Ciencia
¿Qué virus letal llevaba 3.700 años oculto en manuscritos medievales?
Un estudio recupera ADN de la viruela ovina en pergaminos medievales y revela que este virus del ganado circula desde hace al menos 3.700 años.

Créditos: barones y rey Juan de Inglaterra, archivo subido por Earthsound y proporcionado por la British Library, dominio público, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Pergaminos medievales conservaban ADN de la viruela ovina
- El virus afecta al ganado y circula desde hace al menos 3.700 años
- Las antiguas pieles animales funcionan como archivos biológicos
Los manuscritos medievales no solo han conservado oraciones, evangelios, diccionarios y anotaciones durante siglos. También guardaban algo bastante menos piadoso: ADN de la viruela ovina, un virus capaz de causar graves enfermedades y pérdidas en los rebaños y cuya historia genética se remonta al menos 3.700 años. El hallazgo convierte antiguas páginas de pergamino en una especie de archivo biológico involuntario de la Europa medieval.
No existe, conviene aclararlo desde el principio, riesgo para las personas. La viruela ovina está causada por el Sheeppox virus o SPPV, un virus del género Capripoxvirus que afecta fundamentalmente al ganado ovino y puede alcanzar también a caprinos. No es la viruela humana ni una variante de aquella enfermedad. Para ovejas y explotaciones ganaderas, sin embargo, la historia cambia: puede causar fiebre, lesiones cutáneas, daños en lana y piel, pérdida de producción e incluso la muerte de animales vulnerables.
El descubrimiento procede de una investigación internacional dirigida por científicos del University College Dublin, en la que participaron genetistas, historiadores, virólogos, especialistas en proteínas y conservadores de patrimonio. Lo singular no está solamente en haber encontrado un patógeno antiguo. Está en el lugar donde apareció: algunas de las piezas escritas más valiosas de la Edad Media europea.
El ADN seguía allí, atrapado dentro del pergamino
Antes de que el papel conquistara escritorios, monasterios y cancillerías, buena parte de los libros europeos se fabricaba sobre pergamino obtenido de piel animal. Ovejas, cabras y terneros terminaban, literalmente, convertidos en páginas. Aquello proporcionaba una superficie resistente y duradera para escribir, iluminar y copiar textos.
Y una consecuencia que sus artesanos no podían imaginar: la piel conservaba pequeñas huellas moleculares del animal y de su entorno.
Los investigadores han conseguido extraer y analizar ese ADN siglos después. Así aparecieron rastros genéticos del virus de la viruela ovina en distintos manuscritos europeos. La página dejó de ser únicamente soporte de un texto: pasó a funcionar como una cápsula del tiempo biológica.
Entre las obras estudiadas están los célebres Evangelios de York, un manuscrito iluminado de alrededor de 1.000 años de antigüedad, probablemente producido en Canterbury entre finales del siglo X y comienzos del XI. También aparece el Corpus Glossary, elaborado aproximadamente hacia el año 800 y considerado uno de los primeros diccionarios de inglés, junto con una copia aún más antigua de las Epístolas de san Pablo, fechada alrededor del siglo VIII.
Es una imagen curiosa. Mientras un escriba trazaba letras con paciencia sobre una piel perfectamente preparada, debajo de la tinta permanecía invisible otra crónica: la del ganado, sus enfermedades y los microorganismos que circulaban por los campos europeos.
Los libros cuentan una epidemia que nadie escribió
El análisis detectó ADN del virus en varios folios de algunos manuscritos, una señal especialmente valiosa para reconstruir su circulación. Parte de esas páginas procedía de pieles de oveja, aunque también aparecieron rastros sobre pergaminos identificados como piel de cabra o ternero.
Esto último obliga a ser prudentes. La presencia del ADN viral no demuestra necesariamente que todos aquellos animales padecieran viruela ovina. Durante la fabricación del pergamino, las pieles se sumergían y trataban conjuntamente y podía producirse contaminación entre unas y otras. También cabe la transmisión entre especies susceptibles en determinados casos.
El propio proceso artesanal ofrece pistas. Las pieles recién retiradas se limpiaban, se introducían habitualmente en baños con agua y cal, se tensaban y se raspaban una y otra vez. Un procedimiento eficaz para fabricar una página resistente, pero también un magnífico escenario para que restos microscópicos pasaran de una superficie a otra.
Aun así, la distribución del material genético permite sostener algo mucho más importante: la viruela ovina circulaba entre los rebaños europeos muchos siglos antes de la época moderna. Hasta ahora existían referencias históricas a enfermedades compatibles con ella. El ADN aporta una prueba distinta, física, que no depende de cómo interpretara los síntomas un cronista hace mil años.
De los monasterios europeos a la Edad del Bronce
Los manuscritos son únicamente la mitad de la historia. Para viajar todavía más atrás, los científicos analizaron restos arqueológicos de ovejas, entre ellos dientes procedentes de asentamientos de la Edad del Bronce en las estepas euroasiáticas.
