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Historia

¿Cómo trataba la Edad Media la ansiedad, ira, envidia y depresión?

Peter Jones rescata cómo los pensadores medievales usaron los siete pecados capitales para interpretar emociones, deseos y estados de ánimo humanos

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dama escribe carta en la Edad Media

Resumen

  • Los siete pecados servían para ordenar emociones e impulsos difíciles
  • La acedia describía apatía, hastío y pérdida de propósito
  • Sus remedios no eran medicina moderna, pero buscaban entender la conducta

La Edad Media no conocía la ansiedad o la depresión como diagnósticos clínicos en el sentido actual, ni disponía de psicólogos, antidepresivos o una ciencia de la conducta comparable a la moderna. Pero eso no significa que sus pensadores ignorasen el miedo persistente, la tristeza, la ira, la envidia, las obsesiones o esa sensación de levantarse sin ganas de nada. Durante siglos desarrollaron una auténtica cartografía de las pasiones humanas, y buena parte de ella terminó organizada alrededor de los siete pecados capitales.

El historiador Peter Jones recupera ese mundo en Autoayuda medieval. Cómo reconciliarte con los siete pecados capitales, un libro que llega en castellano de la mano de Reservoir Books. Su tesis resulta provocadora porque desmonta una caricatura bastante cómoda: aquella gente que vivía entre monasterios, guerras, epidemias y campanas no pensaba únicamente en castigos divinos. También dedicó una cantidad formidable de tiempo a observar cómo una emoción podía crecer, deformarse y dominar la conducta. Cambiaba el vocabulario, por supuesto. El problema humano se parece mucho más.

Los siete pecados también eran un mapa de la mente

Orgullo, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y pereza. A primera vista parece simplemente el inventario de cosas que un predicador medieval podía utilizar para aguar una buena tarde. Sin embargo, detrás de esa lista se desarrolló durante siglos una reflexión bastante más compleja sobre los deseos, las emociones y aquello que empujaba a una persona a actuar contra su propio interés.

La tradición venía de antes. Evagrio Póntico, monje y pensador cristiano del siglo IV, había identificado ocho grandes pensamientos o tentaciones capaces de perturbar la vida espiritual. Juan Casiano llevó después parte de esas ideas al cristianismo occidental y, con el tiempo, la clasificación fue transformándose hasta desembocar en los siete grandes vicios que dominarían el imaginario medieval.

No eran equivalentes a enfermedades mentales. Conviene insistir en ello. Un teólogo del siglo XIII no estaba diagnosticando un trastorno depresivo mayor cuando hablaba de acedia, como tampoco la ira medieval corresponde automáticamente a un trastorno psicológico contemporáneo. Sería vestir a Santo Tomás con bata blanca y fonendoscopio.

Lo interesante está en otra parte. Aquellos autores comprendieron que una persona podía quedar atrapada en patrones repetitivos de pensamiento, alimentar emociones que terminaban haciéndole daño y desarrollar conductas difíciles de controlar. Y trataron de explicar por qué ocurría.

Cuando el problema no era sentir, sino sentir demasiado

Uno de los ejemplos que rescata Jones procede de Jean de la Rochelle, teólogo franciscano del siglo XIII vinculado a la Universidad de París. Su interpretación resultaba sorprendentemente matizada: los grandes vicios podían entenderse como formas de amor o deseo que se habían torcido.

La idea cambia bastante la imagen convencional del pecado medieval. El deseo no tenía necesariamente que ser malo. El problema aparecía cuando adquiría una intensidad desordenada, cuando el objeto deseado ocupaba demasiado espacio y terminaba gobernando a la persona.

Hay aquí una intuición reconocible incluso para un lector del siglo XXI. Comer es natural; la gula convierte la comida en otra cosa. Desear reconocimiento tampoco constituye por sí mismo una rareza moral; el orgullo puede convertir ese deseo en dependencia de la admiración ajena. El dinero resuelve necesidades, hasta que la acumulación se independiza de ellas.

No es psicoterapia moderna. Pero tampoco es el tosco catálogo de prohibiciones que a veces imaginamos.

La acedia medieval se parece a cosas que conocemos demasiado bien

La acedia es quizá el ejemplo más fascinante porque resulta difícil traducirla con una sola palabra. Con los siglos terminó asociándose a la pereza, aunque originalmente abarcaba un terreno bastante más oscuro: apatía, hastío, pérdida de propósito, desgana, inquietud, rechazo de las propias obligaciones e incluso desesperación.

Los monjes del desierto hablaban del llamado demonio del mediodía. No hacía falta imaginar necesariamente una criatura con cuernos paseándose por el claustro. Era una forma de describir ese estado en el que las horas parecían insoportablemente largas, el lugar donde uno vivía se volvía odioso y cualquier otra vida parecía mejor.

Evagrio describió esa experiencia con una minuciosidad que ha llamado la atención de historiadores de la psicología y de la religión. Siglos después, algunos autores han relacionado la acedia con fenómenos como la depresión, el aburrimiento profundo o el agotamiento emocional. La comparación sirve para entenderla, pero tiene límites: acedia y depresión clínica no son sinónimos.

Ahí está precisamente la parte interesante. La Edad Media interpretaba aquel malestar dentro de un universo religioso; nosotros recurrimos a categorías psicológicas, sociales y médicas. La sensación humana que intenta describirse —apatía, vacío, dificultad para encontrar sentido— puede resultar, sin embargo, inquietantemente familiar.

Ira, ansiedad, miedo y envidia tampoco pasaban inadvertidos

La ira recibió una atención enorme. No solo porque podía desembocar en violencia, sino porque se consideraba capaz de alterar el juicio. Algunos autores medievales analizaron cómo surgía, qué pensamientos la alimentaban y de qué manera podía frenarse antes de convertirse en acción.

