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¿Quién apoya a Irán? Así se divide el mundo musulmán en la guerra

La guerra de Irán revela un mundo musulmán dividido entre aliados, rivales y países que equilibran intereses, fronteras y viejas enemistades.

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mapa de Quién apoya a Irán

Resumen

  • Irán no lidera un bloque musulmán unido y varios vecinos lo ven como amenaza
  • Arabia Saudí, Emiratos y Marruecos se sitúan lejos de la órbita iraní
  • Turquía, Pakistán, Qatar y Omán intentan mantener canales con Teherán

La guerra de Irán ha terminado de romper una ficción que llevaba años sobreviviendo en discursos, cumbres y fotografías de familia: el mundo musulmán no funciona como un bloque. Ni siquiera cuando el adversario es Israel, ni cuando interviene Estados Unidos, ni cuando Gaza vuelve a aparecer en todos los comunicados. Cada capital calcula su seguridad, sus fronteras, sus negocios y, bastante después, la supuesta fraternidad religiosa.

A grandes rasgos, Teherán conserva una red de aliados armados formada sobre todo por los hutíes de Yemen y milicias chiíes iraquíes, mientras Hezbolá continúa ligado a Irán aunque mucho más debilitado que años atrás. Frente a ellos aparecen Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait y Jordania, directamente amenazados o atacados por Irán y sus socios. Marruecos se mueve claramente en ese segundo espacio estratégico. Turquía y Pakistán intentan conservar canales con Teherán, pero su aproximación defensiva a Riad limita mucho esa equidistancia. Omán y Qatar prefieren hablar con todos. Argelia mantiene una relación cordial con Irán y acaba de romper con Emiratos, aunque convertirla por eso en aliada militar de Teherán sería ir demasiado lejos.

La religión une bastante menos de lo que parece

El error más frecuente consiste en mirar el tablero únicamente a través de la vieja separación entre suníes y chiíes. Importa, claro. Irán es la gran potencia chií de Oriente Próximo y durante décadas ha construido influencia mediante organizaciones ideológica o políticamente próximas. Pero la guerra de 2026 demuestra que la religión explica solo una capa del mapa.

Arabia Saudí e Irán son rivales históricos, pero Riad llevaba años intentando rebajar la temperatura. Qatar comparte con sus vecinos árabes la preocupación por las acciones iraníes, aunque mantiene una diplomacia mucho más permeable hacia Teherán. Omán lleva décadas haciendo de bisagra. Turquía es suní, miembro de la OTAN y competidora regional de Irán, pero comercia con Teherán y evita convertir cada desacuerdo en una guerra religiosa.

Y luego está Azerbaiyán, de mayoría chií y estrechamente relacionado con Israel, recordatorio incómodo de que contar mezquitas o escuelas teológicas sirve bastante menos que contar oleoductos, fronteras, drones y contratos militares.

La llamada unidad de la umma conserva enorme fuerza social y simbólica, especialmente ante la cuestión palestina. Geopolíticamente, sin embargo, el escenario se parece más a una reunión de primos que sonríen para la foto mientras debajo de la mesa se pisan los zapatos. La unidad religiosa, cuando aparecen intereses nacionales de por medio, se vuelve bastante elástica.

Arabia Saudí: de reconciliarse con Irán a sentirse cercada

Arabia Saudí representa quizá el cambio más revelador. Riad había trabajado para contener su enfrentamiento con Teherán porque Mohammed bin Salman necesitaba una región relativamente tranquila para su transformación económica. La guerra ha desmontado buena parte de aquella comodidad y ha devuelto la seguridad nacional saudí al centro del tablero.

Los hutíes, respaldados por Irán, han incrementado sus operaciones contra intereses saudíes y han avanzado hasta posiciones críticas del estrecho de Bab el Mandeb. Al mismo tiempo, drones procedentes de territorio iraquí golpearon infraestructuras saudíes y forzaron el cierre preventivo del oleoducto Este-Oeste, precisamente la gran vía que permitía a Riad sacar petróleo evitando el estrecho de Ormuz. Irán y sus socios han conseguido así algo estratégicamente notable: presionar las dos puertas marítimas por las que respira buena parte de la energía de la región.

