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Economía

¿Por qué más renovables ya no bastan para la transición energética?

Las renovables baten récords, pero la transición depende cada vez más de redes, almacenamiento, interconexiones y una demanda eléctrica flexible.

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chico dibuja transición energética

Resumen

  • Las renovables crecen a récord, pero los combustibles fósiles también aumentan
  • Redes y almacenamiento son ya el gran cuello de botella de la transición
  • España supera el 55% renovable y necesita aprovechar mejor sus excedentes

La transición energética ha entrado en una fase bastante menos sencilla que aquella en la que bastaba con celebrar cada nuevo récord solar o eólico. Instalar más energías renovables sigue siendo imprescindible, pero ya no resuelve por sí solo el problema: hace falta transportar esa electricidad, almacenarla, consumirla cuando está disponible y mantener el sistema estable cuando el sol cae, el viento afloja o la demanda se dispara.

Los datos de 2025 retratan bien esta nueva realidad. La demanda mundial de energía creció un 1,3% y aumentó el consumo de todas las grandes fuentes, incluidas las tres fósiles. El petróleo avanzó alrededor de 650.000 barriles diarios, la demanda de gas natural subió aproximadamente un 1% y la de carbón otro 0,4%. Al mismo tiempo, la solar protagonizó el mayor salto y las fuentes bajas en emisiones cubrieron cerca del 60% del incremento de la demanda energética. La transición avanza, sí; simplemente no ocurre en una habitación vacía, sino dentro de una economía mundial que continúa pidiendo más energía.

Y ahí está el cambio de fondo. Durante años, buena parte del debate se concentró en cuánto costaba un panel fotovoltaico, cuántos aerogeneradores podían levantarse o qué país instalaba más gigavatios. El problema empieza a estar después del panel y del molino: en los cables, las subestaciones, las baterías, las interconexiones, la gestión de la demanda y las centrales capaces de responder cuando las renovables variables no producen suficiente electricidad.

Las renovables baten récords, pero los fósiles todavía crecen

No hay una desaceleración general de las energías limpias. Más bien ocurre lo contrario. Durante 2025 se añadieron alrededor de 692 GW de capacidad renovable, el mayor aumento anual registrado hasta entonces. Las renovables representaban al terminar el año alrededor del 49% de toda la capacidad eléctrica instalada del planeta y concentraron más del 85% de las nuevas incorporaciones.

En generación también se movieron las placas tectónicas. La producción renovable mundial aumentó aproximadamente un 8,5%, mientras que la fotovoltaica aportó unos 600 TWh adicionales, un incremento anual gigantesco. Renovables y nuclear juntas crecieron más que toda la demanda eléctrica mundial, y las renovables alcanzaron aproximadamente un tercio de la generación, prácticamente igualando al carbón.

Ese avance, sin embargo, convive con una economía que todavía utiliza cantidades enormes de hidrocarburos. No es exactamente la fotografía cómoda de una fuente sustituyendo limpiamente a otra, como quien cambia una bombilla vieja. Durante buena parte de esta década estamos viendo dos sistemas crecer parcialmente en paralelo.

Una razón es bastante terrenal: aumenta la demanda. Más refrigeración, nuevas industrias, transporte, petroquímica, centros de datos, inteligencia artificial y electrificación de actividades que antes funcionaban directamente con combustibles. Los coches eléctricos reducen gasolina, por ejemplo, pero pasan a pedir electricidad. Una bomba de calor sustituye gas en una vivienda, pero añade nueva carga a la red.

La buena noticia está en otro detalle que a veces se pierde entre cifras gigantes. Sin el despliegue de solar, eólica, nuclear, vehículos eléctricos y bombas de calor realizado desde 2019, el consumo mundial de combustibles fósiles habría sido sustancialmente mayor. Esas tecnologías evitaron en 2025 un consumo fósil equivalente a más del 7% de la demanda mundial de combustibles fósiles y alrededor de 3.000 millones de toneladas de CO₂ anuales. Las renovables no están fracasando porque el petróleo siga existiendo; están conteniendo una demanda energética que también crece.

El gran atasco se desplaza de las centrales a las redes

Aquí empieza la segunda parte de la transición. Puede construirse una planta fotovoltaica con relativa rapidez. Una gran línea eléctrica, no tanto. Más de 2.500 GW de proyectos renovables, almacenamiento y grandes consumidores permanecen atrapados en colas de conexión en distintos lugares del mundo. Las redes se han convertido en uno de los principales cuellos de botella del nuevo sistema eléctrico.

