Ciencia
¿Puede el sargazo del Caribe ayudar a combatir la malaria más letal?
Extractos de sargazo del Caribe inhibieron hasta un 97,35 % al parásito de la malaria en laboratorio, aunque todavía no son un tratamiento real

Por Desconocido - Ocean Explorer / NOAA, dominio público, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Extractos de sargazo inhibieron hasta un 97,35 % al parásito de la malaria
- El hallazgo afecta a Plasmodium falciparum, la forma más peligrosa
- Aún faltan pruebas en animales y humanos antes de pensar en un tratamiento
El sargazo, esa masa parda que desde hace años invade playas del Caribe, deteriora ecosistemas, desprende malos olores y obliga a destinos turísticos a gastar millones en retirarla, podría esconder una utilidad bastante más inesperada. Una investigación desarrollada en Panamá ha comprobado que extractos acuosos de dos especies de esta macroalga pueden inhibir en laboratorio el crecimiento de Plasmodium falciparum, el parásito responsable de las formas más graves de malaria.
El resultado es llamativo: en determinadas concentraciones, los extractos alcanzaron una inhibición de hasta el 97,35 % y el 96,37 %, según la especie de sargazo estudiada. Pero conviene colocar inmediatamente el freno que exige la ciencia: se trata de experimentos in vitro, no de un medicamento contra la malaria, y todavía no se ha demostrado que el efecto funcione en animales ni, mucho menos, en seres humanos.
La historia tiene además un origen poco convencional. No empezó en el departamento de investigación de una gran farmacéutica ni con un presupuesto de varios millones, sino en 2023, alrededor de un proyecto del Programa Jóvenes Científicos de Panamá. Participaron la investigadora Noemí León Correoso, el entonces estudiante de bachillerato Isaac Almanza y la biotecnóloga Lorena Coronado.
Tres años después, aquella curiosidad escolar ha terminado convertida en un trabajo científico publicado en una revista especializada. Y el sargazo, que hasta entonces parecía tener un talento especial para estropear vacaciones, motores de embarcaciones y paseos junto al mar, ha enseñado otra cara.
Del problema turístico a un hallazgo contra la malaria
Los investigadores analizaron dos especies de sargazo pelágico que llegan de manera estacional a las costas caribeñas de Panamá: Sargassum fluitans y Sargassum natans. Son precisamente dos de las macroalgas asociadas a las enormes acumulaciones que desde 2011 se han convertido en una imagen recurrente en distintas zonas del Caribe.
El procedimiento utilizado tiene una particularidad interesante. En lugar de recurrir únicamente a disolventes orgánicos complejos, el equipo preparó extractos acuosos, calentando el material a 50 grados. Dicho de una manera mucho menos académica: buscaban averiguar qué sustancias del alga podían pasar al agua y conservar actividad biológica.
Después enfrentaron esos extractos a una cepa de Plasmodium falciparum. El crecimiento del parásito se midió mediante técnicas de laboratorio y observación microscópica de muestras sanguíneas.
Y ocurrió lo importante: cuanto mayor era la concentración del extracto, mayor era generalmente la inhibición del parásito observada.
Con una concentración del 10 % volumen/volumen, el extracto de Sargassum fluitans alcanzó una inhibición del crecimiento parasitario de hasta el 97,35 %. El de Sargassum natans llegó al 96,37 %.
No es una diferencia cosmética. Son cifras suficientemente altas para justificar que el trabajo continúe y se intente averiguar qué moléculas están detrás del efecto.
Dos algas y una sorpresa con Plasmodium falciparum
El equipo comprobó además mediante microscopía que los parásitos presentaban alteraciones morfológicas pronunciadas, mientras los glóbulos rojos utilizados en los ensayos mantenían su integridad.
Había otra pregunta inevitable: eliminar al parásito sirve de poco si la sustancia también daña las células sanas. Por eso los investigadores evaluaron la citotoxicidad empleando células utilizadas habitualmente en estudios de laboratorio.
