Historia
¿Por qué murió Rubén Rada? La causa de su muerte y el legado que deja
Rubén Rada murió a los 83 años tras un mes con neumonía. Su familia confirmó el fallecimiento y Uruguay despide a una voz esencial del país.

Rubén Rada murió este miércoles 26 de agosto de 2026 a los 83 años después de combatir durante aproximadamente un mes una neumonía y sus complicaciones, según confirmó su familia. El músico uruguayo falleció a las 15:30, hora de Montevideo, después de varias semanas hospitalizado. La noticia pone fin a una carrera de más de seis décadas y deja a Uruguay sin una de las figuras que mejor supieron convertir el candombe en un idioma musical reconocible mucho más allá del Río de la Plata.
La familia comunicó el fallecimiento a través de las redes oficiales del artista y agradeció tanto las muestras de afecto recibidas como el trabajo del equipo médico. El mensaje explica que Rada había pasado un mes luchando contra la enfermedad y sus complicaciones. No se han difundido otros detalles médicos sobre el proceso que desembocó en su muerte, por lo que esa es, por el momento, la causa comunicada oficialmente por su entorno.
Rubén Rada murió después de varias semanas hospitalizado
La salud de Rada había generado preocupación durante agosto. El artista permanecía hospitalizado desde hacía semanas por un cuadro respiratorio que terminó agravándose. Su familia resumió el desenlace con pocas palabras y sin convertir la enfermedad en espectáculo: había peleado contra la neumonía durante un mes y finalmente murió este miércoles a los 83 años.
La muerte sorprende también porque Rada continuaba artísticamente activo. El pasado 16 de julio, justo cuando cumplió 83 años, había estrenado ¿Quién va a cantar?, un proyecto audiovisual de encuentros musicales cuyo primer episodio contó con La Vela Puerca. Para octubre, además, tenía previstos dos conciertos relacionados con el reencuentro de Tótem, una de las bandas decisivas de su trayectoria.
Es un detalle que dice bastante de él. A los 83 seguía planeando canciones, colaboraciones, escenarios. El calendario continuaba lleno cuando el cuerpo dijo basta.
De Montevideo al nacimiento del candombe beat
Omar Ruben Rada Silva nació en Montevideo en 1943 y creció en Barrio Sur, uno de los territorios esenciales del candombe uruguayo. Con apenas diez años ya había comenzado a cantar en una comparsa. Aquello no fue una postal pintoresca de infancia; fue el suelo sobre el que levantaría prácticamente toda su vida artística.
Después llegaron Los Hot Blowers y, sobre todo, El Kinto, el grupo asociado a Eduardo Mateo con el que empezó a cocinarse una de las pequeñas revoluciones de la música uruguaya de los años sesenta. El experimento consistía, explicado sin demasiada solemnidad, en poner a conversar mundos que parecían caminar por aceras distintas: el candombe afro-uruguayo, el rock de la era beat, el jazz y la canción popular.
De aquella mezcla surgió el llamado candombe beat. No era simplemente colocar tamboriles junto a una guitarra eléctrica. Había otra idea detrás: demostrar que una tradición profundamente uruguaya podía conversar con la modernidad sin convertirse en una pieza de museo. Rada entendió esa intuición mejor que casi nadie.
Tótem y Opa, cuando la mezcla dejó de pedir permiso
A comienzos de los años setenta apareció Tótem, otro nombre imprescindible para entender su carrera y la música rioplatense de aquel tiempo. Rada profundizó allí el cruce entre candombe, rock y sonidos latinoamericanos. Canciones como Dedos, Biafra o Descarga pertenecen a una época en la que la música uruguaya dejó de limitarse a observar las tendencias extranjeras y empezó a fabricar una modernidad propia.
También estuvo vinculado a Opa, el proyecto de Hugo y Osvaldo Fattoruso que llevó aquella fusión hacia terrenos más sofisticados, próximos al jazz y al funk. Rada podía mezclar rock, música latina, soul, tango, pop y percusión afro-uruguaya sin que aquello pareciera una maleta hecha a la fuerza. Ese era el truco. O el talento.
Las canciones que convirtieron a Rada en una figura popular
La dimensión histórica de un músico suele explicarse con etiquetas; la popularidad, en cambio, vive en las canciones. En el caso de Rada están Las manzanas, Mi país, Muriendo de plena, Cha Cha Muchacha, Dedos o Blumana, entre muchas otras piezas de una discografía de más de treinta álbumes.
