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Historia

¿Quién fue Mao y qué queda de su legado en China 50 años después?

Medio siglo después de su muerte, Mao sigue pesando sobre China: fundador del régimen, símbolo nacional y responsable de políticas devastadoras.

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Mao durante un encuentro politico

Foto: autor desconocido / United Press International / Library of Congress — dominio público — vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • Mao fundó la República Popular y gobernó China hasta su muerte en 1976
  • El Gran Salto y la Revolución Cultural dejaron millones de víctimas
  • La China de Xi conserva el Partido, pero vive de mercado y empresa privada

Mao Zedong murió el 9 de septiembre de 1976, hace exactamente medio siglo. Fue el dirigente revolucionario que condujo al Partido Comunista Chino hasta la victoria, proclamó la República Popular en 1949 y gobernó China hasta su muerte. También fue el responsable político último de experimentos como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, episodios asociados a hambrunas, persecuciones y una mortalidad que se cuenta por millones. Reducirlo a héroe o monstruo sirve para una pancarta; para entender China, bastante menos.

Su paradoja resulta aún mayor vista desde 2026. Mao consiguió una China unificada bajo un poder central, independiente, comunista y capaz de volver a pesar en el mundo. En eso reconocería su obra. Pero el país que lleva su retrato en los billetes y conserva su enorme imagen frente a la plaza de Tiananmén se enriqueció haciendo muchas de las cosas que él combatió: empresa privada, inversión extranjera, beneficios, propiedad, mercados y grandes fortunas. Mao ganó la revolución. Sus sucesores conservaron el Partido y cambiaron buena parte de la receta económica.

Quién fue Mao Zedong y cómo llegó a gobernar China

Mao nació el 26 de diciembre de 1893 en Shaoshan, en la provincia de Hunan, dentro de una familia campesina relativamente acomodada. La China de su juventud era un país debilitado por las injerencias extranjeras, las guerras internas, el hundimiento de la dinastía Qing y una estructura rural profundamente desigual. No cuesta comprender por qué una generación entera de jóvenes intelectuales chinos buscó ideologías capaces de poner el país patas arriba. Mao encontró la suya en el marxismo.

Participó en la fundación del Partido Comunista Chino en 1921 y terminó convirtiéndose en su figura dominante después de años de guerra, clandestinidad y disputas internas. Su aportación doctrinal fue adaptar el marxismo a una sociedad donde el proletariado industrial era pequeño y donde la gran masa revolucionaria estaba en el campo. El campesinado, y no únicamente los obreros urbanos imaginados por la tradición marxista europea, pasó al centro de su estrategia.

Ahí aparece uno de sus grandes talentos políticos. Mao entendió la China rural, dominó la propaganda, construyó una poderosa narrativa revolucionaria y sobrevivió a derrotas que habrían liquidado a dirigentes menos flexibles. La Larga Marcha de 1934-1935, convertida después en epopeya fundacional, ayudó a cimentar su autoridad. Tras la guerra contra Japón y la reanudación de la guerra civil, los comunistas derrotaron a las fuerzas nacionalistas de Chiang Kai-shek, cuyo Gobierno terminó refugiándose en Taiwán.

El 1 de octubre de 1949, Mao proclamó en Pekín la República Popular China. Tenía 55 años. El comunismo había ganado el país más poblado del planeta.

Qué hizo Mao: construir un Estado y someter una sociedad

Los primeros años de la República Popular transformaron China a una velocidad brutal. El nuevo régimen redistribuyó tierras, destruyó el poder de buena parte de los antiguos terratenientes, extendió el control del Estado, nacionalizó progresivamente la economía y lanzó campañas de alfabetización y salud pública. La situación de las mujeres recibió también un impulso legal importante con reformas contra los matrimonios concertados y otras prácticas tradicionales.

China dejó atrás parte de la fragmentación que la había perseguido durante décadas. El Estado llegó a pueblos donde antes apenas existía. Crecieron la escolarización, la sanidad básica y la esperanza de vida a largo plazo. También se desarrolló una base industrial que, aunque modesta y tremendamente ineficiente en muchos sectores, proporcionaría infraestructuras y capacidades aprovechadas después por los reformistas.

Pero aquella modernización no era liberal ni democrática. El precio político fue un sistema de partido único, censura, represión de adversarios reales o supuestos y campañas periódicas destinadas a localizar enemigos de clase. Los terratenientes, antiguos funcionarios nacionalistas, intelectuales, empresarios y posteriormente cuadros comunistas podían pasar con inquietante rapidez de ciudadanos a objetivos políticos.

