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Historia

¿Qué atentados cambiaron la historia desde Sarajevo hasta el 11-S?

Sarajevo, Múnich, Lockerbie, Oklahoma y el 11-S muestran cómo ciertos atentados alteraron gobiernos, guerras, fronteras y nuestra seguridad.

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el atentado de Sarajevo

Foto: Achille Beltrame / Wikimedia Commons — versión recortada de una portada de La Domenica del Corriere de 1914, dominio público.

Resumen

  • Sarajevo encendió en 1914 una crisis que desembocó en la Primera Guerra Mundial
  • Del Wall Street de 1920 a Múnich, el terrorismo convirtió el símbolo en objetivo
  • El 11-S llevó la seguridad global a una escala política y militar inédita

Hay atentados que quedan encerrados en la crónica criminal de una época y otros que, por una combinación de víctimas, objetivo, contexto y reacción política, desvían el curso de la historia. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en 1914 pertenece a esa segunda categoría: no provocó por sí solo la Primera Guerra Mundial, pero encendió una crisis internacional que las potencias europeas, cargadas de rivalidades, alianzas y planes militares, terminaron convirtiendo en una guerra devastadora.

En el otro extremo aparece el 11 de septiembre de 2001, del que este 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años. Conviene hacer aquí una precisión que suele perderse en titulares y recopilaciones: el 11-S ocurrió en el siglo XXI, no en el XX. Pero funciona como el epílogo natural de una historia que venía acelerándose desde décadas atrás. Entre Sarajevo y las Torres Gemelas, el terrorismo cambió de escala, tecnología, escenario y hasta de público. Pasó del magnicidio al avión convertido en arma; de la conspiración clandestina al impacto retransmitido para medio planeta.

Sarajevo, 1914: dos disparos sobre un continente cargado

El 28 de junio de 1914, Gavrilo Princip, un nacionalista serbobosnio de 19 años, disparó en Sarajevo contra el heredero del Imperio austrohúngaro, Francisco Fernando, y su esposa, Sofía. Ambos murieron. Antes había fracasado otro intento contra la comitiva: Nedeljko Čabrinović lanzó una bomba que no alcanzó el automóvil imperial y explotó junto a otro vehículo.

La historia tuvo después uno de esos giros absurdamente pequeños que adquieren proporciones gigantescas. Francisco Fernando decidió visitar a los heridos del primer ataque; hubo confusión con el itinerario de la comitiva y el automóvil terminó deteniéndose cerca de donde estaba Princip. El joven se encontró a pocos metros de su objetivo. Dos disparos bastaron.

El asesinato inició la llamada Crisis de Julio. Austria-Hungría responsabilizó a Serbia, recibió el respaldo alemán, presentó un ultimátum durísimo a Belgrado y el 28 de julio declaró la guerra. Rusia movilizó fuerzas, Alemania entró en conflicto con Rusia y Francia, Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania… En unas semanas, el mecanismo de alianzas y movilizaciones convirtió una crisis balcánica en una conflagración europea que acabaría siendo mundial.

Decir que Princip “causó la Primera Guerra Mundial” resulta tentador porque cabe en una frase. También es una simplificación. Europa ya era un polvorín: nacionalismos, carrera armamentística, imperialismo, tensiones balcánicas, rivalidades entre grandes potencias y una diplomacia que durante aquel verano fue tomando decisiones cada vez más difíciles de deshacer. Sarajevo prendió la mecha; el explosivo estaba colocado mucho antes.

Princip y la Mano Negra: una relación menos simple de lo que parece

También merece matiz otro lugar común. Princip estaba vinculado a Joven Bosnia, un movimiento revolucionario y nacionalista formado principalmente por jóvenes eslavos del sur. Los conspiradores recibieron armas, entrenamiento y ayuda de miembros de la organización secreta serbia Mano Negra, estrechamente relacionada con sectores militares. Presentar sin más a Princip como un militante ordinario de la Mano Negra borra una red de relaciones bastante más complicada.

La documentación histórica permite sostener la existencia de conexiones operativas claras entre los conspiradores y miembros de esa organización, pero no que el Gobierno serbio hubiera aprobado oficialmente el asesinato. Esa diferencia importa. Mucho. Viena utilizó el crimen como fundamento para actuar contra Serbia, y a partir de ahí fueron las decisiones de los gobiernos las que hicieron el resto.

