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Economía

¿Cómo pagará Nepal los 4.740 millones necesarios para reconstruirse?

Nepal calcula en 4.740 millones de dólares el coste de la reconstrucción tras la riada, una cifra cercana al 10% de su economía nacional anual.

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confluencia riada tibet nepal 2026

Foto: Krish Dulal / Wikimedia Commons — Trabajo propio, CC BY-SA 3.0.

Resumen

  • Nepal necesita 4.740 millones de dólares para reconstruirse
  • La factura equivale a casi el 10% de todo su PIB anual
  • Katmandú dependerá de deuda, ayuda exterior y fondos climáticos

Nepal necesita 4.740 millones de dólares para levantar de nuevo lo que las riadas del 26 de agosto se llevaron por delante. La cifra impresiona por sí sola; colocada al lado de la economía del país, impresiona bastante más. Equivale a aproximadamente el 10% de todo su PIB anual y a alrededor de un tercio del presupuesto público aprobado para este ejercicio. Nepal no dispone de ese dinero en una caja esperando a ser abierta. Tendrá que reconstruir mediante una mezcla de recursos propios, deuda, ayuda internacional, créditos multilaterales y fondos climáticos.

Eso no significa que el país esté al borde de la quiebra. Nepal mantiene reservas internacionales importantes y una deuda pública todavía manejable para los estándares de muchas economías emergentes. El problema es otro: 4.740 millones no pueden salir de golpe de las cuentas públicas sin dejar un agujero enorme en el resto del presupuesto. La reconstrucción deberá repartirse durante varios años y, sobre todo, dependerá de cuánto dinero extranjero consiga movilizar Katmandú.

Una factura equivalente a casi el 10% del PIB

La dimensión económica del desastre empieza a entenderse con una comparación sencilla. El Fondo Monetario Internacional estimaba para el ejercicio 2026/27 un PIB nominal nepalí de unos 48.100 millones de dólares. Reconstruir lo destruido costaría, por tanto, prácticamente uno de cada diez dólares que genera la economía del país durante un año. No es una reparación extraordinaria más; es un golpe macroeconómico.

Al cambio oficial del Banco Central de Nepal del 10 de septiembre, cercano a las 152 rupias por dólar, los 4.740 millones representan aproximadamente 720.000 millones de rupias nepalíes. Ese número permite enfrentarlo directamente con las cuentas del Estado y el contraste es áspero.

El Gobierno aprobó para 2026/27 un presupuesto total de 2,124 billones de rupias, de los cuales 1,270 billones están destinados al gasto corriente y apenas 431.100 millones al gasto de capital, es decir, carreteras, obras, instalaciones y otras inversiones públicas. La reconstrucción causada por una sola catástrofe costaría cerca de 1,7 veces todo el presupuesto anual de inversiones del país.

Dicho de otra manera: si Katmandú dedicara hipotéticamente todo el dinero previsto para nuevas infraestructuras durante el ejercicio y no construyera absolutamente nada más, todavía no alcanzaría para reparar los daños de la riada. Y, obviamente, un Estado no puede apagar durante años escuelas, hospitales, carreteras y proyectos de desarrollo para concentrarse en un único desastre.

El presupuesto revela el verdadero tamaño del agujero

La comparación con los ingresos públicos resulta todavía más expresiva. El Gobierno calcula recaudar aproximadamente 1,405 billones de rupias durante el ejercicio. La reconstrucción equivale a algo más de la mitad de esa cantidad.

Nepal tampoco esperaba financiarse principalmente mediante ayuda gratuita. El presupuesto contemplaba alrededor de 61.740 millones de rupias en subvenciones extranjeras, 247.000 millones mediante préstamos externos y 410.000 millones con deuda interna. Frente a esas cifras, los aproximadamente 720.000 millones que ahora exige la reconstrucción son una anomalía gigantesca. Solo el coste de reparar el país multiplica por más de once todas las subvenciones internacionales que Katmandú esperaba recibir durante el año.

