Ciencia
¿Qué eran las luces fantasma de Palomar registradas antes del Sputnik?
Las placas de Palomar guardan luces fugaces anteriores al Sputnik, vinculadas estadísticamente con pruebas nucleares y avistamientos de 1952.

Créditos: Digadigado, trabajo propio, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Palomar captó luces fugaces años antes del lanzamiento del Sputnik
- VASCO reúne más de 100.000 candidatos hallados en viejas placas
- Las coincidencias con pruebas nucleares y ovnis siguen en debate
Mucho antes de que la órbita terrestre se llenara de satélites, fragmentos de cohetes y trenes luminosos de Starlink, unas placas fotográficas del Observatorio Palomar ya habían atrapado algo extraño. Puntos de luz con aspecto estelar aparecían en una exposición y, poco después, desaparecían. No estaban en fotografías anteriores ni volvieron a encontrarse décadas más tarde. Algunos duraron menos de una hora.
El dato resulta especialmente incómodo por una cuestión de calendario. Muchas de esas imágenes pertenecen a los años anteriores al lanzamiento del Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957, cuando todavía no existían satélites artificiales conocidos capaces de provocar los reflejos que hoy contaminan rutinariamente las observaciones astronómicas. Investigadores del proyecto VASCO llevan años examinando ese viejo cielo analógico y han reunido más de 100.000 candidatos transitorios. Una parte probablemente sean defectos, contaminación o errores de identificación. Otra, por el momento, no encaja tan fácilmente.
La historia se ha vuelto todavía más interesante —y bastante más polémica— porque varios trabajos han encontrado coincidencias estadísticas entre estas luces, las pruebas nucleares atmosféricas de los años cincuenta y determinados informes históricos sobre objetos volantes no identificados. Coincidencia no significa causalidad. Mucho menos extraterrestres. Pero las placas estaban allí antes de que nadie imaginara buscar semejantes relaciones, y eso elimina al menos uno de los sospechosos habituales: el sesgo de haber tomado la fotografía buscando precisamente un ovni.
Un cielo fotografiado antes de que comenzara la era espacial
El First Palomar Observatory Sky Survey, conocido como POSS-I, comenzó a cartografiar el cielo a finales de los años cuarenta mediante grandes placas fotográficas. Era astronomía de otra época: emulsión química, exposiciones largas y enormes archivos físicos en lugar de sensores digitales que disparan miles de imágenes cada noche.
Décadas después, aquellas placas fueron digitalizadas. Ahí entró en escena VASCO, acrónimo de Vanishing and Appearing Sources during a Century of Observations, un proyecto que compara fotografías históricas del cielo con catálogos astronómicos modernos. La idea original era sencilla y bastante elegante: encontrar objetos visibles antiguamente que hubieran desaparecido sin dejar rastro, o fuentes que aparecieran de forma fugaz.
El problema —o la gracia, según se mire— llegó cuando comenzaron a surgir pequeños puntos semejantes a estrellas presentes únicamente durante una exposición. Algunos podían explicarse mediante defectos de emulsión, polvo, rayos cósmicos o errores del proceso de digitalización. Pero otros conservaban un perfil luminoso muy similar al de las estrellas reales de la misma placa.
Tres luces que desaparecieron en menos de una hora
Uno de los casos más estudiados ocurrió el 19 de julio de 1952. Una exposición roja de Palomar, realizada durante unos 50 minutos, mostró tres fuentes luminosas muy próximas entre sí, separadas por aproximadamente diez segundos de arco y con un brillo cercano a magnitud 16.
En la exposición azul tomada inmediatamente después, de apenas diez minutos, las tres habían desaparecido.
No volvieron a aparecer en las imágenes posteriores de esa zona. El equipo regresó incluso al mismo punto del cielo en abril de 2023 utilizando el Gran Telescopio Canarias, de 10,4 metros, capaz de alcanzar objetos muchísimo más débiles que los visibles en aquellas placas antiguas. Nada. Las fuentes seguían ausentes. Para haber pasado inadvertidas en las nuevas observaciones tendrían que haber reducido su brillo en más de diez magnitudes, es decir, más de 10.000 veces.