Mao no concebía el conflicto como una enfermedad que debía terminar una vez conquistado el poder. Veía la lucha de clases como un motor que debía continuar. Ese principio explica buena parte de lo que vino después y también uno de los grandes problemas de su gobierno: cada dificultad podía interpretarse como prueba de que alguien estaba saboteando la revolución.

El Gran Salto Adelante: cuando la voluntad quiso sustituir a la realidad

En 1958 Mao puso en marcha el Gran Salto Adelante, un intento de transformar China en una potencia industrial en muy pocos años mediante comunas populares, movilización masiva y objetivos de producción extraordinariamente ambiciosos.

La consigna pretendía acelerar la historia; la historia se tomó la revancha.

Los incentivos económicos desaparecieron, numerosos campesinos fueron apartados de las tareas agrícolas, los cuadros locales falsearon cosechas para satisfacer a sus superiores y el Estado requisó cereal sobre la base de cifras que no reflejaban lo que realmente había en los campos. A esos errores se sumaron malas cosechas y otros factores, pero existe un amplio consenso histórico sobre el peso decisivo de las políticas del Gran Salto en la catástrofe.

Entre 1959 y 1961 China sufrió una hambruna gigantesca. La cifra exacta continúa siendo discutida porque los registros de la época son incompletos y los métodos demográficos producen resultados distintos. Las estimaciones académicas suelen situar las muertes extraordinarias en decenas de millones; alrededor de 30 millones es una referencia muy utilizada, aunque existen cálculos tanto inferiores como considerablemente superiores.

No fue simplemente un desastre natural que sorprendió al Gobierno. Hubo políticas equivocadas, coerción, ocultación de información y un sistema donde decirle al jefe que sus órdenes estaban funcionando mal podía ser mucho más peligroso que seguir aplicándolas. Quizá aquí esté una de las lecciones más incómodas del maoísmo: cuando el poder no acepta malas noticias, hasta las estadísticas aprenden a obedecer.

La Revolución Cultural y el país puesto contra sí mismo

Mao perdió parte de su influencia después del fracaso del Gran Salto Adelante, aunque jamás dejó de ser la figura central del régimen. A mediados de los sesenta contraatacó.

En 1966 impulsó la Revolución Cultural, oficialmente presentada como una ofensiva contra las ideas burguesas y los elementos capitalistas infiltrados en el Partido y la sociedad. En la práctica también permitió a Mao recuperar poder, purgar rivales y movilizar a millones de jóvenes contra las propias estructuras del Estado comunista.

Los Guardias Rojos atacaron profesores, funcionarios, intelectuales y dirigentes del Partido. Hubo humillaciones públicas, torturas, encarcelamientos, asesinatos, destrucción de templos, libros, obras de arte y patrimonio histórico. Familias enteras quedaron marcadas por sus antecedentes de clase. Millones de jóvenes fueron enviados al campo. Universidades y escuelas sufrieron años de desorganización.

Las estimaciones sobre las muertes violentas varían ampliamente, aunque diversas investigaciones las sitúan alrededor de uno a dos millones, mientras que decenas de millones padecieron persecución, desplazamiento, cárcel, violencia o pérdida de oportunidades educativas y profesionales.

La propia dirección comunista terminó reconociendo la magnitud del desastre. En su resolución histórica de 1981, el Partido atribuyó a Mao la responsabilidad principal por la Revolución Cultural y calificó aquel periodo como un gravísimo error que causó enormes pérdidas al país. No por ello renunció a Mao. Hacerlo habría significado dinamitar el mito fundacional del régimen.

Ahí nació el equilibrio que Pekín mantiene, con distintas intensidades, hasta nuestros días: Mao puede haberse equivocado catastróficamente, pero sigue siendo el hombre que hizo posible la República Popular China.

De Mao a Deng: China conservó el Partido y cambió la economía

Cuando Mao murió en 1976, China seguía siendo una sociedad mayoritariamente rural, pobre y relativamente aislada de la economía internacional. La Revolución Cultural terminaba prácticamente con él. Dos años después comenzó el giro que cambiaría el siglo.

Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, a partir de 1978 China inició la política de reforma y apertura. Se desmontaron progresivamente las comunas agrícolas, se permitió que agricultores vendieran excedentes, aparecieron empresas privadas y colectivas, se crearon zonas económicas especiales y empezó a llegar capital extranjero.