A la concentración más baja examinada, del 1,25 %, la inhibición del crecimiento de estas células fue de apenas entre el 0 % y el 8 %. Es uno de los resultados que hacen especialmente interesante la investigación: los extractos parecían presentar cierta selectividad frente al parásito en las condiciones experimentales estudiadas.
Eso no equivale a demostrar que sean seguros para una persona. Ni remotamente. Una prueba de citotoxicidad celular es apenas uno de los primeros escalones de una escalera mucho más larga.
Lo que significa realmente ese 97 % de inhibición
Un porcentaje cercano al 100 % puede fabricar titulares maravillosos y conclusiones desastrosas. Aquí significa algo muy concreto: bajo unas condiciones determinadas de laboratorio, una concentración concreta del extracto consiguió reducir de manera muy marcada el crecimiento de P. falciparum.
No significa que el sargazo cure el 97 % de los casos de malaria, que tenga una eficacia clínica del 97 % ni que beber una infusión de esta alga proteja frente a la enfermedad.
Ese matiz es especialmente importante porque la preparación experimental puede sonar engañosamente doméstica. Los investigadores secaron el sargazo, lo procesaron y obtuvieron un extracto utilizando agua. De ahí nació incluso la descripción informal de una especie de “té de sargazo” dentro del proyecto.
Pero el laboratorio no es la cocina.
El sargazo recogido en las costas puede acumular arsénico, metales pesados, pesticidas y otros contaminantes. Cuando se descompone también puede liberar sulfuro de hidrógeno y amoniaco. Preparar y beber una infusión casera con algas recogidas de una playa no reproduce el experimento científico y puede implicar riesgos completamente distintos.
El salto pendiente: saber qué molécula está actuando
El siguiente problema es descubrir qué hay exactamente dentro del extracto.
El sargazo contiene una mezcla extraordinariamente compleja de sustancias. Que el conjunto inhiba al parásito no permite saber todavía qué compuesto es responsable, si intervienen varios a la vez, qué concentración sería adecuada o de qué manera actúan sobre Plasmodium.
Esa será una de las fases decisivas del proyecto: identificar las moléculas bioactivas y determinar su mecanismo de acción.
Después deberán llegar los estudios preclínicos en animales. Si esos resultados mantuvieran la actividad observada y mostraran una seguridad suficiente, solo entonces tendría sentido plantear etapas posteriores de desarrollo farmacológico.
Estamos, por tanto, ante un posible punto de partida. Prometedor, sí; medicamento, todavía no.
Por qué el hallazgo importa frente a la malaria más grave
La elección de Plasmodium falciparum tampoco es casual. Entre las especies de Plasmodium capaces de infectar al ser humano, esta es la vinculada a la mayor parte de los cuadros graves y las muertes por malaria.
Puede provocar malaria cerebral, una complicación en la que la infección afecta al funcionamiento del cerebro y puede causar alteraciones de conciencia, convulsiones, coma y muerte. No es una especie diferente de malaria, sino una manifestación particularmente severa de una infección, habitualmente causada por P. falciparum.
La dimensión mundial de la enfermedad explica por qué cualquier nueva familia de moléculas antipalúdicas despierta interés. En 2024 se estimaron alrededor de 282 millones de casos de malaria en 80 países y territorios endémicos, nueve millones más que un año antes. Las muertes alcanzaron aproximadamente las 610.000.
África soportó casi todo el peso: concentró alrededor del 94 % de los casos y el 95 % de las muertes. Tres de cada cuatro fallecimientos registrados en la región africana correspondieron a niños menores de cinco años.
Los medicamentos actuales siguen salvando vidas y las terapias combinadas basadas en artemisinina continúan siendo fundamentales frente a P. falciparum. El problema que se asoma por detrás es conocido: la resistencia a los antipalúdicos amenaza con restar eficacia a algunas de las herramientas disponibles.
De ahí el interés por buscar sustancias completamente nuevas, con otros mecanismos y procedentes de lugares poco explorados. El océano es uno de ellos.
El sargazo tiene dos caras, y una sigue oliendo bastante mal
Nada de esto convierte las arribazones de sargazo en una bendición ambiental. Sería una pirueta difícil de sostener frente a quien vive junto a una playa cubierta por toneladas de algas en descomposición.