El médico catalán Arnau de Vilanova, que vivió entre los siglos XIII y XIV, llegó a buscar remedios físicos para combatirla dentro de la teoría médica de los cuatro humores. Experimentó con preparados que hoy suenan pintorescos —y científicamente no se sostienen—, entre ellos fórmulas que incluían lengua de buey y vino. La farmacia emocional medieval tenía días complicados.

Pero Arnau también consideró que la ira debía combatirse fortaleciendo disposiciones contrarias, como el amor y la compasión. Esa parte es mucho menos exótica. La medicina podía intentar modificar el cuerpo mientras la disciplina moral trabajaba sobre pensamientos y hábitos.

La envidia tampoco se despachaba simplemente con un «no debes sentirla». Petrarca, en el siglo XIV, exploró una posibilidad bastante menos puritana: dentro de una emoción desagradable podían esconderse impulsos aprovechables.

La obsesión por lo que otro posee puede destruir a quien la siente, sí, pero la curiosidad, la atención y el deseo de alcanzar algo también pueden convertirse en combustible para crear o aprender. Lo decisivo sería transformar la dirección del impulso.

Ese modo de razonar aparece una y otra vez en la reconstrucción de Jones: no eliminar mecánicamente las emociones, sino reconocerlas, entender de dónde vienen y redirigirlas. Una formulación que, despojada de teología medieval, no resulta precisamente extraterrestre en 2026.

El pecado medieval era también una tecnología de autoobservación

La palabra pecado puede despistar al lector contemporáneo. Sugiere inmediatamente culpa, prohibición y castigo. Todo eso existía, desde luego, y con abundancia. La sociedad medieval europea estaba profundamente atravesada por el cristianismo y la preocupación por la salvación.

Pero la clasificación de los vicios cumplía además otra función: obligaba a examinar la propia conducta.

El creyente debía observar qué deseaba, cuándo aparecía la ira, por qué envidiaba al vecino, cuánto necesitaba reconocimiento o de qué manera el placer se convertía en dependencia. La confesión reforzó esa introspección. Antes de contar un pecado había que localizarlo dentro de uno mismo, ponerle nombre, buscar su origen.

Aquello generó tratados, sermones, manuales para confesores, obras literarias e imágenes. Dante convirtió las pasiones humanas en arquitectura del más allá; Giotto y El Bosco las hicieron visibles. Los pecados capitales acabaron funcionando casi como personajes: tenían familia, descendencia, síntomas y consecuencias.

Jones sostiene que entre aproximadamente 1100 y 1500 se produjo una extraordinaria concentración de reflexiones sobre la mente y las pasiones en Europa. No porque los medievales hubiesen inventado la psicología antes de Freud, una simplificación demasiado bonita para ser verdad, sino porque su proyecto religioso los empujaba constantemente a estudiar las motivaciones humanas.

Lo que la Edad Media no sabía sobre salud mental

Aquí conviene poner los pies en el suelo. Los paralelismos tienen atractivo, pero ninguna receta del siglo XIII sustituye a la psiquiatría, la psicología clínica o la medicina contemporáneas. Las enfermedades mentales tienen dimensiones biológicas, psicológicas y sociales que aquella cultura desconocía o interpretaba mediante modelos que la ciencia ha abandonado.

La teoría de los cuatro humores, por ejemplo, explicaba la salud mediante el supuesto equilibrio entre sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Durante siglos fue medicina respetable. Hoy pertenece a la historia de la medicina.

También sería injusto edulcorar el pasado. Las explicaciones religiosas podían generar culpa alrededor del sufrimiento que actualmente consideraríamos un problema de salud. Ciertos trastornos fueron interpretados como pecados, tentaciones o fenómenos sobrenaturales. Y la asistencia dependía muchísimo de la época, el territorio y la posición social.

La enseñanza no consiste, pues, en sustituir el diván por un monasterio. Está en reconocer que la preocupación por gobernar la propia mente es mucho más antigua que nuestra terminología.

Del monasterio al mindfulness hay menos distancia de la que parece

Peter Jones llegó a esta historia desde una experiencia personal. Durante sus años como profesor de historia medieval en la Universidad de Tyumen, en Siberia, atravesó una etapa de agotamiento, desilusión y melancolía. Esa situación le llevó a preguntarse cómo habría afrontado alguien de siglos atrás un malestar semejante.

La investigación terminó recorriendo manuscritos, monasterios, literatura y arte medieval. Jones, doctor en Historia Medieval por la Universidad de Nueva York y actualmente vinculado como investigador Marie Curie a la Universidad Complutense de Madrid, construye así un puente entre dos épocas que suelen mirarse con una mezcla de fascinación y superioridad.

La edición española de Autoayuda medieval tiene previsto su lanzamiento el 10 de septiembre de 2026. El título puede sonar deliberadamente contemporáneo, casi como si Tomás de Aquino estuviera a punto de abrir un canal de bienestar emocional, pero la historia que contiene va bastante más allá del juego editorial.

Nuestros antepasados no conocían las conexiones neuronales ni los neurotransmisores. Tenían otros mapas. A menudo eran equivocados, religiosos o rudimentarios; otras veces contenían observaciones extraordinariamente finas sobre la conducta.

Y esa quizá sea la sorpresa menos medieval de todas. Han cambiado los nombres, los tratamientos, la ciencia y casi todo el decorado. Seguimos enfrentándonos, sin embargo, a la ira que crece, la comparación que envenena, el deseo que se descontrola, el miedo que paraliza y la tristeza que vacía el día. Hace setecientos años no tenían nuestras respuestas. Pero llevaban mucho tiempo haciéndose algunas de las mismas preguntas.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.