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¿Por qué Israel conserva esperma de soldados muertos para tener hijos?
Israel ha ampliado la extracción de esperma post mortem de soldados fallecidos, una práctica médica y legal marcada por el consentimiento y el duelo

Resumen
- Israel ha conservado esperma de unos 250 soldados y agentes fallecidos
- La extracción debe hacerse con rapidez para preservar células viables
- Usar el semen después exige autorización y abre un debate sobre consentimiento
Israel ha convertido la extracción post mortem de esperma de militares y miembros de las fuerzas de seguridad fallecidos en una práctica organizada por el sistema sanitario durante la guerra iniciada tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. A comienzos de 2026, alrededor de 250 soldados y agentes de seguridad habían sido sometidos al procedimiento, una cifra que equivalía aproximadamente a una cuarta parte de los soldados varones muertos desde aquel ataque.
La razón inmediata es sencilla, aunque sus consecuencias no lo son: conservar células reproductivas permite que la pareja del fallecido —y, en determinadas circunstancias, sus padres— pueda intentar años después que nazca un hijo genéticamente suyo. El esperma se recupera pocas horas después de la muerte, se analiza y, cuando existen células viables, se congela en nitrógeno líquido. Pero extraerlo no significa tener automáticamente derecho a utilizarlo. Ahí empieza una discusión en la que se cruzan medicina, consentimiento, duelo, familia, autonomía personal y una idea muy arraigada en Israel: la continuidad de la descendencia.
Lo excepcional es la escala. Antes de octubre de 2023, estas intervenciones eran escasas y estaban rodeadas de trámites judiciales. La enorme cantidad de muertos jóvenes provocada primero por el ataque del 7 de octubre y después por la guerra alteró el mecanismo. El Estado creó una vía de emergencia para actuar antes de que desaparezca la posibilidad biológica de recuperar espermatozoides. El reloj, literalmente, corre desde el momento de la muerte.
Una práctica excepcional que la guerra convirtió en habitual
La recuperación de esperma después de la muerte no nació en Israel ni es una técnica reciente. Está documentada médicamente desde hace décadas. Lo singular del caso israelí es cómo pasó, en muy poco tiempo, de procedimiento marginal a formar parte de la respuesta institucional ante la muerte de soldados.
Las primeras cifras muestran la velocidad del cambio. En febrero de 2024, el Ministerio de Sanidad israelí había comunicado que se había recuperado con éxito esperma de 110 militares y 10 civiles desde el 7 de octubre. Para junio de 2025, las familias de soldados habían presentado 236 solicitudes: 229 terminaron con una extracción satisfactoria y siete fracasaron por el tiempo transcurrido desde el fallecimiento. El 77% de aquellas peticiones procedía de los padres de los militares, no de sus parejas.
En noviembre de 2025, el Ministerio de Sanidad situaba ya el balance en 250 soldados y miembros de las fuerzas de seguridad, además de 21 civiles. De los 250 casos militares, 193 extracciones habían sido solicitadas por uno de los progenitores. Lo que unos años antes podía acabar en una larga discusión ante un juez había entrado, de pronto, en la rutina burocrática de una guerra prolongada.
El propio Ejército israelí ha reconocido que los oficiales encargados de comunicar una muerte informan a las familias de la posibilidad legal de recuperar esperma cuando todavía es médicamente viable. No es un detalle menor. La noticia de una muerte y la decisión sobre la posible descendencia futura pueden llegar casi pegadas, separadas apenas por unas horas.
Cómo se extrae el esperma después de la muerte
El procedimiento puede sonar propio de la ciencia ficción, pero médicamente es bastante más prosaico. Un urólogo o especialista en fertilidad obtiene tejido testicular del fallecido y lo envía a un laboratorio de reproducción asistida. Allí se buscan espermatozoides vivos mediante microscopio; las células viables, o el propio tejido que las contiene, pueden conservarse mediante criopreservación.
También pueden emplearse técnicas de aspiración mediante aguja. La elección depende del hospital, del estado del cuerpo y de las circunstancias clínicas. Después llega el laboratorio: determinar si existen espermatozoides, comprobar su vitalidad y congelar el material aprovechable.
