Economía
¿Qué pasaría si estalla la burbuja de la IA y se hunde Wall Street?
Fitch analiza un escenario extremo: Wall Street cae un 35%, EE UU entra en recesión y Europa recibe el golpe por su exposición tecnológica en 2027.

Resumen
- Fitch simula una caída del 35% de Wall Street si se desinfla la fiebre por la IA
- EE UU entraría en recesión en 2027 y el crecimiento mundial bajaría del 1%
- Europa también quedaría expuesta por sus inversiones en tecnológicas de EE UU
Un pinchazo brusco del entusiasmo financiero por la inteligencia artificial podría tener consecuencias bastante más terrenales que una pantalla bursátil teñida de rojo. En un escenario de estrés elaborado por Fitch Ratings, una caída cercana al 35% de las acciones estadounidenses en seis meses, acompañada por un frenazo de la inversión ligada a la IA, llevaría a Estados Unidos a la recesión en 2027 y dejaría el crecimiento mundial por debajo del 1%.
Conviene subrayar desde el principio lo esencial: Fitch no está pronosticando que vaya a ocurrir. Ha construido un escenario adverso para medir qué sucedería si las expectativas depositadas en la IA se desinflaran de golpe. Y el resultado es incómodo porque muestra hasta qué punto el auge tecnológico ha dejado de ser únicamente una historia de Nvidia, centros de datos y algoritmos. La inversión en IA se ha convertido en una pieza relevante de la maquinaria económica estadounidense; si esa pieza se atasca, el ruido llegaría también a Europa.
Un desplome del 35% que no se quedaría en Wall Street
El ejercicio de Fitch parte de una sacudida severa: las acciones estadounidenses perderían alrededor de un 35% en medio año, mientras que las Bolsas de otras regiones retrocederían aproximadamente un 15%. A eso se sumaría un golpe de confianza capaz de hacer que las empresas redujeran sus planes de inversión.
El efecto sería doble. Primero se evaporaría una parte del patrimonio acumulado durante la subida bursátil. Quien se siente más pobre suele gastar menos, aunque su salario no haya cambiado. Es el conocido efecto riqueza: una caída importante de la cartera de acciones termina alcanzando el consumo, el coche que se aplaza, la reforma que espera otro año o aquella compra que deja de parecer tan urgente.
Después llegaría el golpe empresarial. El negocio de la IA exige cantidades enormes de capital para construir centros de datos, comprar chips avanzados, asegurar capacidad eléctrica, tender redes y desarrollar modelos cada vez mayores. En el escenario planteado por Fitch, el gasto privado de capital estadounidense caería más de un 6%.
El resultado sería una contracción del PIB de Estados Unidos del 0,6% en 2027, con una caída interanual que alcanzaría el 1,5% en el segundo trimestre. Una recesión, en otras palabras.
La distancia respecto al escenario central de Fitch ayuda a entender la magnitud del ejercicio. Sus previsiones ordinarias apuntaban a un crecimiento estadounidense del 1,9% en 2027 y a una expansión mundial en torno al 2,5%. El supuesto del crac de la IA no describe, pues, el camino considerado más probable, sino la cuneta.
Por qué la inteligencia artificial pesa tanto en la economía
Durante años, hablar de una burbuja tecnológica podía parecer una discusión reservada a inversores y analistas. Esta vez la frontera es más borrosa. La carrera por la inteligencia artificial está levantando edificios, comprando turbinas, contratando ingenieros, disparando la demanda de semiconductores y movilizando cientos de miles de millones en financiación.
El Banco Internacional de Pagos ha advertido de una auténtica carrera de inversión entre las grandes compañías de IA. El incentivo resulta fácil de entender: nadie quiere quedarse mirando desde la acera mientras un rival construye la plataforma tecnológica dominante de la próxima década.
Ahí aparece también el riesgo. Cinco grandes compañías tecnológicas acumulan inversiones de capital extraordinarias entre 2025 y 2026, mientras el sector empieza a recurrir con mayor intensidad a deuda y crédito privado. Durante mucho tiempo, los gigantes tecnológicos podían financiar gran parte de su expansión con el efectivo generado por sus propios negocios. La escala del nuevo despliegue está alterando ese equilibrio.
