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Economía

¿Por qué la inflación de EE.UU. puede obligar a la Fed a subir tipos?

La inflación estadounidense sigue por encima de lo deseado y la Fed afronta una reunión decisiva con una subida de tipos cada vez más probable.

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fachada edificio de la reserva federal de eeuu

Foto: Dan Smith / Wikimedia Commons — Trabajo propio, CC BY-SA 2.5.

Resumen

  • La inflación de EE.UU. se mantiene en el 3,4% y vuelve a inquietar a la Fed
  • El mercado ve muy probable una subida de 0,25 puntos el 16 de septiembre
  • Crédito, hipotecas y empresas sentirían el efecto de unos tipos más altos

La inflación estadounidense se resiste a abandonar la escena y vuelve a colocar a la Reserva Federal ante una decisión incómoda. Tras conocerse los precios de agosto, los mercados consideran muy probable que el banco central eleve los tipos de interés en un cuarto de punto el miércoles 16 de septiembre, desde la actual horquilla del 3,50%-3,75% hasta el 3,75%-4,00%.

El motivo está en unos precios que siguen creciendo demasiado deprisa para el gusto de la Fed. El IPC de Estados Unidos aumentó un 0,4% en agosto y mantuvo su tasa interanual en el 3,4%, lejos del entorno de estabilidad de precios que busca el banco central. La inflación subyacente, que elimina alimentos y energía por sus fuertes oscilaciones, avanzó un 0,3% mensual y quedó en el 2,4% interanual.

No significa que la subida esté decidida. La política monetaria nunca funciona como una máquina expendedora en la que se introduce un dato de inflación y cae automáticamente un aumento de tipos. Pero el tablero ha cambiado deprisa. Tras conocerse el IPC, los contratos de futuros llegaron a situar en torno al 85%-90% la probabilidad de un incremento de 25 puntos básicos en septiembre.

Para los hogares estadounidenses, la consecuencia sería bastante menos abstracta que cualquier gráfico de Wall Street: financiación más cara, tarjetas de crédito sometidas a tipos elevados, préstamos para comprar un coche menos amables y unas empresas que tendrán que mirar con más cuidado cada dólar prestado. El dinero, sencillamente, costaría más.

La inflación se atasca y cambia el cálculo de la Fed

El dato más visible es ese 3,4% de inflación anual. Apenas varió respecto al mes anterior y, precisamente por eso, preocupa. Después de las señales de moderación registradas durante junio y julio, agosto ha dejado la desagradable impresión de que la bajada de los precios puede estar perdiendo fuelle.

Parte del problema viene de la energía. El encarecimiento del petróleo y de los combustibles, alimentado por las tensiones militares en Oriente Próximo, ha vuelto a entrar por la puerta de la economía estadounidense. La gasolina tiene una capacidad especialmente antipática para multiplicarse: primero se paga en el surtidor y después reaparece, con distintos disfraces, en costes de transporte, logística, producción y distribución.

El precio de la gasolina aumentó con fuerza durante agosto y explicó una parte importante del avance mensual del IPC. Al mismo tiempo, el petróleo ha vuelto a cotizar por encima de los 100 dólares por barril en distintos momentos de la crisis, una zona que los bancos centrales miran con bastante menos entusiasmo que los productores de crudo.

El 3,4% no cuenta toda la historia

Hay un matiz importante. La Reserva Federal no fija su objetivo oficial del 2% utilizando directamente el IPC, sino principalmente el índice de precios de los gastos de consumo personal, conocido como PCE. Ambos indicadores miden inflación, pero emplean ponderaciones y metodologías diferentes.

Por eso sería excesivo afirmar que un IPC del 3,4% obliga matemáticamente a subir tipos. No lo hace. De hecho, algunos economistas consideran que determinados componentes del informe de agosto podrían traducirse en una lectura diferente cuando se publique el PCE, el indicador que la Fed observa con especial atención.

La preocupación está en otra parte: el avance mensual de la inflación subyacente fue del 0,3%, por encima del 0,2% que esperaba buena parte del mercado. Un mes no construye una tendencia, pero tampoco pasa inadvertido cuando la inflación lleva años por encima de la referencia de la Fed.

Y hay más señales sobre la mesa. Los precios de producción aumentaron un 0,4% en agosto, mientras los bienes destinados a demanda final se encarecieron con mucha más fuerza. Si las empresas pagan más por producir, transportar o comprar determinados materiales, una parte de ese coste termina normalmente recorriendo la cadena hasta llegar al consumidor. No siempre ocurre, ni inmediatamente. Pero la tubería está ahí.

Por qué una subida de 0,25 puntos gana terreno

La Fed mantiene los tipos entre el 3,50% y el 3,75% y los dejó sin cambios en su reunión de julio. Lo interesante de aquella decisión no fue únicamente el resultado, sino la división interna: tres miembros del Comité Federal de Mercado Abierto defendieron entonces una subida de un cuarto de punto.

Eso importa bastante. Significa que el debate sobre endurecer la política monetaria no nació con el IPC de agosto; llevaba tiempo fermentando dentro del banco central.

El presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, también ha endurecido progresivamente el mensaje desde que asumió el cargo. Su argumento gira alrededor de una idea sencilla: mientras no haya suficiente confianza en que la inflación está regresando de forma clara y sostenida hacia el 2%, mantener una política restrictiva —o endurecerla— sigue siendo una posibilidad real.

El mercado ha escuchado el aviso. Antes de publicarse los últimos datos de precios existían muchas más dudas sobre septiembre. Después del IPC, los futuros de tipos llegaron a reflejar aproximadamente un 85%-90% de probabilidades de subida, dependiendo del momento de negociación utilizado para hacer la medición.

