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Ciencia

¿Cómo reaccionaron ovejas, gallinas y équidos al eclipse total de Sol?

Las ovejas frenaron su actividad, las gallinas adelantaron la noche y una burra aceleró su pulso durante el eclipse total de Sol de agosto pasado.

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animales durante el eclipse

Resumen

  • Las ovejas redujeron su actividad cerca de un 40 % durante el eclipse
  • Las gallinas adelantaron conductas propias del anochecer
  • Una burra pasó de 46 a unos 60-63 latidos por minuto

El eclipse total de Sol del 12 de agosto de 2026 no dejó indiferentes a los animales observados por investigadores de las universidades de Zaragoza y Salamanca. Las ovejas redujeron su actividad en grupo, las gallinas alteraron sus rutinas como si la noche hubiera llegado antes de tiempo y varios équidos reaccionaron de manera muy distinta entre sí. Una burra especialmente vigilada mediante sensores pasó de 46 a unos 60-63 latidos por minuto durante y después de la totalidad.

No fue, por tanto, un simple apagón celestial que mandó a todos los animales a dormir. Los resultados preliminares muestran algo bastante más interesante: cada especie reaccionó de una forma diferente ante aquel cambio brusco de luz e incluso hubo diferencias notables entre individuos. El eclipse actuó como un pequeño experimento natural, de apenas unos minutos, capaz de trastocar comportamientos que normalmente siguen el reloj pausado del amanecer y el anochecer.

Los científicos colocaron acelerómetros y pequeños sensores fisiológicos, conocidos como biologgers, en ovejas, gallinas y équidos. Así pudieron reconstruir qué hacía cada animal antes, durante y después del eclipse y comparar esos datos con los obtenidos a la misma hora en jornadas normales. No era cuestión de mirar un corral y decidir si los bichos parecían extrañados. Había números detrás.

Las ovejas frenaron casi al mismo tiempo

En Zaragoza fueron monitorizadas diez ovejas durante seis días. Todas llevaban acelerómetros y cinco incorporaban también dispositivos capaces de registrar cada dos minutos la temperatura corporal, la frecuencia cardiaca y sus variaciones.

El cambio más claro apareció alrededor de la fase extrema del eclipse. Entre las 20:24 y las 20:28, la actividad media del rebaño cayó aproximadamente un 40 % respecto a las jornadas utilizadas como referencia. Después, nueve de las diez ovejas continuaron moviéndose menos de lo habitual para aquella hora.

Más que animales súbitamente inmóviles, como podría sugerir una descripción algo teatral del episodio, lo que muestran los datos es una reducción colectiva y transitoria de la actividad. Y eso tiene interés porque las ovejas son animales eminentemente gregarios: observan al grupo, reaccionan junto a él y ajustan buena parte de su comportamiento al de sus compañeras.

Por dentro, sin embargo, el rebaño dejó de comportarse como un bloque. Algunas ovejas aumentaron su frecuencia cardiaca, otras la redujeron y no apareció un patrón común en la temperatura corporal. Por fuera, coordinación; por dentro, cada corazón por su cuenta.

Las gallinas adelantaron la llegada de la noche

La reacción de las gallinas fue distinta. En la Facultad de Veterinaria de Zaragoza se siguió mediante acelerómetros a 16 aves. El eclipse no hizo que permanecieran menos activas durante el conjunto de la jornada, pero alteró de manera notable el momento en que realizaban sus actividades.

Después de la totalidad redujeron temporalmente sus movimientos, sobre todo entre las 20:40 y las 20:59, y comenzaron antes de lo habitual la transición hacia las rutinas propias del anochecer. El adelanto mediano fue de unos 18 minutos.

Aquí la pérdida brusca de luz parece jugar un papel especialmente importante. Las gallinas dependen mucho del ciclo luminoso para organizar el descanso y otras conductas diarias. Cuando el cielo perdió claridad a una velocidad completamente ajena a un atardecer normal, su reloj ambiental recibió una señal desconcertante: parecía que tocaba noche, aunque todavía no tocaba.

Otro grupo de seis gallinas estudiado en Burgos mostró una respuesta todavía más marcada. Cinco de las seis adelantaron entre 40 y 60 minutos su transición hacia una actividad semejante a la nocturna.

Después del eclipse, entre las 20:45 y las 21:19, todas presentaron menos actividad de la esperada para aquella franja horaria. Los sensores fisiológicos aportaron otra pista: en las seis aves analizadas se observó una desaceleración de la frecuencia cardiaca posterior al fenómeno, más intensa y prolongada que en una tarde ordinaria.

No significa que las gallinas confundieran mecánicamente el eclipse con la noche. Esa explicación sirve para una conversación de sobremesa, pero se queda corta. El oscurecimiento alteró su organización temporal y después el organismo necesitó cierto margen para regresar a sus ritmos habituales.

La burra cuyo corazón se aceleró durante el eclipse

El escenario más heterogéneo apareció en el Humedal del Cañizar, entre Cella y Villarquemado, en Teruel. Allí se estudiaron cinco équidos —yeguas, un mulo y una burra— mediante acelerómetros, comparando el día del eclipse con nueve jornadas de referencia.