De Wall Street a Múnich: el atentado descubre su público

Seis años después del comienzo de la Gran Guerra, el 16 de septiembre de 1920, un carro tirado por un caballo quedó estacionado en Wall Street, frente a la sede de J. P. Morgan. La carga que transportaba explotó a la hora del almuerzo y convirtió el corazón financiero de Nueva York en una escena de metralla, cristales y cuerpos. Murieron más de 30 personas y alrededor de 300 resultaron heridas. El atentado nunca quedó completamente esclarecido.

Había algo nuevo en aquel método. No se buscaba únicamente eliminar a una persona concreta: el espacio urbano y simbólico se convertía en objetivo. Golpear Wall Street significaba atacar una representación del poder económico estadounidense y, al mismo tiempo, sembrar miedo entre personas que simplemente pasaban por allí.

En 1946, otra explosión de enorme carga política golpeó el hotel Rey David de Jerusalén, donde se encontraban dependencias de la administración británica del Mandato de Palestina. El atentado, cometido por el Irgún, mató a 91 personas, entre ellas británicos, árabes y judíos. La cuestión de los avisos previos y de cómo fueron recibidos ha sido objeto de controversia durante décadas, pero el saldo humano resulta inequívoco: la violencia política se había instalado también en el complicado proceso que desembocaría en el final del Mandato británico y la creación de Israel.

El salto mediático llegó con los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. Ocho miembros de Septiembre Negro irrumpieron en la villa olímpica y tomaron como rehenes a integrantes del equipo israelí. Dos fueron asesinados inicialmente; los otros nueve murieron durante el desastroso intento de rescate en Fürstenfeldbruck. También fallecieron un policía alemán y cinco de los atacantes.

Múnich demostró algo inquietante: un atentado podía convertirse en un acontecimiento mundial en tiempo real. Los Juegos habían reunido cámaras de televisión de decenas de países y los secuestradores ocuparon, durante horas, el centro de la atención internacional. Desde entonces, la protección de grandes eventos, las unidades especializadas, la negociación de rehenes y la cooperación policial dejaron de parecer cuestiones reservadas a conflictos lejanos. El terrorismo había aprendido el poder de la pantalla.

Los años 80 y 90: el terrorismo borra fronteras

El 2 de agosto de 1980, una bomba estalló en la estación ferroviaria de Bolonia, abarrotada durante las vacaciones de verano. Murieron 85 personas y más de 200 resultaron heridas. Las posteriores condenas judiciales situaron en el núcleo de la matanza a terroristas neofascistas. Fue uno de los episodios más sangrientos de los llamados años de plomo italianos, cuando la violencia política convivía con tramas clandestinas, desinformación y una democracia puesta continuamente a prueba.

Cinco años después, el terrorismo golpeó un avión de pasajeros con una dimensión hasta entonces excepcional. El vuelo 182 de Air India explotó el 23 de junio de 1985 frente a las costas de Irlanda. Murieron sus 329 ocupantes. Sigue siendo el atentado terrorista más mortífero de la historia de Canadá y una tragedia que evidenció graves fallos de inteligencia y seguridad.

En diciembre de 1988, el vuelo 103 de Pan Am fue destruido sobre Lockerbie, Escocia. Fallecieron las 259 personas que viajaban a bordo y otras 11 en tierra: 270 muertos. Los restos del Boeing 747 quedaron diseminados sobre una superficie inmensa y la investigación exigió una cooperación internacional de una magnitud extraordinaria para la época.

La seguridad aérea empezó entonces a adquirir el aspecto que reconocemos en los aeropuertos contemporáneos: equipajes más controlados, inteligencia compartida y procedimientos concebidos para amenazas que podían comenzar en un país y estallar sobre otro. El avión comercial había dejado de ser solamente un medio de transporte; también podía convertirse en objetivo de una operación terrorista internacional.

Oklahoma, Tokio y las embajadas: la amenaza cambia de rostro

Los años noventa terminaron de romper otra comodidad mental: la idea de que el terrorismo era siempre algo extranjero, ideológicamente previsible o importado desde un conflicto remoto.

En febrero de 1993, una bomba colocada bajo el World Trade Center mató a seis personas e hirió a más de un millar. El objetivo ya eran las mismas torres que ocho años después se convertirían en el escenario central del 11-S.

El 19 de abril de 1995, Timothy McVeigh hizo explotar un camión frente al edificio federal Alfred P. Murrah de Oklahoma City. Murieron 168 personas, entre ellas 19 niños. McVeigh era estadounidense y su terrorismo nacía del extremismo antigubernamental doméstico. La matanza obligó a mirar también hacia dentro, donde a veces resulta políticamente más incómodo mirar.

