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Economía

¿Cómo recomienda Natalia de Santiago preparar bien la jubilación?

Natalia de Santiago pone el foco en ahorro, vivienda y cotizaciones: decisiones tempranas que pueden marcar la tranquilidad económica al jubilarse.

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preparar bien la jubilación

Resumen

  • La jubilación se empieza a preparar desde la primera etapa laboral
  • Tener vivienda pagada puede reducir mucho los gastos al retirarse
  • Ahorrar con tiempo da más margen y exige menos esfuerzo cada mes

Natalia de Santiago ha condensado en una frase una idea que suele llegar tarde, cuando las canas ya han hecho parte del trabajo: “La jubilación empieza cuando uno empieza a trabajar”. No significa que alguien con su primera nómina deba vivir pendiente de los 67 ni convertir los veinte años en una interminable hoja de Excel. Habla de algo bastante más terrenal: cotizaciones, ahorro, vivienda, deudas y patrimonio se construyen durante décadas, no durante los últimos cinco años de vida laboral.

Su planteamiento coloca el foco en el tiempo. Cuanto antes comienza una persona a ordenar sus finanzas, menor suele ser el esfuerzo necesario después. Y ahí entra otra advertencia de la experta que ha ganado especial atención: acercarse a la jubilación pagando un alquiler puede exigir un patrimonio mucho mayor que hacerlo con la vivienda habitual ya pagada. No es una defensa ciega de comprar casa —De Santiago ha insistido otras veces en que alquilar no equivale a tirar el dinero—, sino una cuestión de gastos fijos cuando desaparece el salario.

La jubilación empieza mucho antes de cobrar una pensión

La idea parece obvia después de escucharla. Antes, no tanto. Durante buena parte de la vida laboral, la jubilación aparece como una estación remota, casi detrás de una curva que nunca llega. Primero están el alquiler, la hipoteca, los hijos, el coche, una mudanza, aquella factura inesperada… El futuro puede esperar. Hasta que deja de poder hacerlo.

De Santiago propone cambiar esa perspectiva y entender la jubilación como un proceso financiero que empieza con la primera etapa laboral. Cada año trabajado deja detrás cotizaciones, pero también decisiones sobre gasto, capacidad de ahorro, endeudamiento y patrimonio. Todos esos elementos acabarán encontrándose décadas más tarde.

En España, además, la fecha efectiva de retirada depende de la carrera de cotización. En 2026 pueden jubilarse ordinariamente a los 65 años quienes acrediten al menos 38 años y tres meses cotizados. Quienes no alcancen ese periodo tienen fijada la edad ordinaria en 66 años y diez meses. Desde 2027, salvo excepciones previstas legalmente, el esquema culminará en los 65 años para carreras de al menos 38 años y seis meses y en los 67 para las inferiores.

Eso convierte la vida laboral en algo más que una sucesión de nóminas. Periodos sin cotizar, salarios y duración de la carrera profesional terminan pesando cuando llega el momento de retirarse.

Ahorrar pronto no significa ahorrar una fortuna

Aquí aparece una confusión frecuente. Preparar la jubilación desde joven no obliga a reservar cantidades enormes cuando apenas se empieza a trabajar. Sería poco realista pedirle a alguien que paga un alquiler alto, cobra un sueldo inicial y está montando su vida que se comporte como un jubilado preventivo de 24 años. Tampoco tendría mucho sentido.

Lo relevante es ganar tiempo. Un ahorro pequeño pero mantenido durante décadas tiene algo que no puede comprar quien empieza tarde: años por delante. Y cuando ese dinero se invierte, aparece el efecto de la rentabilidad acumulada, aunque ni la rentabilidad está asegurada ni existe inversión sin riesgo.

El dinero puede generar rendimientos y estos, a su vez, producir otros rendimientos. Es la mecánica del interés compuesto, menos mágica de lo que algunos vídeos financieros prometen, pero poderosa cuando dispone de muchos años.

De Santiago lleva tiempo defendiendo una planificación menos espectacular y bastante más aburrida: conocer ingresos y gastos, reservar margen para imprevistos, controlar las deudas y pensar qué nivel de ingresos será necesario después de dejar de trabajar. No vende el milagro del café que, por dejar de tomarlo, convierte a nadie en millonario. El verdadero músculo financiero suele crecer despacio.

El problema de empezar cuando faltan cinco años

La diferencia se vuelve incómoda cuando la jubilación se acerca. Una persona que descubre a los 60 que necesitará complementar su pensión tiene poco tiempo para acumular capital. La cantidad mensual necesaria puede dispararse porque apenas quedan años para ahorrar y asumir riesgo se vuelve más delicado.

Quien empieza mucho antes dispone, en cambio, de algo parecido a una pista de aterrizaje larga. Puede ahorrar cantidades menores, atravesar etapas con más y menos capacidad económica y corregir el rumbo. La vida, por supuesto, rara vez respeta el Excel.

Ahí está el corazón del mensaje de Natalia de Santiago: la preparación financiera no consiste en adivinar cómo será España dentro de treinta años, sino en llegar a esa fecha con más alternativas.

Por qué la vivienda cambia tanto las cuentas después de los 40

La segunda parte de su reflexión toca uno de los nervios económicos de España: la casa. De Santiago ha defendido que durante la juventud comprar no tiene por qué ser siempre la opción adecuada. Una vivienda ata capital, comporta gastos y reduce movilidad. Para alguien que puede cambiar de ciudad, empleo o proyecto vital, el alquiler ofrece una libertad que también tiene valor económico.

