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Historia

¿Qué santo se celebra hoy, 27 de agosto? Santa Mónica y otros santos

Santa Mónica protagoniza el santoral del 27 de agosto, una fecha ligada a San Agustín y a una historia de fe, familia y tradición cristiana.

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Qué santo se celebra 17 de abril

El santoral de este jueves 27 de agosto de 2026 tiene como protagonista a Santa Mónica, madre de San Agustín de Hipona y una de las figuras femeninas más reconocibles de los primeros siglos del cristianismo. La Iglesia católica celebra su memoria litúrgica precisamente un día antes de la festividad de su hijo, que llegará el 28 de agosto.

Por tanto, quienes se llamen Mónica celebran su onomástica este 27 de agosto. No es, sin embargo, el único nombre que aparece en el calendario católico: la tradición recuerda también a distintos santos, mártires, obispos y beatos de épocas muy diferentes. Pero Santa Mónica ocupa el centro del santoral de esta jornada. Y lo hace por una biografía que ha sobrevivido bastante mejor que muchas hagiografías de su tiempo, en buena parte gracias a un testigo excepcional: su propio hijo.

Santa Mónica, la protagonista del santoral del 27 de agosto

Santa Mónica nació hacia el año 331 en Tagaste, en el norte de África romano, dentro de una familia cristiana acomodada. La tradición la sitúa en un ambiente donde la religión formaba parte de la vida doméstica, no como simple adorno dominical sino como una disciplina cotidiana hecha de oración, Escrituras y sacramentos. Una existencia bastante alejada, por cierto, de la imagen dulzona que siglos de estampitas terminarían colocando sobre algunos santos.

Se casó con Patricio, un hombre pagano al que las fuentes cristianas describen como irascible, ambicioso e infiel. Tuvieron varios hijos, entre ellos Agustín, nacido en el año 354 y destinado a convertirse en una de las figuras intelectuales más influyentes de la historia occidental. Mónica quedó viuda relativamente joven y se ocupó después tanto de su familia como de sus bienes.

Su fama, sin embargo, no procede simplemente de haber sido «la madre de». Hay algo más incómodo y humano en su historia: durante años asistió al alejamiento religioso de Agustín, que abrazó el maniqueísmo, desarrolló una vida muy distinta de la que su madre había imaginado para él y acabó recorriendo buena parte del Mediterráneo intelectual de su época.

Quién fue Santa Mónica y por qué se la recuerda

Mónica siguió durante años las peripecias de Agustín. A veces desde cerca, otras a distancia. Rezaba por él, discutía con él y soportó una relación que, leída desde el siglo XXI, no encaja precisamente en un bonito relato familiar sin aristas. Ahí está parte de su atractivo histórico: madre e hijo chocaron, sufrieron y terminaron recorriendo juntos un tramo decisivo de sus vidas.

De Tagaste a Milán, una historia de paciencia poco decorativa

Agustín pasó por Cartago, Roma y finalmente Milán. Allí entró en contacto con San Ambrosio, obispo de la ciudad y extraordinario orador, cuya influencia resultó decisiva en su evolución intelectual y religiosa. Mónica también conoció a Ambrosio. Tras años de dudas, cambios filosóficos y búsquedas, Agustín terminó convirtiéndose al cristianismo y fue bautizado en Milán durante la Pascua del año 387.

La escena ha atravesado los siglos porque el propio Agustín la convirtió en literatura. En sus Confesiones habló extensamente de su madre y dejó algunas de las páginas más conocidas de la literatura cristiana antigua. No estamos ante una biografía neutral —eso sería pedirle demasiado al siglo IV—, sino ante el recuerdo emocionado de un hijo que reconstruye su pasado después de haber cambiado radicalmente de vida.

La muerte de Santa Mónica en Ostia

Poco después del bautismo de Agustín, ambos emprendieron el regreso hacia África. Mónica no llegó a completarlo. Murió en Ostia, cerca de Roma, en el año 387, mientras esperaba el viaje de vuelta. Ese momento quedó ligado para siempre a su memoria: una mujer que había visto finalmente la conversión de su hijo moría cuando ambos estaban a punto de regresar al lugar del que habían partido.

Agustín contaría después sus últimas conversaciones. El resultado tiene algo de escena familiar y algo de texto filosófico: madre e hijo, después de tantos desencuentros, hablando sobre la vida, la muerte y la eternidad frente al Mediterráneo. Pocas biografías del santoral conservan un relato personal comparable.