No significa que Arabia Saudí esté deseando una guerra abierta. Más bien al contrario. Riad sabe de sobra cuánto cuesta Yemen y conoce las limitaciones de convertir superioridad tecnológica en estabilidad política.

Pero tampoco puede aceptar indefinidamente que organizaciones próximas a Teherán golpeen su territorio. De ahí el acercamiento defensivo con Pakistán y Turquía, un movimiento muy significativo porque crea alrededor de Arabia Saudí un pequeño sistema de seguridad musulmán que no depende únicamente de Washington. El ministro de Defensa paquistaní ha llegado a advertir de que nuevos ataques contra Riad podrían activar esos compromisos.

Emiratos, Baréin y Kuwait: vecinos de Irán, pero no amigos

Emiratos Árabes Unidos sigue una política particularmente pragmática. Durante años hizo negocios con Irán mientras fortalecía simultáneamente sus relaciones con Estados Unidos e Israel. Esa gimnasia diplomática tiene un límite: que empiecen a caer misiles. La prioridad emiratí es mantener a salvo puertos, aeropuertos, comercio y energía.

Abu Dabi ha condenado los ataques iraníes contra Baréin, Kuwait, Jordania y el Kurdistán iraquí, y trabaja para reducir la dependencia de Ormuz mediante puertos, oleoductos y corredores alternativos. La idea expresada por sus dirigentes es bastante transparente: la economía emiratí no puede quedar rehén de las decisiones de Teherán.

Y, aun así, aparece una de esas escenas que explican mejor Oriente Próximo que cien mapas de colores. Este 12 de septiembre, Irán y Emiratos respaldaron juntos una declaración de los BRICS reclamando contención, y el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, se reunió con el príncipe heredero emiratí Sheikh Khaled bin Mohamed. Se pueden intercambiar amenazas en el Golfo por la mañana y hablar de estabilidad internacional por la tarde. La diplomacia tiene estas cosas; la coherencia perfecta suele reservarse para los discursos.

Qatar juega todavía con más cuidado. Ha condenado las ofensivas iraníes contra países árabes, entre ellas los ataques contra Kuwait, pero simultáneamente conserva su papel de interlocutor y respalda la mediación de Omán. Doha no quiere una victoria iraní, aunque tampoco una implosión de Irán a pocos kilómetros de sus instalaciones gasísticas. Su apuesta sigue siendo la interlocución con ambos lados.

Omán ocupa otra categoría. No es aliado iraní ni miembro del frente contrario. Su valor consiste justamente en que Teherán todavía le escucha. Mascate mantiene conversaciones con Irán sobre el estrecho de Ormuz y ha conseguido un entendimiento preliminar que podría preparar su futura reapertura, aunque no implica que el paso marítimo vaya a normalizarse inmediatamente. Las condiciones iraníes continúan ligadas al comportamiento de Estados Unidos.

Cuando casi todos los actores tienen alguna factura pendiente, Omán convierte la neutralidad en capital diplomático. Qatar pretende desempeñar una función parecida. No es romanticismo pacifista: ambos dependen enormemente de un Golfo navegable y saben que una guerra total haría temblar sus economías.

Pakistán y Turquía hablan con Teherán mientras protegen a Riad

Pakistán probablemente encarna mejor que nadie las contradicciones actuales. Comparte una larga frontera con Irán, necesita evitar el caos en Baluchistán, conserva vínculos económicos con Teherán y ha participado en intentos de mediación entre Irán y Estados Unidos. La estabilidad iraní es para Islamabad una cuestión de seguridad fronteriza, no una simple preferencia diplomática.

Al mismo tiempo, Islamabad mantiene una relación estratégica extraordinariamente profunda con Arabia Saudí y forma parte del nuevo entendimiento defensivo junto con Turquía. En septiembre, responsables paquistaníes han pedido directamente a Teherán que contenga a los hutíes, dejando claro que nuevos ataques contra los saudíes podrían modificar la posición paquistaní.