Hay un desfase casi físico entre dos velocidades. Una instalación solar o eólica puede desarrollarse aproximadamente en uno a cinco años. Las nuevas infraestructuras de red pueden necesitar entre cinco y quince años, entre planificación, permisos, equipos, obras y oposición territorial. Mientras tanto, centros de datos y otras grandes demandas eléctricas pueden aparecer bastante más deprisa.

El resultado puede parecer absurdo: electricidad limpia disponible en un punto y demanda dispuesta a consumirla en otro, pero sin suficiente capacidad entre ambos. Entonces llegan las restricciones, los vertidos de producción renovable, los precios muy bajos o negativos durante determinadas horas y, unas horas después, la necesidad de recurrir a generación gestionable más cara.

Más paneles no arreglan un cable congestionado. Ese pequeño detalle de ingeniería, poco fotogénico y bastante menos vistoso que una extensión azul de placas bajo el sol, empieza a determinar el ritmo real de la transición energética.

La inversión que falta está en cables, torres y subestaciones

La magnitud del esfuerzo tampoco es menor. La inversión mundial en redes ronda los 400.000 millones de dólares anuales, pero tendría que aumentar alrededor de un 50% hacia 2030 para responder al crecimiento previsto de la electricidad.

No se trata únicamente de tender kilómetros de alta tensión. Hay que reforzar redes de distribución, digitalizar subestaciones, instalar transformadores, conectar nuevos consumidores, mejorar interconexiones entre países y desarrollar sistemas capaces de manejar millones de pequeños productores y cargas flexibles.

La vieja red eléctrica fue diseñada, simplificando mucho, como una carretera que iba desde unas pocas centrales grandes hasta millones de consumidores. La nueva se parece más a una ciudad llena de cruces, entradas y salidas: tejados solares que producen a mediodía, coches que cargan de madrugada, baterías que absorben excedentes, fábricas capaces de desplazar consumo y centrales que tienen que ajustar producción en cuestión de minutos.

Almacenar electricidad deja de ser un simple complemento

La segunda pieza es el almacenamiento. La fotovoltaica produce cuando hay sol, no necesariamente cuando el sistema paga más por cada megavatio hora. La eólica depende del viento. Esa variabilidad no convierte a ninguna de las dos tecnologías en inútil; obliga a acompañarlas de un sistema capaz de mover electricidad también en el tiempo.

Las baterías están creciendo con rapidez. Las incorporaciones mundiales de almacenamiento mediante baterías aumentaron alrededor de un 40% en 2025, hasta rozar los 110 GW en un solo año. Una aceleración enorme, aunque todavía insuficiente para el volumen renovable que se prepara para esta década.

El salto necesario es mucho mayor. En escenarios compatibles con la expansión renovable prevista internacionalmente, la capacidad mundial de almacenamiento tendría que aproximarse a 1.500 GW en 2030, de los cuales unos 1.200 GW corresponderían a baterías. Si redes y almacenamiento se retrasan mientras las renovables siguen aumentando, parte de esa nueva generación simplemente no podrá aprovecharse cuando aparezca.

El almacenamiento tampoco significa únicamente enormes contenedores llenos de baterías de litio. El bombeo hidroeléctrico sigue siendo fundamental: cuando sobra electricidad, se utiliza para elevar agua hasta un embalse superior; cuando hace falta, el agua vuelve a bajar atravesando turbinas. Es una batería construida con montañas, agua y gravedad. Menos futurista en apariencia. Bastante eficaz.

España ya permite ver hacia dónde se desplaza el problema

España ofrece un buen laboratorio de esta transformación porque ha alcanzado una penetración renovable considerable. En 2025, las energías renovables aportaron el 55,5% de la generación eléctrica nacional, porcentaje que sube al 56,6% incorporando la estimación del autoconsumo. La potencia renovable instalada llegó a 93,8 GW sin contabilizar ese autoconsumo.

La fotovoltaica se ha disparado. Incluyendo autoconsumo, España terminó 2025 con cerca de 50 GW solares y una potencia total del sistema de unos 150,8 GW, de la que casi el 69% correspondía a tecnologías renovables. Sin embargo, el almacenamiento instalado se situaba en 3.427 MW.

No son magnitudes directamente comparables —un megavatio de generación y uno de almacenamiento cumplen funciones diferentes—, pero muestran dónde se desplaza el debate. El país ya no necesita únicamente producir mucha electricidad renovable; necesita aprovechar mejor las horas en las que esa electricidad abunda.

