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¿Qué revela un ex de Vox sobre Trump, Netanyahu, Marruecos y Ceuta?
Pablo González Gasca acusa a Vox de una dependencia excesiva de Trump y Netanyahu y pone el foco en su respuesta política ante Marruecos y Ceuta.

Créditos: Contando Estrelas, “Acto de Vox en Vistalegre”, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Un exresponsable de Vox acusa al partido de depender de Trump y Netanyahu
- También cuestiona cómo reaccionó Vox ante Marruecos durante la crisis de Ceuta
- La cercanía política está documentada, pero la supuesta subordinación no
Pablo González Gasca, antiguo responsable de marketing y comunicación digital de Vox y una figura que conoció desde dentro la maquinaria del partido, ha lanzado una acusación especialmente incómoda contra la formación de Santiago Abascal. Sostiene que Vox mantiene una dependencia política excesiva de Donald Trump y Benjamin Netanyahu, hasta el punto de hablar de una “patética sumisión” a los intereses de Estados Unidos e Israel.
La parte más grave de su relato afecta a la reciente crisis de Ceuta. González Gasca plantea que la reacción inicial de Vox frente a Marruecos no habría dependido únicamente de la lectura política que el partido hacía en España, sino también de contactos o consultas con interlocutores estadounidenses para determinar hasta dónde podía endurecer su discurso contra Rabat. Es una afirmación importante, pero conviene fijar desde el principio la frontera entre lo conocido y lo alegado: no existen pruebas públicas que demuestren que Trump, su Administración o una organización estadounidense dictaran a Vox qué debía hacer ante Marruecos.
La acusación, sin embargo, no surge de un desconocido que observa el partido desde la acera de enfrente. González Gasca trabajó durante años en su entorno de comunicación, fue responsable de marketing digital y estuvo vinculado a Revuelta, la organización juvenil que terminó enfrentada abiertamente con la dirección de Vox. Su testimonio tiene, por ello, información de primera mano potencialmente relevante, aunque también llega después de una ruptura interna muy áspera. Las dos cosas importan.
La acusación de González Gasca contra Vox
El antiguo trabajador de Vox expuso buena parte de sus críticas durante una larga entrevista con el coronel retirado Pedro Baños. Después, varios fragmentos fueron recuperados y analizados por Pandemia Digital. Allí aparece la tesis que ha provocado mayor ruido: González Gasca cree que la dirección del partido habría mantenido contactos con el entorno político estadounidense durante la crisis de Ceuta para conocer hasta dónde podían “apretar” a Marruecos.
Su razonamiento parte de las primeras horas de la crisis. A su juicio, Santiago Abascal tardó demasiado en articular una posición inequívoca contra Mohamed VI y esa demora habría coincidido con consultas internacionales. González Gasca vincula esa supuesta cautela con el peso estratégico que tienen Estados Unidos e Israel en Marruecos, un país fundamental para Washington en el norte de África y que mantiene desde 2020 relaciones diplomáticas normalizadas con Israel.
Pero aquí el lenguaje importa. González Gasca habla de lo que cree que ocurrió y construye una interpretación política a partir de conversaciones, contactos y dinámicas que asegura conocer. No ha presentado públicamente una comunicación de Trump, una orden estadounidense o un documento que pruebe una subordinación directa. Convertir la sospecha en hecho sería ir varios kilómetros por delante de las evidencias.
Otra cosa es la cercanía política. Esa sí resulta difícil de discutir.
Trump y Netanyahu, dos aliados muy próximos a Vox
La relación de Santiago Abascal con el universo político de Donald Trump lleva años siendo visible. El dirigente español ha participado en encuentros conservadores en Estados Unidos, viajó a Washington con motivo de la investidura de Trump en enero de 2025 y presentó su regreso a la Casa Blanca como una oportunidad para combatir aquello que Vox denomina globalismo y políticas “woke”.
Con Israel ocurre algo parecido, aunque todavía con mayor intensidad. Abascal se reunió con Benjamin Netanyahu en Jerusalén en mayo de 2024, en plena crisis diplomática entre España e Israel por el reconocimiento español del Estado palestino. Vox defendió entonces que aquella visita servía para mostrar una posición distinta de la mantenida por el Gobierno de Pedro Sánchez.