Y hay otro ingrediente peculiar: la denominada financiación circular. Fabricantes de chips, proveedores de infraestructura y empresas de IA pueden invertir unos en otros mientras firman contratos para comprarse capacidad informática, servicios o componentes. El dinero describe círculos cada vez más grandes. Funciona mientras las expectativas de ingresos futuros continúan subiendo; si esas expectativas se revisan de manera brusca, descubrir quién soporta realmente el riesgo se vuelve bastante menos divertido.
La pregunta de los inversores empieza a cambiar
Durante la primera fase del auge bastaba con anunciar proyectos de inteligencia artificial para despertar entusiasmo. El mercado empieza a exigir algo más prosaico: beneficios.
Las compañías que utilizan IA deben demostrar que el gasto genera productividad, ventas o márgenes suficientes para justificar inversiones colosales. Ese cambio de humor importa. No hace falta que la tecnología fracase para que sus acciones bajen; basta con que los beneficios sean inferiores a lo que ya descuentan las valoraciones bursátiles.
Es una vieja costumbre de los mercados. El ferrocarril transformó el mundo y aun así arruinó a multitud de inversores. Internet cumplió buena parte de las promesas formuladas en los años noventa, aunque miles de millones desaparecieron cuando estalló la burbuja puntocom. Una tecnología puede resultar revolucionaria y, al mismo tiempo, estar excesivamente valorada en Bolsa. No hay contradicción.
Europa también tiene 440.000 millones en juego
La distancia entre Silicon Valley y un pequeño inversor español parece enorme hasta que aparece un fondo indexado en mitad del camino.
El Banco Central Europeo calcula que los hogares de la zona euro mantienen aproximadamente 440.000 millones de euros de exposición a acciones tecnológicas estadounidenses. Buena parte de ese dinero llega a las grandes compañías a través de fondos de inversión y ETF que replican índices globales. Una persona puede creer que posee una cartera muy diversificada y descubrir que varias de las empresas que más pesan dentro de ella pertenecen, precisamente, al mismo puñado de gigantes tecnológicos.
El fenómeno responde al enorme tamaño alcanzado por las llamadas Magnificent Seven —Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla— dentro de los índices estadounidenses y mundiales.
No significaría que una caída del 35% en Wall Street restara automáticamente esa misma proporción a esos 440.000 millones. La composición de cada cartera es distinta. Pero una corrección fuerte reduciría el patrimonio financiero de hogares europeos y presionaría también a aseguradoras, fondos de pensiones y gestoras.
Hay un mecanismo adicional. Cuando los inversores empiezan a retirar dinero de los fondos, las gestoras necesitan vender activos para atender los reembolsos. Si las salidas se multiplican, esas ventas pueden contribuir a nuevas caídas de precios. Una puerta aparentemente ancha puede estrecharse deprisa cuando todos intentan salir por ella.
En el escenario de Fitch, el impacto sobre el crecimiento de la zona euro rondaría los 0,8 puntos porcentuales. China sufriría un golpe similar, mientras que economías muy vinculadas comercialmente a Estados Unidos, como Canadá y México, soportarían impactos superiores al 2%.
El verdadero problema aparece cuando el desplome financiero deja de ser financiero. Una empresa tecnológica reduce inversiones. El fabricante de servidores recibe menos pedidos. El constructor del centro de datos aplaza una obra. El proveedor energético revisa su proyecto. Las compañías contratan menos, los hogares moderan su consumo y los bancos se vuelven más prudentes. Lo que empezó como una revisión de valoraciones termina atravesando la economía real.
Fitch calcula que, bajo ese supuesto, el crecimiento mundial quedaría por debajo del 1% en 2027, un ritmo que la agencia considera compatible con una situación de estancamiento global.
La menor demanda tendría otra consecuencia: aliviaría las presiones inflacionistas. Eso daría margen a los bancos centrales para responder. El ejercicio de Fitch contempla que la Reserva Federal recortara los tipos de interés en 325 puntos básicos para amortiguar la caída.
