Historia
¿Qué sabía Nixon del golpe contra Allende antes del 11 de septiembre?
Washington conocía movimientos golpistas antes del 11 de septiembre de 1973. Los archivos revelan qué sabía Nixon y qué hizo Estados Unidos en Chile.

Foto: Biblioteca del Congreso Nacional / Wikimedia Commons — CC BY 3.0 CL.
Resumen
- Washington conocía la amenaza militar contra Allende antes del 11-S
- La CIA recibió el 10 de septiembre la fecha prevista para el golpe
- Los archivos prueban desestabilización, pero no una orden directa de Nixon
Cuando comenzó el golpe de Estado contra Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, Washington no estaba mirando Chile a través de la niebla. La inteligencia estadounidense llevaba días recibiendo avisos sobre movimientos golpistas y, en las horas inmediatamente anteriores, la CIA manejó información extraordinariamente precisa: un cable del 10 de septiembre situaba la acción militar al día siguiente y señalaba la implicación de las tres ramas de las Fuerzas Armadas chilenas y de la policía. Esa información circuló por los niveles superiores del Gobierno de Richard Nixon.
La documentación desclasificada permite afirmar algo más —y también obliga a poner un límite—. Estados Unidos conocía de antemano la inminencia del golpe y llevaba años interviniendo clandestinamente contra el Gobierno de Allende, financiando a fuerzas políticas y medios opositores y tratando de impedir la consolidación de su proyecto. Lo que los archivos disponibles no demuestran de manera concluyente es que Nixon o la CIA dirigieran operativamente el golpe del 11 de septiembre. La historia aquí no cabe bien en un eslogan: Washington no fue un espectador inocente, pero conocer, favorecer un clima político y ejecutar personalmente una operación militar son cosas distintas.
Hay otra precisión importante. Los papeles que vuelven a circular coincidiendo con el 53.º aniversario del golpe, este 11 de septiembre de 2026, no acaban de salir de una caja fuerte. Las partes fundamentales de los informes diarios presidenciales del 8 y del 11 de septiembre fueron desclasificadas por Estados Unidos el 25 de agosto de 2023, después de una petición del Gobierno chileno. Durante décadas habían permanecido total o parcialmente ocultas.
Nixon recibió avisos claros antes del golpe contra Allende
El President’s Daily Brief, o PDB, era uno de los documentos más sensibles que circulaban por Washington. Preparado para el presidente de Estados Unidos, condensaba información de la CIA y otras agencias sobre los focos calientes del planeta. Guerra Fría en estado puro: Vietnam, la Unión Soviética, Oriente Próximo… y, aquellos días, Chile ocupaba un lugar destacado.
El 8 de septiembre de 1973, tres días antes del golpe, el informe ya comunicaba que habían llegado varios avisos desde Chile sobre la posibilidad de una sublevación militar inminente. La Armada aparecía como principal foco de agitación y los conspiradores navales aseguraban contar con apoyos del Ejército y la Fuerza Aérea. Aun así, el análisis introducía una cautela importante: en ese momento la inteligencia presidencial decía no disponer de pruebas de un plan coordinado entre las tres ramas militares.
Aquella cautela envejeció a velocidad de vértigo. Otros canales de inteligencia ofrecían una imagen bastante más alarmante. Un informe altamente clasificado de la Agencia de Inteligencia de Defensa recogía que oficiales chilenos estaban preparando una acción conjunta de las Fuerzas Armadas y situaba inicialmente el intento alrededor del 10 de septiembre. La maquinaria golpista podía retrasarse, cambiar de hora o reajustar sus piezas, pero ya no era una hipótesis académica.
El cable del 10 de septiembre afinó la fecha: sería el día 11
La información decisiva llegó la víspera. El 10 de septiembre, un cable de la CIA redactado en Santiago a partir de una fuente próxima a los militares comunicó la nueva fecha prevista: 11 de septiembre. Según ese informe, las tres ramas de las Fuerzas Armadas y la policía estaban implicadas. El documento recibió tratamiento de máxima urgencia y fue distribuido entre altos responsables estadounidenses.
Esto cambia bastante la fotografía histórica. Washington no se despertó el día 11 sorprendido por tanques, comunicados militares y cazabombarderos sobre Santiago. Sabía que algo podía ocurrir y conocía la fecha prevista al menos desde la jornada anterior. Otra cosa es qué decisión política tomó Estados Unidos con esa información. Ahí empieza el territorio incómodo.