Las manzanas fue especialmente importante en los primeros años de su carrera en solitario. Era sencilla, inmediata, casi insolentemente pegadiza. Rada poseía precisamente esa cualidad rara: podía satisfacer al músico pendiente de un cambio armónico y, unos segundos después, hacer cantar a alguien que no sabía —ni tenía por qué saber— qué demonios era una síncopa.
Décadas después, ¿Quién va a cantar? terminó convertida en una de esas composiciones que atraviesan generaciones y dio incluso nombre al proyecto audiovisual que estrenó poco antes de morir. Hay canciones que pertenecen a una época. Otras consiguen algo bastante más difícil: sobrevivir a ella.
Una música uruguaya que nunca estuvo encerrada en Uruguay
Aunque su obra estaba profundamente ligada al candombe, reducir a Rubén Rada a la etiqueta de “músico de candombe” sería dejar media habitación a oscuras. Su universo absorbió jazz, samba, tango, soul, rock, funk, música brasileña y canción popular. Lo mezclaba casi todo, aunque sin perder nunca ese pulso de Montevideo que aparecía tarde o temprano.
Su influencia cruzó pronto el Río de la Plata y alcanzó a músicos de distintas generaciones. Fito Páez, Andrés Calamaro, León Gieco, artistas uruguayos mucho más jóvenes y numerosos músicos latinoamericanos compartieron con él escenarios, grabaciones o admiración. Rada había alcanzado ese territorio reservado a unos pocos: ya no pertenecía únicamente a una generación.
En 2011 recibió el Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de la Grabación, reconocimiento concedido por su extensa trayectoria y su contribución a la música latinoamericana. Para entonces hacía mucho que no necesitaba premios para demostrar su importancia, pero el galardón daba dimensión continental a algo que Uruguay conocía perfectamente.
El último Rada seguía mirando hacia delante
Hay algo particularmente duro en la muerte de un artista veterano que todavía trabaja en presente. Con Rada ocurre eso. Había cumplido 83 años el 16 de julio y seguía estrenando proyectos; para octubre estaban anunciados dos conciertos relacionados con el reencuentro de Tótem. No se limitaba a administrar su archivo. Seguía ampliándolo.
Su historia había llegado también al cine con Rada, la película, documental dedicado a recorrer su vida y trayectoria. Era inevitable que aparecieran homenajes: llevaba décadas recibiéndolos. Pero mantenía una relación poco solemne con su propia leyenda. Humor, ironía, improvisación; nunca terminó de comportarse como se supone que debe comportarse un monumento nacional. Probablemente ahí estaba parte de su encanto.
La noticia de su fallecimiento provocó una oleada de mensajes procedentes de la cultura, las instituciones y la política uruguaya. Las despedidas coincidieron en una idea recurrente: Rada como icono cultural del país, una figura transversal capaz de pertenecer simultáneamente a la historia de la música y a la memoria cotidiana de varias generaciones.
No resulta exagerado. Su música llevaba décadas funcionando como una especie de pasaporte sonoro de Uruguay: basta un tambor, una determinada cadencia, aquella voz gruesa y juguetona, y enseguida aparece un paisaje. Montevideo entraba en sus canciones incluso cuando estas viajaban muy lejos.
El ritmo que Uruguay seguirá escuchando
Rubén Rada deja una obra enorme, pero su influencia se entiende mejor de otra forma: cambió el lugar que ocupaba el candombe dentro de la música popular contemporánea. Lo tomó con respeto, sin barnizarlo hasta convertirlo en folclore decorativo, y lo empujó hacia el rock, el jazz, el funk, la canción y el pop. Allí encontró espacios que parecían incompatibles hasta que dejaron de serlo.
También deja una familia estrechamente ligada a la música. Sus hijos Lucila, Matías y Julieta Rada desarrollaron sus propias trayectorias artísticas y compartieron escenarios y grabaciones con él. La continuidad tiene algo casi demasiado perfecto: el músico que pasó la vida mezclando sonidos y generaciones terminó viendo cómo la siguiente crecía literalmente dentro de su casa.
Rada murió a los 83 años, después de un mes de lucha contra una neumonía y sus complicaciones. Ese es el dato desnudo de este 26 de agosto. Lo demás seguirá sonando bastante más tiempo: una voz grave, un golpe de tambor, el swing entrando por una puerta lateral y esa manera tan suya de demostrar que la tradición también puede moverse.

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