La ruptura ideológica fue enorme aunque el envoltorio siguiera siendo socialista. El criterio dejó de ser únicamente quién poseía los medios de producción y pasó a importar, muchísimo, si aquello funcionaba.

Durante las décadas siguientes surgieron fábricas, rascacielos, autopistas, puertos y ciudades de millones de habitantes. Shenzhen ofrece casi una caricatura de esa metamorfosis: de pequeña localidad junto a Hong Kong a gigantesca metrópolis tecnológica. En 2001 China entró en la Organización Mundial del Comercio, acelerando su integración en las cadenas productivas internacionales.

El país se convirtió en la gran fábrica del planeta y después quiso ser algo más: productor de automóviles eléctricos, baterías, paneles solares, teléfonos, trenes de alta velocidad, inteligencia artificial y tecnología espacial.

Los números de la China actual habrían resultado casi extraterrestres en 1976. En 2025 su economía produjo alrededor de 140,2 billones de yuanes, creció un 5% y el país superó los 1.404 millones de habitantes. Casi el 68% de la población vive ya en zonas urbanas. Más revelador todavía para imaginar la reacción de Mao: las empresas privadas generan una parte decisiva de la actividad económica y la inmensa mayoría del empleo urbano.

No parece precisamente una comuna popular.

El cambio, sin embargo, tuvo una frontera clara. China liberalizó la economía mucho más de lo que liberalizó la política. Las protestas de Tiananmén de 1989 mostraron hasta dónde estaba dispuesto a llegar el Partido cuando percibía amenazado su monopolio del poder. El mensaje sobrevivió a Deng, Jiang Zemin y Hu Jintao: enriquecerse podía ser aceptable; disputar el poder al Partido Comunista, no.

Qué queda de Mao en la China de Xi Jinping

Muchísimo. Y bastante menos de lo que parece.

El retrato de Mao continúa presidiendo la puerta de Tiananmén y su rostro sigue apareciendo en los billetes de renminbi. Su mausoleo permanece en el centro de Pekín. El Pensamiento de Mao Zedong forma parte de la genealogía doctrinal oficial del Partido, y Xi Jinping continúa situándolo entre las figuras fundacionales de la China contemporánea.

En el 130.º aniversario de su nacimiento, en diciembre de 2023, Xi volvió a colocarlo en el corazón del relato oficial. Y este 50.º aniversario de su muerte encuentra incluso cierta nostalgia maoísta entre jóvenes chinos, algunos atraídos por su discurso sobre la igualdad frente a una sociedad donde el coste de la vivienda, la competencia laboral y las diferencias de riqueza han demolido buena parte del igualitarismo económico del pasado.

Hay cierta ironía. Jóvenes criados entre aplicaciones móviles, comercio electrónico y empresas tecnológicas recuperan frases de un dirigente que habría visto con enorme desconfianza buena parte de ese mundo.

Con Xi también han reaparecido rasgos que recuerdan a la tradición maoísta: mayor centralización política, disciplina ideológica, exaltación del Partido, campañas contra la corrupción, vigilancia sobre empresarios y universidades y una insistencia permanente en que el poder político debe mandar sobre el capital.

Pero comparar a Xi con Mao tiene límites claros. La China actual posee instituciones estatales mucho más complejas, una economía profundamente integrada en el mundo y una sociedad cuyo nivel de vida depende de mecanismos de mercado que ninguna dirección razonable podría desmontar de un día para otro sin provocar un terremoto.

Xi quiere un mercado subordinado al Partido. Mao aspiraba, en cambio, a eliminar las relaciones capitalistas que ese mercado inevitablemente crea. Parece un matiz académico hasta que uno recuerda que en China hay bolsa, promotores inmobiliarios, multinacionales, empresarios multimillonarios y decenas de millones de empresas privadas.

¿Estaría contento Mao con la China actual?

Es imposible saber qué pensaría un hombre muerto hace medio siglo, pero sus ideas y decisiones permiten dibujar una respuesta bastante convincente: estaría orgulloso de una parte y probablemente horrorizado por otra.

Reconocería inmediatamente el poder político. El Partido Comunista sigue gobernando. No existe alternancia electoral. El Ejército Popular de Liberación permanece bajo dirección del Partido. China es una potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y una de las grandes potencias que condicionan la política mundial. Estados Unidos, que en los años cincuenta intentó aislar a la nueva República Popular, contempla a Pekín como su principal competidor estratégico.