Eso elimina algunas explicaciones astronómicas corrientes. Una supernova no aparece y desaparece de semejante manera en menos de una hora. Tampoco encaja bien un estallido habitual de rayos gamma, y resulta llamativo que fueran tres puntos muy próximos. Los investigadores tampoco encontraron las trazas alargadas que cabría esperar de meteoros, aviones u objetos que cruzaran rápidamente el campo durante una exposición tan larga.
No significa que fueran objetos artificiales. Significa algo más modesto y, científicamente, bastante más interesante: todavía no sabemos qué producía esas imágenes.
Las pruebas nucleares entran en escena
En 2025, Stephen Bruehl y Beatriz Villarroel cruzaron los registros de estos transitorios con las fechas conocidas de pruebas nucleares atmosféricas realizadas antes del Sputnik. El análisis cubrió 2.718 días, desde noviembre de 1949 hasta abril de 1957.
Los investigadores encontraron que la probabilidad de registrar al menos uno de estos fenómenos aumentaba alrededor de las fechas de ensayos nucleares. Según sus cálculos, los transitorios resultaban aproximadamente un 45% más frecuentes dentro de una ventana de un día antes o después de una detonación.
Es una correlación estadística, no una explicación física. Y aquí conviene frenar antes de que aparezcan marcianos con casco de plomo.
Una posibilidad relativamente terrenal es que la radiación o el material procedente de las pruebas afectara de algún modo a las placas fotográficas. Se sabe que la lluvia radiactiva puede alterar emulsiones sensibles. El inconveniente es que ese tipo de contaminación suele producir manchas difusas, mientras que varios de los transitorios presentan perfiles puntuales semejantes a estrellas.
También se ha considerado algún fenómeno atmosférico inducido por partículas de alta energía, aunque tampoco existe un mecanismo demostrado capaz de explicar todas las observaciones. Y queda otra hipótesis, la más espectacular: reflejos solares de objetos artificiales situados a gran altura.
Ahí comienza el terreno realmente resbaladizo.
La extraña coincidencia con los ovnis de Washington de 1952
El triple transitorio del 19 de julio no cayó en una fecha cualquiera. Coincidió con el primero de los dos fines de semana de la célebre oleada de avistamientos de Washington de 1952, cuando controladores aéreos, pilotos y observadores comunicaron luces y señales de radar no identificadas alrededor de la capital estadounidense.
Una segunda placa de Palomar, correspondiente al 27 de julio de 1952, también contiene varios transitorios. Justamente el segundo fin de semana de aquella oleada.
Los episodios de Washington forman parte de la historia clásica de los ovnis. Hubo contactos de radar, testimonios visuales y despegues de interceptores militares. Las investigaciones oficiales plantearon explicaciones relacionadas con inversiones térmicas capaces de generar ecos anómalos de radar, junto con estrellas, meteoros y otros objetos mal identificados. Nunca apareció una nave extraterrestre guardada discretamente en algún hangar de Maryland.
Lo relevante para VASCO es otra cosa. Las fotografías de Palomar fueron tomadas a miles de kilómetros y no tenían ninguna relación con aquellas observaciones. Los astrónomos de 1952 tampoco sabían que, más de siete décadas después, alguien compararía sus placas con archivos de avistamientos.
El estudio de 2025 encontró asimismo una relación estadística entre el número diario de informes UAP y la cantidad de transitorios registrados. En los días analizados en los que existía al menos un transitorio, cada informe UAP adicional se asociaba con un incremento aproximado del 8,5% en su número.
Otra vez: asociación. No causalidad.
Una crítica seria estuvo a punto de desmontarlo todo
El debate cambió en enero de 2026, cuando un grupo de investigadores publicó un análisis crítico de los trabajos sobre las placas POSS-I. Su objeción era importante: parte de las supuestas anomalías podía proceder del propio material fotográfico y del modo en que se había construido la base de datos.