Por qué Santa Mónica se celebra el 27 de agosto

La elección del día tampoco es casual. La memoria de San Agustín se celebra el 28 de agosto, de modo que el calendario coloca a madre e hijo en dos jornadas consecutivas. Durante siglos la conmemoración de Santa Mónica tuvo otras fechas en determinados calendarios; la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II consolidó el 27 de agosto en el calendario romano, reforzando precisamente ese vínculo.

Es una de esas pequeñas decisiones del calendario que cuentan una historia sin necesidad de demasiada decoración: primero Mónica; después, Agustín. El hijo es uno de los grandes doctores de la Iglesia, filósofo, teólogo y obispo de Hipona. Ella nunca escribió un tratado que conozcamos. Sin embargo, su presencia quedó incrustada en la obra de Agustín, y por esa vía ha llegado hasta lectores que jamás han abierto un santoral.

La celebración litúrgica del 27 de agosto de 2026 figura como memoria de Santa Mónica. Su figura está asociada tradicionalmente a la perseverancia, la vida familiar y la oración, especialmente por los hijos y por las personas que atraviesan periodos de alejamiento de la fe.

Qué otros santos se celebran el 27 de agosto

Santa Mónica acapara la atención, pero el santoral es bastante más poblado de lo que suele sugerir el calendario de la cocina. El Martirologio Romano recuerda este 27 de agosto a otras figuras del cristianismo antiguo y medieval, algunas casi desconocidas fuera de sus territorios de origen.

Entre ellas aparece San Cesáreo de Arlés, importante obispo de la Galia de los siglos V y VI, vinculado primero a la vida monástica de Lérins y después a la diócesis de Arlés. También son recordados San Narno de Bérgamo, San Poemeno de la Tebaida, San Gebardo de Constanza, San David Lewis y San Rufo, junto a distintos mártires y beatos incorporados al calendario cristiano a lo largo de los siglos.

Aparecen también nombres vinculados a España. Entre las conmemoraciones del día figuran el beato Fernando González Añón y el beato Raimundo Martí Soriano, sacerdotes y mártires de 1936, así como la beata María Pilar Izquierdo Albero, fallecida en 1945. El santoral, por eso, nunca es una fotografía de una sola época: mezcla el Imperio romano, la Europa medieval y la historia contemporánea con una naturalidad cronológica que sería imposible en casi cualquier otro calendario.

Mónica el 27 de agosto y Agustín el día 28

El encadenamiento del 27 y el 28 de agosto ha terminado convirtiéndose en uno de los más reconocibles del calendario católico. Santa Mónica precede a San Agustín, como también lo precedió biográficamente, aunque el personaje históricamente gigantesco terminara siendo él.

La paradoja tiene cierta gracia. Agustín produjo una montaña de sermones, cartas y tratados, discutió sobre memoria, voluntad, tiempo, gracia y libertad, e influyó durante más de 1.500 años en filósofos y teólogos. Mónica dejó una huella escrita mucho más pequeña. Pero ahí sigue, pegada a su biografía. Sin ella, el propio relato de Agustín sería diferente.

Una mujer del siglo IV que aún conserva nombre propio

Reducir a Santa Mónica a la madre paciente que consiguió que su hijo se portara bien sería empobrecer bastante la historia. Agustín no se «portó bien»: se convirtió en uno de los pensadores más complejos de su tiempo. Y Mónica no fue una figura de cartón observando desde una esquina. Viajó, tomó decisiones y defendió sus convicciones en una sociedad donde la autonomía femenina tenía límites que hoy resultan evidentes.

Por eso el santoral del 27 de agosto sigue girando principalmente alrededor de ella. Para el creyente, representa perseverancia, oración y esperanza; para quien se acerque desde una perspectiva histórica, ofrece también una ventana extraordinaria a la familia, la religión y las relaciones entre generaciones durante los últimos siglos del Imperio romano.

Y para quienes llevan su nombre, la respuesta más sencilla no necesita demasiadas vueltas: el 27 de agosto es Santa Mónica. El 28 será San Agustín. Dos fechas consecutivas y una historia familiar de hace más de 1.600 años que, contra todo pronóstico, todavía no ha desaparecido bajo el polvo.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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