Petróleo, productores y una Fed más dividida

El escenario tiene algo de tormenta imperfecta. La inflación no cae lo suficiente, el petróleo vuelve a presionar y la economía estadounidense continúa mostrando una resistencia que permite a la Fed preocuparse de los precios sin tener delante, al menos de momento, un mercado laboral hundido.

Cuando una economía crece con cierta solidez, el banco central dispone de más margen para mantener tipos elevados. El verdadero dilema aparece cuando combatir la inflación exige enfriar tanto la actividad que empresas y empleo empiezan a resentirse.

Ahí reside el equilibrio que tendrá que buscar la Fed. Subir demasiado puede frenar la economía; no subir cuando las presiones inflacionistas vuelven a ganar fuerza podría permitir que los aumentos de precios arraiguen otra vez en las expectativas de consumidores y empresas. Y cuando una sociedad empieza a asumir que todo será más caro dentro de seis meses, cambiar esa percepción cuesta bastante más que modificar un tipo oficial en una reunión.

Qué cambia para familias, empresas y mercados

Una eventual subida de 25 puntos básicos parece diminuta escrita sobre el papel: 0,25 puntos porcentuales. En una economía que mueve billones de dólares, sin embargo, unas décimas pueden recorrer bastante distancia.

Las tarjetas de crédito estadounidenses suelen reaccionar rápidamente a las variaciones de los tipos de referencia. Lo mismo ocurre con buena parte de los préstamos a interés variable y determinadas líneas de financiación empresarial. Para quien mantiene deuda flotante, un nuevo incremento significa directamente mayores gastos financieros.

Las hipotecas funcionan de manera algo distinta. La Fed no fija el interés de una hipoteca a 30 años y una subida de tipos no encarece retroactivamente una hipoteca contratada a tipo fijo. Los préstamos nuevos, en cambio, dependen mucho de las condiciones del mercado de bonos y de las expectativas sobre inflación y política monetaria. Un entorno de tipos elevados durante más tiempo suele acabar pesando sobre la vivienda.

Las empresas tampoco quedan al margen. Una fábrica que necesita financiar maquinaria, una tecnológica que busca capital para expandirse o una pequeña compañía con una línea de crédito abierta comprueban pronto que el precio del dinero no es una discusión de economistas: aparece en la cuota mensual.

Los mercados financieros viven una paradoja parecida. Una subida puede perjudicar a las acciones porque eleva el rendimiento disponible en activos más seguros y reduce el valor presente de los beneficios empresariales futuros. Pero también puede tranquilizar a los inversores si se interpreta como una respuesta convincente contra la inflación. Wall Street, como de costumbre, puede preocuparse por una cosa y por su contraria durante la misma sesión.

Trump, las elecciones y la independencia de la Fed

La decisión llega, además, en plena campaña para las elecciones legislativas del 3 de noviembre. La inflación y el coste de la vida continúan teniendo un peso considerable entre las preocupaciones de los estadounidenses, mientras la Administración de Donald Trump ha reclamado una política monetaria bastante más expansiva.

Trump lleva tiempo presionando públicamente para conseguir tipos más bajos con el argumento de que facilitarían el crecimiento, el crédito y la inversión. Una subida en septiembre iría exactamente en la dirección contraria.

Ahí aparece una vieja fricción de la política estadounidense. Los presidentes suelen disfrutar de tipos baratos; los bancos centrales, al menos sobre el papel, deben preocuparse menos por el calendario electoral. La independencia de la Reserva Federal existe precisamente para evitar que el precio del dinero se convierta en otra herramienta de campaña.

Para la Casa Blanca, el problema es especialmente áspero. Unos tipos más altos pueden endurecer el crédito justo cuando los consumidores continúan quejándose del precio de bienes básicos. Pero permitir que la inflación vuelva a acelerarse tampoco ofrece un paisaje electoral demasiado agradable. Entre el recibo de la tarjeta y el del supermercado hay poca teoría económica: hay números.

Una decisión con efectos mucho más allá de Wall Street

La reunión de la Reserva Federal se celebrará los días 15 y 16 de septiembre, y el miércoles llegará la decisión. Una subida de un cuarto de punto llevaría el rango objetivo de los fondos federales al 3,75%-4,00% y sería la primera subida de tipos desde julio de 2023.

No está escrito en piedra. Algunos economistas siguen viendo razones para mantener los tipos sin cambios, especialmente porque el indicador preferido por la Fed puede ofrecer una imagen distinta de la que dibuja el IPC. Pero la carga de la prueba se ha desplazado: hace unas semanas había que justificar por qué subir; tras los datos de agosto, empieza a ser necesario explicar por qué no hacerlo.

La cuestión de fondo tampoco termina el miércoles. El mercado comienza a contemplar la posibilidad de que septiembre no sea un movimiento aislado y que llegue otro incremento antes de terminar el año si la inflación continúa ofreciendo resistencia.

Ese es, probablemente, el dato que más importa fuera de las pantallas de negociación. Una subida de 25 puntos puede digerirse. Una etapa prolongada de dinero caro cambia decisiones: cuándo comprar una casa, cuándo renovar un coche, cuánto invertir, cuánto endeudarse o incluso si merece la pena hacerlo.

La inflación devuelve a Estados Unidos a un terreno incómodo

Estados Unidos vuelve así a un escenario que creía empezar a dejar atrás. La inflación baja respecto a sus peores momentos, sí, pero se niega a desaparecer con la rapidez esperada. Y la Fed, enfrentada otra vez al incómodo oficio de enfriar los precios sin congelar la economía, tendrá que decidir si septiembre exige simplemente paciencia o un nuevo giro de tuerca.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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