Encontraron candidatos confundidos con estrellas catalogadas, posibles artefactos del escaneado, defectos de placa y distribuciones espaciales sospechosas. También sostuvieron que la correlación con las pruebas nucleares perdía significación cuando se corregía adecuadamente por los días en los que Palomar realmente había observado el cielo. Según ese análisis, buena parte de la señal podía estar condicionada simplemente por el calendario del telescopio.
Era un golpe considerable. Si observas más durante determinadas fechas, encontrarás más cosas durante esas fechas. No hace falta invocar visitantes interestelares; basta una agenda.
Pero la discusión no terminó ahí.
En agosto de 2026 se publicó en Scientific Reports un nuevo trabajo que aplicó aprendizaje automático precisamente para intentar separar transitorios auténticos de defectos fotográficos. El modelo fue entrenado con 250 pares de imágenes previamente examinados por especialistas y después aplicado a una base de 107.875 candidatos.
El sistema no era perfecto —su sensibilidad y especificidad rondaban el 71%—, pero permitió asignar a cada candidato una probabilidad de ser una fuente real en lugar de una imperfección de la placa.
Tras controlar estadísticamente los artefactos identificados por el modelo, los investigadores volvieron a encontrar un exceso de transitorios alrededor de las pruebas nucleares. Y, curiosamente, la relación era todavía más marcada entre los candidatos que el algoritmo consideraba más probablemente reales.
Eso no liquida las críticas anteriores. Un modelo entrenado con 250 ejemplos sigue trabajando sobre fotografías antiguas, ruidosas y difíciles de interpretar. Pero tampoco permite despachar todo el fenómeno con un cómodo “eran manchas de las placas”.
Ovnis, bombas o algo mucho menos exótico
Quedan abiertas varias posibilidades, y ninguna tiene todavía pruebas suficientes para proclamarse vencedora.
Parte del catálogo será seguramente basura fotográfica. Otra parte podría corresponder a fenómenos astronómicos o atmosféricos poco conocidos. También se estudian reflejos solares producidos por objetos próximos a la Tierra porque varios candidatos aparecen agrupados o alineados de formas peculiares.
La hipótesis de objetos artificiales resulta especialmente provocadora porque hablamos de fotografías anteriores a 1957. Si un punto fuese realmente el reflejo de una superficie tecnológica situada en órbita antes del Sputnik, surgiría una cuestión bastante incómoda sobre quién la puso allí.
Pero no existe ninguna demostración de eso. Las investigaciones actuales hablan de candidatos, probabilidades, correlaciones y fenómenos sin identificar. Son palabras bastante menos cinematográficas que “nave extraterrestre”, aunque precisamente por eso importan.
Incluso la asociación nuclear admite escenarios naturales. La radiación, cambios atmosféricos, contaminación de emulsiones o factores relacionados con las propias campañas de observación podrían producir correlaciones engañosas. Y dos fenómenos raros pueden coincidir en el calendario sin compartir causa. La estadística detecta relaciones; después hay que encontrar la física.
Las viejas placas todavía guardan una incógnita
Lo verdaderamente fascinante de estas luces fantasma anteriores al Sputnik no es que demuestren que había ovnis sobre la Tierra en 1952. No lo hacen. Es que obligan a estudiar un cielo en el que todavía no existía la nube de objetos artificiales que hoy vuelve mucho más difícil interpretar cualquier destello extraño.
Palomar dejó congeladas esas noches sobre cristal y emulsión. Allí siguen, con sus pequeñas manchas luminosas, mientras distintas generaciones de investigadores discuten si son defectos químicos, fenómenos naturales desconocidos, efectos asociados indirectamente a las pruebas nucleares o algo todavía más difícil de encajar.
El triple destello del 19 de julio de 1952 continúa siendo especialmente desconcertante: tres fuentes con aspecto estelar, visibles durante una sola exposición y desaparecidas menos de una hora después, justo en uno de los fines de semana más célebres de la historia de los avistamientos estadounidenses.
Setenta y cuatro años después, nadie ha conseguido convertir esa coincidencia en una explicación. Tampoco hacerla desaparecer del todo. Y quizá esa sea la parte más incómoda: antes de que el ser humano llenara el cielo de satélites, el cielo ya tenía sus propios fantasmas.