Las primeras 24 horas pesan muchísimo
Aquí la biología no concede demasiadas prórrogas. Las probabilidades de encontrar espermatozoides móviles son considerablemente mejores cuando la intervención se realiza durante las primeras 24 horas posteriores a la muerte. Existen recuperaciones posteriores y las autoridades israelíes contemplan una ventana que puede alcanzar las 72 horas, pero cada hora que pasa deteriora las posibilidades. No hay casos documentados de obtención satisfactoria de células espermáticas vivas después de ese límite.
De ahí la peculiar logística que se ha creado alrededor de los soldados fallecidos. El cuerpo debe ser identificado, trasladado y puesto a disposición del equipo médico con enorme rapidez. El Ejército ha desarrollado un sistema capaz de trasladar los cadáveres en pocas horas cuando la familia solicita la intervención.
El conflicto entre tiempo médico y tiempo humano resulta evidente. Una familia acaba de saber que un hijo ha muerto y, casi inmediatamente, puede enfrentarse a una decisión que afecta a alguien que todavía no existe: un posible nieto concebido años después.
Extraer el esperma no significa poder utilizarlo
Esta es probablemente la distinción más importante de toda la historia. Israel ha facilitado extraordinariamente la recuperación y conservación, pero eso no concede a los familiares carta blanca para crear un hijo.
Durante la guerra, los hospitales pueden atender una solicitud presentada por los padres sin esperar previamente una autorización judicial cuando acudir al tribunal podría hacer perder la ventana biológica para recuperar células viables. La excepción deja de operar cuando existe oposición de la pareja u otros familiares, o cuando los propios progenitores discrepan entre sí. La normativa de emergencia intenta resolver un problema bastante concreto: primero conservar el material, porque después podría ser demasiado tarde.
Otra cosa es utilizarlo. Para que ese esperma congelado llegue a una fecundación in vitro interviene el tribunal de familia, que debe valorar la voluntad del fallecido. Cuando la petición procede de su pareja estable, el sistema israelí parte de la presunción de que tener descendencia con ella podría corresponderse con sus deseos, salvo que existan indicios en sentido contrario.
Cuando son los padres quienes quieren un nieto
El escenario se vuelve mucho más delicado cuando el soldado no tenía pareja y son sus padres quienes pretenden continuar su línea genética.
Según las directrices oficiales vigentes, los progenitores deben demostrar ante el tribunal que tener descendencia después de su muerte era compatible con la voluntad del hijo. Si se autoriza el uso del esperma, una mujer no emparentada con el fallecido puede utilizarlo para concebir y será jurídicamente la madre del niño. No basta, por tanto, con que los futuros abuelos deseen tener un nieto.
Israel lleva años intentando convertir esta compleja jurisprudencia en una legislación específica. El proyecto sobre utilización del esperma de una persona fallecida superó su primera lectura parlamentaria en 2022, pero a agosto de 2026 seguía en fase de preparación para las siguientes lecturas. El legislador todavía no ha dado una respuesta definitiva al conjunto del problema y continúa operando, fundamentalmente, bajo directrices jurídicas previas y las excepciones introducidas durante la guerra.
El consentimiento es la grieta más difícil de cerrar
Toda la arquitectura legal tropieza con una cuestión incómoda: qué habría querido realmente el muerto.
Un hombre puede haber expresado durante años su deseo de ser padre y, aun así, no haber dicho nunca que quisiera tener hijos después de morir. Son dos decisiones distintas. Precisamente ahí se concentra buena parte de las objeciones bioéticas: conservar material genético puede ser reversible —simplemente puede no utilizarse—, mientras que concebir una persona no lo es.
Un estudio realizado con una muestra de 600 hombres judíos israelíes mostró una sociedad bastante menos unánime de lo que podría sugerir la expansión del procedimiento. Entre los encuestados cuyos padres seguían vivos, el 47,3% se oponía a que estos solicitaran la recuperación post mortem de su esperma, frente al 38,3% que la aceptaba. Entre quienes tenían pareja estable, el 36,5% rechazaba que fuese ella quien promoviera la extracción.
Curiosamente, una mayoría sí defendía aclarar el asunto antes de que ocurra una tragedia. El 71% consideraba conveniente preguntar a los soldados durante el reclutamiento qué desean que se haga con su esperma si mueren en servicio, porcentaje que ascendía al 78,2% cuando la consulta se planteaba antes de incorporarse como reservista.
