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Ciencia

¿Qué descubrió un robot submarino bajo un glaciar de Groenlandia?

Un robot submarino se acerca al frente de un glaciar de Groenlandia y encuentra krill, peces y un ecosistema mucho más activo de lo esperado

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submarino bajo un glaciar de Groenlandia

Resumen

  • Un robot submarino halló abundante vida junto a un glaciar de Groenlandia
  • Las cámaras registraron krill, peces, medusas y pequeños crustáceos
  • El deshielo puede alterar estos ecosistemas donde hielo y océano se encuentran

Un vehículo submarino operado a distancia ha mostrado algo que hasta hace muy poco permanecía prácticamente fuera de la vista: una intensa concentración de vida marina pegada al frente de un glaciar de Groenlandia. Las imágenes tomadas en Naajat Sermiat, en el sur de la isla, revelan krill, peces, gusanos, crustáceos, medusas y otros organismos moviéndose entre agua helada, sedimentos y corrientes de deshielo.

La sorpresa no está simplemente en encontrar animales en aguas de Groenlandia, algo perfectamente conocido, sino en descubrirlos justo donde el glaciar se encuentra con el océano, una frontera violenta, turbia y difícil de observar directamente. Los investigadores esperaban estudiar sobre todo qué ocurría con el agua dulce liberada por el hielo. Acabaron encontrándose delante una especie de pequeño barrio submarino instalado, contra toda apariencia, al pie de una enorme pared helada.

Conviene precisar también el episodio. El aparato no era un submarino tripulado ni desapareció sin control bajo el hielo, como podría sugerir una lectura demasiado cinematográfica de la historia. Era un ROV, un robot submarino dirigido desde la superficie, equipado con cámaras y preparado para entrar en una zona donde enviar buceadores habría sido sencillamente imprudente.

Un ecosistema pegado a una pared de hielo

Naajat Sermiat es un glaciar que termina directamente en el mar. En estos lugares el paisaje visible engaña bastante: sobre el agua aparece la mole blanca del hielo; debajo continúa una estructura mucho mayor, atravesada por grietas, cavidades y corrientes de deshielo.

El robot permitió aproximarse a esa frontera y mirar donde normalmente solo llegan instrumentos. Y allí había movimiento. Grandes agrupaciones de zooplancton, peces y pequeños invertebrados aparecieron junto al hielo durante distintas campañas de observación, una actividad biológica mucho mayor de la esperada para un entorno tan extremo.

Las cámaras registraron krill, camarones, anfípodos y copépodos, además de gusanos, medusas, calamares y larvas de cangrejo. También aparecieron peces y restos de capelán sobre superficies heladas. No es precisamente la postal tradicional de un glaciar: silencio, azul, frío. Bajo el agua la escena se parece más a un mercado diminuto, oscuro y bastante concurrido.

Krill, peces y animales atraídos por el glaciar

El krill llamó especialmente la atención. Estos pequeños crustáceos, fundamentales en numerosas redes alimentarias marinas, aparecían concentrados muy cerca de las corrientes que salían del hielo e incluso nadaban hacia algunas de ellas.

Eso importa porque durante años una de las explicaciones principales para la abundancia de peces cerca de determinados glaciares ha sido el llamado afloramiento. El agua dulce que sale desde la base asciende por su menor densidad y puede arrastrar hacia capas superiores agua marina más profunda, cargada de nutrientes. Esos nutrientes favorecen al fitoplancton; después llega el zooplancton; detrás, los peces. Una cadena bastante lógica.

Las nuevas observaciones sugieren que puede estar ocurriendo algo más. Parte de los animales parecía reaccionar no solo al agua profunda movilizada por esas corrientes, sino también al material procedente directamente del propio glaciar.

Ahí aparece la verdadera incógnita científica.

Por qué es tan difícil mirar debajo de un glaciar

Acercarse al frente de un glaciar marino no tiene demasiado que ver con dejar caer una cámara desde una zodiac y esperar resultados. Son lugares físicamente inestables. Del hielo pueden desprenderse bloques enormes sin aviso, mientras bajo la superficie circulan corrientes de agua dulce, agua marina, partículas minerales y fragmentos de hielo.

Por eso sabemos mucho más sobre los glaciares gracias a satélites, radares y mediciones realizadas a cierta distancia que sobre lo que sucede en los últimos metros que separan el hielo del océano.

El uso del robot permitió reducir ese problema. Durante las observaciones se combinaron las imágenes submarinas con mediciones aéreas y datos obtenidos desde embarcaciones más alejadas, reconstruyendo el recorrido de las plumas de agua turbia desde el frente glaciar hacia el fiordo.

La tecnología, en este caso, no añade espectáculo por capricho. Evita colocar a una persona debajo de toneladas de hielo que pueden decidir caerse justamente cuando uno está trabajando. Detalle razonable.

