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¿Cuba pide elecciones? Una periodista desafía el relato de Díaz-Canel
Una periodista que recorrió La Habana asegura que incluso revolucionarios cubanos reclaman elecciones y cuestionan el relato oficial cubano.

La periodista argentina Carolina Amoroso ha abierto una incómoda grieta en el discurso político de Miguel Díaz-Canel: después de recorrer La Habana y conversar con cubanos de edades y posiciones ideológicas distintas, asegura que incluso personas todavía vinculadas sentimentalmente a la Revolución consideran insostenible la situación y quieren elecciones que permitan elegir entre alternativas reales. Su experiencia contradice frontalmente la imagen defendida por el presidente cubano de una mayoría cohesionada alrededor del sistema socialista y dispuesta a resistir.
La afirmación tiene fuerza política, aunque exige una precisión básica: Amoroso no ha realizado una encuesta representativa de la población cubana. Habla de los testimonios recogidos durante una semana en la isla para su documental Cuba, la isla que se apaga. Aun así, hay un detalle difícil de despachar como simple oposición al Gobierno: entre quienes expresaron cansancio encontró también a cubanos que se presentaban como revolucionarios o comunistas, personas que conservaban respeto por una parte del pasado castrista pero no por el presente que les ha tocado vivir.
Una frase que golpea el discurso oficial
El nuevo choque nace de unas declaraciones de Amoroso en el programa Encuentro Virtual con Gloria Ordaz. Allí respondió a la reciente defensa de Díaz-Canel de la capacidad de resistencia de la población y sostuvo que aquello no coincide con lo que encontró en las calles cubanas.
La periodista recordó especialmente a personas que todavía conservaban una visión favorable de los primeros años de la Revolución y que, pese a ello, le reconocieron que el modelo actual no podía mantenerse indefinidamente. Su formulación fue todavía más contundente: incluso el cubano más identificado con el castrismo que encontró durante la cobertura quería elecciones.
Ahí está la carga política de la historia. No en descubrir que existen opositores en Cuba —eso hace décadas que se sabe—, sino en sugerir que el desgaste habría penetrado también en sectores emocionalmente ligados a la Revolución. Es una frontera mucho más delicada para La Habana.
Qué vio Carolina Amoroso en La Habana
Amoroso entró en Cuba a finales de marzo con un visado turístico junto al cámara Juan Pablo Cháves. Permanecieron aproximadamente una semana y grabaron el documental para TN y su plataforma Aura evitando, según explicó la reportera, una cobertura organizada o supervisada por las autoridades cubanas.
La Habana que aparece en ese trabajo está lejos de la postal de coches clásicos, música y fachadas detenidas románticamente en el tiempo. Hay basura acumulada, edificios deteriorados, farmacias prácticamente vacías, problemas de transporte, dificultades para conseguir agua y familias que ajustan sus compras a los apagones porque guardar alimentos en una nevera puede convertirse en una apuesta.
Uno de los hombres entrevistados vivía con sus padres, de 88 y 76 años, y relató que su padre había luchado por la Revolución. Otro se definió como comunista mientras describía el deterioro cotidiano. Amoroso encontró personas que reducían su alimentación hasta límites mínimos y trabajadores para quienes desplazarse hasta el empleo podía consumir una parte desproporcionada de sus ingresos.
El revolucionario que ya no compra el presente
Ese matiz atraviesa buena parte del documental. La crítica no procede únicamente del cubano que desea romper con todo lo ocurrido desde 1959. Aparece también el ciudadano que diferencia entre la Revolución que recuerda y el país en el que vive.
Es una distinción incómoda. Mucho. Porque permite que alguien conserve admiración por determinados logros históricos —educación pública, sanidad universal, soberanía frente a Estados Unidos— y, al mismo tiempo, considere agotado el funcionamiento político y económico actual. La fidelidad biográfica no siempre sobrevive a una despensa vacía.
La crisis, por otra parte, no terminó cuando Amoroso abandonó La Habana. A finales de agosto, el sistema educativo preparaba el nuevo curso con una grave falta de profesores, mientras la fabricación de uniformes escolares estaba muy por debajo de las necesidades previstas, afectada, entre otros factores, por los cortes eléctricos y las dificultades industriales.
Qué dice realmente Díaz-Canel
La posición del presidente cubano es muy distinta. Díaz-Canel rechaza que Cuba se encuentre al borde del colapso y defiende la capacidad de resistencia de la población. Ha admitido errores, burocracia y lentitud en determinadas reformas, pero atribuye la causa fundamental de la crisis al endurecimiento de las sanciones estadounidenses y a las restricciones energéticas.
Según su interpretación, Washington intenta convertir las carencias económicas en una ruptura entre los ciudadanos y el Gobierno. Díaz-Canel sostiene que la mayoría de los revolucionarios continúa respaldando el sistema y está preparada para defenderlo incluso en circunstancias extremas.
