Ciencia
¿Cómo influyó El Niño en el calor récord del verano de 2026 en Europa?
Europa vivió un verano de calor extremo en 2026. El Niño tuvo un papel secundario frente a los bloqueos, la sequedad y el calentamiento global.

Resumen
- El Niño influyó en 2026, pero no fue el principal motor del calor europeo
- Los bloqueos, los mares cálidos y la sequedad explican mejor los récords
- El calentamiento global elevó la base sobre la que actuaron esos extremos
El Niño tuvo influencia en el verano abrasador de 2026, pero no fue el principal responsable del calor récord en Europa. Su efecto fue secundario, indirecto y más difícil de aislar que el de otros factores: el calentamiento global provocado por las emisiones humanas, los persistentes bloqueos anticiclónicos, unos mares excepcionalmente cálidos y la sequedad del suelo explican mucho mejor la extraordinaria duración e intensidad de las altas temperaturas.
Dicho de otro modo: culpar a El Niño de todo el calor europeo de 2026 sería cómodo, pero científicamente bastante flojo. El fenómeno del Pacífico comenzó el verano boreal todavía en desarrollo, fue fortaleciéndose durante julio y quedó firmemente establecido a mediados de agosto. Puede haber añadido energía al sistema climático y modificado a distancia ciertos patrones atmosféricos, pero Europa occidental ya estaba instalada sobre una base climática extraordinariamente cálida y sometida a circulaciones regionales capaces de producir olas de calor por sí mismas.
El Niño estaba creciendo, pero Europa ya ardía
La cronología importa. Mucho. A comienzos de junio, las previsiones internacionales apuntaban a una elevada probabilidad de que El Niño se desarrollase durante junio, julio y agosto. El Pacífico ecuatorial se calentó después con rapidez y en julio la anomalía de temperatura en la región Niño 3.4, uno de los indicadores utilizados para seguir el fenómeno, alcanzó valores propios de un episodio claramente asentado. Para mediados de agosto, El Niño ya se encontraba firmemente establecido y en proceso de intensificación.
Eso no convierte automáticamente las temperaturas de Madrid, París o Berlín en una consecuencia del Pacífico tropical. Las teleconexiones —los vínculos atmosféricos entre regiones separadas por miles de kilómetros— son bastante más retorcidas. En el verano del hemisferio norte, además, la influencia de El Niño sobre las latitudes medias suele ser más débil que durante el invierno, mientras la circulación europea depende de múltiples factores regionales.
El propio verano de 2026 dejó una demostración bastante gráfica. Europa occidental comenzó a sufrir episodios extremos desde finales de mayo. En junio llegó otra gran ola de calor y julio mantuvo buena parte del continente occidental bajo temperaturas elevadas, sequedad y nuevos episodios cálidos. El Niño iba creciendo mientras todo aquello ocurría, sí, pero la maquinaria atmosférica europea llevaba tiempo funcionando a pleno rendimiento.
El verdadero motor del calor récord estaba mucho más cerca
Los datos climáticos dibujan un verano extraordinario incluso antes de completar el balance estacional. Junio de 2026 fue excepcionalmente cálido en Europa occidental, con una temperatura media de 20,74 °C y unos 3,06 °C por encima del promedio de 1991-2020. Para el conjunto de Europa quedó también entre los junios más cálidos registrados.
Julio siguió una trayectoria parecida. El oeste europeo registró una media de 22,48 °C, 2,53 °C por encima de lo habitual, y terminó entre los julios más cálidos de la serie. Observados conjuntamente, junio y julio formaron uno de los periodos consecutivos más cálidos registrados para Europa occidental, muy por encima de referencias climáticas recientes que ya eran elevadas.
La atmósfera tenía una configuración propicia. Persistieron zonas de altas presiones que obstaculizaron el paso de las borrascas atlánticas y favorecieron cielos despejados, subsidencia —aire descendente que se comprime y calienta— y advecciones de aire cálido desde el norte de África. Es lo que popularmente suele llamarse cúpula o domo de calor, aunque detrás del nombre vistoso hay dinámica atmosférica bastante concreta.
El bloqueo atmosférico encerró el calor
Un anticiclón persistente puede comportarse como una puerta cerrada en mitad de un pasillo. Las perturbaciones intentan avanzar desde el Atlántico y encuentran una estructura prácticamente inmóvil; entretanto, la radiación solar calienta el suelo durante días, llegan masas de aire subtropical y las noches dejan de proporcionar alivio suficiente. Ese bloqueo atmosférico fue una de las piezas fundamentales del rompecabezas.
Eso ocurrió repetidamente durante 2026. El excepcional periodo de junio y julio estuvo acompañado por situaciones persistentes de altas presiones y por el transporte de aire cálido procedente del norte de África. No hace falta viajar hasta el Pacífico para encontrar buena parte de la explicación: el mapa sinóptico europeo ya estaba haciendo bastante trabajo por su cuenta.
Hay otro elemento menos espectacular que una lengua de aire sahariano, pero tremendamente eficaz: la falta de agua en el terreno. Cuando el suelo conserva humedad, parte de la energía solar se emplea en evaporarla. Cuando está seco, una proporción mayor de esa energía calienta directamente la superficie y el aire. El campo reseco deja de funcionar como pequeño refrigerador natural.
Durante junio y julio se observó una marcada sequedad en amplias zonas occidentales y centrales de Europa. La escasa humedad del suelo reforzó las temperaturas extremas, mientras el calor aumentaba a su vez la evaporación y agravaba la sequía. Un círculo bastante desagradable: más calor, menos agua; menos agua, más facilidad para alcanzar temperaturas elevadas.