Las extrañas cascadas que caen bajo el agua

Uno de los fenómenos más llamativos grabados por las cámaras fueron corrientes de sedimentos descendiendo sobre el hielo, con un aspecto parecido al de pequeñas cascadas submarinas.

Los glaciares no transportan únicamente agua. Mientras avanzan y erosionan el terreno incorporan polvo, partículas minerales y rocas trituradas, además de materia de distinto origen. Cuando el hielo se derrite, parte de ese material queda liberado en el océano.

La imagen resulta extraña: una pared helada sumergida, agua turbia brotando entre sus irregularidades y partículas oscuras cayendo lentamente mientras alrededor se mueve el krill.

El misterio de qué están comiendo

Que los animales se concentren allí no demuestra automáticamente que estén alimentándose del material glacial. Esa diferencia es importante.

Dentro y sobre los glaciares existen microorganismos y algas capaces de vivir en condiciones extremas, y parte de esa materia biológica puede acabar transportada por el agua de deshielo hasta el mar. Los investigadores consideran plausible que algunos organismos marinos aprovechen recursos llegados directamente desde el hielo, aunque todavía no está claro cuánto contribuyen a su alimentación.

Dicho de otro modo: el robot ha visto el restaurante lleno, pero todavía falta determinar exactamente qué aparece en el menú.

La hipótesis tradicional del afloramiento de nutrientes continúa siendo válida. Lo novedoso es que ahora hay indicios de una relación más inmediata entre el material expulsado por el glaciar y los animales acumulados junto a él.

Lo que este hallazgo cambia sobre los glaciares

Los glaciares suelen aparecer en la conversación pública como grandes termómetros del calentamiento global: pierden masa, retroceden, liberan agua y contribuyen a modificar el nivel del mar. Todo eso es cierto, aunque la imagen queda incompleta.

Un glaciar que desemboca en el océano también puede funcionar como una pieza activa del ecosistema costero. Mueve agua, redistribuye sedimentos, altera la circulación del fiordo y puede influir en dónde se concentran nutrientes y organismos.

Las imágenes de Naajat Sermiat muestran hasta qué punto esa frontera entre hielo y mar puede convertirse en un punto de elevada actividad biológica. Para los pescadores groenlandeses la presencia de peces cerca de algunos glaciares no es ninguna revelación caída del cielo; forma parte del conocimiento acumulado sobre esas aguas. Lo nuevo es poder observar directamente algunos de los mecanismos que podrían explicar esa abundancia.

Y eso complica un poco el paisaje climático. El retroceso de un glaciar no significa únicamente que haya menos hielo. También cambia físicamente el lugar donde desemboca el agua dulce y, con él, las condiciones que han permitido desarrollarse a determinados organismos.

Cuando un glaciar que terminaba en el mar retrocede hasta quedar completamente sobre tierra, desaparece esa pared submarina donde hielo y océano interactuaban. Las corrientes se reorganizan. Los sedimentos toman otros caminos. La vida que se concentraba allí tendrá que adaptarse, desplazarse o perder ese hábitat.

El efecto exacto dependerá de qué esté atrayendo a los animales. Si la principal fuerza es el afloramiento provocado por el agua subglacial, perder el contacto directo entre glaciar y océano podría reducir considerablemente esa actividad local. Si parte de la productividad depende de nutrientes y materia transportados por el deshielo, algunos de esos aportes podrían continuar incluso después del retroceso. La diferencia no es menor.

Un glaciar menos silencioso de lo que parecía

Naajat Sermiat deja una imagen difícil de olvidar precisamente porque contradice una intuición muy humana: asociamos el hielo con un territorio vacío, inmóvil, casi estéril. Bajo la superficie ocurre otra cosa. El glaciar descarga agua, mueve sedimentos y sostiene actividad marina en un entorno que desde fuera parece casi deshabitado.

El descubrimiento no convierte cada frente glaciar de Groenlandia en una selva submarina ni permite asegurar todavía que el hielo esté alimentando directamente a todos esos animales. Sería demasiado bonito, y la naturaleza suele tener la mala costumbre de ser bastante más complicada.

Lo que sí muestran las observaciones es que la frontera entre un glaciar y el océano puede ser un ecosistema mucho más rico y dinámico de lo supuesto. Y conocerlo importa precisamente cuando numerosos glaciares marinos están retrocediendo. Antes de saber qué puede perderse con el hielo conviene entender qué había allí.

Esta vez hizo falta mandar una cámara donde una persona difícilmente podía llegar. Volvió con peces, krill, sedimentos cayendo como lluvia y una pared de hielo llena de actividad. El glaciar parecía vacío desde fuera. Solo había que mirar debajo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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