La deuda pública ofrece algo de oxígeno. Antes de las inundaciones se calculaba que se situaría alrededor del 49% del PIB, un nivel considerable pero lejos de las situaciones extremas que obligan a algunos países a dedicar una parte asfixiante de sus ingresos al pago de intereses. Nepal conserva, pues, cierto margen para endeudarse. No infinito.

Las previsiones anteriores a la catástrofe apuntaban para 2026/27 a un déficit público cercano al 3,3% del PIB. Más deuda para reconstruir significará elevar ese déficit, recortar otras partidas o prolongar durante años la factura.

Las reservas existen, pero no son dinero del Gobierno

Aquí aparece una paradoja importante. Nepal sí dispone de una cantidad considerable de divisas. Las reservas oficiales rondaban los 21.800 millones de dólares al terminar 2025/26, suficientes entonces para cubrir más de doce meses de importaciones. Sobre el papel, más de cuatro veces el coste estimado de la reconstrucción.

Pero las reservas del banco central no funcionan como la cuenta corriente del Ministerio de Finanzas. Sirven para pagar importaciones, sostener la estabilidad exterior, responder a movimientos de capital y proteger la moneda. Utilizar varios miles de millones para carreteras o centrales eléctricas reduciría violentamente ese colchón precisamente cuando Nepal puede necesitar importar electricidad, materiales, maquinaria, combustible y alimentos para recuperarse.

Algo parecido sucede con las remesas. Los trabajadores nepalíes en el extranjero enviaron alrededor de 15.200 millones de dólares durante 2025/26, una cifra descomunal para el tamaño de la economía y equivalente aproximadamente a un tercio del PIB. Ese dinero sostiene a millones de hogares y alimenta el consumo interno, pero tampoco pertenece al Estado. Es riqueza del país, sí; no presupuesto disponible para reconstruir puentes.

El plan pasa por repartir la factura

La salida que prepara Katmandú tiene varias puertas. Una parte del dinero procederá de la reasignación presupuestaria y del endeudamiento nacional. Otra deberá llegar mediante créditos concesionales, préstamos con condiciones más favorables que las habituales del mercado, ofrecidos por instituciones como el Banco Mundial y el Banco Asiático de Desarrollo.

La tercera pata será directamente internacional. Nepal está presentando el desastre como una cuestión de justicia climática y pretende que los grandes países industrializados participen en la reconstrucción. El Gobierno prepara una solicitud cercana a los 5.000 millones de dólares para organismos multilaterales y países socios, una magnitud muy próxima a la estimación oficial del coste de reconstrucción. Entre los interlocutores figuran India, China, Japón, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea. China ya ha manifestado su disposición a colaborar.

La idea de Katmandú es políticamente sencilla: Nepal representa una parte minúscula de las emisiones históricas que han calentado el planeta, pero sus glaciares y valles están entre los territorios especialmente expuestos al aumento de las temperaturas. Las autoridades vinculan la riada con el cambio climático y consideran que quienes más han contribuido a provocarlo deben asumir una parte de sus consecuencias.

No será un cheque único de 4.740 millones. Lo probable es una combinación bastante menos espectacular: cientos de proyectos financiados durante años, préstamos para carreteras y electricidad, ayudas bilaterales, subvenciones climáticas, seguros, recursos del presupuesto nacional y programas internacionales de reconstrucción.

La ayuda exterior tardará y no llegará toda en efectivo

Hay una dificultad menos visible. Prometer dinero y desembolsarlo son cosas distintas. Nepal puede conseguir grandes compromisos internacionales y, aun así, tardar años en convertirlos en puentes, viviendas o centrales eléctricas.

El precedente de Pakistán resulta incómodo. Después de las inundaciones de 2022 consiguió compromisos internacionales cercanos a 11.000 millones de dólares, pero una parte considerable correspondía a financiación destinada a otros usos y el dinero efectivo llegó mucho más despacio. A comienzos de 2024 apenas se habían desembolsado unos 3.400 millones.