El material genético recuperado permite situar el virus en poblaciones ganaderas de hace más de 3.700 años. Los investigadores han reconstruido así una trayectoria que conecta comunidades pastoriles prehistóricas con rebaños medievales y, finalmente, con una enfermedad que sigue existiendo.
El estudio reunió 21 genomas antiguos del virus, un archivo extraordinariamente largo para estudiar cómo ha evolucionado un patógeno animal. Algunas de las muestras más antiguas se remontan aproximadamente al segundo milenio antes de Cristo.
Para aquellas sociedades, una enfermedad del ganado no era precisamente un problema menor. Una epidemia podía significar perder carne, leche, pieles, lana y animales destinados a reproducirse. En economías donde el rebaño era comida, abrigo, intercambio y patrimonio al mismo tiempo, un virus podía golpear casi todos los pilares de la vida cotidiana.
Un virus sorprendentemente estable durante milenios
Hay otro resultado llamativo. El genoma de la viruela ovina parece haber cambiado relativamente poco durante buena parte de los últimos milenios.
La comparación de secuencias antiguas y posteriores muestra una estabilidad genética notable, especialmente si se contrasta con la historia evolutiva observada en otros poxvirus. Esto sugiere que algunas de las transformaciones decisivas que permitieron al patógeno adaptarse a sus huéspedes pudieron producirse bastante antes del periodo cubierto por buena parte de las muestras.
Los investigadores sitúan la separación de los principales linajes de Capripoxvirus —el grupo que incluye la viruela ovina, la viruela caprina y la enfermedad de la piel nodular— en una horquilla muy antigua, relacionada con grandes cambios en la historia de la ganadería.
No significa que el virus haya permanecido congelado. Los virus evolucionan. Significa que su arquitectura genética básica presenta una continuidad extraordinaria, suficiente para seguir reconociendo en restos milenarios la huella del patógeno que afecta a los animales contemporáneos.
Por qué estudiar un virus antiguo puede servir en el presente
Reconstruir este árbol genealógico no es un ejercicio arqueológico de salón. Conocer qué partes del genoma permanecieron estables y cuáles cambiaron ayuda a comprender cómo un patógeno se adapta a una especie, qué transformaciones fueron importantes y qué mecanismos pueden explicar su capacidad para persistir durante periodos enormes.
La viruela ovina continúa siendo una enfermedad relevante para la sanidad animal. Puede propagarse mediante el contacto estrecho entre animales y provocar importantes daños económicos; lana deteriorada, menor producción, sacrificios sanitarios y restricciones comerciales forman parte de una factura que los ganaderos conocen demasiado bien.
En la Unión Europea se considera una enfermedad que exige medidas rápidas de erradicación cuando aparece. No porque amenace al consumidor, sino porque su capacidad para propagarse entre explotaciones y dañar los rebaños convierte cada foco en un problema veterinario serio.
Vista desde esa perspectiva, una secuencia genética recuperada de un pergamino medieval deja de ser una rareza de laboratorio. Es otra pieza de un puzle que abarca miles de años.
Las bibliotecas esconden un segundo archivo
Quizá la consecuencia más sugerente del estudio vaya mucho más allá de la viruela ovina. Si el ADN de un patógeno pudo sobrevivir durante siglos entre las fibras y proteínas de un pergamino, millones de documentos históricos conservados en bibliotecas, monasterios y archivos podrían contener información biológica todavía desconocida.
No solo sobre enfermedades. La piel puede conservar pistas sobre la especie, sexo y procedencia de los animales, prácticas ganaderas, movimientos de poblaciones domésticas e incluso las condiciones materiales bajo las que se fabricaron determinados libros.
Para los historiadores aparece así una fuente inesperada. Un manuscrito posee el texto que alguien quiso dejar escrito y, debajo, una segunda historia que nadie pretendía contar.
Eso cambia incluso la manera de mirar una pieza medieval. Una Biblia, un misal o un viejo glosario ya no son únicamente objetos culturales. También son fragmentos físicos de antiguos rebaños, talleres y economías rurales. Historia cultural e historia natural quedaron cosidas en la misma página sin que nadie lo supiera.
Cuando una página conserva mucho más que palabras
Durante siglos se ha intentado leer los manuscritos medievales hasta el último margen: quién los escribió, quién corrigió una palabra, de qué monasterio procedían, qué pigmentos utilizó el iluminador. El ADN abre otra puerta. Y detrás no aparece un rey ni un santo, sino la huella de una oveja enferma hace quizá mil años.
La viruela ovina llevaba milenios acompañando al ganado antes de que existieran la microbiología, las vacunas o siquiera la idea moderna de que una enfermedad podía estar causada por un virus. Sus rastros sobrevivieron a sus animales, a los artesanos que prepararon las pieles y a los escribas que escribieron sobre ellas.
Paradójicamente, uno de los oficios que parecían limitarse a conservar el pensamiento humano terminó conservando también algo mucho más elemental: la huella microscópica de las enfermedades que recorrían los rebaños. Los pergaminos guardaban dos relatos. Durante siglos solo supimos leer uno.

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