El océano tampoco estaba precisamente frío. Durante el verano se registraron temperaturas superficiales marinas excepcionalmente altas en distintas regiones, también alrededor de Europa, con episodios de calor marino en la fachada atlántica y el Mediterráneo occidental. Aquí El Niño sí aparece con más claridad en la fotografía global, porque el calentamiento del Pacífico tropical puede contribuir a elevar temporalmente la temperatura media oceánica del planeta.
España ofrece un ejemplo especialmente claro
En la España peninsular, junio dejó una temperatura media de 23,3 °C, unos 3,2 °C por encima del promedio de 1991-2020. Fue uno de los junios más cálidos desde que comienza la serie nacional en 1961 y, al mismo tiempo, resultó extraordinariamente seco: las precipitaciones quedaron muy por debajo de sus valores habituales.
Julio todavía apretó otro tornillo. La temperatura media peninsular alcanzó 25,7 °C, alrededor de 2,6 °C sobre lo normal, situándose entre los meses más cálidos de toda la serie histórica española. Algunos observatorios del sureste y el interior superaron ampliamente los 43 °C durante los episodios más intensos, mientras la falta de lluvias agravaba el estrés térmico y la sequedad del terreno.
Es un retrato casi de laboratorio de cómo pueden combinarse distintos factores: calor previo acumulado, escasa humedad, altas presiones persistentes, masas de aire muy cálidas y mares recalentados. El Niño estaba presente, pero no hace falta convertirlo en el mayordomo de una novela policíaca para entender lo ocurrido.
Entonces, ¿qué hizo realmente El Niño?
El mecanismo indirecto existe. Cuando las aguas del Pacífico ecuatorial central y oriental se calientan, cambia la convección tropical: enormes masas de aire cálido y húmedo ascienden en regiones diferentes de las habituales y alteran la circulación de la alta troposfera. Esas perturbaciones pueden generar o modificar ondas de Rossby, gigantescas ondulaciones atmosféricas capaces de viajar miles de kilómetros.
Al alcanzar las latitudes medias, dichas ondas pueden modificar la corriente en chorro, los patrones de altas y bajas presiones e incluso la probabilidad de ciertos bloqueos atmosféricos. Ahí está la posible conexión entre un océano tropical lejano y una tarde sofocante en Europa. Pero conexión no significa causalidad automática. El efecto depende de la estación del año, la intensidad y localización del episodio de El Niño y, sobre todo, del estado previo de la atmósfera.
En verano, esa relación resulta especialmente escurridiza. La señal tropical compite con la circulación del Atlántico norte, las temperaturas de los mares próximos, la humedad continental, los bloqueos regionales y otras oscilaciones atmosféricas. De ahí que atribuir a El Niño una determinada ola de calor europea sea mucho más complicado que asociarle ciertos patrones de lluvia o temperatura en regiones donde su huella climática resulta más robusta.
La mejor manera de entender su papel en 2026 es verlo como un amplificador dentro de un sistema ya recalentado. Puede aportar calor adicional al promedio mundial, modificar la circulación planetaria y favorecer algunas configuraciones atmosféricas. Pero no explica por sí solo por qué Europa occidental encadenó bloqueos, sequedad y olas de calor récord.
Incluso un episodio muy intenso de El Niño no produce automáticamente impactos igualmente intensos en todas las regiones. Durante la segunda mitad de 2026 el fenómeno seguía fortaleciéndose, por lo que algunas de sus teleconexiones más características podían hacerse más visibles durante el otoño y el invierno, cuando su influencia sobre la circulación atmosférica del hemisferio norte suele ser más evidente.
El calentamiento global cambia las reglas del juego
El elemento que permanece cuando El Niño aparece, desaparece o cambia por La Niña es otro: la temperatura media del planeta sigue siendo considerablemente mayor que hace unas décadas. Eso levanta el suelo desde el que parten los fenómenos meteorológicos. Una ola de calor que antes necesitaba una combinación excepcional de circunstancias encuentra ahora una atmósfera y unos océanos previamente más cálidos.
Los estudios de atribución realizados durante las últimas olas de calor europeas han señalado repetidamente hacia el calentamiento antropogénico. Durante episodios extremos, las temperaturas pueden situarse muchos grados por encima de sus valores estacionales bajo sistemas persistentes de altas presiones, mientras el aumento de la temperatura media causado por los gases de efecto invernadero hace más probable alcanzar registros que décadas atrás resultaban mucho más raros.
Hay otra señal difícil de despachar como una casualidad meteorológica: buena parte de los meses más cálidos de Europa se concentran en los últimos años. España presenta una tendencia similar, con una frecuencia creciente de episodios y meses excepcionalmente cálidos durante el siglo XXI. El Niño va y viene cada pocos años. Esa tendencia de fondo, no.
Un verano que no necesita un único culpable
El verano europeo de 2026 no nació de una sola pieza del engranaje climático. Hubo un El Niño en rápida intensificación, sí, y probablemente dejó alguna huella indirecta sobre la circulación global. Pero su peso sobre el calor europeo fue secundario frente al calentamiento de fondo y las condiciones regionales que bloquearon, acumularon y retroalimentaron temperaturas extremas.
La diferencia importa porque permite interpretar correctamente lo ocurrido. El Niño podía alcanzar una fase más intensa durante el otoño y el invierno de 2026-2027, cuando sus teleconexiones suelen hacerse más claras. El verano contó una historia distinta: altas presiones obstinadas, mares calientes, campos secos y una atmósfera cada vez más cálida. El Pacífico puso algo de música de fondo. El escenario europeo ya estaba ardiendo por otras razones.












