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¿Qué dijo Cayetano Martínez de Irujo sobre feminismo y su pasado?

Cayetano Martínez de Irujo habla del feminismo, las drogas, su madre y una infancia atravesada por malos tratos, pérdidas y conflictos familiares.

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Cayetano Martínez de Irujo

Créditos: Quesería La Antigua de Fuentesaúco, “Presentación carreras de Caballos de Sanlúcar de Barrameda en Guijuelo”, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • Cayetano tacha de «gilipollez» hablar actualmente de feminismo
  • Admite drogas, depresión y heridas de una infancia especialmente dura
  • También rechaza convertir el palacio de Arbaisenea en un negocio hotelero

Cayetano Martínez de Irujo ha vuelto a hablar sin demasiados filtros y esta vez sus palabras han dejado bastante material detrás. El hijo de la duquesa de Alba ha calificado de «gilipollez» y «chorrada» hablar actualmente de feminismo, una afirmación que explica desde la figura de su madre, a la que considera una mujer adelantada a su época y pionera del empoderamiento femenino. No ha sido su única confesión: también ha reconocido sus problemas con las drogas, los malos tratos que sufrió de niño, la depresión y algunas heridas familiares que, según él, necesitó décadas para afrontar.

Las declaraciones llegan mientras Cayetano Martínez de Irujo vuelve a ocupar un espacio importante en la actualidad social por varias entrevistas concedidas coincidiendo con la publicación de La última Duquesa, el libro dedicado a Cayetana Fitz-James Stuart. En ellas aparece un relato menos ceremonioso de la Casa de Alba: detrás de los títulos, los palacios y los retratos hay una infancia dura, relaciones familiares complicadas y un patrimonio que él se niega a convertir simplemente en una máquina de hacer dinero.

Qué dijo Cayetano Martínez de Irujo sobre el feminismo

La frase que más ruido ha generado procede de su participación en Plano General, el programa de entrevistas de TVE presentado por Jenaro Castro. Cayetano sostiene que su madre fue «una pionera del feminismo y del empoderamiento de la mujer» y, precisamente desde esa interpretación de la vida de la duquesa de Alba, asegura que hablar actualmente de feminismo le parece una «gilipollez» y una «chorrada».

La explicación importa. Martínez de Irujo no presenta la frase como un ataque personal contra mujeres concretas ni desarrolla una crítica detallada a las reivindicaciones feministas actuales. Su razonamiento es otro: considera que Cayetana de Alba ejerció su independencia en una sociedad bastante más rígida que la actual, tomó sus propias decisiones, administró un enorme patrimonio y vivió con una autonomía poco habitual para una mujer de su generación. Desde ahí concluye que buena parte del discurso contemporáneo le resulta innecesario.

Es, naturalmente, una afirmación discutible. Que determinadas mujeres poderosas rompieran moldes décadas atrás no significa que las desigualdades que dieron origen al feminismo desapareciesen por arte de magia. Una duquesa podía desafiar convenciones sociales y, al mismo tiempo, millones de mujeres seguir teniendo derechos jurídicos, laborales o familiares muy inferiores a los actuales. La historia tiene esas contradicciones; no cabe cómodamente en una frase de sobremesa.

La contundencia de Cayetano explica, en cualquier caso, por qué sus palabras han llamado tanto la atención. No acostumbra a matizar con bisturí. El duque de Arjona suele hablar desde su experiencia personal y familiar, y vuelve a hacerlo aquí con una expresión deliberadamente áspera.

Su confesión sobre las drogas: «Machaqué mi vida»

En la misma entrevista televisiva aparece otra declaración bastante más íntima. Cayetano reconoce que durante una etapa de su vida cayó en las drogas y admite que se arrepiente de aquellos años porque, según sus propias palabras, «machaqué mi vida».

El aristócrata afirma que consiguió salir de aquella situación y atribuye al deporte y la equitación una parte importante de esa recuperación. La hípica no ha sido para él únicamente una actividad profesional o una afición vinculada a su imagen pública: la presenta como una disciplina que le proporcionó estructura cuando su vida atravesaba momentos especialmente complicados.

También ha hablado de depresión y tratamiento psicológico, asuntos que conecta con una infancia que describe de forma bastante menos idílica de lo que podría sugerir el escenario de palacios, fincas y apellidos históricos.

Los malos tratos que asegura haber sufrido de niño

Martínez de Irujo afirma que cuando tenía 12 años sufrió malos tratos por parte de una niñera. Según su testimonio, aquella mujer le pegaba con dureza y él no contó lo ocurrido a sus padres porque estaba amenazado.

La confesión encaja con un relato de infancia que Cayetano lleva tiempo reconstruyendo y que en sus últimas entrevistas ha adquirido una dimensión especialmente cruda. El lujo material estaba allí, desde luego. Pero protección emocional y riqueza no son sinónimos, una distinción bastante elemental que su historia familiar vuelve incómodamente visible.

Cayetano sostiene que necesitó terapia para procesar parte de aquellas experiencias. De hecho, describe su situación actual como uno de los mejores momentos de su vida precisamente porque siente que está resolviendo un problema emocional arrastrado durante décadas.

La muerte de su padre y una herida que duró 40 años

Una parte central de ese trauma está relacionada con la muerte de su padre, Luis Martínez de Irujo y Artázcoz, fallecido en 1972 después de sufrir leucemia. Cayetano tenía nueve años.

