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Historia

¿Cómo logró la clepsidra griega medir el tiempo durante 1.800 años?

Ctesibio perfeccionó la clepsidra con un flujo estable, flotadores y engranajes, creando un reloj cuya precisión resistió durante unos 1.800 años.

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El reloj de agua de Ctesibio

Foto: Marsyas / Wikimedia Commons — Trabajo propio, CC BY-SA 2.5.

Resumen

  • El reloj de Ctesibio reguló el agua para medir las horas con gran precisión
  • Su diseño usaba flotadores, sifón y engranajes para automatizar el ciclo
  • La precisión de la clepsidra tardó siglos en ser claramente superada

Mucho antes del cuarzo, de los relojes atómicos y de ese móvil que consultamos casi por reflejo, un inventor de la Alejandría helenística consiguió medir las horas con una máquina movida esencialmente por agua, flotadores, engranajes y gravedad. Se llamaba Ctesibio y su reloj hidráulico, desarrollado en el siglo III a. C., resolvió problemas que llevaban siglos poniendo a prueba a quienes intentaban domesticar el tiempo.

De ahí procede una afirmación llamativa: aquella clepsidra habría mantenido durante unos 1.800 años el listón de la medición precisa del tiempo, hasta la llegada del reloj de péndulo en el siglo XVII. Conviene entender bien la frase. No significa que un mismo reloj permaneciera funcionando durante dieciocho siglos, ni mucho menos. Significa que el principio desarrollado por Ctesibio alcanzó un grado de precisión que los relojes posteriores tardaron muchísimo en superar de manera clara.

Ctesibio convirtió una vasija con agua en una máquina

Los relojes de agua no fueron una invención griega. Su historia se hunde mucho más atrás, hasta el segundo milenio antes de Cristo. En Egipto existe constancia escrita de estos dispositivos desde aproximadamente el siglo XVI a. C., y la clepsidra conservada de Karnak, correspondiente al reinado de Amenhotep III, es uno de los ejemplares físicos más antiguos conocidos.

El principio era casi brutalmente sencillo. Se llenaba una vasija y se dejaba salir el agua lentamente por un pequeño orificio. Unas marcas permitían calcular cuánto tiempo había transcurrido según descendía el nivel. Una especie de reloj de arena, vaya, pero mojado.

El problema estaba en la física. El agua no salía siempre a la misma velocidad. Cuando el recipiente estaba lleno, la presión era mayor; conforme descendía el nivel, también disminuía el caudal. Es decir, una misma cantidad de agua no equivalía necesariamente a un mismo intervalo de tiempo.

Ctesibio, un inventor griego activo en Alejandría alrededor del 270 a. C., atacó precisamente ese defecto. No se limitó a fabricar otra clepsidra bonita. Introdujo mecanismos para controlar el flujo, automatizar el funcionamiento y convertir aquel recipiente que goteaba en algo mucho más parecido a un reloj propiamente dicho.

El problema que arruinaba los primeros relojes de agua

Imagine una botella con un agujero cerca de la base. Al principio el líquido sale con alegría; al final, apenas queda presión y el chorro se vuelve perezoso. Para medir el tiempo eso es un pequeño desastre.

La solución atribuida a Ctesibio consistía en mantener un nivel de agua prácticamente constante en el depósito que alimentaba el reloj. Un sistema de regulación evitaba grandes variaciones de presión y permitía que el líquido pasara al siguiente recipiente con un caudal mucho más uniforme.

El agua iba llenando lentamente otro depósito. Dentro había un flotador conectado a una figura o indicador. A medida que subía el nivel, también ascendía el puntero, que señalaba la hora sobre una escala.

Aquí aparece algo sorprendentemente moderno. El reloj no dependía únicamente de que una persona mirase cuánto líquido quedaba dentro de un cuenco. Había una especie de indicador visible que traducía el movimiento del agua en información comprensible.

Y todavía faltaba lo mejor: el sistema podía utilizar el propio movimiento del agua para reiniciar y desplazar partes del mecanismo, una sofisticación extraordinaria para una máquina concebida hace más de dos milenios.

El reloj se reajustaba mediante un sifón y engranajes

Cuando concluía el ciclo diario, el agua alcanzaba un determinado nivel y entraba en funcionamiento un sifón. El recipiente se vaciaba rápidamente, el flotador descendía y el mecanismo quedaba preparado para empezar otra vez.

Parte de esa descarga podía mover una pequeña rueda hidráulica conectada a engranajes. El movimiento hacía girar paulatinamente el cilindro donde estaban representadas las horas, aproximadamente una fracción de vuelta cada día, de modo que el reloj se adaptaba al avance del año.

No parece gran cosa visto desde una pantalla digital. En el siglo III a. C. era una virguería mecánica.

Ctesibio estaba combinando regulación hidráulica, movimiento automático y transmisión mediante engranajes. No había electricidad, obviamente, ni muelles modernos, ni electrónica. Había agua cayendo con regularidad y una cadena bastante ingeniosa de efectos físicos.

Las horas griegas no siempre duraban lo mismo

Aquí aparece otro detalle fundamental para entender por qué aquel reloj era tan sofisticado. En buena parte del mundo antiguo, una hora no equivalía necesariamente a nuestros 60 minutos.

Los griegos dividían normalmente el periodo comprendido entre la salida y la puesta del Sol en 12 partes. La noche se dividía también en 12. Como los días son más largos en verano y más cortos en invierno, aquellas horas variaban de duración a lo largo del año.