La relación siguió creciendo. En enero de 2026, Netanyahu recibió en Jerusalén a Jorge Buxadé, jefe de la delegación de Vox en el Parlamento Europeo y uno de los dirigentes con mayor peso político dentro del partido. El encuentro estuvo ligado a Patriotas por Europa, la familia política europea presidida por Abascal, y la oficina del primer ministro israelí agradeció el apoyo mantenido hacia Israel.
La aproximación llegó incluso a adquirir una dimensión orgánica internacional con el desarrollo de Patriotas de Jerusalén, vinculado al espacio político del Likud y de los aliados europeos de Vox. Netanyahu llegó a situar a Abascal y a otros dirigentes de esa órbita dentro de una misma batalla ideológica.
Nada de esto demuestra obediencia. Sí demuestra una alianza política profunda, mucho más estrecha que la relación habitual entre dirigentes que simplemente comparten alguna posición internacional.
Ceuta convierte esa relación en un asunto mucho más delicado
La crisis del 30 y 31 de julio de 2026 cambió el tablero. Decenas de miles de personas atravesaron o intentaron atravesar la frontera de Ceuta desde Marruecos en un episodio que desbordó las capacidades ordinarias de la ciudad y terminó siendo considerado una situación de especial gravedad para la seguridad y la integridad territorial de España.
La documentación conocida el 9 de septiembre añadió otra capa al asunto. El CNI había detectado convocatorias masivas en redes sociales antes del episodio y trasladó advertencias tanto a responsables españoles como a interlocutores marroquíes. La Audiencia Nacional investiga ya las circunstancias de aquella entrada y la posible existencia de una acción organizada desde Marruecos.
Es precisamente ahí donde González Gasca coloca su acusación. Su tesis es que una fuerza como Vox, tradicionalmente muy dura con Rabat y con la inmigración irregular, debería haber reaccionado de manera inmediata y contundente. Considera sospechosa la cautela de las primeras horas y la relaciona con el entramado de alianzas internacionales del partido.
Hay, sin embargo, un detalle que obliga a matizar mucho esa interpretación: la posición posterior de Vox hacia Marruecos ha sido extraordinariamente hostil.
Vox ha endurecido su discurso contra Marruecos
El 2 de agosto, Santiago Abascal viajó a Ceuta y describió lo sucedido como una “invasión” y un “acto de guerra” promovido por Marruecos. No parece precisamente el vocabulario de una formación empeñada en ahorrarle disgustos a Rabat.
La ofensiva política continuó durante agosto. Vox reclamó el despliegue de las Fuerzas Armadas en Ceuta y Melilla, exigió retornos de migrantes y responsabilizó directamente a Marruecos de lo ocurrido. El 31 de agosto, la dirección nacional aprobó reclamar la suspensión del Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación con Marruecos hasta que Rabat reconociera de manera inequívoca la soberanía española sobre Ceuta, Melilla y las demás plazas españolas del norte de África.
Dos días después, Jorge Buxadé pidió a las instituciones europeas que calificaran lo sucedido como una “guerra híbrida” y reclamó consecuencias diplomáticas, económicas y migratorias contra Marruecos.
Así que el terreno resulta más resbaladizo de lo que sugiere una frase contundente en un vídeo. Puede discutirse qué ocurrió durante las primeras horas y por qué Vox moduló inicialmente su respuesta. Lo que no encaja con los hechos posteriores es presentar al partido como políticamente dócil ante Marruecos.
La crítica de González Gasca apunta en realidad a algo distinto: no tanto a una supuesta simpatía hacia Rabat como a que los límites de la política exterior de Vox estarían condicionados por su alianza con Washington y Jerusalén.
Una ruptura interna que también explica las acusaciones
El nombre de Pablo González Gasca llevaba meses circulando alrededor de otra batalla, bastante menos geopolítica y mucho más doméstica: la guerra entre Vox y Revuelta.
González Gasca fue uno de los responsables de esta asociación juvenil surgida en la órbita ideológica del partido y con protagonismo en las movilizaciones contra la amnistía. La relación entre ambas estructuras terminó saltando por los aires a finales de 2025, cuando aparecieron acusaciones sobre la gestión de fondos recogidos para los afectados por la dana valenciana.