En una entrevista realizada en Arbaisenea, el palacio familiar de San Sebastián, ha recordado que él y su hermano Fernando seguían rezando pensando que su padre podía recuperarse. Mientras tanto, se les impedía ver televisión o escuchar noticias. Cuando finalmente recibieron la noticia, su padre ya había muerto.

El encargado de comunicárselo fue su hermano Alfonso. El recuerdo sigue siendo particularmente doloroso para Cayetano, que reprocha la frialdad con la que, según su versión, se produjo aquel momento. Llega a decir que Alfonso «no tenía sangre en las venas» y lamenta que no les diera siquiera un abrazo después de comunicarles la muerte.

No presenta ese episodio como una simple anécdota familiar. Asegura que la experiencia le provocó una tristeza que arrastró durante aproximadamente 40 años y que hasta hace relativamente poco no podía recordar sin ponerse a llorar.

Una infancia entre privilegios y una disciplina casi militar

Los recuerdos de Arbaisenea explican parte de esa mezcla extraña. Cayetano describe unos veranos de infancia casi militares: él y Fernando podían pasar meses en la residencia mientras apenas veían a sus hermanos mayores y su madre permanecía allí periodos mucho más cortos.

Recuerda incluso que debían entrar en su dormitorio a las ocho de la tarde y permanecer allí hasta las ocho de la mañana, sin encender la luz ni salir. Había orinales dentro de la habitación. La imagen resulta chocante precisamente por el decorado: un palacio victoriano y dos niños sometidos a una rutina rígida, casi de internado.

Sobre sus hermanos mayores tampoco dibuja una postal especialmente cálida. Explica que Fernando y él apenas mantenían relación con ellos y que los percibían prácticamente como adultos conocidos que aparecían y desaparecían de la casa.

Lo que dice de la duquesa de Alba como madre

Quizá las palabras más delicadas sean las dedicadas a Cayetana de Alba. Cayetano asegura que su madre hizo muchas cosas extraordinarias, pero sostiene que «lo menos bueno que hizo fue ser madre».

La frase, aislada, parece una demolición. Su explicación es bastante más compleja. Martínez de Irujo considera que su madre no había tenido modelos familiares normales sobre los que construir la maternidad. Cayetana Fitz-James Stuart perdió a su madre siendo niña y creció como hija única, rodeada desde muy pronto por las obligaciones asociadas a una de las casas aristocráticas más importantes de Europa.

Según Cayetano, ella había sido educada para dirigir, decidir y preservar un patrimonio extraordinario, no precisamente para sentarse a hablar durante horas de sentimientos. La describe como una «emperatriz» que daba órdenes y no solía explicar sus decisiones.

Eso provocó choques continuos entre ambos durante años. Él mismo admite que heredó buena parte de ese carácter. Con el tiempo, sin embargo, asegura haber entendido mejor a su madre y haber mantenido con ella una relación muy estrecha durante su última etapa.

Hay afecto, crítica y cierta reconciliación tardía. Nada demasiado limpio. Quizá por eso resulta más creíble.

El palacio que se niega a convertir en hotel

Las revelaciones personales llegan acompañadas de otra cuestión menos dramática, aunque económicamente nada pequeña: el futuro de Arbaisenea, la residencia familiar situada en San Sebastián.

El palacio fue construido en 1881 y se encuentra dentro de una finca que actualmente tiene unos 20.000 metros cuadrados. Cayetano explica que conservar una propiedad de estas características supone un gasto enorme, desde reparaciones especializadas hasta el mantenimiento cotidiano de jardines, muebles y estructuras antiguas.

Ha recibido propuestas para obtener rentabilidad del inmueble. Entre ellas, afirma que le han planteado en tres ocasiones convertirlo en un establecimiento de Relais & Châteaux, además de organizar visitas turísticas, comidas privadas y otras actividades.

No revela la cantidad ofrecida, aunque asegura que se trata de mucho dinero y que podría vivir tranquilamente con esos ingresos. Ha dicho que no.

Su argumento vuelve a estar atravesado por la idea de herencia. Considera que transformar el palacio en un negocio desvirtuaría aquello que recibió de su madre. Defiende conservarlo como residencia familiar y critica que se utilicen edificios históricos para obtener beneficio económico bajo el argumento de sufragar su mantenimiento.

Puede parecer una paradoja peculiar —rechazar millones para preservar un palacio heredado no es precisamente un dilema cotidiano—, pero dentro de su discurso hay una lógica reconocible: para Cayetano, recibir patrimonio significa también asumir una obligación. Propiedad y custodia, en su cabeza, vienen en el mismo paquete.

Cuando el apellido no tapa las heridas

Las últimas declaraciones de Cayetano Martínez de Irujo llaman la atención por la frase contra el feminismo, sí, pero reducirlas únicamente a esa polémica dejaría fuera casi todo lo demás. El relato que está construyendo habla de drogas, depresión, malos tratos, conflictos entre hermanos y una relación compleja con la duquesa de Alba.

Al mismo tiempo, sigue defendiendo con enorme convicción el universo del que procede. No reniega de la aristocracia, ni de sus títulos, ni de la tradición familiar; al contrario. Quiere conservarlos. Lo singular es que ha dejado de describir ese mundo únicamente desde su fachada más brillante.

Los palacios permanecen, los cuadros siguen colgados y los apellidos ocupan varias líneas. Pero cuando Cayetano habla de aquella casa silenciosa, de dos niños esperando noticias de su padre o de heridas que tardaron cuatro décadas en cicatrizar, el mármol pierde bastante lustre. Y ahí está, probablemente, la parte más reveladora de todo lo que ha dicho.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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