Ruanda o Sudáfrica produce aproximadamente la misma claridad que explicar Portugal, Noruega, Ucrania y Albania diciendo simplemente “Europa”.

Lo que Berlín ayuda a comprender no es una supuesta incapacidad africana, sino cómo se construyó una parte del orden político que el continente heredó. Europa trató soberanías ajenas como cuestiones negociables, vistió la expansión imperial con derecho internacional y procuró reducir el coste de sus rivalidades trasladándolo fuera de Europa.

Un mapa que todavía proyecta sombra

La Conferencia de Berlín fue menos cinematográfica de lo que cuenta la leyenda y, precisamente por eso, más interesante. No hubo un instante mágico en el que Bismarck y sus invitados terminasen el café, sacasen una regla y fabricasen los actuales Estados africanos. Hubo algo más lento: un mecanismo internacional que normalizó la apropiación colonial, seguido por años de tratados, conquistas, expediciones y negociaciones entre potencias.

Muchas de aquellas líneas fueron modificadas; otras atendieron a ríos, antiguos límites políticos o circunstancias locales; bastantes separaron comunidades y consolidaron territorios concebidos desde necesidades imperiales. Todo ello terminó formando parte del material con el que las sociedades africanas tuvieron que levantar sus Estados independientes.

Berlín, pues, no explica África entera. Ninguna conferencia podría hacerlo. Pero explica algo esencial sobre la Europa imperial: mientras sus diplomáticos trataban de impedir que las potencias se disparasen unas a otras, consideraron perfectamente razonable decidir quién podía ocupar tierras africanas sin pedir permiso a quienes vivían en ellas. Aquella contradicción quedó escrita con tinta diplomática. Y algunas de sus líneas, más de un siglo después, todavía aparecen en el mapa.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.