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¿Por qué Rutte parece el mayordomo de Trump al frente de la OTAN?

Rutte halaga a Trump para sostener la OTAN, pero su estrategia despierta dudas sobre Europa, Ucrania y la autonomía de la Alianza atlántica.

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Rutte con Trump

Resumen

  • Rutte halaga a Trump para mantener a Estados Unidos dentro de la OTAN
  • Su estrategia preserva apoyo a Ucrania, pero agrava la dependencia europea
  • El mayor riesgo es que la defensa común dependa del humor de Washington

Mark Rutte no es jurídicamente el mayordomo de Donald Trump ni la OTAN se ha convertido, de la noche a la mañana, en una finca privada de la Casa Blanca. Pero el secretario general ha elegido una diplomacia de adulación pública, negociación privada y resistencia mínima al espectáculo que proyecta exactamente esa imagen: Trump habla, amenaza y reparte certificados de buena conducta; Rutte sonríe, traduce el berrinche al idioma burocrático de Bruselas y procura que los 32 aliados salgan de la sala con el edificio todavía en pie.

La estrategia tiene una explicación menos pintoresca que la caricatura. Rutte considera que el peligro inmediato no consiste en soportar una humillación, sino en perder el compromiso militar estadounidense mientras Rusia mantiene su guerra contra Ucrania y Europa aún depende de capacidades norteamericanas difíciles de sustituir. El problema llega después. Cada concesión destinada a retener a Trump refuerza su capacidad para exigir la siguiente, debilita la autonomía política europea y transforma la garantía de seguridad colectiva en una relación personal con un presidente imprevisible.

La cumbre celebrada en Ankara volvió a mostrar el método con una nitidez casi teatral. Trump llegó golpeando la mesa, atacó a varios aliados, señaló especialmente a España, reabrió la disputa sobre Groenlandia y censuró la falta de apoyo europeo a sus operaciones contra Irán. Más tarde cambió de humor, elogió la unidad de la Alianza y reafirmó su respaldo al artículo 5. Entre ambos momentos hubo cifras, reconocimientos, agasajos y una cuidadosa presentación del aumento del gasto militar europeo como una victoria personal del presidente estadounidense.

Rutte volvió a ejercer de hombre que susurra al oído del dueño del casino para que no levante la mesa. Puede parecer una escena menor, casi de opereta diplomática, pero resume una cuestión profunda: la OTAN ha empezado a depender no solo del poder de Estados Unidos, sino también del estado de ánimo de Trump.

Quién es Mark Rutte y por qué sabe sobrevivir

Rutte asumió la Secretaría General de la OTAN el 1 de octubre de 2024, después de casi 14 años como primer ministro de Países Bajos. Liberal-conservador, extremadamente pragmático y poco aficionado a las grandes solemnidades ideológicas, construyó su carrera ensamblando coaliciones incompatibles, absorbiendo crisis y saliendo vivo de escándalos que habrían enterrado a dirigentes menos correosos. No por casualidad fue apodado Mark Teflón: los golpes llegaban, dejaban marca en el Gobierno y rara vez conseguían pegarse a él.

Su relación con Trump tampoco nació en la OTAN. Durante su etapa como primer ministro aprendió a tratar con él sin corregir cada exageración, evitando las lecciones morales en público y reservando las discrepancias para conversaciones cerradas. Rutte es un político de resultados inmediatos, no un sacerdote de la coherencia. Su vieja broma sobre la visión política —quien busque visión, que visite a un óptico— explica bastante: ante una avería no pregunta qué significa para la historia; busca cinta adhesiva.

Eso no lo convierte en un dirigente blando frente a Rusia. Como primer ministro fue uno de los promotores más constantes del apoyo europeo a Ucrania y mantuvo una posición dura contra Vladímir Putin, marcada también por el derribo del vuelo MH17 en 2014, en el que murieron 196 ciudadanos neerlandeses. El retrato de Rutte como simple marioneta estadounidense se queda corto. Es atlantista, partidario del rearme europeo y convencido de que la defensa del continente continúa necesitando a Washington.

Precisamente por eso acepta pagar un precio político tan visible. Rutte no adula a Trump porque ignore sus excesos, sino porque teme las consecuencias de una retirada estadounidense. Ahí reside la contradicción: cuanto más intenta impedir que Estados Unidos abandone Europa, más evidente resulta la dependencia europea.

La diplomacia del halago llevada hasta el rubor

La escena que fijó su reputación llegó en la cumbre de La Haya de junio de 2025. Después de que Trump comparara la guerra entre Israel e Irán con una pelea infantil, Rutte introdujo la figura del “papá” que debía imponer orden. Aclaró después que no estaba llamando “papá” al presidente, aunque el matiz llegó tarde: la imagen ya había recorrido el mundo, envuelta en esa mezcla de bochorno y fascinación que acompaña a muchas cumbres de la era Trump.