Durante 2025, el bombeo y las baterías permitieron integrar unos 9.213 GWh en el sistema español, un 6,2% más que el año anterior. La cifra parece técnica, pero detrás hay algo muy sencillo: energía producida en un momento poco útil que puede reservarse para otro de mayor necesidad.

Consumir electricidad cuando conviene también será energía

Hay otra parte menos visible todavía: cambiar la demanda. Durante un siglo, el sistema eléctrico se acostumbró a adaptar continuamente la producción al consumo. Cuando millones de personas encendían aparatos, las centrales respondían. Con una proporción mucho mayor de solar y eólica, parte de esa lógica puede invertirse: determinados consumos pueden desplazarse hacia las horas en las que existe electricidad abundante y barata.

Una industria puede programar algunos procesos. Los vehículos eléctricos pueden cargar principalmente durante ciertas franjas. Sistemas de climatización o producción de hidrógeno pueden modular su consumo. Millones de pequeños equipos coordinados digitalmente pueden funcionar, en conjunto, como una enorme herramienta de ajuste.

Eso es la llamada flexibilidad de la demanda. Una expresión poco emocionante para algo bastante poderoso: consumir cinco horas más tarde puede resultar tan útil para equilibrar el sistema como producir cinco horas antes.

No todo consumo puede moverse, naturalmente. Nadie va a esperar al mediodía para encender la luz de su cocina a las diez de la noche. Por eso el sistema combina distintas herramientas: baterías para respuestas rápidas, bombeo para almacenar grandes cantidades, redes para trasladar energía, interconexiones para compartirla entre regiones y generación gestionable para cubrir determinados periodos.

El nuevo examen ya no es solo cuánta potencia se instala

La década pasada convirtió el coste de las renovables en una de las grandes historias industriales del siglo. La década que conduce a 2030 probablemente será la de su integración masiva en el sistema eléctrico.

Eso cambia incluso la forma de medir el éxito. Contabilizar únicamente gigavatios instalados puede producir una fotografía engañosa. Una central que genera electricidad cuando el sistema no puede absorberla tiene menos valor que otra cuya producción llega donde y cuando hace falta. Y un sistema con abundante energía limpia pero incapaz de superar varios días desfavorables puede seguir necesitando capacidad de respaldo.

También aparece la cuestión de la seguridad energética. Las tecnologías limpias reducen la dependencia del petróleo, el carbón y el gas, pero crean otras cadenas industriales estratégicas: baterías, transformadores, minerales, componentes electrónicos y módulos fotovoltaicos. La transición no elimina la geopolítica; cambia parte de su vocabulario.

De ahí que la inversión energética mundial ofrezca una imagen menos binaria de lo que sugiere el debate político. Para 2026 se prevén unos 3,4 billones de dólares de inversión total en energía, con aproximadamente 2,2 billones destinados a tecnologías limpias, redes, almacenamiento, nuclear, eficiencia y electrificación, frente a unos 1,2 billones dirigidos al petróleo, gas y carbón.

El capital limpio gana terreno, pero tampoco puede limitarse a fabricar más capacidad de generación. Una parte creciente tendrá que ir a las piezas aburridas que hacen funcionar el conjunto. Transformadores, cables, baterías, software, reservas y conexiones. La fontanería del sistema, por decirlo sin solemnidad.

La transición energética cambia de examen

Las renovables no han dejado de ser el motor principal de la descarbonización eléctrica. En 2025 crecieron con una velocidad histórica y evitaron una cantidad enorme de consumo fósil y emisiones. El problema es precisamente que su éxito obliga a transformar el resto del sistema.

Durante la primera etapa había que conseguir que la energía solar y eólica fueran abundantes y competitivas. Buena parte de esa batalla tecnológica se ha ganado. La siguiente resulta menos visible y quizá más complicada: construir redes capaces de recibirlas, almacenamiento que conserve sus excedentes, consumidores flexibles, interconexiones suficientes y respaldo para mantener el suministro estable.

Así que instalar otro gigavatio sigue importando. Mucho. Pero la transición energética de los próximos años se decidirá también en lo que ocurre después de conectarlo. El contador de placas solares puede seguir subiendo mientras una red saturada obliga a desconectarlas. Ahí está la paradoja, y también el cambio de época: ya no se trata solamente de producir energía limpia, sino de construir un sistema capaz de utilizarla de verdad.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.