Una hora diurna de verano podía durar bastante más que una hora diurna de invierno. El reloj debía reflejar esa peculiar manera de organizar la jornada.

Por eso el cilindro del mecanismo de Ctesibio utilizaba líneas curvas para representar las horas y podía ir girando conforme avanzaba el calendario. No bastaba con conseguir que el agua fluyera regularmente: había que hacer que la indicación correspondiera con aquellas horas estacionales.

Era ingeniería puesta al servicio de una idea del tiempo muy distinta de la nuestra.

Antes de Ctesibio, la clepsidra ya medía discursos y horas

La palabra clepsidra procede del griego y suele traducirse como «ladrona de agua». El nombre tiene bastante más poesía que «temporizador hidráulico», desde luego.

En la Atenas clásica estos dispositivos tuvieron una función especialmente curiosa: controlar cuánto podían hablar quienes intervenían en los tribunales. Una vasija contenía una cantidad determinada de agua y, cuando se agotaba, también se acababa el tiempo concedido al orador.

No todos los procesos recibían la misma cantidad. El tiempo podía variar según la naturaleza o importancia del asunto. Incluso había momentos en los que se detenía el flujo de agua, por ejemplo durante la lectura de determinados documentos o testimonios.

La escena resulta extrañamente familiar. Dos milenios y medio antes de las reuniones con cronómetro, los debates televisivos y los discursos parlamentarios limitados, el agua ya cortaba a quienes se alargaban demasiado.

Pero aquellas clepsidras judiciales eran fundamentalmente temporizadores. El salto de Ctesibio consistió en transformar el principio hidráulico en un sistema capaz de indicar continuamente la hora.

Sería tentador presentar la historia como otra genialidad surgida de repente en el Mediterráneo clásico. No fue así. Los dispositivos para medir el tiempo mediante agua eran mucho más antiguos y existieron en distintas civilizaciones antes del perfeccionamiento helenístico.

En Egipto, la referencia escrita más temprana conocida se remonta aproximadamente a 1526 a. C., mientras que el ejemplar conservado de Karnak procede de varios siglos antes de Ctesibio. Mesopotamia también desarrolló métodos de medición hidráulica del tiempo.

Los griegos heredaron, modificaron y perfeccionaron conocimientos anteriores. Eso es, por otra parte, bastante habitual en la historia de la tecnología: los grandes inventos rara vez aparecen de la nada. Se construyen mediante capas, préstamos y correcciones, hasta que alguna idea cambia el conjunto.

La aportación helenística estuvo en llevar aquellas máquinas hacia una mayor automatización y precisión. Ctesibio trabajó precisamente en un ambiente, la Alejandría ptolemaica, donde matemáticas, mecánica e ingeniería convivían de una forma extraordinariamente fértil.

Sus intereses iban bastante más allá de los relojes. Se le atribuyen importantes desarrollos relacionados con bombas hidráulicas, dispositivos neumáticos y el hydraulis, antepasado del órgano. Sus escritos originales se han perdido y buena parte de lo que sabemos procede de autores posteriores, entre ellos Vitruvio, Filón de Bizancio y Herón de Alejandría.

Por qué hicieron falta unos 1.800 años para superarlo

La cifra de 1.800 años resulta irresistible, aunque necesita contexto histórico. No describe la vida útil de un aparato concreto, sino el enorme intervalo que separa la sofisticación de aquellos relojes hidráulicos del gran salto de precisión conseguido con otros reguladores mecánicos.

Europa empezó a desarrollar grandes relojes mecánicos durante la Edad Media, especialmente desde el siglo XIV. Aquellas máquinas sustituyeron progresivamente a los sistemas hidráulicos en muchos usos, pero los primeros mecanismos mecánicos no eran precisamente relojes suizos: podían desviarse alrededor de 15 minutos al día.

La gran ruptura llegó en 1656, cuando el científico neerlandés Christiaan Huygens construyó el primer reloj de péndulo eficaz. El movimiento regular del péndulo proporcionó un regulador extraordinariamente superior y permitió reducir drásticamente los errores.

Los primeros modelos de Huygens podían mantenerse dentro de aproximadamente un minuto de desviación diaria y las mejoras posteriores llevaron el error a apenas unos segundos.

Ahí comenzó otra época. La medición del tiempo dejó progresivamente de depender del flujo de líquidos y pasó a apoyarse en oscilaciones mecánicas cada vez más controladas. Después llegarían los cronómetros, el cuarzo y finalmente los relojes atómicos, donde contar segundos significa observar transiciones energéticas de los átomos.

Una distancia tecnológica gigantesca. Aun así, parte de la lógica que hizo posible aquella clepsidra helenística sigue resultando reconocible más de dos milenios después.

Una máquina antigua con una idea sorprendentemente moderna

El reloj de Ctesibio fascina menos por el agua que por aquello que hizo con ella. Detectó una fuente de error, reguló el sistema, automatizó el reinicio y compensó una variable externa, en este caso la duración cambiante de las horas según la estación.

Es casi una descripción elemental de cómo trabaja cualquier sistema moderno de control.

Y quizá ahí esté la razón de que una máquina construida hace más de dos milenios siga resultando tan atractiva. Vista por fuera podía parecer un conjunto de depósitos, tubos, figurillas y engranajes. Por dentro había una idea mucho más poderosa: conseguir que un fenómeno físico irregular se comportara de forma predecible.

Los antiguos llamaron a la clepsidra «ladrona de agua». Ctesibio consiguió algo bastante más difícil. Hizo que aquel agua fugitiva contara el tiempo con una precisión que tardaría siglos en encontrar rival.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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