Turquía practica una versión propia de la misma acrobacia. Ankara e Irán cooperan cuando conviene y compiten cuando toca: Siria, Irak, Cáucaso, comercio, cuestión kurda, influencia regional. Recep Tayyip Erdogan tampoco tiene interés alguno en que Israel se convierta en la potencia militar indiscutida de Oriente Próximo, pero eso no convierte a Irán en aliado de Turquía.

El denominador común de Ankara e Islamabad es sencillo: ninguno quiere elegir completamente. El problema de las guerras largas es que, poco a poco, obligan precisamente a eso.

Irak y Yemen: donde la influencia iraní deja de ser abstracta

Para entender quién está realmente con Irán hay que mirar menos a las declaraciones de los ministerios y más a los grupos que disparan. Ahí aparecen los actores que convierten la influencia iraní en capacidad militar concreta.

En Yemen, los hutíes constituyen actualmente la pieza regional más eficaz de Teherán. Su avance hacia Bab el Mandeb les ha dado capacidad para amenazar una de las arterias fundamentales del comercio mundial. Ya no estamos hablando únicamente de solidaridad ideológica: el control o perturbación simultánea de Ormuz y Bab el Mandeb multiplica el poder negociador iraní y encarece energía, seguros marítimos y transporte.

Irak es bastante más complicado porque conviven dos realidades. Existe un Estado iraquí que intenta preservar relaciones con Arabia Saudí y Estados Unidos y, al mismo tiempo, milicias chiíes vinculadas históricamente a Irán que poseen decenas de miles de combatientes, armamento y considerable influencia política.

Bagdad ha fijado un plazo para desarmar grupos no estatales, pero algunas de esas organizaciones se resisten. Tras los recientes ataques contra infraestructura saudí, el Gobierno iraquí reconoció que las operaciones se originaron desde su territorio y abrió una investigación. Eso resume el problema: Irak no es simplemente aliado de Irán; dentro del propio Irak se libra una pelea sobre cuánto poder debe seguir teniendo Teherán.

El viejo eje iraní ha cambiado de forma

Durante años se habló del llamado eje de resistencia como una línea relativamente clara que unía Irán con grupos iraquíes, Siria, Hezbolá en Líbano y los hutíes de Yemen.

Ese eje ya no presenta la misma anatomía. Hezbolá sufrió pérdidas enormes en los enfrentamientos posteriores al 7 de octubre de 2023 y el Estado libanés ha intentado recuperar espacios de soberanía, llegando a prohibir la actividad militar de la organización. La influencia iraní no ha desaparecido, pero Teherán está apoyándose mucho más en Yemen y en facciones iraquíes para proyectar presión sobre sus adversarios.

Es una mutación importante. Irán perdió profundidad en el Mediterráneo oriental y ganó capacidad de coerción alrededor de las rutas energéticas del Golfo y el mar Rojo. Menos frontera israelí, más petróleo. La geografía también aprende.

Marruecos y Argelia: la guerra iraní alcanza también al Magreb

A más de 5.000 kilómetros de Teherán, Marruecos y Argelia demuestran que la fractura no termina en el Golfo. Las rivalidades del Magreb se conectan cada vez más con Israel, Irán y las monarquías del Golfo, aunque cada país lo haga desde intereses propios.

Marruecos rompió relaciones diplomáticas con Irán en 2018 después de acusarlo de facilitar, a través de Hezbolá, apoyo militar al Frente Polisario, acusación rechazada por Teherán. Rabat mantiene además relaciones normalizadas con Israel y una estrecha asociación estratégica con Emiratos Árabes Unidos. En septiembre, el rey Mohamed VI condenó expresamente los ataques iraníes contra Jordania y expresó su pleno respaldo al reino hachemí.

Eso sitúa a Marruecos claramente lejos de la órbita iraní, aunque Rabat evita transformar cada crisis de Oriente Próximo en una adhesión automática a Israel. La cuestión palestina mantiene una enorme sensibilidad dentro de la sociedad marroquí y obliga al Palacio a manejar un equilibrio delicado entre cooperación estratégica exterior y opinión pública interior.

Argelia está en otro lugar. Conserva relaciones constructivas con Irán, recibió recientemente al nuevo embajador iraní y mantiene su tradicional oposición a la normalización con Israel. Pero tampoco forma parte del entramado militar iraní ni ha entrado en la guerra. Su posición oficial continúa insistiendo en el rechazo a las injerencias externas y en las soluciones políticas.