Un mes antes, Tokio había sufrido algo todavía más desconcertante. Miembros de la secta Aum Shinrikyo liberaron sarín, un agente nervioso, en varias líneas de metro durante la hora punta. El balance reconocido inicialmente fue de 13 muertos y más de 5.800 afectados; otra víctima falleció en 2020 tras décadas sufriendo secuelas. La posibilidad de que una organización no estatal utilizara armas químicas contra civiles dejó de pertenecer a las novelas de espionaje.

Y en 1998 llegaron los atentados simultáneos contra las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar es Salaam. Murieron 224 personas y más de 4.500 resultaron heridas. Al Qaeda había demostrado capacidad para planificar ataques coordinados y de enorme repercusión lejos de su base principal. Faltaban tres años para que esa lógica operativa alcanzara una escala inimaginable.

El 11-S: cuando la seguridad pasó a organizar una época

A primera hora del 11 de septiembre de 2001, 19 miembros de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center; un tercero impactó contra el Pentágono y el cuarto cayó cerca de Shanksville, Pensilvania, después de que pasajeros y tripulantes intentaran enfrentarse a los secuestradores.

Murieron 2.977 personas, sin contar a los 19 terroristas: 2.753 en Nueva York, 184 en el Pentágono y 40 pasajeros y tripulantes del vuelo 93. Procedían de alrededor de 90 países. No fue solo el número de víctimas. Las imágenes de aviones atravesando edificios, el derrumbe de las torres y Manhattan cubierta por una nube gris entraron simultáneamente en millones de hogares. El atentado y su representación fueron prácticamente una misma cosa.

Las consecuencias superaron ampliamente Ground Zero. Estados Unidos invadió Afganistán para combatir a Al Qaeda y al régimen talibán que le había dado refugio; amplió las capacidades de vigilancia e inteligencia, reorganizó su aparato de seguridad y transformó profundamente los controles aeroportuarios. La posterior invasión de Irak quedó integrada políticamente en la llamada guerra contra el terrorismo, aunque Irak no fue responsable de los atentados del 11-S, una distinción histórica esencial frente a la confusión que terminó instalándose en parte del debate público.

También cambió la arquitectura de seguridad occidental. La OTAN activó después de los atentados el artículo 5 de defensa colectiva por primera vez en su historia, considerando que un ataque contra Estados Unidos podía ser tratado como un ataque contra todos los aliados. Un cuarto de siglo más tarde, sigue siendo la única ocasión en la que ese artículo ha sido invocado.

Veinticinco años después, Estados Unidos vuelve este 11 de septiembre de 2026 a recordar a las víctimas en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania. Ha pasado una generación. Sin embargo, buena parte del mundo político y de seguridad surgido tras aquellas horas continúa reconocible: controles aeroportuarios reforzados, cooperación internacional, vigilancia antiterrorista y estructuras de inteligencia que forman parte del paisaje cotidiano.

Cuando un atentado deja de ser solamente un atentado

Sarajevo enseña quizá la lección más incómoda de esta historia. El tamaño de un atentado no determina necesariamente el tamaño de sus consecuencias. Dos personas fueron asesinadas allí en 1914, pero el crimen abrió una crisis gestionada por Estados que terminaron llevando a millones de personas a la guerra. En Oklahoma murieron 168; en Air India, 329; en el 11-S, 2.977. Cada episodio pertenece a circunstancias distintas y cualquier clasificación puramente numérica termina resultando bastante pobre.

Lo decisivo aparece después: el lugar atacado, el momento histórico, quién responde, cómo responde y qué instituciones cambian. Múnich modificó la concepción de la seguridad en grandes acontecimientos; Lockerbie y Air India endurecieron la mirada sobre la aviación; Oklahoma obligó a tomarse en serio el extremismo doméstico; Tokio mostró que el terrorismo podía recurrir a agentes químicos; las embajadas africanas anticiparon la capacidad transnacional de Al Qaeda.

De Sarajevo a Nueva York, una huella que sigue visible

Sarajevo permanece al principio de esta larga secuencia como una advertencia difícil de mejorar. Un atentado puede pretender alterar la política mediante el miedo y la violencia, pero sus consecuencias nunca quedan exclusivamente en manos de quien aprieta el gatillo o coloca la bomba. También dependen de gobiernos, sociedades e instituciones, de sus decisiones acertadas y de sus errores.

En 1914, aquellos dos disparos encontraron un continente preparado para incendiarse. En 2001, cuatro aviones secuestrados encontraron una superpotencia capaz de reorganizar durante décadas buena parte de la política mundial. Ahí, mucho más que en el estruendo de la explosión, es donde algunos atentados terminan cambiando la historia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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