El Ejército, al menos según la información pública disponible, no había implantado un sistema general para registrar esa voluntad. Y ahí está la paradoja: Israel ha construido una maquinaria médica capaz de conservar la capacidad reproductiva de un hombre después de su muerte, pero sigue teniendo dificultades para saber con certeza si ese hombre quería que la maquinaria se pusiera en marcha.
Del duelo privado a una cuestión de Estado
La práctica tampoco puede entenderse únicamente desde el quirófano. Israel mantiene desde hace décadas una relación particularmente intensa con la reproducción asistida y la idea cultural de continuidad familiar. En ese marco, tener hijos no aparece solo como una decisión privada; también ocupa un espacio simbólico considerable dentro de una sociedad atravesada por guerras, servicio militar obligatorio, memoria histórica y preocupación demográfica.
Investigaciones académicas sobre la reproducción post mortem israelí describen precisamente esa superposición: duelo familiar, solidaridad nacional y continuidad genética terminan mezclándose. Para algunos familiares, preservar el esperma significa conservar una posibilidad, una especie de puerta que no se cierra con el entierro. Para ciertos responsables políticos y sectores sociales, la imagen adquiere además una dimensión colectiva: el soldado ha muerto, pero su descendencia todavía puede continuar.
El lenguaje lo delata. En Israel se ha popularizado la expresión hebrea hatzalat zera, algo parecido a “salvar el esperma” o “salvar la semilla”. No se habla simplemente de almacenar una muestra biológica. La palabra “salvar” introduce otra carga: aquello que se recupera parece convertirse en una parte de la persona que todavía puede ser rescatada de la muerte.
Es, desde luego, una interpretación cultural. No todos los israelíes la comparten y las reservas éticas y jurídicas aparecen también entre médicos, juristas, investigadores y familiares de militares.
Durante bastante tiempo, gran parte de la discusión giró alrededor de tubos congelados y posibilidades futuras. Eso cambió cuando empezaron a nacer niños concebidos con esperma obtenido después de la muerte de militares fallecidos durante la guerra.
Uno de los casos más conocidos es el de Hadas Levy y su prometido, el capitán reservista Netanel Silberg, muerto en Gaza el 18 de diciembre de 2023. Su esperma fue recuperado después de fallecer. Levy acudió posteriormente a los tribunales, obtuvo autorización para utilizarlo y siguió un tratamiento de fecundación in vitro. El 11 de junio de 2025 nació su hijo, considerado el primer nacimiento de este tipo relacionado con un soldado muerto en aquella guerra.
Ese nacimiento trasladó el debate desde lo abstracto hasta una cuna. El niño existe, tiene una madre y una historia familiar, pero su padre había muerto aproximadamente año y medio antes de que naciera.
Es ahí donde las categorías habituales empiezan a quedarse pequeñas. No se trata simplemente de donación de semen, porque el donante concreto está identificado y ha fallecido. Tampoco de reproducción asistida convencional, porque una de las personas cuya carga genética origina al niño nunca podrá ejercer como padre. Y no siempre existe un consentimiento escrito que despeje el horizonte.
Vida después de la muerte, con límites todavía abiertos
La extracción de esperma de soldados muertos se ha convertido en Israel en algo mucho más frecuente desde el 7 de octubre de 2023. Unas 250 extracciones entre militares y miembros de las fuerzas de seguridad constaban ya a finales de 2025, y la infraestructura sanitaria y militar creada durante la guerra continúa ofreciendo a determinadas familias la posibilidad de preservar ese material.
Pero la cifra más llamativa no resuelve el dilema. Lo agranda. La medicina puede conservar durante años unas células que habrían muerto en cuestión de horas; el Derecho, bastante más lento que un laboratorio de fertilidad, tiene que decidir quién puede utilizarlas y en nombre de qué voluntad.
Y queda una tercera persona, acaso la más fácil de olvidar en mitad de este enorme debate sobre padres, abuelos, soldados y Estado: el niño que puede nacer. La tecnología permite que un hombre tenga descendencia después de muerto. Decidir cuándo esa posibilidad debe convertirse en una vida es otra cosa. Ahí Israel todavía está escribiendo las reglas.

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