Nepal parte además de cantidades de emergencia todavía pequeñas comparadas con la reconstrucción. El fondo estatal de ayuda había superado los 10.000 millones de rupias tras recibir aportaciones privadas, mientras Naciones Unidas lanzó inicialmente un llamamiento de unos 50 millones de dólares para atender necesidades urgentes. Son recursos vitales para refugios, alimentos o atención sanitaria, pero representan apenas una primera capa del problema.

La energía complica la recuperación

Buena parte de esos 4.740 millones se concentra precisamente donde más duele. Unos 3.100 millones de dólares, cerca del 65% del total, corresponden a las infraestructuras. Y dentro de ellas sobresale el sistema energético.

Trece proyectos hidroeléctricos, con una capacidad conjunta de 759 megavatios, quedaron afectados, junto con cinco plantas solares que suman otros 24 megavatios. Restaurar las instalaciones energéticas y la red eléctrica requerirá, según los cálculos oficiales, alrededor de 2.560 millones de dólares.

No es simplemente reparar cables. Nepal obtiene prácticamente toda su electricidad de la energía hidroeléctrica y durante los últimos años había convertido sus excedentes en una fuente creciente de exportaciones hacia India. Tras las inundaciones tuvo que suspender exportaciones eléctricas y recurrir precisamente a compras de electricidad india para cubrir parte de sus necesidades internas. Antes de la catástrofe, las ventas hidroeléctricas suponían ya cerca de una décima parte de las exportaciones anuales de mercancías.

El desastre toca, por tanto, dos veces la misma cuenta: cuesta miles de millones reparar el sistema y, mientras no funciona plenamente, reduce los ingresos que podían ayudar a financiar esa reparación.

El transporte ofrece otra factura aparatosa. Más de 33 puentes fueron arrastrados, 53 de los 64 puentes colgantes de las áreas afectadas sufrieron daños y casi 70 kilómetros de carreteras quedaron golpeados por la riada. Recuperar estas comunicaciones costará alrededor de 480 millones de dólares.

Y detrás de las grandes cifras aparecen otras más pequeñas que explican mejor cómo se paraliza un territorio: unas 7.570 viviendas afectadas, 48 edificios públicos, 18 escuelas, siete centros sanitarios y 30 lugares vinculados al patrimonio cultural. También resultaron dañadas 1.806 hectáreas agrícolas, 17 oficinas bancarias y aproximadamente 4.800 establecimientos comerciales.

Reparar los activos sociales necesitará cerca de 67,9 millones de dólares. Reactivar agricultura, comercio, banca y otras actividades productivas exigirá otros 33,3 millones. Son cantidades menores dentro del gigantesco balance general, aunque para las poblaciones que han perdido una escuela, un negocio o una cosecha son, naturalmente, la economía entera.

Volver a la normalidad costará algo más que dinero

Nepal puede financiar la reconstrucción, pero difícilmente podrá hacerlo solo y mucho menos de una vez. Tiene una economía de alrededor de 48.000 millones de dólares, reservas internacionales apreciables, remesas muy elevadas y una deuda que antes de la tragedia seguía siendo manejable. Eso evita hablar de un país financieramente hundido. Otra cosa es disponer de 4.740 millones públicos adicionales para gastar sin consecuencias.

La factura equivale a casi el 10% del PIB, alrededor del 34% de todo el presupuesto del Estado, más de la mitad de los ingresos públicos previstos y aproximadamente un 67% más que todo el gasto anual reservado para inversión. Ahí está la verdadera dimensión del desastre.

Por eso la reconstrucción será necesariamente una obra compartida y lenta: presupuesto nepalí, deuda interna, préstamos internacionales, Banco Mundial, Banco Asiático de Desarrollo, cooperación bilateral y financiación climática. Algunas carreteras volverán pronto. Una escuela puede levantarse en meses. Una central hidroeléctrica, una red de puentes y un valle entero arrasado necesitan otro calendario.

Las aguas bajan mucho más deprisa que las facturas. En Nepal, cuando termine definitivamente la emergencia, quedará precisamente esa segunda riada: cómo pagar durante años la reconstrucción de lo que desapareció en unas horas.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.