Dos antiguos dirigentes denunciaron presuntas irregularidades. Vox se desmarcó de Revuelta y llevó sus sospechas también ante la Autoridad Independiente de Protección del Informante. Después aparecieron grabaciones de conversaciones internas en las que altos cargos del partido, entre ellos Jorge Buxadé y Montserrat Lluís, abordaban el problema y presionaban para resolver la situación.
González Gasca sostuvo desde entonces que las acusaciones económicas eran parte de una operación para controlar políticamente Revuelta. Vox abrió un expediente contra él después de la filtración de los audios y acabó expulsándolo.
En abril de 2026 llegó un dato fundamental: la Fiscalía Provincial de Madrid archivó la denuncia penal relacionada con el supuesto desvío de fondos porque consideró que las acusaciones eran demasiado genéricas y no aportaban datos sustanciales suficientes. El archivo no equivale a que un tribunal examinara todas las cuentas y certificara cada actuación de Revuelta; sí significa que aquella denuncia no tuvo recorrido penal con los elementos aportados.
Ese pasado no invalida lo que González Gasca pueda conocer. Tampoco puede borrarse. Un antiguo responsable enfrentado con su partido puede disponer de información privilegiada y, al mismo tiempo, tener una relación profundamente deteriorada con quienes fueron sus superiores. Su testimonio merece atención, pero no convierte automáticamente cada afirmación en un hecho probado.
De la “sumisión” a la batalla por quién tiene amo
La polémica llega, además, con una ironía política bastante difícil de esconder. Este mismo 9 de septiembre, Santiago Abascal ha vuelto a acusar al Gobierno de Pedro Sánchez de estar condicionado por Marruecos y ha presentado al Ejecutivo como subordinado a Rabat. Sánchez le ha respondido en el Congreso negando cualquier dependencia extranjera y utilizando una frase destinada a quedarse pegada unas horas a las redes sociales: podrá llamársele perro, vino a decir, pero no tiene amo.
Y ahí aparece el espejo. Vox acusa al Gobierno de obedecer a Marruecos mientras un antiguo responsable de Vox acusa al partido de mirar demasiado hacia Washington y Jerusalén. En política exterior, la palabra “soberanía” se utiliza mucho; comprobar hasta dónde llega suele ser bastante más difícil.
También sería excesivo describir la relación de Vox con Trump como completamente acrítica. Abascal llegó a reprochar públicamente a Trump sus ataques contra la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, en julio de 2026, afirmando que los aliados no deben ser tratados como vasallos. Ese episodio demuestra que existen límites y desacuerdos, aunque no borra una relación política de años ni la evidente afinidad ideológica entre ambos espacios.
Con Netanyahu el alineamiento ha resultado más estable y visible. Precisamente por eso las acusaciones de González Gasca encuentran terreno fértil dentro de un debate que ya existía en Vox: antiguos dirigentes y voces críticas han cuestionado durante meses hasta dónde debe llegar la identificación del partido con la política del Gobierno israelí.
Una acusación grave, una relación real y una prueba que falta
Lo que queda después del ruido es bastante concreto. Pablo González Gasca acusa a Vox de una dependencia excesiva de Trump y Netanyahu y sospecha que esa relación internacional influyó en la forma en que el partido gestionó inicialmente su respuesta a Marruecos durante la crisis de Ceuta.
La cercanía de Vox con Trump y Netanyahu está ampliamente documentada. Las reuniones, los actos políticos, las organizaciones compartidas y el apoyo público existen. También está acreditado que González Gasca ocupó responsabilidades dentro del aparato digital del partido y que conoce de cerca algunas de sus dinámicas internas.
Lo que no está probado públicamente es el salto más importante de su relato: que Vox recibiera instrucciones de Estados Unidos o Israel, o que consultara con el entorno de Trump para decidir su política sobre Ceuta y Marruecos. Hasta que aparezcan documentos, mensajes, testimonios independientes o cualquier otra evidencia que confirme esa parte, sigue siendo una acusación del antiguo responsable de Vox.
Hay bastante historia sin necesidad de adornarla. Un partido que hace de la soberanía nacional una de sus grandes banderas mantiene alianzas internacionales muy estrechas; un antiguo hombre de su aparato cuestiona hasta dónde llegan esas alianzas; Marruecos vuelve a colocar Ceuta en el centro de la política española y las viejas guerras internas de Vox reaparecen por una rendija. La relación con Trump y Netanyahu es un hecho; la supuesta subordinación, de momento, sigue sin estar demostrada.

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