Aquella semana también trascendieron mensajes privados en los que Rutte felicitaba efusivamente al presidente por su actuación contra Irán y le atribuía el mérito de haber obligado a los aliados a elevar el gasto en defensa. Trump publicó los textos. El secretario general quedó convertido, durante unas horas, en jefe de relaciones públicas de la vanidad presidencial. No parecía un accidente: la cumbre había sido comprimida, simplificada y organizada para reducir oportunidades de conflicto con el dirigente estadounidense.

El mecanismo se ha repetido. Rutte ha llevado a Washington gráficos sobre el aumento de la inversión europea, ha presentado las decisiones aliadas como consecuencias del liderazgo de Trump y ha insistido en que el presidente sigue comprometido con la OTAN incluso después de nuevas amenazas de retirada, reducciones de tropas o represalias económicas. La fórmula consiste en ofrecerle una victoria narrativa para conservar una garantía militar. Ego a cambio de seguridad.

Durante la cumbre de Ankara volvió a ayudarle a transformar una jornada de reproches en una fotografía de unidad. Diplomacia, sí. También una coreografía donde uno lanza la vajilla y otro explica que el estruendo demuestra la vitalidad de la casa.

El secretario general no es el comandante de la OTAN

Conviene desmontar una confusión bastante extendida. Rutte no puede ordenar una operación militar, imponer sanciones a un aliado ni decidir por su cuenta la política de la organización. El secretario general preside el Consejo del Atlántico Norte, facilita los acuerdos, dirige el personal internacional y actúa como portavoz. Las decisiones políticas se toman por unanimidad y consenso entre los Estados miembros.

El mando operativo corresponde a la estructura militar, bajo la autoridad política del Consejo. Rutte no conduce el tren; mueve los cambios de vía. Su poder es menos visible y, a veces, más decisivo: controla tiempos, redacta compromisos, encuentra fórmulas aceptables y evita que una discrepancia termine en ruptura.

Esto explica por qué su lenguaje parece tan prudente ante Washington. También impide absolverlo por completo. Un secretario general puede no disponer de divisiones militares y aun así determinar qué comportamientos se normalizan, qué amenazas reciben respuesta pública y cuáles quedan enterradas bajo la alfombra diplomática.

Rutte frente a Stoltenberg y Rasmussen

Jens Stoltenberg, su predecesor entre 2014 y 2024, también aprendió a manejar a Trump mediante elogios y cifras. Durante el primer mandato del republicano reconoció que su presión había acelerado el gasto aliado y permitió que el presidente se atribuyera una parte considerable del aumento. Stoltenberg sabía que discutir públicamente cada dato falso podía satisfacer a una rueda de prensa y perjudicar a la cohesión atlántica. En ese aspecto, Rutte no ha inventado nada.

La diferencia está en la intensidad y en el grado de personalización. Stoltenberg utilizaba la cortesía como lubricante de una maquinaria institucional. Rutte ha llegado a fundir el relato de la OTAN con el relato personal de Trump: el gasto es su victoria, la cohesión existe gracias a su presión y los aliados deben demostrar no solo aportaciones, sino lealtad política.

El noruego parecía un funcionario frío que contenía al presidente. El neerlandés se presenta como su intérprete de confianza, casi siempre risueño, incluso cuando la música suena desafinada. No es una diferencia estética. Cuando la continuidad de una alianza se atribuye al temperamento de un hombre, las instituciones pierden peso y la política exterior se convierte en corte palaciega.

Anders Fogh Rasmussen, secretario general entre 2009 y 2014, ofrece un contraste más duro, aunque la comparación exige cautela porque no tuvo que convivir con Trump desde el cargo. Rasmussen cultivó un atlantismo firme, pero su lenguaje fue más frontal sobre Rusia, el poder europeo y la necesidad de responder a las presiones entre aliados.

Ante la crisis de Groenlandia, el antiguo jefe de la OTAN sostuvo que el tiempo de adular a Trump había terminado y reclamó que Europa respondiera con instrumentos económicos y propuestas estratégicas propias. Rutte representa otra escuela. No confronta mientras exista una salida negociada, aunque esa salida obligue a asentir primero y corregir después, lejos de las cámaras. Esa elasticidad puede salvar una declaración conjunta. También puede borrar la frontera entre prudencia diplomática y docilidad política.

Lo que Rutte ha conseguido pese al espectáculo

Sería cómodo describir su gestión como una sucesión de reverencias. También sería incompleto. En la cumbre de La Haya de 2025, los aliados asumieron el compromiso de destinar hasta el 5% del producto interior bruto a defensa y seguridad en 2035: al menos un 3,5% para capacidades militares centrales y hasta un 1,5% para infraestructuras, resiliencia, industria y otras partidas relacionadas.

La fórmula permitió satisfacer la exigencia política de Trump sin convertir todo el porcentaje en gasto militar clásico. Fue una solución muy Rutte: suficientemente grande para el titular, suficientemente flexible para que los gobiernos pudieran firmarla. El presidente estadounidense obtuvo su cifra monumental; los aliados conservaron margen para decidir cómo alcanzarla.