El propio PDB fechado el 11 de septiembre, preparado para Nixon, hablaba de planes de oficiales de la Armada para desencadenar una acción militar contra Allende, respaldados por unidades importantes del Ejército. El informe señalaba que los conspiradores contaban también con ayuda de la Fuerza Aérea y de la policía. Añadía que los oficiales estaban cada vez más determinados a restablecer el orden político y económico, aunque aún expresaba dudas sobre la eficacia de su coordinación.
El detalle resulta casi cinematográfico por contraste. En Washington, párrafos mecanografiados, sellos de secreto, carpetas para el presidente. En Santiago, motores militares, radios intervenidas y La Moneda preparándose para una jornada que iba a partir la historia chilena en dos.
Las últimas horas de Allende mientras Washington seguía el golpe
Las fuerzas golpistas comenzaron sus operaciones durante la mañana del 11 de septiembre. Alrededor de las 6:30 arrancó la acción coordinada de Fuerzas Armadas y Carabineros. Los mandos exigieron públicamente la renuncia del presidente y comenzaron a neutralizar los centros de poder y comunicación vinculados al Gobierno. El golpe militar estaba definitivamente en marcha.
Allende llegó a La Moneda poco antes de las 8 de la mañana. Permaneció allí mientras las Fuerzas Armadas estrechaban el cerco y rechazó abandonar la Presidencia. Durante aquellas horas transmitió sus últimas palabras por radio, consciente ya de que el desenlace militar parecía inevitable.
A las 11:52 comenzó el bombardeo de La Moneda. Los Hawker Hunter de la Fuerza Aérea atacaron el palacio presidencial; humo, fuego, cristales rotos, el edificio histórico convertido en un escenario de guerra en pleno centro de Santiago. La resistencia terminó después del ataque y Salvador Allende murió dentro del palacio. La reconstrucción histórica y las investigaciones posteriores establecieron que se suicidó durante la toma de La Moneda.
Washington seguía los acontecimientos casi en tiempo real. A las 12:30, Henry Kissinger remitió a Nixon un informe de situación que describía el avance de los militares y la presencia de Allende en el palacio. A las 17:00 llegó otro memorando: el golpe parecía haber triunfado y circulaba ya la información, todavía sin confirmar para los estadounidenses en ese momento, de que Allende había muerto.
La historia entre Estados Unidos y Allende empezó mucho antes
Para entender esos informes hay que retroceder tres años. Nixon había decidido en 1970 impedir que Allende llegara al poder o conseguir su caída, según documentación interna estadounidense. El presidente autorizó a la CIA hasta 10 millones de dólares para ese propósito y ordenó que la operación pudiera desarrollarse sin coordinación con los departamentos de Estado o Defensa.
Allende había ganado las elecciones presidenciales de 1970 con el 36,2% de los votos y fue posteriormente confirmado por el Congreso chileno. Su llegada al poder, por vía democrática, convirtió a Chile en una pieza particularmente sensible dentro del tablero de la Guerra Fría. Para Nixon y Kissinger, el problema no era únicamente Santiago: preocupaba que un Gobierno socialista elegido en las urnas pudiera consolidarse y convertirse en ejemplo político para otros países.
Después de que fracasaran los intentos de impedir su toma de posesión, la política estadounidense cambió de forma, no de objetivo. Documentos de la CIA describen una estrategia de presión encubierta para impedir que el Gobierno de Unidad Popular se consolidara. El dinero estadounidense llegó a partidos de oposición, medios de comunicación y distintas organizaciones. Entre enero de 1971 y 1973, las autoridades estadounidenses autorizaron millones de dólares para esas actividades.
No eran unas monedas olvidadas debajo del sofá de la Casa Blanca. La financiación clandestina ayudaba a mantener estructuras políticas opositoras, campañas electorales y medios críticos con Allende. Los documentos oficiales estadounidenses reconocen también operaciones de propaganda y una larga voluntad de debilitar políticamente al Ejecutivo chileno.
Desestabilizar a Allende no demuestra quién dirigió el 11-S
Aquí conviene evitar dos relatos demasiado cómodos. El primero presenta a Estados Unidos como un país que contemplaba desde lejos una crisis exclusivamente chilena. Los documentos desclasificados lo hacen insostenible: hubo financiación clandestina, propaganda, contactos políticos y presión económica, además de un intento anterior de impedir que Allende alcanzara la Presidencia. Washington tenía las manos metidas en la política chilena hasta bastante más arriba de las muñecas.