Mao dedicó su vida a impedir que China volviera a ser humillada por potencias extranjeras. Encontrarse con un país capaz de enviar misiones espaciales, construir portaaviones, fabricar sus propios cazas, negociar de tú a tú con Washington y extender su influencia económica por medio planeta probablemente habría satisfecho una de sus obsesiones más profundas: China vuelve a ser fuerte.

También reconocería la supremacía del Partido bajo Xi. La idea de que la organización comunista debe dirigir el Estado, el Ejército, la economía y la sociedad tiene inequívocos ecos maoístas.

Luego saldría a la calle.

Vería centros comerciales, publicidad, marcas de lujo, restaurantes privados, plataformas de comercio electrónico, especulación inmobiliaria, salarios muy diferentes, automóviles de alta gama y grandes patrimonios privados. Encontraría una sociedad donde millones de personas compran viviendas, invierten, fundan compañías o intentan enriquecerse. Se toparía incluso con una legislación destinada a proteger y fomentar la economía privada.

Aquí la sonrisa seguramente duraría poco.

Mao lanzó la Revolución Cultural precisamente contra quienes acusaba de querer conducir China por la vía capitalista. Entre sus principales objetivos políticos estuvo Deng Xiaoping, el hombre que sobreviviría a sus purgas y acabaría orientando China hacia el mercado después de su muerte. Hay una ironía histórica casi demasiado perfecta: el dirigente apartado por Mao terminó diseñando el sistema económico que permitió a la República fundada por Mao convertirse en una superpotencia.

También encontraría difícil digerir la desigualdad. El maoísmo exaltaba un igualitarismo extremo, a veces igualitario incluso en la pobreza. La China contemporánea acepta diferencias importantes de ingresos y patrimonio mientras intenta evitar que estas amenacen la estabilidad política. Las campañas de Xi sobre la prosperidad común pueden sonar familiares al oído maoísta, pero se desarrollan dentro de una economía que Mao difícilmente habría reconocido como propia.

Aunque tampoco conviene convertirlo en una estatua doctrinal incapaz de pragmatismo. Mao fue capaz de recibir a Richard Nixon en 1972, abriendo una aproximación a Estados Unidos porque servía a los intereses estratégicos chinos frente a la Unión Soviética. El revolucionario sabía modificar tácticas cuando estaba en juego el poder nacional. Quizá habría tolerado algunas concesiones económicas si le hubieran mostrado lo que China consiguió con ellas. Otra cosa es imaginarlo aceptando empresarios multimillonarios como compañeros permanentes de viaje.

El retrato sigue colgado, pero el país ya es otro

Cincuenta años después de su muerte, Mao Zedong continúa siendo demasiado grande para que China pueda guardarlo simplemente en un museo. Fundó el régimen que todavía gobierna, ayudó a reconstruir un Estado soberano tras décadas de guerras y fragmentación y dejó una identidad política que el Partido Comunista considera inseparable de su propia legitimidad.

También dirigió políticas que provocaron sufrimientos extraordinarios. El Gran Salto Adelante desembocó en una de las mayores hambrunas del siglo XX y la Revolución Cultural convirtió la persecución ideológica en parte de la vida cotidiana de millones de personas. Que el propio Partido que Mao dirigió terminara admitiendo graves errores y su responsabilidad principal en aquella última catástrofe dice bastante.

¿Fue bueno o malo? Como personaje histórico, semejante aritmética se queda pequeña. Como gobernante, su legado exige reconocer simultáneamente la construcción del Estado y la magnitud de sus abusos. Haber transformado un país no absuelve el coste humano de esa transformación.

La China que dejó en 1976 tampoco es la China que existe en 2026. Es infinitamente más rica, urbana, tecnológica, comercial y conectada con el mundo; conviven empresas estatales con un gigantesco sector privado y sus ciudadanos consumen productos y acumulan patrimonio de maneras incompatibles con el maoísmo clásico. Sin embargo, una pieza esencial sobrevivió intacta: el Partido nunca entregó el poder.

Quizá ese sea el resultado más extraño de estos cincuenta años. China enterró las comunas, abrió bolsas, recibió capital extranjero, creó multimillonarios y se convirtió en una de las grandes economías del mundo sin retirar el enorme retrato de Mao de Tiananmén. El hombre permanece en la fachada. El país, mientras tanto, aprendió a vivir de una revolución económica que él probablemente nunca habría permitido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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