La presión exterior es un elemento real del cuadro cubano y borrarla produciría un retrato igualmente deformado. El país atraviesa graves dificultades para importar combustible y su red eléctrica, envejecida y sometida a una escasez energética extraordinaria, ha sufrido repetidos colapsos y apagones. Las restricciones estadounidenses han agravado esa situación.
Pero admitir el peso de las sanciones no resuelve la otra mitad de la discusión: cuánto corresponde al embargo estadounidense y cuánto a las decisiones económicas, institucionales y políticas del propio Estado cubano. Díaz-Canel reconoce problemas internos, aunque rechaza que sean el origen principal de la crisis. Quienes aparecen en el documental de Amoroso, en cambio, hablan desde algo menos teórico: la comida, el salario, el hospital, el autobús que no pasa y la luz que desaparece durante horas.
Elecciones en Cuba: votar no equivale a alternancia
Cuba celebra elecciones. Ese dato, aislado, puede llevar a equívocos. Los ciudadanos votan directamente a los diputados de la Asamblea Nacional del Poder Popular y la Constitución establece que esas votaciones deben ser libres, iguales, directas y secretas. El presidente de la República, sin embargo, no es elegido directamente por los ciudadanos: lo elige la Asamblea Nacional entre sus diputados.
La diferencia fundamental respecto a una democracia liberal multipartidista se encuentra un poco antes, en el propio texto constitucional. Su artículo 5 define al Partido Comunista de Cuba como único y como la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado. El artículo 4, además, declara irrevocable el sistema socialista.
Por eso, cuando Amoroso habla de cubanos que quieren elecciones, la discusión no gira simplemente alrededor de colocar una papeleta en una urna. Cuba ya tiene urnas. Lo que está en cuestión es la posibilidad de competencia política, pluralidad organizada y alternancia efectiva en el poder, elementos que el sistema cubano actual no contempla como lo hacen las democracias multipartidistas.
La posición oficial responde con otra definición de democracia: participación desde las estructuras locales del Poder Popular, candidaturas sin campañas partidistas al estilo occidental y una concepción del Partido Comunista no como organización electoral que compite por gobernar, sino como eje político del sistema revolucionario. La discrepancia, pues, no es semántica. Son dos conceptos bastante distintos de cómo debe distribuirse el poder.
Una afirmación potente, pero no una encuesta
Conviene volver al origen para no convertir una buena historia periodística en una estadística inexistente. Los testimonios de Amoroso no permiten afirmar que todos los cubanos quieran elecciones plurales, ni siquiera establecer qué porcentaje las desea. La reportera recorrió fundamentalmente La Habana durante un periodo limitado y habló con las personas que encontró allí.
Eso no invalida el material. Al contrario: señala algo que una cifra nacional quizá ocultaría. Cuando un hombre cuyo padre luchó por la Revolución describe como imposible la vida cotidiana, o cuando alguien que todavía se reconoce comunista admite que la situación no funciona, aparece un desencanto político más complejo que el viejo enfrentamiento entre castristas y anticastristas.
También explica por qué sería imprudente convertir la frase en profecía inmediata sobre una caída del Gobierno. Malestar social y cambio político no son sinónimos. Cuba dispone de instituciones muy consolidadas, un Partido Comunista que mantiene el monopolio político constitucional y unas estructuras estatales construidas durante casi siete décadas. El cansancio puede crecer durante mucho tiempo sin transformarse automáticamente en alternancia.
La batalla cubana se libra también dentro de la Revolución
La historia de Carolina Amoroso resulta relevante precisamente porque desplaza un poco el foco. La vieja discusión sobre Cuba solía obligar a escoger dos estampas demasiado cómodas: la isla heroicamente cercada por Estados Unidos o la dictadura responsable de absolutamente todas sus miserias. La realidad cubana cabe mal en semejantes cajones.
Las sanciones estadounidenses golpean una economía exhausta. También están ahí los apagones prolongados, la escasez, el deterioro de servicios públicos y las dificultades estructurales que el propio Gobierno reconoce parcialmente. Y hay cubanos, incluidos algunos educados dentro del imaginario revolucionario, que responsabilizan también al sistema interno y desean cambios más profundos.
Ahí está probablemente la noticia más incómoda para Díaz-Canel. No que una periodista extranjera cuestione su versión; eso forma parte del paisaje desde hace décadas. Lo verdaderamente delicado es que, según los testimonios que Amoroso recogió dentro de Cuba, la palabra elecciones empieza a aparecer también en bocas que no necesariamente reniegan de toda la historia revolucionaria.
Un régimen puede convivir mucho tiempo con sus enemigos. Más difícil es hacerlo cuando empieza a discutir con sus propios recuerdos.