Lo verdaderamente explosivo ha ocurrido por el costado emiratí. El 10 de septiembre, Argelia rompió relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos, acusándolo de acciones hostiles y provocadoras. Detrás aparece una colección de rivalidades acumuladas: el respaldo emiratí a Marruecos en el Sáhara Occidental, la relación de Abu Dabi con Israel y las disputas sobre el Sahel y otros escenarios africanos. Argel cerró después su espacio aéreo a aeronaves emiratíes, con excepciones temporales para determinados vuelos comerciales.

Ahí emerge un eje que la guerra iraní no creó, pero sí hace más visible: Marruecos-Emiratos frente a Argelia, con Israel e Irán proyectando sus respectivas sombras desde mucho más lejos.

No es una alianza militar Argel-Teherán contra Rabat. Eso sería simplificar demasiado. Es una superposición de intereses: Sáhara, Israel, influencia africana, energía y competencia regional. Las enemistades se reciclan con notable eficiencia.

Palestina une los comunicados; Irán divide la seguridad

Existe, pese a todo, un terreno donde gobiernos enfrentados continúan encontrando un lenguaje común: Palestina.

Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Jordania, Turquía, Egipto, Pakistán e Indonesia han firmado conjuntamente declaraciones contra políticas israelíes en los territorios palestinos y contra propuestas de desplazamiento de población de Gaza. Gobiernos que chocan profundamente respecto a Irán pueden coincidir casi palabra por palabra cuando hablan del conflicto palestino.

Ahí está una de las aparentes contradicciones que más confunden desde Europa. Condenar a Israel no significa apoyar a Irán. Mantener relaciones con Israel tampoco implica aceptar todas las decisiones del Gobierno israelí. Y ser adversario de Teherán no convierte automáticamente a un país árabe en aliado incondicional de Washington.

La política regional funciona mediante capas. Palestina pertenece a una. La seguridad del Golfo, a otra. El Sáhara Occidental, a otra. Los negocios energéticos añaden otra más. Un mismo Gobierno puede compartir posición con Irán el lunes, enfrentarse a una milicia iraní el martes y firmar el miércoles una declaración conjunta con Emiratos. Los intereses nacionales pesan más que las fotografías de familia.

Los BRICS ofrecieron este fin de semana una imagen casi perfecta: Irán y Emiratos, enfrentados por la guerra, sentados dentro de la misma organización y aceptando un texto común que pide contención. Los intereses obligan a tragar más orgullo del que suelen admitir los discursos oficiales.

Un mundo musulmán con muchas capitales y ningún centro

La guerra deja así un mapa bastante distinto del que sugiere la expresión “mundo musulmán”. Irán dispone de capacidad para movilizar actores armados y conserva relaciones estatales valiosas, pero no lidera un bloque musulmán unido. Sus aliados militares más útiles son organizaciones no estatales; varios de sus propios vecinos musulmanes consideran que Teherán amenaza directamente su seguridad.

Arabia Saudí intenta construir protección sin regresar alegremente a una guerra regional. Emiratos combina confrontación y negociación. Qatar y Omán mantienen abiertos teléfonos que otros prefieren colgar. Pakistán y Turquía hablan con Irán mientras refuerzan a Riad. Irak pelea consigo mismo. Marruecos mira a Teherán con profunda desconfianza; Argelia mantiene buenas relaciones con Irán mientras abre una crisis inédita con Abu Dabi.

Y debajo de todas esas alianzas aparecen viejos asuntos que nunca se fueron: Sáhara Occidental, Yemen, rivalidad saudí-iraní, influencia turca, petróleo, rutas marítimas, Israel, Palestina y la presencia estadounidense.

La religión sigue importando, pero no gobierna sola este tablero. La guerra de Irán está dejando algo bastante más prosaico al descubierto: cuando llega la hora de proteger un puerto, una frontera, un régimen o un oleoducto, la solidaridad retórica pierde volumen. Entonces hablan los intereses. Y hablan muy alto.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.