El segundo relato convierte automáticamente toda esa intervención en prueba de que la CIA planificó y dirigió militarmente el golpe de Pinochet del 11 de septiembre de 1973. Ese salto no está demostrado por los documentos disponibles. Las investigaciones históricas estadounidenses reconocen la amplia intervención encubierta contra Allende, pero no han establecido una orden de Washington que dirigiera la ejecución militar concreta del golpe.
La CIA sostuvo pocos días después que no había desempeñado un papel directo en los acontecimientos militares que instalaron a la Junta. Esa declaración debe leerse, obviamente, como lo que es: un documento elaborado por la propia agencia cuando empezaban a aparecer preguntas comprometedoras. Pero existe otro dato relevante. En los meses previos, Washington había estudiado incluso una opción destinada a provocar una intervención militar y la consideró demasiado arriesgada; la alternativa aprobada consistió en continuar apoyando económicamente a la oposición.
La diferencia importa. No hay que blanquear la intervención estadounidense para evitar exagerarla, ni exagerarla para reconocerla. Los archivos dibujan una política sistemática para dificultar la supervivencia política del Gobierno de Allende y muestran que la inteligencia estadounidense tuvo conocimiento anticipado de los planes golpistas. Lo que todavía no ofrecen es una orden estadounidense equivalente a ejecutar el golpe del 11 de septiembre.
Lo que realmente sabía Nixon aquella mañana
La secuencia documental es bastante nítida. El 8 de septiembre, Nixon recibió información sobre un posible golpe próximo. Durante esas jornadas, otras agencias manejaban informes sobre movimientos coordinados dentro de las Fuerzas Armadas. El 10, la CIA recibió la fecha concreta del 11 de septiembre y confirmó la participación prevista de Ejército, Armada, Fuerza Aérea y policía. El PDB del día 11 volvió a colocar Chile ante los ojos del presidente estadounidense mientras la maquinaria militar ya estaba en marcha.
Eso no significa que los servicios secretos conocieran cada detalle. De hecho, los papeles muestran dudas, informaciones contradictorias y evaluaciones que envejecían en cuestión de horas. El 8 de septiembre todavía se ponía en cuestión que existiera una coordinación completa entre las ramas militares; tres días después esa coordinación era un hecho consumado. La inteligencia llegaba fragmentada, a veces tarde, a veces demasiado pronto.
Pero el cuadro general sí estaba allí. Nixon sabía que Allende afrontaba una amenaza militar inmediata. Su Administración llevaba desde 1970 trabajando clandestinamente contra el presidente chileno. Y, cuando el golpe se produjo, Estados Unidos tenía fuentes capaces de anticipar incluso la fecha de la operación. Son tres hechos distintos, pero colocados juntos pesan mucho.
Un expediente que todavía incomoda 53 años después
La trascendencia de los documentos secretos no está en revelar una conspiración desconocida de repente, sino en precisar hasta dónde llegaba el conocimiento estadounidense. Durante años, buena parte de esa documentación quedó censurada. En 2023, Washington liberó fragmentos esenciales de los informes presidenciales del 8 y del 11 de septiembre a petición del Gobierno chileno, abriendo algo más una ventana que había permanecido entornada durante medio siglo.
Vista desde 2026, la fotografía resulta más definida. Estados Unidos trabajó activamente para debilitar a Salvador Allende, mantuvo relaciones con sectores de la oposición, financió operaciones políticas y propagandísticas y recibió advertencias precisas de que el golpe era inminente. Washington sabía mucho; más de lo que durante años estuvo dispuesto a enseñar.
La frontera que los archivos todavía obligan a respetar está en otro lugar: no existe una prueba documental concluyente de que Nixon ordenara o que la CIA comandara directamente la operación militar ejecutada por Augusto Pinochet y los restantes jefes de las Fuerzas Armadas chilenas aquel 11 de septiembre. Entre la inocencia y la autoría directa queda, sin embargo, un territorio enorme. Y es precisamente ahí —en la desestabilización previa, el conocimiento anticipado y el interés estadounidense en la caída de Allende— donde los documentos dejan menos espacio para las sombras.

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