Pero su planteamiento cambia al avanzar la edad. A partir de los 40, sostiene, tener una vivienda en propiedad puede convertirse en una ventaja muy importante de cara a la jubilación.

La explicación no necesita grandes fórmulas. Imaginemos dos hogares que alcanzan el retiro con ingresos semejantes. Uno entra cada mes con una vivienda pagada; el otro debe destinar una parte considerable de sus ingresos al alquiler. La diferencia de renta disponible puede ser enorme aunque ambos cobren exactamente la misma pensión.

Por eso De Santiago considera más difícil económicamente afrontar la jubilación viviendo de alquiler. No imposible. Esa diferencia importa. Una persona puede jubilarse perfectamente sin una casa en propiedad, pero tendrá que prever más recursos para cubrir alojamiento durante muchos años.

Comprar por comprar tampoco arregla una jubilación

La vivienda, sin embargo, no debería convertirse en un tótem. Ser propietario no garantiza solvencia. Una casa puede tener valor elevado y, al mismo tiempo, dejar a su dueño con poco dinero disponible para atender gastos corrientes. Los ladrillos pagan mal la factura del supermercado mientras continúan siendo ladrillos.

De ahí que una economía doméstica razonablemente resistente combine diferentes piezas. Vivienda, ahorro disponible e inversiones cumplen funciones distintas. Concentrar prácticamente todo el patrimonio en la residencia habitual puede ofrecer seguridad residencial, pero poca liquidez.

También importa cuándo se compra. Las primeras etapas de una hipoteca soportan intereses y otros costes de adquisición; vender poco después puede hacer que aquella supuesta operación de ahorro resulte bastante menos brillante de lo previsto. La casa propia puede ser una gran herramienta financiera a largo plazo. No una religión.

Vivir muchos años después de dejar de trabajar cambia las cuentas

Hay otro dato detrás de esta conversación: la longevidad. Las últimas tablas completas del Instituto Nacional de Estadística sitúan la esperanza de vida a los 65 años en España en 21,87 años de media. Para las mujeres alcanza 23,64 años y para los hombres, 19,87.

Es decir, jubilarse no abre necesariamente una etapa corta. Para una parte considerable de la población puede significar financiar dos décadas o más sin el salario habitual. Eso altera completamente la escala del problema.

Durante ese periodo siguen existiendo gastos de vivienda, suministros, alimentación, ocio, mantenimiento del hogar y, conforme avanza la edad, pueden aparecer necesidades relacionadas con cuidados o dependencia. Algunas partidas disminuyen al dejar de trabajar; otras nacen. La cartera cambia de forma, no desaparece.

Por eso resulta engañoso pensar en la jubilación únicamente como el momento en que se solicita una pensión. Económicamente es una transición desde los ingresos del trabajo hacia una mezcla formada por pensión pública, ahorro y patrimonio acumulado, en proporciones diferentes para cada hogar.

La pensión pública sigue ahí, pero no resuelve todas las cuentas

El discurso sobre jubilación suele deslizarse con una facilidad asombrosa hacia el apocalipsis: que las pensiones desaparecerán, que nadie cobrará nada, que habrá que trabajar hasta una edad bíblica. Conviene separar previsión de profecía.

El sistema público español continúa siendo el pilar principal de ingresos para millones de jubilados. Al mismo tiempo, la presión demográfica existe. La llegada a la jubilación de generaciones numerosas y el aumento de la longevidad elevan el gasto y obligan a mantener abierto el debate sobre su financiación futura.

Las evaluaciones de sostenibilidad han advertido de que cumplir determinados límites de gasto no equivale, por sí solo, a resolver todas las tensiones a largo plazo. Eso no significa que las pensiones vayan a desaparecer. Significa algo mucho menos cinematográfico y bastante más serio: habrá que seguir ajustando ingresos, gastos y políticas públicas durante los próximos años.

La recomendación de Natalia de Santiago encaja precisamente ahí. No plantea sustituir la pensión pública por una hucha privada ni convertir a cada trabajador en gestor de fondos. Propone reducir la dependencia de una única fuente de ingresos futuros siempre que la economía personal permita hacerlo.

El verdadero lujo al jubilarse es conservar opciones

Preparar la jubilación empieza mucho antes de cumplir la edad legal porque casi todas las variables decisivas necesitan tiempo. Cotizar durante una carrera suficientemente larga necesita tiempo. Pagar una vivienda, también. Acumular ahorro, otro tanto. Recuperarse de una mala decisión financiera… más tiempo todavía.

Y no todo se decide con dinero. En las primeras etapas laborales puede ser más rentable invertir en formación, cambiar de ciudad o aceptar oportunidades profesionales que inmovilizar todos los ahorros disponibles en una vivienda. Más adelante, cuando la trayectoria laboral se estabiliza, reducir los gastos que sobrevivirán al salario empieza a ganar importancia.

Ahí se entiende mejor la frase que ha puesto de nuevo a Natalia de Santiago en el foco. La jubilación no comienza el día en que llega la última nómina ni cuando aparece la primera transferencia de la Seguridad Social. Para entonces, gran parte del partido lleva décadas jugándose.

Lo decisivo será llegar con margen: una carrera de cotización suficiente, gastos asumibles, deudas controladas y algún patrimonio disponible. No hace falta imaginar una vejez de catálogo, con velero y puestas de sol en cubierta. Basta algo bastante más valioso: poder elegir sin que cada decisión dependa de la próxima factura.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.