Una vez varado, el sargazo comienza a degradarse y puede emitir sulfuro de hidrógeno y amoniaco. La exposición a estos gases se ha relacionado con irritación respiratoria, náuseas, dolor de cabeza, vértigo y otros efectos neurológicos y cardiovasculares, especialmente cuando las acumulaciones son grandes y permanecen durante días.
Investigaciones recientes realizadas en el Caribe han analizado los efectos de estas emanaciones sobre residentes y trabajadores dedicados a retirar las algas. Durante grandes proliferaciones se han registrado episodios de exposición a sulfuro de hidrógeno que pueden superar valores ocupacionales de referencia.
La paradoja, pues, permanece intacta: una biomasa capaz de ocasionar problemas ambientales, sanitarios y económicos puede contener al mismo tiempo moléculas de enorme interés científico.
Tampoco existe una explicación única para la expansión del sargazo que llega masivamente al Caribe. El calentamiento del Atlántico puede desempeñar un papel, pero la investigación también apunta a cambios en corrientes y vientos y a una mayor disponibilidad de nutrientes vinculada, entre otros factores, a aportes fluviales y actividades humanas.
La fotografía es bastante más compleja que un simple “cambio climático igual a más sargazo”.
De residuo costero a materia prima científica
La investigación panameña encaja en una corriente más amplia: encontrar usos de alto valor para una biomasa que actualmente supone un enorme coste retirar y gestionar.
El sargazo ha sido estudiado como posible materia prima para fertilizantes, biocombustibles, materiales y productos químicos. Cada aprovechamiento tropieza, no obstante, con el mismo inconveniente: esta alga puede absorber sustancias presentes en el agua y su composición varía según el lugar, la especie y las condiciones ambientales.
La vía farmacológica plantea un escenario diferente. No exigiría necesariamente utilizar el sargazo entero, sino encontrar en él una molécula interesante, aislarla, caracterizarla y, llegado el caso, producirla de forma controlada o desarrollar compuestos derivados.
Ahí está probablemente el verdadero valor del descubrimiento. No en imaginar toneladas de algas convertidas directamente en medicamento, sino en tratar esa masa flotante como una biblioteca química aún poco leída.
Y el comienzo del proyecto tiene algo casi incómodo para quienes imaginan la ciencia únicamente detrás de puertas blindadas y presupuestos gigantescos. Isaac Almanza participó cuando todavía estaba terminando el bachillerato. En 2026 tiene 21 años, estudia en la universidad y pretende seguir ligado a la investigación científica.
Antes de probar el extracto contra la malaria, el equipo había intentado comprobar su actividad frente al cáncer. No funcionó. El experimento que parecía un pequeño fracaso llevó a explorar otro camino. Allí apareció Plasmodium.
La investigación científica suele avanzar así, aunque quede menos elegante en los discursos: una puerta no se abre, se prueba la de al lado.
Una promesa médica escondida entre algas marrones
El sargazo que invade las costas del Caribe no cura la malaria. Esa es, por el momento, la frase más importante. Lo que sí ha demostrado el trabajo realizado en Panamá es que los extractos acuosos de Sargassum fluitans y Sargassum natans contienen sustancias capaces de frenar con gran intensidad el crecimiento de Plasmodium falciparum en condiciones de laboratorio y con una toxicidad celular inicialmente baja.
Es suficiente para mirar dos veces una materia que hasta hace poco se contemplaba casi exclusivamente como basura marina.
Quedan por identificar los compuestos responsables, entender cómo actúan, probarlos en animales y determinar su seguridad. Después vendrían muchos otros obstáculos antes de acercarse siquiera a un tratamiento para personas.
Pero el punto de partida existe. Y es peculiar: una de las mayores molestias ambientales del Caribe podría albergar nuevas moléculas contra una enfermedad que mata a más de 600.000 personas al año.
El sargazo sigue cubriendo playas y oliendo a problema. En un laboratorio de Panamá, mientras tanto, ha empezado a oler también —metafóricamente, por fortuna— a posibilidad.

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