Justo después de la totalidad no apareció una reacción común. Algunos animales aumentaron su actividad y otros la redujeron. Más tarde sí surgió cierta coincidencia: entre las 21:20 y las 21:39 los cinco estuvieron menos activos de lo habitual, con una reducción media del 18,6 %.

La burra proporcionó algunos de los datos más llamativos porque llevaba simultáneamente un acelerómetro y un biologger. Antes de la totalidad disminuyó durante unos instantes su actividad; después comenzó a moverse más y llegó a superar sus registros habituales de movimiento.

Al mismo tiempo, su frecuencia cardiaca pasó de 46 latidos por minuto a aproximadamente 60-63 durante y después de la totalidad. La temperatura corporal prácticamente no cambió.

El aumento resulta apreciable y se sitúa por encima de algunos rangos veterinarios habituales de reposo para burros adultos, pero conviene mantener los pies en el suelo —también aquí—: un registro temporal durante un episodio ambiental extraordinario no basta por sí solo para diagnosticar una enfermedad cardiaca. El dato relevante es la aceleración del pulso asociada temporalmente al eclipse y al cambio de comportamiento observado.

Entre los équidos manda mucho el individuo

La diferencia respecto al rebaño de ovejas es llamativa. Los équidos mostraron respuestas mucho más individuales. Un animal podía inquietarse mientras otro reducía su actividad, pese a encontrarse bajo prácticamente el mismo cielo y experimentar el mismo descenso de luz.

Ese comportamiento encaja con una de las primeras conclusiones que deja el experimento: no existe una reacción animal universal ante un eclipse. Ni siquiera dentro de una misma especie tiene por qué aparecer una respuesta idéntica.

El temperamento, la actividad que estaba realizando cada ejemplar, su posición respecto al grupo, la sensibilidad individual y las condiciones ambientales pueden modificar la respuesta. Un eclipse dura poco, pero el animal que lo vive lleva consigo toda su biología.

La oscuridad no explica por sí sola lo ocurrido

La tentación más inmediata consiste en atribuirlo todo a la brusca pérdida de luz. Tiene lógica, aunque los investigadores son prudentes. Durante un eclipse también cambian otras variables ambientales y, en este caso, la totalidad llegó relativamente cerca del anochecer natural.

Separar ambos fenómenos no es sencillo. Por eso cada animal fue comparado con su propio comportamiento durante los mismos horarios de otros días. Esa metodología permite buscar anomalías reales de comportamiento en lugar de atribuir al eclipse cualquier bostezo, inmovilidad o carrera inoportuna.

Los ritmos biológicos están fuertemente conectados con los ciclos de luz y oscuridad. Durante millones de años, amanecer y anochecer han funcionado como un enorme reloj instalado sobre la naturaleza. Un eclipse rompe momentáneamente esa cadencia: la luz cae a una velocidad extraña, la temperatura puede variar y las señales habituales del entorno dejan de seguir el guion.

Estudios realizados durante otros eclipses también han encontrado respuestas muy diferentes entre especies. Algunas apenas cambian su comportamiento; otras buscan refugio, reducen la actividad o adoptan rutinas asociadas a la noche. No hay un misterioso sexto sentido animal. Hay sistemas biológicos intentando interpretar señales ambientales anómalas.

Un laboratorio natural de apenas unos minutos

Los resultados de Zaragoza, Burgos y Teruel siguen siendo preliminares. Los investigadores deberán integrar los datos de actividad, temperatura y frecuencia cardiaca antes de determinar hasta qué punto cada modificación puede atribuirse al eclipse y cuáles entran dentro de la variabilidad normal de cada animal.

Ahí está precisamente el interés del trabajo. Durante décadas, buena parte de lo contado sobre animales y eclipses procedía de observaciones anecdóticas: pájaros que dejaban de cantar, insectos nocturnos que aparecían de repente, animales que buscaban refugio. Esta vez hubo sensores registrando cambios minuto a minuto.

Los datos desmontan también una imagen demasiado cómoda: la naturaleza no pulsó simplemente el botón de «modo noche». Las ovejas parecieron sincronizar su comportamiento como rebaño, las gallinas reajustaron su reloj cotidiano y los équidos respondieron con una diversidad casi individual.

El eclipse dejó una señal breve, pero medible

Unos pocos minutos de oscuridad fueron suficientes para alterar temporalmente la actividad de animales acostumbrados a que el Sol se tome bastante más tiempo para desaparecer. El efecto no fue idéntico ni automático en todas las especies. Precisamente por eso resulta interesante.

Las ovejas redujeron su actividad alrededor de un 40 %, las gallinas adelantaron comportamientos asociados al anochecer y la burra monitorizada registró una subida clara de su frecuencia cardiaca mientras modificaba también sus movimientos. Después, poco a poco, los ritmos volvieron a encajar.

El eclipse pasó. Los sensores, en cambio, dejaron algo más duradero: una fotografía fisiológica del comportamiento animal ante una anomalía ambiental repentina. Y esa fotografía tiene bastante más detalle que la vieja idea de que, cuando se apaga el Sol durante unos minutos, todos los animales creen sencillamente que ha llegado la noche.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.