El colchón monetario, sin embargo, tiene límites. Si al mismo tiempo empeoraran las condiciones financieras y aumentaran los costes de financiación de gobiernos y empresas, el daño sería mayor. Una recesión provocada por una pérdida de confianza no siempre se arregla simplemente abaratando el dinero.
El BIS teme que esta vez el ajuste pueda ser especialmente duro
Fitch no es la única institución que observa el fenómeno con cierta inquietud. Pablo Hernández de Cos, director general del Banco Internacional de Pagos, ha advertido de que la dimensión y la velocidad de las inversiones actuales merecen cautela.
La comparación inevitable es la burbuja puntocom. Entonces también existía una innovación real, una nueva infraestructura y la convicción de que había nacido una economía distinta. Todo aquello era parcialmente cierto. Lo que no era cierto era que cualquier precio pagado por participar en ella estuviera justificado.
El BIS señala una diferencia importante con episodios históricos: actualmente los hogares poseen una proporción elevada de su riqueza en renta variable y Estados Unidos representa una enorme parte de los mercados bursátiles mundiales. Una corrección estadounidense puede viajar con extraordinaria rapidez a otras economías.
Europa presenta una curiosa paradoja. Sus Bolsas tienen menos concentración directa en grandes compañías de IA que Wall Street, lo que reduce el riesgo de una burbuja tecnológica puramente doméstica. Pero el dinero europeo está muy presente en activos estadounidenses. El paraguas está aquí; buena parte de la lluvia, allí.
Una burbuja no significa que la IA sea humo
Hay que separar dos discusiones que suelen mezclarse. Una cosa es preguntarse si la inteligencia artificial generará mejoras reales de productividad y otra muy distinta determinar cuánto valen hoy las empresas que pretenden capturar esos beneficios. Tecnología útil y valoración razonable no son necesariamente la misma cosa.
Los datos disponibles muestran una adopción tecnológica rápida. En la zona euro, más de la mitad de los trabajadores utiliza ya herramientas de IA en su empleo, mientras las empresas destinan una porción creciente de su inversión a esta tecnología. La inteligencia artificial no es una colección de promesas dibujadas sobre una servilleta.
Pero una innovación auténtica tampoco garantiza rentabilidad ilimitada. El precio de una acción recoge expectativas sobre beneficios futuros y, cuanto más optimistas sean esas expectativas, menos margen queda para decepcionar.
Por ahora, tampoco se observa un abandono generalizado de la carrera inversora. Las grandes tecnológicas mantienen planes de gasto muy elevados y buena parte de los analistas considera que la construcción de infraestructura seguirá creciendo. Eso explica que los índices estadounidenses continúen cerca de niveles históricamente altos pese a las advertencias.
La tensión está precisamente ahí: el mercado necesita que el futuro llegue casi a la velocidad que ya reflejan los precios.
El riesgo está en la concentración, no en un robot apocalíptico
El escenario dibujado por Fitch no dice que el crac de la inteligencia artificial vaya a producirse. Dice algo más útil: si ocurriera una pérdida brusca de confianza, la dependencia que ha adquirido la economía estadounidense respecto al gasto tecnológico podría convertirla rápidamente en un problema macroeconómico.
El 35% de caída bursátil es una hipótesis de estrés, no una predicción. Tampoco los 440.000 millones de euros expuestos por los hogares de la zona euro significan que esa cantidad esté condenada a desaparecer. Son medidas del tamaño que ha alcanzado una apuesta financiera extraordinariamente concentrada.
Quizá ahí esté el rasgo más llamativo del momento. El temor económico relacionado con la IA ya no consiste únicamente en que las máquinas hagan demasiado. También existe el riesgo contrario: que las empresas gasten demasiado para construirlas, que los mercados paguen demasiado por ese crecimiento y que, un día cualquiera, los inversores decidan que esperaban demasiado.
Las burbujas tecnológicas suelen parecer absurdas después de estallar. Antes, casi siempre parecen el precio razonable del futuro.