La cumbre de Ankara ha confirmado, además, un compromiso de 70.000 millones de euros en material, asistencia y entrenamiento para Ucrania durante 2026, con la voluntad de mantener al menos un nivel equivalente en 2027. Europa y Canadá financian ya la mayor parte de la ayuda de seguridad recogida en ese marco. No encaja demasiado bien con la imagen de una OTAN completamente entregada a las preferencias más aislacionistas de Trump.

Trump también reafirmó en Ankara su adhesión al artículo 5 después de una cumbre que había comenzado bajo una nube de amenazas. Para los países bálticos, Polonia, Finlandia o Rumanía, esa frase no es decoración. Es una pieza esencial de la disuasión frente a Rusia.

Rutte puede alegar que su método, por poco elegante que resulte, ha mantenido a Estados Unidos dentro, ha aumentado la inversión europea y ha preservado el apoyo a Ucrania. No es una defensa absurda. La política exterior rara vez entrega victorias con aroma a jabón.

El peligro de una Alianza pendiente del humor de Trump

El primer riesgo es la erosión de la credibilidad. La disuasión funciona cuando el adversario cree que la respuesta será rápida y colectiva. El artículo 5 obliga a asistir al aliado atacado, aunque cada Estado conserva margen para decidir qué medidas considera necesarias. Si el presidente de la principal potencia militar introduce continuamente dudas, condiciones o agravios personales, Rusia no necesita que la OTAN desaparezca: le basta con sospechar que podría tardar demasiado en reaccionar.

Una alianza militar vive de sus armas, pero también de una promesa. Cuando esa promesa parece sometida al humor presidencial, pierde parte de su poder antes incluso de que se dispare un solo misil. La ambigüedad estratégica puede ser útil frente al adversario; dentro de la propia alianza se parece bastante a una grieta.

El segundo peligro es convertir la seguridad común en una prueba de obediencia política. Trump ya no reclama únicamente más gasto. Exige respaldo a decisiones estadounidenses adoptadas fuera de la OTAN, reprocha a los aliados su posición sobre Irán, mezcla disputas comerciales con obligaciones defensivas y utiliza Groenlandia —territorio perteneciente al Reino de Dinamarca— como instrumento de presión.

Cuando Rutte rebaja cada choque a una cuestión de formas, corre el riesgo de aceptar la premisa: Washington puede condicionar la defensa colectiva a la afinidad del momento. El socio que discrepa dejaría de ser un aliado incómodo para convertirse en un cliente moroso.

Hay una tercera factura, más silenciosa. La estrategia del halago permite comprar meses de tranquilidad, pero puede retrasar la construcción de una defensa europea capaz de actuar cuando Estados Unidos no quiera hacerlo. Europa continúa dependiendo de recursos norteamericanos esenciales: inteligencia, vigilancia, transporte estratégico, defensa antimisiles, reabastecimiento aéreo, mando y determinadas municiones. Son las tuberías ocultas del edificio. Se puede pintar la fachada con miles de millones; sin esas tuberías, el agua no llega.

El compromiso del 5% tampoco resuelve por sí solo el problema. Gastar más no equivale automáticamente a gastar bien. Los aliados pueden inflar partidas, adquirir sistemas incompatibles o concentrar sus compras en fabricantes estadounidenses, aumentando la dependencia que pretendían reducir. Una OTAN más cara no es necesariamente una OTAN más autónoma. Sin coordinación industrial, reservas suficientes y capacidad política para decidir, el rearme corre el riesgo de convertirse en un gigantesco escaparate de contratos.

Por último está el daño democrático. La Alianza nació como una organización defensiva entre Estados que proclamaban compartir libertad política, Estado de derecho y soberanía. Cuando su dirección parece dispuesta a ignorar amenazas contra aliados, presiones territoriales o derivas autoritarias para conservar el favor de Washington, ese fundamento se vuelve decorativo. Los valores quedan en la vitrina; las transacciones políticas, sobre la mesa.

La factura de comprar calma a crédito

La fórmula “Rutte, ventrílocuo de un payaso” tiene fuerza de pancarta y algo de verdad visual: Trump ocupa el escenario, improvisa el número y el secretario general procura que la voz presidencial llegue convertida en acuerdo atlántico. Pero Rutte no es un muñeco. Es un negociador consciente que ha decidido administrar la vanidad de Trump como si fuera una capacidad militar más, tan relevante para la seguridad europea como una batería antiaérea o un satélite.

A corto plazo, el método ofrece resultados. Estados Unidos sigue dentro de la OTAN, el artículo 5 ha sido reafirmado, los aliados gastan más y Ucrania mantiene un volumen considerable de apoyo. Rutte compra tiempo. Mucho. Lo compra con elogios desmesurados, silencios incómodos y una tolerancia casi artesanal hacia la provocación.

El peligro aparece cuando el precio de la póliza aumenta y la cobertura deja de estar garantizada. Si Europa dedica sus energías a mantener contento a Trump en vez de prepararse para actuar sin él, la estrategia terminará fabricando aquello que pretendía evitar: una Alianza frágil, dependiente y vulnerable al capricho de una sola capital. El mayordomo puede mantener la mansión abierta durante la tormenta; no puede sustituir los cimientos de Europa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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